Camilo Casariego.

Oso de trapo

Un cartel de bienvenida dispara un recorrido personal por la historia reciente.

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1983 fue un año inolvidable para los uruguayos que padecían la dictadura. El acto del 1º de mayo, organizado por el Plenario Intersindical de Trabajadores, convocó a una multitud que llegó desde todos los rincones del país a mostrar su compromiso con el movimiento obrero y con la recuperación de la democracia. El 27 de noviembre de ese mismo año, cientos de miles de personas volvían a amontonar...
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1983 fue un año inolvidable para los uruguayos que padecían la dictadura. El acto del 1º de mayo, organizado por el Plenario Intersindical de Trabajadores, convocó a una multitud que llegó desde todos los rincones del país a mostrar su compromiso con el movimiento obrero y con la recuperación de la democracia. El 27 de noviembre de ese mismo año, cientos de miles de personas volvían a amontonarse, ahora en el Parque Batlle, para desbordar la avenida Luis Morquio, las calles paralelas con nombres en inglés y los canteros del medio, mientras escuchaban, en la voz de Alberto Candeau, una proclama respaldada por políticos de todos los partidos, artistas y representantes sociales. En Nochebuena hubo un inmenso caceroleo que sacó gente a la calle en todos los barrios. En un apartamento próximo al Obelisco, el director de CX30, José Germán Araújo, llevaba varios días de huelga de hambre en protesta por el cierre de la emisora, y se había pedido a los automovilistas que pasaban frente al lugar que se abstuvieran de saludarlo con las bocinas, porque el ruido constante ya resultaba insoportable. Al otro día de Navidad, el 26 de diciembre, aterrizaba en Carrasco un vuelo de Iberia procedente de Madrid en el que venían 154 niños, hijos de perseguidos políticos. Cientos de personas los esperaban en el aeropuerto, y miles y miles los acompañaron desde la calle, saludando el lento recorrido de los ómnibus que los trasladaban hasta la sede de la Asociación de Empleados Bancarios del Uruguay, donde serían entregados a sus familias. Pero mientras todo esto pasaba, José Pedro Charlo estaba preso. Había sido detenido en 1976 y recuperó la libertad en 1984, cuando ya la salida de la dictadura estaba próxima y faltaban apenas unos meses para las primeras elecciones nacionales en 13 años. Él dice que de todas esas cosas, del clima de efervescencia y optimismo que se vivía, de las multitudes que se juntaban con cualquier pretexto, de las actividades que, paso a paso, iban abriendo el camino hacia la luz, se enteraba más o menos. Sabía que pasaba algo, sabía que había entusiasmo, sabía lo que los familiares, en ese mínimo tiempo que tenían para hablar unos minutos con sus presos cada 15 días, podían contar elípticamente, sin correr el riesgo de que les cortaran la comunicación y les suspendieran la visita. O algo peor, porque siempre podía pasar algo peor.

A propósito del estreno de El almanaque (2012), un documental que recupera la anécdota de la estrategia de preservación de los recuerdos que se dio Jorge Tiscornia durante los 12 años que fue preso político, Charlo dijo que le parecía importante que la historia fuera una invitación al diálogo con otros relatos; que sirviera para hacer aparecer otras memorias. Cuando le tocó presentar ese documental en la ciudad de Libertad, se le ocurrió plantear la inquietud por lo que podía haber sido la experiencia vital de sus habitantes durante los años de dictadura, con el penal tan cerca. Un mes más tarde, fue invitado a la presentación, en la misma sala, de siete cortos sobre el tema hechos por alumnos de secundaria. Ellos habían recogido el guante y habían hecho hablar a los vecinos.

Trazos familiares no se propone saldar nada en lo que tiene que ver con la “historia reciente”. No aspira a ser una síntesis ni a concluir ningún relato. Es, dice Charlo, una mirada más sobre un asunto que nunca terminará de ser contado ni interpretado. Que nunca parará de escribirse. Empieza con imágenes de esos hechos de 1983 y con la voz del propio Charlo explicando su posición en la historia: mientras veía imágenes de la llegada de los niños en el vuelo de Iberia, le llamó la atención una pancarta que decía: “BIENVENIDOS CAMILO - FEDERICO”. No eran dos nombres más, dice. Él había conocido a Federico Salvo Barreto y a Camilo Casariego Celiberti cuando eran muy chicos. Había sido amigo y compañero de militancia de sus padres; había estado con ellos muchas veces en el Buceo, en el complejo de viviendas en el que la familia Salvo (los abuelos de Federico) y la familia Celiberti (los abuelos de Camilo) eran vecinas de piso. Decidió, entonces, detenerse en esa esquina de la historia y contar, con las herramientas del documental, la peripecia de tres generaciones: la suya, que es la de sus compañeros, y las de los padres y los hijos de esos militantes que corrieron todas las suertes posibles para los perseguidos por la dictadura: la cárcel (José Pedro Charlo; Lilián Celiberti), el exilio (Ernesto Salvo y Marta Barreto; Hugo Casariego) y la desaparición forzada (Jorge Zaffaroni y María Emilia Islas).

Con Charlo y con Camilo conversamos sobre la película, pero también sobre la memoria, la militancia y los vínculos familiares mientras tomábamos un café en la Ciudad Vieja. Con Mariana Zaffaroni, otra de las protagonistas de esta historia, mantuvimos un diálogo por correo electrónico, porque vive en Buenos Aires, la ciudad en la que nació (ver recuadro).

Camilo fue secuestrado, junto a su madre, su hermana y Universindo Rodríguez, en Porto Alegre en 1978. El caso es muy conocido: Lilián y Universindo se salvaron de la muerte porque la noticia de su secuestro se hizo pública inmediatamente en la prensa brasileña. Los niños, Camilo, de ocho años y Francesca, de tres, fueron entregados, luego de varios días, a los abuelos. No mucho tiempo después, Camilo se iría a vivir a Italia, en donde su padre estaba pasando el exilio. Francesca se quedó en Uruguay, así que los hermanos vivieron separados gran parte de su infancia. Esa relación, dice hoy, quedó, de alguna manera, afectada para siempre. El cartel de bienvenida que inspiró el camino que tomaría este relato fue pintado por Francesca y su amiga Iara para recibir a Camilo, hermano de la primera, y a Federico Salvo, primo de la segunda. Pero antes de venir en ese vuelo, Camilo Casariego ya había estado en Uruguay. Amnistía Internacional le pagaba el pasaje para que, una vez al año, en sus vacaciones, viniera a ver a su familia. Pero eso no siempre equivalía a poder ver a la madre. “Iba a visitarla, pero visitarla y verla no iban de la mano”, explica. “Porque la sancionaban. No me dejaban verla. Y era un poco frustrante cruzarse todo el mundo, prácticamente, y llegar, ir hasta ahí, hacer la caminata y que te dijeran: ‘No, está sancionada por tres meses’. ‘¿Tres meses? Si yo me voy a quedar justo tres meses’. ‘Qué pena. Vuelva el año que viene’. Así pasó la primera vez. Después, para la segunda vez se ve que mantuvieron más escondido que yo venía y la vi una vez, porque después la sancionaron. Así que fueron muy poquitas las veces que la pude ver. Iba igual, hacíamos toda la rutina de ir, llegábamos a la puerta y nos mandaban para atrás”.

Camilo odiaba esa obligación de venir todos los años a pasar acá las vacaciones, justo cuando en Milán era verano y no había clases. “Era horrible, venía puteando. Estuve años sin ver el sol. Además, acá era todo gris, chato. Yo de niño estaba acostumbrado a ver dibujitos, y venía acá y la tele empezaba a las cinco de la tarde. ¿Cómo pueden vivir sin dibujitos?, pensaba. ¡No había televisión a color! Pero a la vez, las relaciones humanas eran mucho más distendidas, había amigos, había juegos en la calle. En Milán eso no se daba. Igual, cuando mi padre me dijo que nos volvíamos a Uruguay, me escapé de casa. No quería saber de nada. Intenté irme, tenía 13 años. Fue enseguida después de lo del avión de los niños. A mi madre le habían dado la libertad y pidió que me mandaran. Y mi padre se vino también”. Con los años, supo que las presas de Punta de Rieles se las arreglaban, siempre, para montar alguna sorpresa para los niños en los días de visita. Una obra de teatro, un cumpleaños festejado en secreto. Él no las disfrutó mucho, pero ahora conversa con su compañera, también hija de una presa política, y recuerda que las mujeres se las arreglaban para ponerle onda a esa realidad paralela en la que ocurría el encuentro con sus niños.

Cuando se les pregunta qué esperan de la exhibición de esta película, Charlo y Camilo tienen bastantes coincidencias. Quieren que se hable, que los más jóvenes se enteren de lo que pasó, que haya quienes pregunten y quienes quieran agregar sus relatos. Es por eso, dice Charlo, que se concentró en las voces de la tercera generación, en los recuerdos de los hijos de los militantes. Y piensa, también, en cómo la dictadura y la represión marcaron la vida de los mayores, de los que no tenían ninguna relación con la política y tuvieron que apechugar con la cárcel o el exilio de sus hijos, con la crianza de sus nietos, con cuestiones como el paquete, la visita, la denuncia ante los organismos internacionales. Sumarse a la lucha. “Me interesó ver en las historias familiares cómo toda esa historia en la que este grupo de amigos habíamos sido protagonistas marcó e influyó a la generación anterior a nosotros y a la generación posterior. A la abuela de Camilo yo la conocía; era una señora cuyo rol era el de ama de casa. Y el crecimiento que tuvo como persona por el rol que tuvo que desempeñar en ese tiempo significó un cambio muy importante. Debe haber cambiado hasta su relación de pareja. Y también me resultó interesante ver los cambios en la vida de Camilo o en la vida de Mariana a partir de ser padres, todo ese juego de interrelación de las distintas generaciones. Me parece que es sobre lo que vale la pena reflexionar y profundizar”.

Trazos familiares | José Pedro Charlo. Producción: Guazú Media, en coproducción con Sur Films y Toca Sons Produccions. En Grupocine Torre de los Profesionales y la sala B del audiotorio Nelly Goitiño

Con Mariana Zaffaroni

En los primeros minutos de Trazos familiares, Marta Barreto cuenta la historia del osito que su hijo, Federico, recibió de manos de otra niña chiquita como él, justo antes de partir al exilio. La niña era Mariana Zaffaroni, la hija de María Emilia Islas y Jorge Zaffaroni, hoy desaparecidos.

Mariana nació en Buenos Aires el 22 de marzo de 1975. La web de Abuelas de Plaza de Mayo la registra como desaparecida el 27 de setiembre de 1976, como localizada en 1983 y como restituida en 1993. Su caso fue emblemático: con una foto suya se convocó a votar contra la impunidad. Todos, en aquella época, conocíamos los ojos de Mariana.

A diferencia de lo que pasó con Federico Salvo, que se fue con sus padres al exilio, o con Camilo, que atravesó el secuestro y la separación de su madre y de su hermana siendo un niño, Mariana fue entregada a un matrimonio vinculado a la dictadura argentina. El proceso de aceptar su identidad fue, por lo tanto, bastante complejo.

¿Cómo te encontrás hoy con todo ese sacudón que fue saber la historia de tu vida, aceptarla e integrarla?
Pude comprobar, en este último tiempo, que nunca se termina de aceptar e integrar la historia de la vida, o por lo menos a mí me pasa con la mía. A lo largo del tiempo se abren capítulos no resueltos, se sufren, se transitan, se atraviesan y se cierran. En ese momento siempre pienso: “Ahora sí, ya está, ya acabé de pasar a través de la historia definitivamente”. Pero un tiempo después se abre algún nuevo conflicto, algún nuevo interrogante, alguna nueva cosa por resolver; y en ese período me encuentro en la actualidad, replanteándome cosas, descubriendo cosas nuevas y repreguntándome aspectos de la historia. Por esa razón es que en este momento no puedo dar conclusiones ni respuestas certeras sobre muchas cosas.

¿Seguís en contacto con la familia con la que creciste?
Mi mamá de crianza falleció hace dos años, y mi papá de crianza [Miguel Ángel Furci] está preso. Con él tengo una relación algo distante; se mantiene más que nada con llamadas telefónicas (algo esporádicas) y visitas al penal (más esporádicas todavía). Con el resto de la familia (tíos y primos; mis abuelos de crianza fallecieron todos) tengo una relación medianamente normal, afectiva pero no muy cotidiana.

¿Cómo la integraste a tu vida familiar, a la vida de tus hijos?
En realidad, no tuve que hacer nada para integrarla; yo nunca dejé de considerarlos de alguna manera mi familia, y así se criaron mis hijos. Tanto yo como mis chicos fuimos conociendo y sumando a la familia biológica. Y hoy, que ellos conocen toda la historia, tienen perfectamente claro quién es quién.

¿Qué esperás, personalmente, de la Justicia?
Esta respuesta es totalmente personal y no busca representar a nadie. Yo considero que en el caso personal de mis padres y mío se ha juzgado y condenado a los responsables, por lo que, aunque sea tarde y a destiempo, se ha conseguido alguna forma de justicia. Para mí, en lo personal, hoy sería más importante conocer la verdad de lo que pasó y les pasó.

¿Te parece que se puede hablar de todo esto sin hablar de política?
Totalmente. Hay muchos, muchísimos ángulos para hablar de estas cuestiones, que están por fuera de la política; emocionales, psicológicos, de relaciones. Yo creo haber enfocado siempre el tema sin poner el foco principal en la política; y si alguna vez me dejé tentar o arrastrar por la interpretación política, hoy trato de correrme lo más posible, ya que en este momento de mi vida prefiero analizar los otros ángulos.
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