Kung-Fú Ombijam, en el Teatro Solís. Foto: Marta González.

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Concierto | Kung-Fú OmBijam en la Zavala Muniz.

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Principalmente en los conciertos masivos, las distancias entre los teloneros y el número central son grandes. Ni siquiera, necesariamente, por calidad artística. Sí por sonido, luces y demás elementos estéticos, por complicidad con el público, por el ambiente en general. Mucha gente va llegando a los teatros o los estadios cuando los teloneros están tocando, y el silencio y el respeto por sus canciones no parecen importantes. No fue el caso en la presentación de Desahogo cultural, primer trabajo discográfico de Federico González, rapero que se presenta bajo el álter ego Kung-Fú OmBijam. La mano vino de trasfoguero: el fuego se mantuvo con la misma intensidad y los mismos tonos desde el primer verso hasta el último aplauso que hizo eco en la Zavala Muniz. A las 20.30 abrió Aliem Rap, grupo nacido hace nueve años en Euskalerria 70, el popular complejo de viviendas de Malvín Norte, integrado por Tío Negro, KB y DJ Mats, los dos primeros en las palabras y el tercero en los “platos”. Una de sus canciones presenta al “Uruguay que no sale en los folletos”, y con ese verso titularon, sin querer, el estado resiliente que atravesó la lluviosa noche.

Poco después de las 21.00, salió Federico a escena, junto con César DJ Sapo Gamboa en los platos, KB en voces, Gonzalo Turra en guitarra eléctrica, Juan José López en bajo y Marcelo Lacava en batería. Los tres últimos son integrantes de la banda La Mala Lengua; Gamboa, de Contra las Cuerdas, lo acompaña habitualmente en sus actuaciones. Las tres primeras canciones del disco fueron las tres primeras del concierto: “My life”, “OmBijam” y “Falla el sistema”. Fue fácil deducir que eran pocos quienes escuchaban las creaciones por primera vez, y menos aun quienes pudieran sorprenderse por su contenido directo y autorreferencial, tan presente en el hip hop. Federico y su circunstancia potencian esa característica, y no es casualidad que las temáticas centrales de esas tres canciones lo presenten: la llegada a la cárcel, el clic que significó el espacio de yoga y la crítica al sistema carcelario. Se agregan las posibilidades que ofrece la sala, en esta ocasión, con las cuatro tribunas alrededor del rectángulo que, a ras del suelo, hace de escenario. Tener público adelante, atrás y a los costados permite, justamente, que no existan delante, detrás y a los costados. Para el constante andar de quien hace rap, desplazarse con referencia de público en todos los sentidos debe ser más cómodo y menos condicionante: siempre hay una mirada para encontrarse y “decirle”.

Tras “Esclavos de la ley”, vino la primera canción que no está en el disco: “Viajando”, un delicado blues-rap con Federico en la voz y con la guitarra electroacústica de Santiago Cutinella, el primer invitado. Los nervios se iban disipando; se notaba en la retórica entre canción y canción, con la palabra “gracias” como la más presente, y en el auxilio que dieron quienes se iban sumando a las canciones para compartir el micrófono. DJ Sapo dejó los platos por unos minutos, cantó primero “Tan simple como esto” y luego, en formato duelo con Federico, improvisó versos personalísimos. Entre las más de 200 personas estaban su familia, sus amigos de siempre, funcionarios del teatro, jóvenes vinculados con el sistema penitenciario desde la educación, el director de la cárcel de Punta de Rieles, parlamentarios y más amigos de siempre. Entre esa familia, su madre, a quien le dedicó “Gracias, madre”, incluida en el disco e interpretada, en esta ocasión, junto con su colega y amigo Chemko. No es necesario estar muy despierto para adivinar que fue uno de los momentos más emotivos. Llegó la canción dedicada a los niños que tienen carencias y abusos lo que no tienen de material. Mientras sonaba, una niña en la falda de su madre acompañaba con su brazo, en un ademán musical tradicional en el rap, sola en una de las tribunas, con la única compañía de alguien mucho mayor que ella, un abuelo, pero a bastantes asientos de distancia y sin que se vieran. Complicidad para la foto.

A lo largo del concierto fueron apareciendo jóvenes invitados: AFC, emergente grupo de rap nacido en San José, y Elemento Suicida, proyecto de breakdance. Luego, Santi Mostaffa en la voz, la alegría y el optimismo, que ya trasladó a distintos centros de reclusión con su herramienta creativa. Una de las últimas invitadas fue Lucía Ferreira, vocalista de La Tabaré y cercana al trabajo artístico de los integrantes de la Usina Cultural Matices, en la cárcel de Punta de Rieles. Una vez más, mostró ser portadora de una de las mejores y más cautivantes voces de la música uruguaya: acompañó a Federico en “Amistades” y “No son muertos”, canción que les dedicó a los desaparecidos en la última dictadura. Principalmente a las desaparecidas, ya que el impulso para escribir la canción vino al enterarse de que el lugar donde se encuentra el estudio de la radio, en la cárcel, fue utilizado como sala de torturas cuando Punta de Rieles era una cárcel de mujeres. Para el cierre, Federico llamó a su sobrino, sentado en una de las tribunas. Se llama Esteban, tiene nueve años y rapeó con su tío “My life”, uno de los bises.

Infinidad de veces, expertos y no tanto han conceptualizado sobre la existencia de un requisito para considerarse artista y desarrollarse en el arte: ser libre. ¿Qué es el arte? ¿Qué es la libertad? Dos de las preguntas con más respuestas que el mundo ha dado. Respuestas, no certezas. Ahí aparece la del huevo y la gallina: ¿se precisa ser libre para lograr ser artista, o el ejercicio artístico ambienta la posibilidad de sentirse libre? Las personas privadas de libertad tienen, legalmente, cercenada su libertad ambulatoria, o sea, la posibilidad de desplazarse por donde deseen. ¿Es más libre aquel artista con libertad ambulatoria pero atado de pies y manos a los intereses de una empresa, o aquel que no la tiene, cuya gimnasia creativa depende de sí mismo y es alimentada por colegas y compañeros, sin condiciones? En términos artísticos, parece más simple. Federico grabó un disco, sigue escribiendo y pretende grabar otro. Porque le gusta y lo siente. Pero, principalmente, porque tiene derecho a hacerlo.

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