Isla de perros, Wes Anderson.

Fidelidad mutua

Reseña de "Isla de perros", de Wes Anderson.

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_Isla de perros_ es una exquisitez. Es cierto que, comparándola con otras películas animadas recientes, no va a provocar las emociones y lágrimas de _Coco_ (2018), ni va a dar tanto que hablar y reflexionar como las obras maestras del animé en la línea de las películas de Hayao Miyazaki. Se trata de un placer más llano e inmediato, pero aun así memorable, como si cayera de regalo una caja llena...
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Isla de perros es una exquisitez. Es cierto que, comparándola con otras películas animadas recientes, no va a provocar las emociones y lágrimas de Coco (2018), ni va a dar tanto que hablar y reflexionar como las obras maestras del animé en la línea de las películas de Hayao Miyazaki. Se trata de un placer más llano e inmediato, pero aun así memorable, como si cayera de regalo una caja llena de bombones surtidos confeccionados por las manos más expertas, y a cada descubrimiento de un gusto nuevo uno se quedara preguntando de dónde salió la inspiración mágica para combinar esos sabores en esa proporción. Una ilustración/comprobación sencilla de ello, previa a más detalles, está en la nómina de actores que hacen las voces de los seis perros principales: Bryan Cranston, Edward Norton, Bob Balaban, Bill Murray, Jeff Goldblum y Liev Schreiber. Aparte de ellos, otros personajes (caninos o humanos) tienen las voces de Greta Gerwig, Scarlett Johansson, Frances McDormand, F Murray Abraham, Tilda Swinton, Harvey Keitel, Ken Watanabe y Yoko Ono. La película no tuvo un costo proporcional al valor estelar de ese reparto: Anderson es un director independiente altamente prestigioso y muy querido. Siete de los nombrados aparecieron en carne y hueso en su película previa El Gran Hotel Budapest (2014), y seis en la anterior a esa, Moonrise Kingdom (2012). Isla de perros en Estados Unidos se estrenó (al igual que aquí) en una cantidad muy chica de salas cinematográficas, lo que la dejó automáticamente fuera de la competencia de los campeones de la taquilla, pero obtuvo un interesante récord de rendimiento económico por sala en lo que va de 2018.

Es la segunda película animada de Wes Anderson. Como la anterior (Fantastic Mr. Fox, 2009), está hecha con la casi abandonada técnica de stop motion (animación con muñecos y objetos tridimensionales); eso implica que los movimientos de los personajes son un poco más hoscos que en la animación por computadora mainstream, pero las texturas visuales son más ricas. Creo que no pasan 30 segundos sin que uno se encuentre con alguna idea de encuadre, montaje, paisaje, luz, movimiento de cámara, artificio retórico visual o lo que sea que no implique un deslumbre para los ojos y el espíritu.

Pronunciado en forma continua, el título en inglés –Isle of Dogs– es homófono a I love dogs (“amo a los perros”). Esencialmente la película es un doble homenaje: a la especie canina y a Japón. Son dos dimensiones independientes, pero el largometraje establece sus puntos de conexión: por un lado, la fidelidad de los perros mascotas a sus amos se asocia con la dedicación del samurái a su señor; por el otro, Japón, además, es el país donde un perro fiel (el famoso Hachiko) fue homenajeado con un memorial, y aquí esto es aludido cerca del final. La historia es expresamente enclenque: en un distópico futuro no muy lejano, luego de un brote de gripe canina, el intendente corrupto pro gatos y anti-perros decide exiliar a todos los canes de la ciudad a la isla donde la megalópolis tira cotidianamente su basura, a raíz de lo que una cantidad de ex mascotas tiene ahora que ganarse la vida disputando restos descompuestos y ratas. De pronto, llega a la isla un niño de 12 años dispuesto a rescatar a su perro. El niño hace amistad con una banda de cinco perros, y con ellos emprende la búsqueda de su amigo, mientras en la ciudad un grupo político pro perros intenta revertir el decreto segregacionista.

No importa tanto la historia. Los personajes son entrañables, sobre todo los perrunos (el tratamiento de los humanos es más torpe, y la apariencia cadavérica del villano Major-Domo es el único aspecto realmente tonto de la película). Los diálogos son una delicia, y más aun hablados por esa colección de grandes voces (y no me refiero sólo a las actuaciones, sino al mero timbre de esos actores privilegiados). La película usa ese tipo de humor quirky característico de Anderson, seco, en que todos los personajes son inteligentes, se expresan muy bien, suelen tener una actitud seria y subreaccionan a las ocurrencias o a los dichos de otros. Hay montones de chistes que tienen que ver con los hábitos caninos y los vínculos entre perros y humanos. Japón es aludido a través de emblemas culturales, y algunos los entenderán todos: ciudades hipermodernas, hackers, kabuki, samuráis, Atari, culinaria, hojas de cerezo, haiku, Hokusai, escritura sinojaponesa, taiko y mucho más. La Isla de la Basura es un paisaje posapocalíptico con muchas alusiones al desastre de Fukushima. Lo que se pasa por alto es la tradición del animé; la cinefilia de esta realización pasa por otros lados: cuando se está armando el grupo de Atari (así se llama el niño) con los perros escuchamos el tema musical heroico de Los siete samuráis (1956), que en la película de Akira Kurosawa se vincula con la unidad del grupo en la lucha contra los bandidos. La residencia estudiantil donde se aloja Tracy (el único personaje occidental) se llama Kikuchiyo, como el personaje de Toshiro Mifune en Los siete samuráis. Y luego hay nombres japoneses comunes que inevitablemente resuenan en los espectadores cinéfilos: Toshiro (por Mifune), Kobayashi (por el director Masaki Kobayashi), Watanabe (por Ken Watanabe). Anderson es un estilista que estableció criterios muy precisos de tratamiento visual, que el espectador puede apreciar casi como un discurso paralelo a las historias que cuenta. Su postura frente al estilo es tributaria del director japonés Yasujiro Ozu, de manera que, aun siendo el Anderson de siempre, ese vínculo se pone de relieve (especialmente en los planos-contraplanos de los personajes centrados mirando en dirección a la cámara, y sustituyéndose uno por otro a cada corte en un mismo lugar gráfico en la pantalla).

Esta película no se condice con lo que se suele producir para los niños muy chiquitos, ya que no hay carreras, ni canciones, ni sentimentalismos, ni personajes desastrados. En cambio, hay muertes humanas y perrunas (nada de eso se muestra en forma agresiva). Quién sabe si los niños no se van a encariñar con algunos de los perros o con Atari, o a sensibilizarse con esos lugares e imágenes increíbles. Para los adultos es un goce.

Isla de perros. Wes Anderson. Animación. Estados Unidos/Alemania. 2018. En Alfabeta.

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