Mariana Mota, ayer, en la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo.

Se inauguró el primer sitio de memoria en Uruguay

En la ex sede del Servicio de Información y Defensa, donde hoy está la INDDHH.

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Dicen que estaba parada allí, en la ventana que daba al patio, sosteniendo a una beba en sus brazos. La imagen duró un segundo, pero fue suficiente para que Martha Petrides la guardara en su memoria. La mujer era María Claudia García y la bebé era Macarena Gelman. Hoy, aquella ventana de lo que fue la sede del Servicio de Información y Defensa (SID) está tapiada y fue intervenida por la obra de la artista plástica Claudia Anselmi. El relato de Alicia Cadenas figura debajo: “Una vez en el patio, Martha Petrides, que era un rayo para todo, me dice: 'Alicia... mirá la embarazada con el bebé' y vi... un bebé envuelto y una muchacha morocha, blanca, que salía y se escondía en ese momento... ella [Martha] se ve que la vio más tiempo, en una de esas ventanas de arriba. Una actitud bien natural de un preso que está solo, secuestrado y desaparecido es hacerse ver por alguien; ella debe haber captado que bajábamos y debe haber salido a propósito”. Los relatos de los sobrevivientes se pueden ver en los distintos cuartos de la casona ubicada en Bulevar Artigas 1532. Allí operó hasta 1976 el SID y desde 2016 funciona la sede de la Institución Nacional de Derechos Humanos y Defensoría del Pueblo (INDDHH), que inauguró ayer, a 45 años del golpe de Estado, el primer sitio de memoria en Uruguay.

Por esa casa pasaron presos políticos traídos de Buenos Aires, los niños Victoria y Anatole Julien, María Claudia y Macarena. Según explicó la presidenta de la INDDHH, Mariana Mota, durante la inauguración, la idea de abrir las puertas de la institución es “iniciar un relato”: “contar la historia particular de estos uruguayos, pero también la historia de Uruguay”. En 1976 comenzó la dictadura en Argentina y, con ella, la persecución masiva y el secuestro de los uruguayos que residían allí. El Plan Cóndor estaba en marcha, y en julio de ese año fueron trasladadas 62 personas desde el país vecino, pero sólo 24 llegaron a la sede del SID.

No fue fácil reconstruir a partir de los fragmentos de memoria, identificar los lugares de la casa, que fue muy modificada por los militares. Elba Rama, que estuvo detenida en Orletti, en Buenos Aires, y fue trasladada hasta el SID, cuenta que “fue un lugar de secuestro, de oscuridad total”. Se desarrollaba una gran represión en el Cono Sur, continuó, y “aparecían cadáveres en las aguas y muertos en Argentina; nosotros estábamos en el subsuelo y nuestras familias no sabían si estábamos vivos o no”. Tras el fin de la dictadura, volver a la casona fue removedor: “La habitación en la que estábamos había sido modificada, pero en una de las visitas un compañero pudo identificar la ventana que veíamos cuando nos sacaban a tomar sol”. Reconocer el lugar del encierro y de tortura “implicó un esfuerzo” muy grande, relató Rama, pero les pareció “fundamental para que se sepa, para aportar memoria a nuestra sociedad”.

En el subsuelo, una línea de tiempo describe el recorrido de los detenidos. Cada habitación cuenta una historia. En la “sala de oficiales” hay retratos de los represores y torturadores durante la dictadura que fueron posteriormente condenados a prisión. Juan María Bordaberry y José Nino Gavazzo, entre otros. Mientras observa las fotografías, una mujer le comenta a un hombre: “Muy pocos, ¿no? Seguro si viene un argentino y mira esto, dice: ‘Acá falta justicia’”.

Otro cuarto vacío mantiene las baldosas amarillas y rojas de la época. También los caños y un tanque de 200 litros, donde les hacían el submarino. En una pared, la memoria de Edelweiss Zahn cuenta: “El caño estaba colgado de un lado al otro y ahí estábamos colgados como gallinas”.

La habitación donde permanecieron detenidos desde fines de agosto hasta noviembre de 1976 cambió bastante. Había dos bancos largos contra la pared, donde los mantenían sentados, esposados y encapuchados. El piso de tablones largos de pinotea fue cambiado por los militares. Ahora, sobre las baldosas oscuras que lo sustituyeron, en una esquina se ve el relato de Sara Méndez en letras blancas: “Para nosotros el piso tenía mucho sentido, porque era lo que veíamos en la medida en que estabas vendado; el piso era tu horizonte”.

Una noche, cuenta Méndez a la diaria, un soldado estaba hablando por teléfono; escucharon que decía que una mujer tenía dolores de parto y pedía indicaciones. A los pocos días, un soldado preguntó quién sabía preparar una mamadera. “Entonces calculamos que la mujer embarazada había dado a luz”, relató. Una mirada internacional se dirigía hacia este lado del continente por las denuncias de vulneraciones de los derechos humanos, y fue por eso que los represores decidieron “blanquear” la presencia de sus cautivos. “Cuando nos llevan a la conferencia de prensa, nos damos cuenta de que había una difusión muy grande de nuestra búsqueda y de que se ven obligados a mostrarnos vivos”. En ese momento “también tuve la clara presunción de que no iban a aparecer los otros”, recordó Méndez.

“Para nosotros fue una emoción muy grande poder volver al lugar, ubicar lo que pasó acá, el número que tenía yo, quién estaba al lado. Todo lo que ha habido de avance en este tema, en la medida en que no ha sido por parte del Estado, que no se ha puesto este tema sobre los hombros, ha sido gracias a las víctimas. La función del sobreviviente sigue siendo reproducir lo vivido y denunciar lo que pasó”, sostuvo.

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