Desde siempre, la vida de William Henry Hudson (Argentina, 1841-Inglaterra, 1922) se mantuvo en permanente tránsito entre dos mundos: escritor y ornitólogo, hijo de padres estadounidenses nacido en la Pampa, gringo criollo en la Banda Oriental y argentino bárbaro que a los 33 años decidió instalarse para siempre en Londres. Fue admirado por Jorge Luis Borges, Ernest Hemingway, Miguel de Unamuno y Joseph Conrad, el novelista que lo definió como el único hombre capaz de escribir como crece el pasto. Es que Hudson describió, como pocos, el sentir del gaucho, la violencia, el campo, el silencio y la desolación del margen, o, en su caso, el peso de una vida extranjera.

En La tierra purpúrea –la novela que publicó en Inglaterra en 1885–, un viajero recorre los inquietantes y desolados campos orientales. De rancho en rancho, pide permiso para desensillar, anota letras de payadas, aprende cómo saludar al paisanaje que mira desconfiado. Se llama Richard Lamb y atraviesa el campo buscando trabajo mientras retrata al paso costumbres, tradiciones orales de la época (aparentemente, 1868), anécdotas de amor y desamor, de lealtades y traiciones, de aventuras revolucionarias. Pero también describe los combates entre blancos y colorados, entre el campo y la ciudad, y entre la “civilización” y lo “bárbaro”. La tierra purpúrea fue publicada hace 133 años en Londres, donde pasó desapercibida como un insignificante libro de viajes. En verdad, su título inicial fue The Purple Land that England Lost, secundado por el subtítulo Travels and Adventures in the Banda Oriental, South America (La tierra purpúrea que Inglaterra perdió. Viajes y aventuras en la Banda Oriental de Sudamérica), hasta 1904, cuando el propio Hudson la corrigió y decidió ponerle otro título más eficaz. Mientras se reeditaba esta primera novela sobre la Banda Oriental –pese a lo anacrónico, el autor insiste en llamarla así–, en Uruguay se desarrollaba la última guerra civil, que dejaba atrás la cultura del caudillismo rural y afirmaba los valores eminentemente urbanos y letrados.

Desde Uruguay, la primera aproximación seria a La tierra purpúrea se inició con la traducción de Idea Vilariño para la Biblioteca Ayacucho, en 1981 (antes circuló en la colección Clásicos Uruguayos con la forzada traducción de Eduardo Hillman). Luego de una tambaleante democracia, Ediciones de la Banda Oriental recién la pudo editar en 1992, con un precursor estudio de Ruben Cotelo. “Los que no sabemos muy bien qué hacer con él y, particularmente, con La tierra purpúrea somos los uruguayos”, decía Cotelo en ese ensayo, en el que fundaba un nuevo eje sobre el que construir y pensar la narrativa nacional, y se interrogaba no sólo por la naturaleza del libro, sino también por la del propio Hudson.

De familia estadounidense y rosista, Hudson emprendió un deambular errático y bien gaucho por el campo uruguayo, argentino e incluso el patagónico, donde ambientó maravillosos libros en los que evoca el paraíso perdido, y sus años de infancia y juventud, como el tantas veces citado y reeditado Allá lejos y hace tiempo (1918), una autobiografía de su vida en la Pampa, o Días de ocio en la Patagonia (1893), en el que reconstruye su viaje a Río Negro, poco antes de partir a Londres.

En su obra todo convive con la naturaleza virgen, con los bichos y los pájaros. Durante los últimos 30 años de su vida (murió en 1922) Hudson escribió y publicó una veintena de libros, entre los que se encuentran obras de ficción como su novela Mansiones verdes (1904), ambientada en las Guayanas, y sus célebres cuentos rioplatenses compilados en El ombú (1903). Su obra se centra en textos híbridos en los que alterna la descripción de la naturaleza con la narración de sucesos y el retrato de personajes, evocando diversas atmósferas y reflexiones sobre el entorno.

Durante la época en que se pensaba y problematizaba la tradición literaria argentina, Borges dedica un estudio a La tierra purpúrea en el que la definía como superior al Martín Fierro y a Don Segundo Sombra, y la situaba como el paradójico inicio de la literatura argentina, incluso cuando había sido publicada en Inglaterra y escrita en inglés (además, incluye su conocida sentencia de que este era uno de los “pocos libros felices” que había en la Tierra). Diez años después, el ensayista argentino Ezequiel Martínez Estrada iba aun más lejos y escribía: “Nuestras cosas no han tenido poeta, pintor o intérprete semejante a Hudson, ni lo tendrán nunca”. Y Unamuno incluso se animó a exponer que “Hudson vio y sintió lo que un hijo de la Banda Oriental nacido y criado en ella no habría visto ni sentido”.

Hallazgos

Este año, la editorial uruguaya Cal y Canto editó, por primera vez en una edición facsimilar y bilingüe, el Diario de su viaje a bordo del Ebro, el buque que lo llevó para siempre a Inglaterra. Se trata de un libro objeto, diseñado por Rodolfo Fuentes y ganador de los Fondos Concursables, del que sólo se editaron 300 ejemplares numerados. Como consigna la editora y crítica literaria Ana Inés Larre Borges en el prólogo, estas cartas que Hudson escribió a su hermano a lo largo del mes que duró su viaje inauguran en él “una actitud de escritor”. Un siglo después, estos fueron los únicos manuscritos originales que quedaron en el país en que nació.

Larre Borges cuenta que esta edición es una larga historia que comenzó en 2005 en un coloquio de la revista Montevideana que los docentes e investigadores Beatriz Vegh y Jean-Philippe Barnabé dedicaron a Hudson. “Por allí llegó de la otra orilla Ruben Ravera, un ‘autoconvocado’ que venía del Parque Hudson de La Plata, donde todavía trabaja, y que, entre otras cosas, trajo una placa para que fuera colocada en el Cerro de Montevideo, donde Richard Lamb da sus contradictorias arengas de condena y de amor sobre esta Banda”, dice.

Se refiere al comienzo de La tierra purpúrea, cuando, desde el Cerro de Montevideo, Lamb reclama –indignado– que la corona británica vuelva a dominar esta tierra, pero al final, luego de su viaje, se despide desde el mismo Cerro diciendo: “Adiós, hermosa tierra de sol y de tormentas, de virtud y de crimen; ojalá que a tus invasores del futuro les vaya como a los del pasado”. Y más adelante, ruega: “Ojalá que el resplandor de nuestra civilización superior nunca caiga sobre tus flores silvestres ni caiga tampoco el yugo de nuestro progreso”.

Así fue que a Larre Borges la sedujo la posibilidad de conocer el lugar donde nació Hudson, el rancho Los 25 Ombúes, donde hoy funciona el museo que lleva su nombre, en Florencio Varela (Gran Buenos Aires). “Fui dos veces a ese parque y museo encantador y modesto. Allí, en una pequeña biblioteca que atiende a los niños de la zona, se guardan –además de una colección de primeras ediciones– los originales de estas cartas. Fueron generosos y me dieron la copia digital de este diario que llevó Hudson cuando se fue a Inglaterra y que envió por correo a su hermano. El problema es que, como estaban escritas en papel biblia o carta de los dos lados, la escritura se transparentaba y se volvían ilegibles, y yo quería hacer una edición facsimilar y bilingüe. Eso demoró la publicación: la solución era tratarlas artesanalmente con Photoshop, pero demoré en encontrar a una persona que hiciera bien ese trabajo de preso. Durante estos años pensé en otras posibilidades que luego fui descartando; una pretendía hacer un libro menos bonito y menos fetiche, pero que fuese una antología de cartas hudsonianas”, cuenta. Cuando casi había desistido, Larre Borges decidió presentarse a los Fondos Concursables.

El 1º de abril de 1874, unos meses antes de cumplir 33 años, Hudson se despidió de su hermano Albert y de Buenos Aires, parte del imaginario rioplatense sobre el que volvería tantas veces. De hecho, como cuenta la crítica, Hudson se fue con la ambición de convertirse en un naturalista destacado, con Charles Darwin como referencia, y “también con el sueño de convertirse en un caballero inglés”. No obstante, a lo largo de las diversas etapas de su vida nunca abandonó el lugar alterno desde el que ejerció una certera y punzante observación de su entorno. Incluso, indignado, llegó a desafiar a varios ingleses diciendo: “Yo no soy un maldito escritor como ustedes. Soy un naturalista del Plata”.

Visión sudamericana

“Tiene la cabeza llena de versos de los poetas ingleses. Pero tiene, a pesar de toda su educación, una perspectiva sudamericana”, dice Larre Borges. Y agrega: “Entonces, para un sudamericano, un caballero inglés no se distingue por su vestimenta o su perfume, ni siquiera por el hábito de leer el Times todas las mañanas, que es lo que le aconsejan sus amigos en Londres. Para él, un caballero inglés es un viajero. Por eso creo que, apenas se sube al barco, se pone a escribir como no lo había hecho antes, en el modo de los viajeros que llegaban al Río de la Plata, con algo de flâneur y con intentos de ironía. Y todo lo que logra, después de no pocas penurias, lo hace escribiendo. Va a cosechar mucha más admiración entre los escritores que entre los naturalistas”.

Pensando en cómo se ha reconfigurado su obra en el transcurso del tiempo, dice que en verdad a Hudson no es fácil darle un “sentido definitivo”, precisamente porque él mismo es un fronterizo, “un fuera de lugar”. “Incluso podría decirse que es un desterritorializado, y probablemente eso sea lo que nos seduce de él. De todos modos, creo que lo tenemos más fácil que los argentinos, que disputan su identidad con Inglaterra. A nosotros nos regaló una obra ‘dichosa’, como decía Borges, y un legado que cruza romanticismo, audacia y ecología. Un buen combo que puede revisitarse y discutirse, porque está lleno de polémicas, de riesgos como la idealización de la barbarie. No hace tanto, hubo una puesta de teatro que se animó con estos temas con saludable irreverencia”, dice, en referencia a La tierra purpúrea, la obra de la Comedia Nacional que Anthony Fletcher dirigió en 2015. Esta adaptación logró captar las complejas contradicciones que engloba la novela, no sólo a partir de la esencia de ese universo retratado, sino también desde una selección de escenas en la que se exhibe a los personajes centrales, los avatares de Lamb, y esa campaña indómita que se extiende desafiante, con sus propias reglas. La puesta seleccionó escenas de la novela y, en paralelo, los actores recrearon instancias compartidas con las que intentaban comprender y aproximarse a ese mundo. En el transcurso de la obra, el protagonismo de Lamb se difuminaba y los demás personajes se volvían centrales en esa construcción escénica que, de cierto modo, se proyectaba hacia el presente, reafirmando la lectura del ser oriental a partir de un pasado sangriento y caudillista que, en el enfrentamiento, aspira a la libertad.

Los 29 capítulos de la novela avanzan de una historia a otra, incluyendo letras de canciones, expresiones, leyendas y sentimientos. Así, mientras que en el primer capítulo Lamb llega a Montevideo junto con su mujer, Paquita, escapando de Buenos Aires, en el segundo emprende un viaje por el interior, en una pulpería conoce a un gaucho que lo invita, gustoso, a su casa, en el tercero duerme en una estancia de Durazno y en el siguiente llega a Tacuarembó. Esta particularidad, que sitúa a la obra en un cruce de géneros, es acompañada por un desorden –como diría Borges– guiado por un orden secreto: el valor testimonial de un país perdido.

Emulando el registro, durante el viaje a Inglaterra Hudson ensaya –en cinco largas cartas– sus observaciones sobre los pasajeros y su entorno. Entre las oscilaciones del barco relata su encuentro con un pintoresco montevideano que viaja a comprar un instrumento de medición y, si bien extraña los pájaros, se encuentra con peces voladores que se lanzan sobre la cresta de las olas, oye el silbido del vapor y el “eterno coro de una multitud de olas afónicas”, a las que enmarca entre anécdotas (“Hay a bordo esposas coquetas, maridos celosos, quejas de los pasajeros, peleas, escándalos, marineros borrachos”), tropillas de ballenas, cardúmenes brillantes, tormentas, un práctico suicida y una imagen idílica de Inglaterra que abandonará con el tiempo.

Casualmente, lo primero que hace al llegar a esa nueva tierra es consignar su paso por la casa de Juan Manuel de Rosas en Southampton: “También vimos los hermosos huertos y los campos verdes y la modesta casa de Rosas, con techo de quincho”, dice, seguramente evocando el comedor de su casa de la infancia, en la que descollaba un retrato del gobernador. Estas contradicciones entre la naturaleza y la cultura, o entre el campo y la ciudad, incluso perseguirán al narrador de La tierra purpúrea, que llega a desear “haber nacido entre ellos y ser uno de ellos, en vez de un inglés fatigado y vagabundo que sobrelleva el peso de las armas y de las armaduras de la civilización”.

Tal vez lo que vuelve tan peculiar la escritura de Hudson sea esa necesidad de describir un mundo a quienes no tenían la menor idea de qué era esta tierra perdida, o quizá que supo narrar como nadie eso que tantos vieron pero no alcanzaron a distinguir. Porque Hudson transmite el relato de una memoria y, a la vez, el retrato de un lugar desde el que se elaboró y reprodujo una forma de vida.

Al cierre del libro se incluye una emotiva carta que el político y escritor escocés Robert Cunninghame Graham escribe desde Los 25 Ombúes, en la que consigna que, hasta febrero de 1936, muy poco había sido modificado. Aunque advierte que “quedan tres de los veinticinco ombúes” y que “todas las plantas que Hudson amó, hinojo, flor de la oración y otras, están aquí para lamentar su ausencia”, además de “un caballo alazán, desgraciadamente mestizo, atado a un poste frente a la casa. Creo que está esperando que Hudson le eche un cuero de oveja sobre el lomo [...] Usted comprenderá: usted es de los pocos que comprenderán, del mismo modo que comprendieron los aldeanos de Cornwall cuando grabaron en la piedra: 'WH Hudson solía sentarse aquí'". Es que las tierras y las obras de Hudson nunca dejaron de estar habitadas por una misteriosa grandeza, heredada de esas llanuras del Plata y evocada a partir del pasado y la ausencia.

Diario de su viaje a bordo del Ebro. William Henry Hudson. Montevideo, Cal y Canto. 2018, 64 páginas.

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