Pablo Casacuberta

Sacudiendo el panteón

Con Pablo Casacuberta, director del documental "Estable, los aprendizajes de un maestro".

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A 90 años de la inauguración del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable, un documental se propone rastrear los mundos de su fundador, sus obsesiones y sus dudas. A lo largo de su vida, Clemente Estable (1894-1976) apostó por la observación y la experimentación, reflexionó sobre la teoría y la práctica pedagógica, y se convirtió en un referente de la investigación científica. P...
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A 90 años de la inauguración del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable, un documental se propone rastrear los mundos de su fundador, sus obsesiones y sus dudas. A lo largo de su vida, Clemente Estable (1894-1976) apostó por la observación y la experimentación, reflexionó sobre la teoría y la práctica pedagógica, y se convirtió en un referente de la investigación científica. Pero, sobre todo, se transformó en una figura cautivante que marcó a estudiantes y discípulos, a la vez que inauguró un nuevo modo de acercarse a la producción de conocimiento. Clemente, los aprendizajes de un maestro, dirigido por el escritor, músico y artista plástico Pablo Casacuberta, se estrenará el jueves 28 a las 20.00 en la sala B del Auditorio Nelly Goitiño.

Unos días antes del estreno, Casacuberta nos recibió en el espacio Gen, emprendimiento que dirige junto con Andrea Arobba y que vincula el arte y la ciencia.

“Tenemos un enorme rango de actividades, con la intención de promover esa sensibilización, esa apertura, y que el público uruguayo tenga la noción de que el conocimiento reciente es patrimonio cultural. En general, la gente no lo incluye dentro del patrimonio cultural. Cuando se hace el Día del Patrimonio se convierte en una de las movilizaciones populares más grandes que tiene el país, y, sin embargo, en esa noción del patrimonio, especialmente después de la dictadura, se ha tendido a identificar la identidad uruguaya con la tradición, cuando la tradición es apenas un subconjunto de la identidad, ya que la identidad tiene que ver con todo lo que sos hoy”.

Por otro lado, la tradición fija tu identidad en un pasado inamovible.

En un pasado inamovible y, a menudo, ficcional. Una porción muy importante de nuestra identidad, incluso la que refiere al siglo XIX, se generó en el siglo XX. Nosotros somos un país que eligió una iconografía particular y una serie de valores para representarse a sí mismo con un fuerte componente de construcción. Eso no es un crimen; la identidad de todos los países es una construcción, pero en esa selección de qué es lo que decidimos que vale la pena ver, dejamos afuera un montón de cosas muy valiosas.

Según dijo la ministra de Educación y Cultura, María Julia Muñoz, en 2019 el Día del Patrimonio va a estar dedicado a la ciencia.

Me encantaría. Lo que siento es que la ciencia, en general, tendría que ser, dentro de los paisajes del conocimiento, uno de los más salientes. Porque el auto que manejás, el teléfono que tenés en la mano, la cocina que prendés todos los días, no se hicieron con tradición, sino con ciencia. Y en la vida cotidiana esa ciencia es cada vez más ubicua; sin embargo, la tradición académica escolar y liceal te presenta a la ciencia como una asignatura en lugar de como un ámbito en el que se desarrolla el grueso de los intercambios humanos.

¿Qué genera una visión sistémica del arte y la ciencia?

Nosotros venimos de un romanticismo. Los fines de siglo siempre son un estado de ánimo romántico, y la posmodernidad es uno de los romanticismos; para mi gusto, el peor en cuanto al nivel de elaboración y las perspectivas de lo que plantea. En la sensibilidad posmoderna, la ciencia, más que una metodología, es un discurso más. Y, al mismo tiempo, se considera a la ciencia un sistema para afirmar cosas, dejando de lado una de sus edificaciones fundamentales, que es la capacidad de refutación. La ciencia es un aparato conceptual para someter a resistencia ideas que tenemos como buenas, y eventualmente, desembarazarnos de ellas. El aspecto creativo de la producción conceptual está fuera de toda duda, pero la necesidad de refutar conocimiento asumido es menos heroica, tiene menos épica, aunque sea fundamental; es lo que diferencia a la ciencia de casi todas las otras formas de producir conocimiento, y por eso es insustituible. Cuando se ponen todas las producciones culturales exactamente en el mismo estamento y se validan los distintos discursos, no se tiene en cuenta que no todos los discursos se elaboran de la misma manera. Es cierto que la ciencia está asociada a movimientos socioeconómicos históricos, pero la ciencia no es solamente una emanación de ese sustrato histórico, sino una metodología para socavar sus propias afirmaciones.

De hecho, durante la Guerra Fría, en la ciencia también hubo un enfrentamiento feroz.

En general, la ciencia soviética, en todo aquello que tenía que ver con su concepción sobre el hombre, era muy mala. La ciencia sin refutación y sin libertad conceptual funciona poco. Los principios de la genética estalinista están pensados en torno a ideas del siglo XVI, porque eran más proclives a generar un hombre nuevo a imagen y semejanza de los libros estalinistas. Lo interesante de la ciencia es, justamente, el hecho de que puede socavar las ideas de su propio tiempo, pero además puede socavar las ideas de la propia academia científica. Por eso es increíblemente revulsiva.

Gen busca tender puentes entre el arte y la ciencia. Y cuando Estable salía a clasificar la flora y la fauna, a veces iba con un poeta. ¿Cuándo creés que estas disciplinas comenzaron a distanciarse o, al menos, a dejar de compartir sensibilidades?

Fundamentalmente en el siglo XX, y, sobre todo, luego de la Segunda Guerra Mundial. En la época de los cenáculos literarios de siglo XIX había muchos intercambios entre artistas y científicos. Samuel Coleridge era amigo de Humphry Davy, la persona que aisló el oxígeno, el nitrógeno y el magnesio, y se reunían para intercambiar ideas. El cometido de ambas disciplinas es ensanchar el ámbito de la experiencia. Lo que pretende la ciencia es tornar más propio algo que se te ha presentado como ajeno, comprenderlo por dentro. El arte coincide en muchas de esas aspiraciones. Además, el arte incluye una exploración de tu propia subjetividad, de tu propia dificultad para acercarte cognitivamente a lo que te rodea. Pero son complementarios y perfectamente compatibles. Los científicos de la posguerra, un poco instigados por la devastación que generaron productos tecnológicos que tenían una historia científica, comenzaron a sentir que la ciencia podía considerarse enemiga de la creación. Pero eso es como identificar a la ciencia con las compañías farmacéuticas, o con los agrotóxicos. La ciencia es una forma de explorar la realidad; cómo la uses es otra discusión. Es como estar en contra de la metalurgia por lo dañinas que pueden ser las armas blancas.

Hace tiempo que venís trabajando en ese cruce de ciencia y cultura. Incluso, diría que trabajás sobre la noción de que la ciencia es cultura, y da la sensación de que para vos unir ambas cosas no es un esfuerzo.

Fui criado en una familia en la que ambos padres eran científicos; justamente, estudiaban fisiología humana, es decir, las razones materiales por las cuales vos sos lo que sos. Por eso, en mi casa siempre se me presentó como natural concebir la cultura, que es algo que hacemos, con el tipo de animal que somos. Nunca se me presentó como temas en torno a los cuales hubiera una discontinuidad, al punto de que a veces me sorprende que se consideren estamentos distintos. Sería mucho mejor negocio para la sociedad pensar que son aspectos de la misma cosa.

¿Nunca pensaste dedicarte a la ciencia? Porque una cosa es tener una actitud científica y otra es hacer ciencia.

Más bien diría que tengo cariño por la metodología científica. La razón por la que he incurrido en muchas disciplinas artísticas es porque tengo una falta patológica de paciencia. Y a la ciencia no la podés construir sin paciencia. Esa especie de zapping que es mi vida creativa es incompatible con hacer el seguimiento de un experimento durante dos o tres años. Me gustaría tener esa paciencia, pero lo dejo para otra vida.

Se percibe un paralelismo entre tu infancia y la de los hijos de Estable: Clemente Rayo Estable dice que sus padres convertían su curiosidad en una búsqueda con sentido, y vos has reconocido que nunca fuiste sometido a “conversaciones de juguete”. ¿Cómo creés que incide la experimentación en la formación?

Mis padres tenían una personalidad muy florida, para bien y para mal. Y una de sus características era abordar las conversaciones con un altísimo grado de seriedad. Así aprendí que, ante la pregunta de un niño, la mejor respuesta es la más precisa posible. Y compruebo que en la vida cotidiana está lleno de respuestas que se dan para salir del paso. Muchas preguntas de un niño son una oportunidad increíble para tener una conversación larga y estructurada. Siento que, en general, el sistema educativo está desprovisto de verdadera experimentación. En la escuela o el liceo no hay experimentos verdaderos: en general hay simulacros de experimentos en los que el docente ya sabe todo y no hay ningún grado de incertidumbre. Yo tuve la suerte de ingresar a los 11 años a un liceo experimental en México.

¿Cómo era la propuesta?

La propuesta era que vos investigaras de verdad: investigabas cosas de las que los docentes no sabían el resultado de antemano, y lo hacías con mucha profundidad. A los 11 años te enseñaban el sistema para hacer fichas bibliográficas y te lanzaban a investigar un problema multidimensional. Por ejemplo, te invitaban a investigar la industria maderera en un estado mexicano alejado de la capital. Y vos averiguabas cuáles eran los impactos sistémicos y, al mismo tiempo, cuál era la química de la celulosa y la consecuencia de esa química en el cuerpo humano. Luego pasabas naturalmente a la vida de los trabajadores, y eso te remitía, naturalmente, al sistema legal. Te hacían entrevistar al gobernador de un estado perdido a los 12 años, e incluso te decían que tenías una oportunidad maravillosa de preguntarle lo que fuera porque eras un niño. Esto, que era muy alentador, era uno de los problemas de los que se ocupaba Estable. Él se preguntaba qué hacer con las características particulares de cada niño. Se puede hacer un sistema que sirva, en términos generales, para todos los niños, pero para que suceda eso hay que hacer un sistema que cuente con una gigantesca variedad. Estable consideraba que el sistema educativo estaba destinado a encontrar para qué era bueno cada niño en particular, qué deseaba hacer; cuál sería, para ese niño, una vida llena de propósito.

Junto a la propuesta de que el espíritu crítico se genera enseñando críticamente.

Él tuvo una serie de golpes muy visionarios. Primero, en los años 20 comenzó a preocuparse por la vocación, porque se daba cuenta de que la forma en que estaba estructurado el sistema educativo –algo que se remonta hasta la actualidad– no incluía al encuentro con la vocación como uno de los objetivos del pasaje por el sistema. Y para él, el sistema educativo era el medio por el cual se encontraba lo que se quería hacer en la vida. Esa capacidad de inspirar e incubar vocaciones se ha relegado a docentes que se dan cuenta de que pueden incidir en esto y trabajan especialmente en forma heroica, intentando incubar esas vocaciones; pero el sistema como tal no está diseñado para eso. Estable dice dos cosas: que el propósito de la educación es encontrar quién sos vos; y que la educación no es adaptar a los niños a la sociedad en la que están insertos, sino que el propósito es formar niños capaces de adaptar a la sociedad a lo que debería ser. Pero además, Estable también tiene esa visión de la educación, que luego estructura en torno a su plan de pedagogía causal, en la que el pasaje de un tema a otro es un degradé, y no una ruptura entre compartimentos estancos. Entonces hay una forma sensible de introducir los temas y pasar del uno al otro sin sentir que estás vulnerando una especie de barrera. Dentro de esto, Estable tenía gran interés en el cuerpo y sus manifestaciones. Por ejemplo, en el Plan Estable empezabas el día tirándote al suelo con tus compañeros y escuchando media hora de música. Ya empezabas en un estado de sensibilidad y de emoción que te preparaba para ser mucho más receptivo. Era un sistema centrado en la experiencia del alumno, no en el cumplimiento del programa.

Viendo el documental uno no se entera de qué sucedió con el Plan Estable. ¿Hubo resistencias, enemigos, detractores?

Hice el proceso que haría un realizador cinematográfico: tratar de encontrar el pathos, el camino del héroe y los obstáculos. Me hubiera gustado que existiera un enemigo discreto al cual apuntar mis misiles y vencerlo con este documental, pero lo que encontré fue una respuesta más tenue y más tibia. Lo que desgastó esas ideas fue la medianía, más que la dinámica de grupos concretos. Tuve que suscribir las palabras de Peyote Asesino cuando dice “el sistema no existe si no estamos vos y yo”, y concluir que no había un rechazo sistémico. Lo que hubo fue medianía y episodios de incompetencia.

Con respecto al Plan Estable esa incompetencia se expresa en el hecho de que fue un plan piloto de dos escuelas durante décadas, y a lo largo de esos años nunca hubo una evaluación oficial del funcionamiento del plan. Sí recogí muchísimos testimonios anecdóticos sobre los resultados del plan, a partir de mucha gente que lo vivió como alumna, y algunos veteranos que lo vivieron como docentes. Para el alumno era un plan fantástico en términos expierienciales, pero exigía un maestro dispuesto a aprender, a presentarse frente a sus alumnos como una persona que ignora determinados temas en forma sistematizada y metódica, lo que vendría a ser la práctica de un científico. Tampoco era un sistema educativo –como se lo acusó alguna vez– cientificista, porque se trataba de un sistema en el que la canción, la poesía, la música y el arte gráfico tenían un lugar privilegiado. A pesar de haber hecho una investigación obstinada, no logré dar con testimonios que evidenciaran la resistencia a sus ideas. Sí encontré personas muy viejas que decían que Estable no era un sujeto que hubiera hecho contribuciones científicas muy significativas, y lo reducían a un buen divulgador. Es una idea extendida en una generación de científicos, pero no se corresponde para nada con la realidad; Estable tenía 149 trabajos publicados y publicó en áreas tan diversas que, para un sujeto de su época, resultaría indignante.

En una época en la que las publicaciones eran mucho menos usuales que ahora.

El gran problema es que él no escribía papers, sino textos que aspiraban a ser libros en la materia. Y uno de los temas que trata el documental es la penosa traducción de sus trabajos. Yo estuve dos años haciendo el documental y no encontré ni personas ni textos que apuntaran de forma directa a denunciar esa resistencia. Me inclino a pensar que generó resistencia porque Estable era un sujeto que vino a la capital en un momento en que en el país aún resonaban los ecos de una guerra, y que estaba dividido en dotores y en la población considerada campestre. Además, era pobre, el noveno hijo de una familia de 14, que venía del campo y se erigió en científico en forma autodidacta. Pero el Uruguay es medido hasta para criticar, y en los testimonios de la época es difícil encontrar una manifestación explícita de esas resistencias. Se podría decir que la mayoría de las personas que contribuyeron a la cultura entre los años 1920 y 1940 son olvidados en el discurso generalizado del uruguayo de hoy, como Emilio Oribe o [Carlos] Vaz Ferreira, con los que tenía una amistad íntima.

Tenés varios puntos de contacto con Estable: relacionás la ciencia y la cultura, tus padres investigaban fisiología humana, fuiste a un liceo experimental en el exilio. ¿Cuánto de personal hay en el documental?

Mi madre, cuando era adolescente, decidió ser ingeniera. Hasta que un día llegó Estable a su liceo para dar una charla. Mi madre desarrolló un entusiasmo tan grande que, en su inocencia, abordó al maestro y le pidió una entrevista. Él se la concedió y al cabo de la entrevista, mi madre decidió ser científica. La figura de Estable está tan presente en la historia de mi familia que por él mi madre estudió medicina, y ahí conoció a mi padre. Así que, sin él, yo no hubiera nacido y no estaríamos teniendo esta entrevista. Claro que hay una identificación personal; es un orejano, y yo fui criado en un contexto de extrema orejanía, lo que, a menudo, desde el punto de vista ideológico supone cierto nivel de desamparo. Yo mismo soy alguien con un credo ideológico o político que suele ser inescrutable, y en alguna dimensión empática comprendo su predicamento. Pero es una figura gigantesca, y fue uno de esos sabios del siglo XIX que parecen no tener una, sino muchas vidas superpuestas. Cuando ves el recorrido de sus búsquedas y peripecias parece la vida de seis o siete personas. El uruguayo actual hace un énfasis muy grande en la identidad, cuando la identidad es un vector contrario a la experiencia. Él siempre decía que, en caso de conflicto, entre el pasado y el futuro se debe optar por el futuro. El personaje tiene mucho para decir.

Como escritor, te interesa la frase como unidad, y algo de esto se reconoce en la cadencia del documental. ¿Cuándo descifraste el ritmo de la narración?

Eso tiene su intención, porque pareciera que todos estuvieran hablando un solo discurso. Quería que se percibiera que todas esas personas, sin saberlo, eran coprotagonistas de una misma narración. Trabajo mucho sobre las frases del entrevistado, porque para mí un documental es discurso. Este es un documental, si se quiere, ideológico, y hasta podría decir propagandístico, en el sentido de que hay una serie de ideas que intenté que se expresaran de la manera más clara posible. Quería tocar dos temas: el aspecto vocacional y su ejercicio de la libertad; y el discurso educativo. A lo largo del documental, la ciencia es más un vehículo que un objetivo en sí mismo. No es un documental sobre su obra científica, lo que sería muy difícil, entre otras cosas, porque una porción muy sustancial de su obra está inédita. En la casa hay un ropero que tiene cartas de Vaz Ferreira, cartas inéditas de Santiago Ramón y Cajal, inéditos científicos. Y es que él no hacía de la publicación la parte central de sus pesquisas. Su archivo, que no está digitalizado, es una fuente no sólo de datos, sino también de la imaginería del Uruguay de su tiempo. Te hiela la sangre la cantidad de fotos que tiene, y las interacciones e intercambios epistolares increíbles: te podés encontrar una celda de acetato con Pepe Grillo dibujado, que es el personaje de Walt Disney que más encarna el estudio de la neurofisiología; o sea que Walt Disney se lo regaló sabiendo muy bien quién era, y de hecho le dedicó una nota, diciendo: ‘Con mi máxima admiración para el maestro Clemente Estable’. Es angustiante ver que ese archivo esté ganando moho.

Estable y los partidos políticos

“De un grupo de 11 entrevistas no incluimos ninguna en esa línea porque abría la puerta para otro documental. La historiadora Vania Markarian nos dijo algo muy juicioso: ‘Estable era un sujeto que ninguna corporación –política o social– contemporánea uruguaya podría reclamar como suyo’. Y ese es uno de los grandes problemas de la reivindicación de su legado. Pero no nos engañemos: hay muchos personajes reconocibles desde el punto de vista político, cuyo pensamiento y obra hoy en día nadie conoce. Hay un problema de desidia y abulia sobre las contribuciones intelectuales uruguayas. En sus obras, la afiliación política de Estable es inescrutable, y también lo es su condición de creyente o ateo. Es muy cuidadoso de mantenerse ecuánime porque sabe que las opiniones que le importa movilizar no están en el ámbito político o la administración social de las creencias. A él le importa el sistema educativo y generar una institucionalidad científica ‘libre’. Para todo lo demás es suficientemente cuidadoso porque sabe que tiene que lograr consensos en estas dos áreas conflictivas. Esta es la reconstrucción que hago en mi cabeza de por qué es tan difícil saber qué pensaba en el plano político. Hablar de su actitud ante la dictadura era dejar tranquilo a un segmento de la población cuya inquietud nacía de una incertidumbre. Y el objetivo del documental no era tranquilizar gente sino movilizarla”.

¿Se murió con el reconocimiento social?
Antes de morir tuvo álbumes de figuritas con su nombre, en una época en la que los niños llenaban álbumes con talento uruguayo. Tuvo sellos postales y hasta hay 19 escuelas llamadas Clemente Estable. Tuvo reconocimiento, pero una porción fundamental de ese reconocimiento es vacío, formulaico. Es reconocer que hubo un crack, sin prestar atención a aquellas cosas que estaba tratando de promover, fundamentalmente en lo educativo, que es donde tuvo su predicar más revulsivo. Murió en 1976, y la dictadura le dispensó honores de hombre de Estado. Esto se explica porque hubo un coronel, llamado Gabriel Barba, que en su juventud había ido a una de sus charlas. Y cuando se intervinieron las instituciones educativas y científicas, este coronel dejó afuera al Instituto. Esa condición de islote le permitió ser un refugio para científicos expulsados del sistema formal, y se convirtió en una especie de asilo; no sólo para uruguayos, sino también para argentinos. Cuando Estable muere, esa condición de islote no le granjea una gran popularidad dentro de la izquierda, en un momento extremadamente polarizado. La izquierda posdictadura tiene una inspiración fuertemente posmoderna, y a esta figura no la pudo colocar en ningún lado del espectro político, ni siquiera con respecto a la dictadura, a pesar de que su devoción democrática fue expresada en innumerables oportunidades. Se trataba de un muerto célebre y lo dejaron donde estaba: en el panteón.

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