La casa de la mente es azul

Reseña de "Sorjonen", de Miikko Oikkonen.

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Cuando Georges Simenon tuvo que presentar al público al que sería su personaje más famoso –el comisario Jules Maigret–, optó por un comienzo que le ahorraría las descripciones fatigosas: en la austera oficina de la Policía Judicial del Quai des Orfèbres, el inspector Maigret se afloja el cuello de la camisa (la chaqueta cuelga de una percha), aviva el fuego de la estufa, renueva el tabaco de la...
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Cuando Georges Simenon tuvo que presentar al público al que sería su personaje más famoso –el comisario Jules Maigret–, optó por un comienzo que le ahorraría las descripciones fatigosas: en la austera oficina de la Policía Judicial del Quai des Orfèbres, el inspector Maigret se afloja el cuello de la camisa (la chaqueta cuelga de una percha), aviva el fuego de la estufa, renueva el tabaco de la pipa y lee el telegrama escrito en clave que acaban de entregarle. Por supuesto, lo descifra sin dificultad e imparte, sin demora pero también sin ansiedad, las órdenes exactas para dar curso al asunto. Esa primera escena de la primera novela protagonizada por Maigret (Pietr, el letón; 1931) resolvía en pocos trazos el problema de introducir a un personaje que estaba destinado a acompañar a los lectores durante casi un centenar de relatos a lo largo de 40 años.

El director y guionista finés Miikko Oikkonen (1974) conoce el valor informativo de una primera escena, así que el protagonista de su última serie, Kari Sorjonen, también es presentado a los espectadores en plena faena, luciendo las habilidades que lo hacen único en su oficio. Sobre una cama, en lo que parece ser su propio dormitorio, hay una niña muerta. Tiene cosidos los párpados y los labios, pero no da la impresión de haber sufrido. Se parece a una muñeca antigua olvidada por su dueña. La cámara hace foco en la boca, en los ojos cerrados, pero no se detiene mucho en la truculencia de las costuras. Pasan a primer plano los ojos, también cerrados, de un hombre flaco que se palpa la cabeza con las manos, como buscando algo que está en algún lugar ojos adentro. Enseguida los ojos del hombre se abren y buscan algo afuera. Vemos los dibujos infantiles en las paredes, volvemos a ver la performance de las manos en la cabeza; entendemos que el tipo que está ahí ya entendió todo y ya sabe qué pasó, cómo y por qué. En pocos minutos los hechos le darán la razón. Esa primera muerte sólo ocurrió para que conociéramos al detective Sorjonen y percibiéramos su peculiar talento.

Pero hay más cosas que debemos saber, y nos serán informadas del mismo modo. Ahora la escena es en un hospital: una mujer con la cabeza vendada es acompañada por nuestro héroe. Entendemos que son marido y mujer, que ella está o estuvo gravemente enferma, que él no ha tenido todo el tiempo que hubiese querido para acompañarla. Entendemos también que esa culpa estará detrás de sus próximos movimientos. La iluminación y el encuadre nos dejan claro que atravesamos un proceso de vigilia: un duelo que puede haber sido pospuesto, pero que está lejos de haber salido del horizonte.

Kari Sorjonen es un hombre de alrededor de 50 años que vive con su mujer, Paulina, y su hija adolescente, Janina, en Helsinki. La serie empieza cuando Paulina está recuperándose de un cáncer cerebral y Kari le propone mudarse a Lapperanta, una ciudad próxima a la frontera con Rusia, de la que ella es nativa. Pronto los veremos en viaje hacia su nueva vida, en la casa que Paulina heredó de su madre. Kari consiguió un puesto en la Unidad de Crímenes Especiales, que tiene competencia en esa región fronteriza gracias a la financiación de la Unión Europea. Será en la primera reunión con los que integrarán su equipo que recibiremos noticias sobre el sistema de mnemotecnia que lo vuelve infalible en la resolución de misterios: según él mismo explica, el asunto consiste en construir una “casa de la mente” para organizar la forma en que se guardan los datos y saber en dónde buscarlos cuando sea necesario. Lo interesante es que esa metáfora –la “casa de la mente”– funciona si se apoya en una representación física, material, que, para el caso, se consigue parcelando un espacio –el suelo de la oficina, por ejemplo– y moviéndose entre las parcelas para que el buscador interno se desplace por la mente. No importa si no entendemos mucho cómo funciona el método: nos bastará ver que en pocos minutos Kari fue capaz de sacarle la foto a cada uno de sus futuros colaboradores, que pudo descubrir su temperamento, sus aspiraciones y sus flaquezas, y que está dispuesto a entrenarlos para que aprendan cómo hacer lo mismo.

Por supuesto, lo importante en una miniserie policial no es que las destrezas del héroe se justifiquen (atrás quedaron los días en que los detectives tenían que probar sus habilidades deductivas exponiendo paso a paso sus razonamientos) sino que los espectadores confíen en ellas. Así, a pesar del contundente modelo arquitectónico que el guion propone para el pensamiento, los aciertos de Kari dan la impresión de apoyarse unas veces en montos sobrenaturales de empatía, y otras, en el mero azar. Por más que abunden los primeros planos de sus ojos cerrados, que la cámara lo rodee mientras se toca la cabeza o que lo veamos descalzo pisando cuidadosamente una u otra parcela de la “mente externa” que se construyó en el sótano, lo que se nos muestra es que el tipo sabe lo que pasa, sin que nunca nos quede del todo claro cómo se deriva de la metáfora espacial esa capacidad de reconocer a un mentiroso, ver una escena que ocurrió en el pasado o distinguir la realidad del simulacro.

Sorjonen (que en inglés se difundió con el nombre Bordertown, un sugestivo desplazamiento del énfasis desde el personaje hacia el género, el policial de frontera) elige una paleta de grises pizarra y azules plomizos para las escenas interiores (las casas, la estación de Policía, los hospitales), mientras que las escenas exteriores se permiten los tonos plenos de la naturaleza límpida de los lagos y bosques finlandeses. Abundan las tomas cenitales en las que el borde perfectamente recortado del pueblo contrasta con el azul brillante de un lago de aguas quietas, imperturbables, en el que flotan prolijos los troncos que alimentan la planta de celulosa. Si nos pusiéramos conspiranoicos diríamos que la industria maderera financió una ficción solvente y bien realizada sólo para mostrarnos que una fábrica de pulpa de papel puede integrarse al paisaje y hasta embellecerlo. Pero no tenemos por qué pensar siempre lo peor.

La primera temporada de Sorjonen, que Netflix acaba de agregar a su catálogo, está compuesta por 11 episodios, en los que se desarrollan cinco casos. El final es abierto, sugiriendo que en cualquier momento podría anunciarse la temporada siguiente.

Sorjonen. 2016, de Miikko Oikkonen. Con Ville Virtanen, Matleena Kuusniemi, Anu Sinisalo. En Netflix.

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