Más allá de la estilización de estas disputas y agresiones, la música fue una de las pocas ramas del arte que logró hacer del conflicto un elemento constitutivo de cierto género o estilo. En nuestras latitudes el hito más evidente es la poesía gauchesca, con payadas en las que por turnos se trataba de derribar, a fuerza de métrica y rima, al improvisador rival. En tiempos actuales, si bien sobran en el rock y pop canciones injuriosas dedicadas con nombre y apellido, el género que tomó la posta de hacer de la cerbatana verbal un arte en sí mismo fue el hip hop.

En sus inicios ya está marcada la competencia territorial como uno de los principales tópicos. Quizás el beef (término usado para disputas que se arman entre distintos raperos o crews, y que se continúan tema a tema, en canciones que suelen denominarse "diss tracks") que comenzó todo fue el que se dio entre las agrupaciones de Boogie Down Productions y Juice Crew, que en 1985 entraron en una atrincherada disputa sobre los orígenes del género. En su canción "The Bridge", los Juice Crew tenían un verso en el que alegaban que el lugar donde comenzó todo fue el puente de Queens. Los versos no le cayeron en gracia a la crew del sur de Bronx, que respondió con una serie de composiciones incendiarias que culminarían con “The Bridge Is Over”. La canción se convirtió en un hito de la historia del hip hop por ser el primer “diss track” que acabó de un plumazo con la carrera entera de un contrincante.

En la medida en que el hip hop se convertía en un género redituable, los beefs fueron creciendo entre las baldosas. Los duelos más famosos han quedado grabados en piedra, a veces por la calidad de su ejecución, otras por lo incendiario de sus letras, y no pocas veces por terrenos extramusicales –a veces telenovelescos– que sus realidades tocaban. Quizás el más insigne de todos sea el de 2Pac y Biggie Smalls, enfrentamiento recordado como la piedra angular de la radical escisión entre el hip hop de la costa este y oeste en los 90, pero más que nada por los asesinatos de ambos músicos en el lapso de sólo seis meses. Sin embargo, hay otros que llegan a hacerle competencia, como la guerra balcánica que se dio entre casi todos los integrantes de NWA tras su desmembramiento, la pelea entre Nas y Jay-Z, el baño de napalm con que Eminem roció al editor de la revista The Source, o la recentísima contienda entre Drake y Pusha-T.

Más allá de purismos musicológicos, hay algo fascinante alrededor de los beefs, y es que la victoria admite múltiples epistemologías. Uno puede estar en lo cierto pero no ser convincente. Uno puede ser convincente pero no tener flow. Uno puede carecer de flow pero ser lapidario. Y uno puede ser liviano pero decir algo demasiado brillante y poético que zanje la discusión. Cuando las peleas pasan de los puños a las palabras, de pronto las categorías welter, mosca o pluma disuelven sus pesajes en el éter y lo que convierte a un rival en alguien temible adquiere variadísimas posibilidades.

Uno de los principales combustibles que mantienen el entusiasmo alrededor de los beefs es la prestancia de encontrar un escenario experimental en el que se pueden medir in situ muchos de los elementos que hacen a un rapero efectivo, y una especie de morbo que hace crecer la mitología dentro del género: de golpe un montón de fans se convierten en historiadores y semiólogos, capaces de descubrir referencias y entramados.

Autogestión e industria

En el rap español el beef más importante de los últimos años está sucediendo en este momento, hipertrofiado por la inmediatez morbosa de las redes sociales.

El malestar entre Yung Beef (integrante de Pxxr Gvng) y C Tangana (originario de la crew Agorazein) viene de tiempos lejanos. Ambos son musical, visual e ideológicamente dos caras de una misma moneda. Antón Álvarez Alfaro (también conocido como C Tangana, Crema o Pucho) siempre ha parecido un chico de buena formación, prolijo, y con una rapidísima capacidad para anticiparse a las jugadas del escenario global. Una extraña maquinaria en la que nada está rendido al azar. Yung Beef (nombre artístico de Fernando Gálvez Gómez), por el contrario, siempre pareció un glitch del sistema, entre sus incisivos doblados y grises encastrando rimas como en una torre de jenga a borde de desmoronarse, su voz distorsionándose entre influencias reggaetoneras pasadas por un barniz negro y oleoso.

El festival Primavera Sound redimensionó el conflicto entre los músicos en un nuevo nivel, cuando en una entrevista ambos se trenzaron sobre versiones antagónicas de cómo hacer de su música un negocio. Yung Beef, que siempre abrazó una ética más punk, planteaba la necesidad de hacer una escena por él y para los suyos, prescindiendo de los sellos internacionales, e indirectamente tratando a su contrincante de vendido. C Tangana, amparado bajo el sello Sony y con el tema “Bien Duro” haciendo metástasis en todas las emisoras, planteaba que los porcentajes y la plata que uno podía hacer con una multinacional eran mucho mayores que todo lo que podría hacer Yung Beef con autogestión, y que ni siquiera había forma de salir del sistema, que las mismas distribuidoras y la paga por reproducciones están amañadas por otros.

La pelea no terminó ahí y al poquísimo tiempo Yung Beef le dedicó un tema a Tangana, quien casi como si hubiese estado aguantando un bluff de póquer, le respondió con una jugada maestra: puso en venta una camiseta que ridiculizaba a su contrincante, y dijo en redes que si llegaba a los 20.000 euros en ventas, le contestaba. La plata llegó casi inmediatamente y la respuesta no se hizo esperar. “Forfri” empieza con “¿quien trabaja para mí? ¡Yung Beef! Te he sacado 20.000 puta forfri”. Lejos de quedarse en la mera bravuconería, en la canción desarrolla sus opiniones sobre lo que considera que debe hacerse en el mercado, burlándose de la candidez hippie de Fernando y terminando con un lapidario: “El sistema se nutre de gente como tú, los que se creen que están fuera, pero sólo están abajo”.

Hay casi unanimidad con respecto a que esta última batalla la ganó el mucho más atildado Tangana, pero eso no significa estar de acuerdo con lo que dice. De lo más interesante de esta pelea es cómo se conformó como un asunto de Estado dentro del rap, en el que todos tienen una opinión, incluso por estas latitudes.

Diego Arquero, originario de Sevilla, pero aculturado a lo uruguayo desde sus 16 años, es la figura que despegó meteóricamente dentro de la escena del hip hop local, y uno de los caballitos de batalla del aggiornamiento del sello Bizarro a los ritmos actuales. Respecto de esta disputa, tiene una posición bastante equilibrada entre su corazón y lo que piensa que debe organizar una carrera: “Desde que Tangana firmó con Sony se metió en la radio de todo el mundo, y más allá de que su sonido ahora es más mainstream o más reggaetonero, tal vez termine teniendo el monopolio de todo, sin depender de los ritmos que utiliza hoy en día. Con respecto al beef, hay dos puntos: si la versión de Yung Beef fuera ‘mira, yo hago la música que quiero, no me importa llevarme diez pesos y repartirlo entre todos, prefiero tener menos responsabilidades’, me parece una postura súper respetable. El tema es que dice que hace dinero y que todo queda para los pibes, y si querés vender eso como modelo de industria le mentís a la gente. Por eso estoy del lado de Tangana en cómo hacer las cosas”.

Leandro Hache Souza comenzó a hacerse conocido a partir de la crew MAC TEAM y por ser varias veces campeón en batallas de freestyle, pero al igual que Arquero, pegó un salto de popularidad con su participación en Los buenos modales (2016), en el que incluso los dos conformaron el dueto de MCs de “Flanders”, el tema más famoso de la banda. Más allá de la afinidad personal y artística de ambos, la visión de Souza se acerca más al yungbeefismo: “Lo que ellos discuten tiene dos caras. La primera es quién se lleva más de dinero, quién es menos empleado que el otro. La segunda es quién está más empoderado y quién tiene más agarrada del cuello a la industria. Pucho tiene el punto de que él tiene el mejor contrato; investigó qué sello se lleva qué, eligió un lugar estratégico y tal vez sea de los tipos que se han movido –en lo económico– más inteligentemente en la industria del rap hispano. Pero Yung Beef, con un contrato peor y una disquera que a la larga también depende de las multinacionales, no tuvo que vender y transformar su identidad artística en el proceso. A Pucho desde hace tres discos que lo veo tomado por la fórmula y las ganas de ser el más pegado. Siento que ese personaje, aunque tenga menos jefes, está más esclavizado por las ganas de estar arriba y de hacer dinero”.

C. Tangana
C. Tangana

Esta contraposición entre la libertad tomada como forma de vivir lo artístico y de hacer un medio de vida es un interesante parteaguas. Rodrigo Javier Torres (Alias JT), la voz más barítona del rap nacional, dice: “Fernandito es un tipo que para mi gusto está un poco Pity: tiene ideas muy locas y por momentos poco coherentes, o buenas ideas pero no muy bien justificadas. El tema es quedarte con lo máximo posible de lo que genere tu producto. Acá hay un montón de artistas que jamás se registraron en AGADU [Asociación General de Autores del Uruguay] y su plata va a los bolsillos del Estado; no conocen los impuestos que les genera facturar un toque, y después te dicen que no están ni ahí con ‘venderse’. Y cuando termina la jornada estás haciendo hamburguesas en McDonald’s para vivir. Eso es venderse más que cualquier otra cosa”.

Bardo uruguayo

Hace al menos 70 años que la música es un negocio, pero esta es la primera vez que concentra tantos terrenos de discusión, al punto de incluir elementos metaartísticos (o incluso, metaindustriales) en la misma lírica de las canciones. En este punto, con el hip hop sucede un quiebre poco común: si bien el punk, con la postura diy (“do it yourself”, hágalo usted mismo) y un ideario autogestivo de corte anarco ya había disertado sobre las éticas dentro de los mecanismos de producción, el rap es el primer género en el que jóvenes realizadores teorizan sobre esto desde una postura desenfadadamente capitalista. Para la mitología rockera, animarse a pensarse a uno mismo como producto era un tabú, aun cuando el culto al éxito y los excesos dieran por descontado este contexto. El hip hop es, quizás, el primero que está tocando una fibra millennial reciente: la autoconciencia de ser parte de una maquinaria y la necesidad de poner a girar la rueda de manera que los recursos caigan donde uno esté parado. Puede asustar el modo en que lo artístico está cada vez más asumido como parte del entretenimiento y el negocio, pero esta misma noción podría habilitar la búsqueda de nuevos agenciamientos y fisuras dentro del poder de unos pocos que siempre han manejado la industria uruguaya.

Sin embargo, detrás de esta idea de apertura a un nuevo mercado queda la incógnita de si, más allá de las características propias de los géneros, la idiosincrasia uruguaya admite bancar la idea del enriquecimiento como una forma de alardeo típico del género. En ese sentido, Leonard Tejo Mattioli, insigne cofundador de La Teja Pride, dice: “En el rap uruguayo tenemos un culto a la humildad, lo que no significa que seamos humildes, pero sí que al menos nos gusta hacer creer que lo somos. El bragging (hacerse ver) es lo opuesto, hay algo en el hip hop local de darse para adelante, pero nunca a esos niveles”.

El beef no sólo es el ágora en donde se presentan estas discusiones de a dónde va la plata, sino también una serpiente que se muerde la cola: un gran escenario de promoción y venta alrededor de la polémica (no pocas veces armada de antemano). Fernando Richieri, conductor de El quinto elemento y organizador de los Premios Nacionales del Hip Hop, afirma: “El beef viene de la cultura yanqui, de una cultura de capitalizar todo. Esto todavía no se ha dado acá por temas de idiosincrasia, y porque todavía no hay dinero en juego”.

En Uruguay no hay mucho registro de beefs insignes. Salvo algunos desencuentros entre VDS y Plátano Macho (como recuerda Mattioli), lo que predomina son meras alusiones, referencias apenas atisbadas. “Acá existe el beef camuflado. Nadie se anima a dar nombres”, dice Don Felipe, MC junto con Hurakán Martínez, de Arrajatablas Flow Club. “Yo tuve esa especie de beef hace años, y a veces te suma en lo personal: sacás de donde no hay. Venía de una crisis creativa, y de repente un pibe subió un tema, ‘Arrajapenes’, y te juro que escribí en una noche lo que no había escrito en un mes. Ahora me río porque son rimas básicas, pero en el momento me sacó de una crisis de escritura”.

Más allá de las posibilidades que ofrecen los beefs como divertimento, combustible creativo o medio de promoción, hay algo en lo que coinciden todos: la cercanía de un país como Uruguay hace casi imposible mantener una guerra armamentística. Diego Arquero dice: “El tema es que en Uruguay el núcleo es muy unido, parás en los mismos lugares. Prefiero pegarte una piña en la cara que encajarte un beef. Porque si no, vamos a ser unos ridículos; voy a tener un beef con alguien y voy a estar en el mismo bar tomando una birra”.