Las palabras y las things

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Esta nota nació del cartel de un bar. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al idioma; al nuestro: el español, lindo, infinito y con sus sabrosos y picantes uruguayismos. “Burgers and drinks”, dice, allá frente a la rambla del Rolled Park, perdón, del Parque Rodó. ¿Cómo llegamos a eso? Ni siquiera es un anglicismo, sino tres vulgares palabras en inglés para referirse a dos cosas que en cualquier barrio de este bendito país siempre fueron “hamburguesas” y “tragos”. Quizás algún entusiasta del turismo pueda argumentar que el cartelito tiene como público objetivo a los extranjeros angloparlantes, pero en ese caso también debería tener una versión en español, ya que así deja out a todos los demás que no saben inglés. Porque, no lo vas a creer, darling, pero no todo uruguayo maneja la lengua de Shakespeare.

Detrás de la moda de renombrar todo en inglés subyace la idea de que la palabra anglosajona mágicamente transforma en otra cosa al objeto que representa. Esa nueva cosa no sólo es distinta, sino mejor, much better; implica un conocimiento elevado que los civiles hispanoparlantes nunca vamos a alcanzar. Para muestra, one button. Según se publicita en internet, en ese local ramblero se venden hamburguesas “caseras de autor” –¿el cocinero cobrará 10% por sus derechos?–, destacándose la “Hollywood” –no la iban a bautizar “Cerro Chato”, qué esperanza–. Que sean “de autor” es clave, porque si fueran sólo caseras podría parecer que son como las que cualquier poligrillo puede hacer en su casa. Y si fueran sólo “hamburguesas” sonaría a eso que venden en los carritos.

Pero, ojo, hay carritos y carritos. O, mejor dicho, hay carritos y foodtrucks. Hace unos pocos meses, en una fiesta de esas que se hacen tirando más al este que al oeste de Montevideo, en espacios abiertos y con –of course– nombre en inglés, se llenó de foodtrucks, o sea, de carros que venden comida. Pero no son los carritos de toda la vida. No, no, señor. Son más lindos. Very gorgeous. Por ejemplo, hay camionetas Volkswagen como las que usaban los hippies en los 60, tuneadas –uy, ¡un anglicismo!– con mucho esmero y lindos colores, por eso no merecen ser llamadas carritos, como esos tristes y grises que se ven en alguna esquina del Centro.

El colmo de la comida rebautizada en inglés está en una carnicería. Sí, donde venden eso tan uruguayo a lo que le entramos como nadie y exportamos para everywhere. En sus heladeras se puede leer “feedlot meat”, “selected beef” y “grass-fed meat”. ¡Hay que hacer un curso en el Anglo para comprar un cacho de carne! ¿Un pedazo de vacío será a piece of empty? Por supuesto, la carnicería publicita que nos trae “un nuevo concepto en venta de carnes”. Otra vez: es otra cosa, nueva, distinta. Quizás las vacas de las que sacan la carne sean diferentes a las demás. Capaz que las matan con métodos new age y mueren placenteramente mientras escuchan The Dark Side of the Moon.

¿Sánguche de atún? ¿Qué es eso? En la Ciudad Vieja, en un coqueto bar, tenés que pedir un tuna sandwich, como si estuvieras en la cafetería Tom’s Restaurant, la de Seinfeld, allá en Broadway y la 112. También podés pedir chicken ranch, veggie avocado o green salad. Ay, de mencionar tanta comida quedé re hungry. Me gustaría comer una carrot cake o unos ricos muffins. Los voy a comer en un break o en el after, cuando termine el brainstorming que hice con compañeros de la redacción para buscar alguna frase con punch.

Fuera del mundo real, en las redes, es más común el uso del inglés, porque toda esa parafernalia viene de la muchachada del norte. Entonces, en la red social de turno podemos ver cómo las famosas de la televisión (¿o debería escribir “celebrities”?) muestran su outfit, es decir, su conjunto, su fucking ropa. Pero claro, en inglés todo suena más cool. Y no hay nada más cool que la palabra cool, ya que hace parecer cool lo que no podría serlo nunca. Never and ever.

Ya nadie va al gimnasio a hacer bicicleta, ahora se desviven por el spinning. He discutido el uso de esa palabra con gente que lo práctica, y todos alegan que se llama así porque es algo distinto, que implica una rutina con cambios en la frecuencia del pedaleo y todo eso. Porque, por supuesto, en la bicicleta fija de toda la vida se ejercitaba con un ritmo desganado y aleatorio, mientras se miraba el programa de televisión mañanero de turno en un gimnasio de mala muerte. Y son los menos, pero también hay quienes practican running, porque “correr” debe estar reservado para describir lo que hacen los ladrones cuando escapan de la Policía.

¿Trabajo cooperativo o compartido? Por favor... coworking. En una misma oficina, por un alquiler low cost, pueden compartir trabajo un wedding planner con un community manager freelance que su vez es influencer en Instagram y acaba de mostrar el outfit que compró en una sale para el baby shower al que va a asistir on the night. Si alguno labura demasiado, es un workaholic, porque “adicto al trabajo” suena feo, en cambio, workaholic... oh my god; hasta dan ganas de serlo por lo lindo que retumba en los oídos. Y si conociste a alguien, y estás medio para abajo porque no hubo feeling o te cayó la ficha de que no era tu target, bajate Tinder, hacé algún match y seguro vas a tener feedback.

No pienses, darling, que quien esto escribe abona la paranoia antiimperialista trasnochada de que no se puede hacer una banda de rock que imite a Led Zeppelin y es mejor tocar folclore combativo para armar una revolución socialista. Pero, como cantaba Zitarrosa en Chamarrita de los milicos, una cosa es una cosa, y otra thing es otra thing. ¿Para qué usar significantes en inglés cuando tenemos muchos en español? Y encima para cosas que ya tienen su nombre vernáculo. De los que compiten en cuartos de final del Mundial, Uruguay es el único país donde se habla español, pero nos damos el lujo de usar palabras en inglés porque es más lindo y diferente. Somos campeones del esnobismo –otro anglicismo– hipster.

Imaginemos por un momento que damos vuelta la historia imperialista. Cientos de ciudadanos de Liverpool vendrían a Montevideo y se sacarían una foto en Durazno y Convención, por la canción de Jaime Roos. En Estados Unidos estaría atestado de locales de una cadena de chivitos que tendría como icono a un botija sentado en un barril comiendo un pancho gigante. Y en la contratapa del suplemento de Cultura de The Guardian, hoy se publicaría una nota sobre lo irrisorio de que haya bares al borde del río Támesis en los que se lee “hamburguesa y refrescos”, en vez de “burgers and drinks”. Parece absurdo, ¿nocierto, darling?

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