En los últimos tiempos vengo prestando atención a cierto patrón dramático, por así decirlo, en diversas ficciones de cine o televisión. Para plantearlo esquemáticamente, el protagonista (o algún personaje principal) ha sido arrasado por la lógica despiadada del capitalismo de mercado (perdió su casa, no consigue empleo, no puede pagar el tratamiento médico que necesita él o alguien de su familia) y debe afrontar la única posibilidad de supervivencia que se le ofrece: trabajar para el mismo mecanismo que lo estrujó y lo humilló. Es lo que pasa, por ejemplo, en las películas 99 Homes, de Ramin Bahrani, y Perdónanos nuestras deudas, de Antonio Morabito, en las que hombres acorralados por deudas que no pueden pagar y a punto de perder lo poco que les queda aceptan ponerse al servicio de sus acreedores y transformarse en verdugos de otros infelices como ellos. Una variante de esta salida desesperada es la que toma, en cambio, el personaje encarnado por Laura Fraser en Retribution (miniserie británica llamada originalmente One of Us y estrenada recientemente por Netflix): ante la imposibilidad de hacer frente a la cirugía que necesita su hija adolescente, resuelve robar droga que había sido incautada por sus propios compañeros del Departamento de Policía y vendérsela a un narcotraficante.

En todos los casos, y más allá de cómo se resuelvan, el personaje en cuestión termina atormentado por su conciencia, viendo cómo las bombas le explotan demasiado cerca y tratando de justificar, mientras esquiva las esquirlas, el daño que causó a otros como él. El asunto termina siempre en un conflicto personal, sin que se plantee jamás en el horizonte de posibilidades la opción de ir contra el sistema. El peso de la supervivencia, así como las indignidades que le corresponden, recae exclusivamente en el individuo, y el juicio moral también. La naturaleza factual del esquema que lo puso ahí es tan absoluta, tan plena, que sólo cabe tomarla como viene.

Antes de que se me recuerde que la ficción no está obligada a hacer análisis social o político quiero decir dos cosas: la primera, que no reclamo falta de compromiso de la industria, sino que señalo un horizonte de naturalización de cierto estado de cosas; la segunda, que está lleno el mundo de películas y series de televisión en las que cuestiones como la burocracia o la liviandad de los jueces son explicitadas hasta el hartazgo por diálogos que refuerzan la necesidad que tienen los personajes de hacer justicia por mano propia.

Quisiera invitar ahora a pensar en la coincidencia entre la naturalización de este estado de cosas (y con “estado de cosas” me refiero a personas que son echadas a la calle, que son víctimas de la codicia y la especulación, que son abandonadas por el régimen de protección social y se encuentran excluidas del sistema de salud; a personas, en fin, libradas a su suerte pese a vivir en un mundo altamente institucionalizado) y la creciente indignación social por la debilidad moral de los políticos. Como si la ética personal fuera el eje único alrededor del cual puede girar la preocupación social; como si la cuestión política, la eventualidad de pensar un sistema distinto y la posibilidad de plantarse frente a un modelo despiadado y carnívoro hubieran sido eliminadas por completo de nuestro horizonte de expectativas. Y en cierto modo hay que reconocer que sí, que han sido eliminadas. Sobre cómo llegamos a esto puede haber diversas teorías (entre las que sin duda cabe mencionar la caída del “socialismo real”, los cambios en los modos de producción derivados de la incorporación de nueva tecnología, y el devenir de la economía capitalista hacia formas de concentración y centralización cada vez mayores), pero no conviene descartar la fuerza que tienen los relatos en la construcción de las aspiraciones sociales. La llamada “industria del entretenimiento” –que, por cierto, incluye a buena parte del cine y la producción audiovisual– ocupa un lugar privilegiado en eso de crear identificaciones, imponer discursos y reforzar patrones de comportamiento. No es raro que en nuestras pantallas se ofrezcan ficciones cargadas de crítica al sistema político. Pero se critica la corrupción, y no la injusticia. Se nos permite pensar que una administración honrada del modelo, un sistema estricto de controles y una normativa clara podrían evitar el daño que producen los codiciosos, los deshonestos, los abusadores. Y se nos deja creer que en última instancia el bien y el mal son cuestiones individuales, que la supervivencia es una cuestión de agallas o de estómago y que la despiadada máquina que nos humilla y nos exprime es tan natural e imparable como una tormenta o un terremoto.

Durante los próximos meses seremos atormentados por una campaña electoral que irá subiendo de tono y que apelará a cuanta maniobra haya a mano para desacreditar oponentes en todos los bandos. Vamos a escuchar hablar sin pausa del comportamiento de tal o cual candidato o candidata, de la conducta de tal o cual partido y de las potestades que la Justicia y los distintos organismos tienen para vigilar la honestidad de tirios y troyanos. Pero temo que no se hable demasiado del sentido de lo político como construcción colectiva. Que no se ponga sobre la mesa la necesidad de una narrativa de la vida en común. Que lo partidario y lo administrativo desplacen definitivamente de la discusión política a las preocupaciones por lo justo y por lo bueno. Ya se sabe: pasa en las películas, pasa en la vida.