(archivo, noviembre de 2017)

Elogio de un hombre bueno

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El martes, en la Junta Departamental de Salto se votaba la propuesta, que partió de la bancada de ediles del Frente Amplio, de declarar ciudadano ilustre de ese departamento a Sergio López Suárez. En presencia del homenajeado, su familia, amigos y niños de escuelas salteñas que lo acompañaron a recibir la distinción, ediles del Partido Colorado y del Partido de la Gente objetaron la propuesta y...
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El martes, en la Junta Departamental de Salto se votaba la propuesta, que partió de la bancada de ediles del Frente Amplio, de declarar ciudadano ilustre de ese departamento a Sergio López Suárez. En presencia del homenajeado, su familia, amigos y niños de escuelas salteñas que lo acompañaron a recibir la distinción, ediles del Partido Colorado y del Partido de la Gente objetaron la propuesta y votaron en contra. Sus colegas del Partido Nacional ni siquiera se molestaron en concurrir. Quedaron los ediles frenteamplistas en solitario y finalmente Sergio no fue declarado ciudadano ilustre de su ciudad natal en esa instancia. Alguno argumentó que no lo conocía; alguno más cuestionó qué era lo que el escritor había hecho por Salto. Más tarde, el intendente, Andrés Lima, lo distinguió de todas maneras, pero el pequeño escándalo estaba hecho y la señal había sido emitida con claridad. No era cuestión de condecorar a un escritor de libros para niños. A uno de los de mayor trayectoria. A uno que es reconocido de forma unánime por sus colegas escritores e ilustradores como un hombre generoso y sencillo. “Sergio es ilustre en cualquier rincón del país. Y no por sus ideas político/partidarias, que tiene derecho a manifestar y defender, como cualquier ciudadano. Pregunten en el Ministerio de Educación y Cultura. Pregúntenle a las/os escritores de Literatura para Niños y Jóvenes. Pregúntenle a cualquier ilustrador/a o historietista. Pregunten a los cineastas uruguayos. Pregunten en las bibliotecas y en las escuelas”, exhortaba la escritora Magdalena Helguera en su cuenta de Facebook. También Roy Berocay, otro de los grandes exponentes de la literatura infantil y juvenil uruguaya, se expresó por esa vía: “Seguramente dentro de muchos años, Sergio López Suárez será recordado como uno de los grandes impulsores de la literatura infantil uruguaya. Dudo que alguien se vaya a acordar del hatajo de mediocres que le negaron una distinción que nunca pidió. Desde mi humilde lugar le envío mi solidaridad y aplauso y lo declaro ciudadano ilustre, ilustrado e ilustrador del mundo del sapo Ruperto, de quien fue uno de los primeros dibujantes”.

Primero fue el desconcierto, sobre todo para quienes acompañaron al escritor. Después, las numerosas voces que surgieron desde el ámbito de la literatura infantil y juvenil (LIJ) nacional para expresar solidaridad con Sergio, manifestar un profundo descontento por la situación y decir lo que es evidente: Sergio no necesita distinción alguna porque desde hace rato cuenta con la distinción más importante. La de los niños que leen sus libros, que se dejan atrapar, llevar y traer por sus historias; la de sus colegas que lo reconocen como un faro; la de todos quienes lo conocemos y reconocemos en él su don de gentes y su talento. Eso no quita que sea posible cuestionarse la proposición inversa: quizá Salto sí necesitara distinguir a Sergio. Hacerlo suyo (o más suyo que antes), disfrutar de tenerlo cerquita, celebrar sus decenas de libros, emocionarse con sus personajes, verse llevado –a fuerza del impulso forzado de la noticia del periódico– a leerlo. Por ahí iba el ilustrador Sebastián Santana cuando, él también, escribió: “Sergio López Suárez cambió la cultura de este país. Le da forma, con su trabajo, a la identidad de este pueblo. Por eso, otorgarle el título de 'ciudadano ilustre' es un privilegio para el sistema político. No debería ser la posibilidad de demostrar poder: deberían haberlo entendido como un privilegio al que pueden acceder, el reconocer a un artista de esta talla por su trabajo, por su dedicación, por su obra, por buscar hacer un mundo mejor que el que tenemos. Un lindo privilegio”.

Más allá de la anécdota, bastante bochornosa y que seguramente formará parte del repertorio de cuentos jugosos de Sergio, hay dos cosas que me generan una gran incomodidad en este asunto. Por un lado, el lugar de disputa de lo pequeño, de lo mezquino, al que a veces queda reducida la política. Por otro, esa afirmación vergonzante del edil que argumentó que no conocía a Sergio y, por ende, que nunca leyó su obra –¿quién podría sentirse cómodo al escudarse en su propia ignorancia para explicar sus razones?– devela la invisibilidad de la literatura –y la música, y el teatro, y el arte en general– para niños y, por extensión, la invisibilidad de los propios niños. La misma que hace que con frecuencia percibamos que en demasiados ámbitos los niños no están contemplados, que parecería que molestaran, que no cuentan. Quizá ese desprecio sea el más doloroso –para Sergio y para todos los que, de alguna manera, estamos más o menos cerca del mundo de los libros para niños–, porque quienes hacen la LIJ son un colectivo sufrido y, lamentablemente, están habituados a ser “la Cenicienta de la literatura” por efecto de una adjetivación que parecería restarles importancia, como si por ser “infantil” fuera menos “literatura”, tuviera menos seriedad, menos relevancia. Lamentablemente, también, cada vez que en alguna mesa redonda se habla de la LIJ surge el diagnóstico de que faltan políticas públicas sostenidas que den continuidad y soporte a la formación de lectores, que falta apoyo para las bibliotecas, que falta una mirada crítica que permita discernir en términos de calidad literaria la gran producción de textos, que hay una ausencia casi absoluta de la perspectiva académica.

Es posible que me haya dejado llevar. Pero creo que no. Porque el papelón ocurrido en Salto el martes de noche me genera rebeldía pero, además, una radical incredulidad: ¿cómo es que alguien puede no conocer a Sergio López Suárez? Parecería imposible. Por su trayectoria. Por Anina Yatay Salas, esa novela maravillosa, y su protagonista, la niña de nombre capicúa e indómito pelo color fuego. Por los uh que reconfortan. Por tantos libros. Porque rompe los ojos la contradicción entre el éxito de la película Anina, que dirigió Alfredo Soderguit a partir de la novela de Sergio –y que viajó por numerosos festivales, que fue vista en grandes salas europeas y en escuelas rurales de los lugares más recónditos de nuestra América Latina, fascinando por igual a públicos diversos, que fue candidata al Oscar por Uruguay– y el regodeo en la ignorancia de proclamar, muy suelto de cuerpo, “no sé quién es este señor ni qué hizo por Salto”.

Seguro que Sergio no necesita distinciones, pero seguro, también, no merecía este desplante. Y no lo merecía por lo que hizo y hace, en general, por la cultura, por la literatura. Y por ser, como dijo el poeta, “en el buen sentido de la palabra, bueno”. “La cultura es lo que saca a un pueblo adelante”, terminó diciendo Sergio el otro día. El abrazo con el que lo saludaron tantos colegas y amigos de distintos ámbitos lo distingue. Los niños que lo leen lo distinguen. Su compromiso y coherencia lo distinguen. ¡Salud!

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