Feria del Libro de Buenos Aires, el lunes. Foto: Eitan Abramovich, Afp

Un traductor

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Las ferias del libro abruman. Por lo menos a mí. Igual en grandes librerías: tanta abundancia me lleva a una especie de parálisis, que desde afuera parece desinterés y que por dentro es una disparada de ansiedades simultáneas. Hace relativamente poco descubrí un antídoto: llegar con un título en mente como objetivo principal, como si se tratara de una visita apurada a la biblioteca, y dejar el ...
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Las ferias del libro abruman. Por lo menos a mí. Igual en grandes librerías: tanta abundancia me lleva a una especie de parálisis, que desde afuera parece desinterés y que por dentro es una disparada de ansiedades simultáneas. Hace relativamente poco descubrí un antídoto: llegar con un título en mente como objetivo principal, como si se tratara de una visita apurada a la biblioteca, y dejar el resto al azar o la curiosidad. Una mezcla de seguridad y resignación, digamos.

Hace unos días estuve en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Montevideo, se sabe, es la ciudad invitada este año. En su coqueto y amplio stand hay muchísimas publicaciones de editoriales uruguayas, y todos los días se montan seis o siete actividades; cerca de 150 autores, críticos y editores locales habrán pasado por ese espacio cuando se cierre la edición de la Feria, el lunes. Allí estuvimos la semana pasada para presentar Lento –la revista que desde hace cinco años editamos mensualmente con la diaria– junto con Sandro Pereyra, el editor fotográfico, y la escritora y periodista Ana Fornaro, una fundacional del proyecto. Hablamos de las mutaciones y las permanencias de la revista, de la mirada política y regional, de nuestra apuesta a la narración y a la imagen, de la importancia del arte, de la ficción en sus páginas. También, a instancias de los concurrentes, asomaron otros temas; el de las dificultades de sostener un emprendimiento editorial como Lento parecía coincidir con lo que pasaba afuera de la Feria. Era viernes 4 de mayo y estábamos en Buenos Aires, o sea que asistíamos al inicio de una corrida bancaria/suba del dólar que hasta hoy, “neoblindaje” del FMI mediante, empareja incertidumbre con optimismo.

Cuando terminó la charla, salí a recorrer el vientre de la bestia. Títulos, títulos, títulos que me llamaban como sirenas. Pero supe atarme al palo mayor: había decidido hacía tiempo que me iba a llevar El traductor, de Salvador Benesdra. ¿Por qué? No sabía bien. La primera vez que escuché hablar de la novela fue en 2006, cuando entrevisté a Sergio Di Nucci, el autor de Bolivia Construcciones, ganadora del premio La Nación-Sudamericana, que luego se le retiró por plagio. (Releo la entrevista: el nombre de Benesdra está mal transcripto, pero lo que declara el entrevistado banca.) Tiempo después traté de conseguir El traductor en Buenos Aires y no pude. Había habido una reedición, pero estaba agotada. Dejé de intentarlo, pero no olvidé el título. Hace semanas volví a verlo, creo que en el Facebook del escritor Martín Bentancor, que publica fragmentos de autores que admira. Eso me hizo pensar que la novela había sido reeditada hacía poco. Estaba equivocado, pero para bien: Eterna Cadencia la reimprimió en 2012. El traductor me estaba esperando.


Raya las 700 páginas. Empecé a devorarla, adormilado, en el buque de vuelta, entre trayectos tambaleantes al free shop de a bordo. Desde las primeras páginas me quedó claro por qué, a más de 20 años de ser publicada por primera vez, El traductor está dejando de ser una novela de culto (la vida de su autor alcanza para eso) para pasar a ser una obra clave de la literatura de los años 90. Empieza así:

“Me dije que tal vez era cierto después de todo que las ideologías están muertas; me regodeé mirando por la ventana del bar cómo el sol caliente de la primavera de Buenos Aires comenzaba a fundir todas las convicciones del invierno. Sospechaba por primera vez que podía haber un placer en el vértigo de flotar en ese caldo uniforme que se había adueñado hacía tiempo de todos los espacios del planeta. El sol volcaba su fiesta de distinciones sobre todos los objetos de la esquina, pero yo sentía que por todas partes estaba drenando una noche gris de gatos universalmente pardos, una apoteosis de la indiferenciación que por primera vez no lograba despertarme miedo”.

Habla Ricardo Zevi, que trabaja como traductor en una editorial de cierto prestigio. Está en un bar, donde lo aborda una bella evangelizadora adventista. Se propone conquistarla y parece que lo logra, pero en realidad, hasta las últimas páginas intenta conocerla total, absoluta y absurdamente, a través de caminos tan diversos –sexo ultraexigente, debates teológicos– como tortuosos. Pero ese es uno de los tres ejes de la novela. Otro es el del ámbito laboral. Zevi trabaja en una editorial que publica libros teóricos de izquierda mientras sus dueños se enfocan cada vez más en el aspecto comercial de la empresa. Ex trotskista, actual verde/socialdemócrata –estamos a principios de los 90 y retumba todavía la caída del muro de Berlín–, Zevi sueña con cooperativizar la editorial, pero las cosas toman el camino contrario: amonestaciones, despidos, amenazas de venta. En las asambleas, Zevi,un empleado introvertido, comienza a tomar protagonismo, lo que interfiere con sus ambiciones profesionales, porque lo que él quiere es dejar de ser traductor y pasar a dirigir colecciones. (Pero El editor [1989], de Nanni Balestrini, es otra novela, que también debí haberme traído de la Feria.) La militancia gremial trunca la carrera de Zevi, lo que alternativamente lo aleja de Romina, la novia, y lo sume en su mundo mental.

Ese es el tercer eje, o más bien el primero: el de las impresiones, teorías, especulaciones, reflexiones de Zevi, totalmente atravesadas por una vida de lecturas. En las primeras páginas le afecta profundamente encontrar verdades en los escritos de un politólogo alemán que debe traducir, que promueve una alianza entre el fascismo y la democracia. Judío no practicante, Zevi piensa en el neoliberalismo y en su encarnación argentina, el menemismo, piensa en Kafka, piensa en la revolución olvidada, piensa en conexiones ocultas y piensa... en extraterrestres. “Vas a terminar en un manicomio”, le había advertido un amigo en las primeras páginas.

Doloroso y pesadillesco como el de Georges Bataille, denso como el de Adán Buenosayres (1948), el mundo de Zevi es radicalmente individual –aunque nunca llega a mostrársenos como una exhibición de sensibilidades exquisitas o saberes extraordinarios– y a la vez interpela a su época, la del menemismo ascendente (los años de Lacalle Herrera, por acá). Zevi es un traductor, más o menos voluntario, de lo colectivo en lo personal.

Hay otras razones por las que El traductor se fue volviendo un libro importante (Benesdra se mató sin enterarse de que había ganado un fondo para financiar la edición; Benesdra es una especie de álter ego del protagonista; Benesdra escribió, paralelamente, un extraño libro de autoayuda orientalista que funciona como companion de la novela), pero creo que sobre todo es la voz de Zevi la que lo hace y lo va a seguir haciendo actual, pertinente. Entendí, en el barco de vuelta, por qué lo había elegido para leer ahora, durante esto que parece ser el final de un breve replay de los 90 argentinos.

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