Mirada a cámara

Reseña de "La flor de la vida", dirigida por Claudia Abend y Adriana Loeff.

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En _La flor de la vida_ vemos varias declaraciones tipo "cabezas parlantes" de ancianos que fueron citados por medio de un aviso que convocaba a personas mayores de 80 años dispuestas a hablar sobre sus vivencias en una película. Esas tandas de entrevistas van a regresar, como interludios, en diversos puntos durante el metraje, como muestra de posiciones frente a algún tópico unificador: los ar...
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En La flor de la vida vemos varias declaraciones tipo "cabezas parlantes" de ancianos que fueron citados por medio de un aviso que convocaba a personas mayores de 80 años dispuestas a hablar sobre sus vivencias en una película. Esas tandas de entrevistas van a regresar, como interludios, en diversos puntos durante el metraje, como muestra de posiciones frente a algún tópico unificador: los arrepentimientos, los recuerdos, la soledad, los planes. Entre los entrevistados, los cinéfilos pueden reconocer al cineasta Mario Handler, que aparece –anónimamente– tres o cuatro veces, y que aquí cambia su rol de documentalista por el de observado. Quizá debido al tipo de convocatoria, los entrevistados parecen ser todos de clase acomodada, y del amplio abanico de temas abordados queda excluido uno de los que pueden ser más acuciantes, el económico.

Sin que se defina si esto estuvo o no previsto desde el inicio, la película se centra en una pareja en particular, y de esa pareja le da protagonismo al varón, que es el escultor italiano inmigrado Aldo Macor. Su personalidad es avasallante: ególatra, disfruta constituirse en personaje para los vecinos y quienes lo circundan, y él mismo se encargó de venderse como la figura ideal para concentrar la atención de la película. Habiendo nacido en Italia en 1928, tenía entre 83 y 85 años durante el rodaje (este esperado segundo largometraje de las realizadoras de Hit –2005– tardó años en poder concluir su posproducción y estrenarse). Pero la película no pone su atención en los detalles de esa vida que puede haber sido bastante rica. El foco está en el hecho de que, a los 80 y pico de años, su esposa Gabriella no lo soportó más y decidió divorciarse, una complicada decisión a esa edad, máxime si consideramos que ambos están bastante solos: sus tres hijos y los nietos están desperdigados por el mundo, y no tienen parientes ni grandes amigos en Uruguay. Gabriella es totalmente distinta de Aldo: tímida, callada, recatada, cauta en sus declaraciones. Queda claro que la personalidad del esposo la terminó hartando y Gabriella no revela una pizca de arrepentimiento o duda con respecto a la decisión tomada.

Aparte de esta circunstancia particular, puede haber existido otra motivación importantísima para concentrarse en esa (ex) pareja en particular: la abundancia de material filmado que registra su vínculo prácticamente desde su casamiento, hacia 1960. Hay películas (creo que 8 milímetros, quizá 16), video doméstico analógico y posiblemente también digital: los dos juntos filmados por alguien más, uno filmando al otro, a veces en forma simultánea (a dos cámaras). Eso permite confrontar la distancia actual con momentos de aparente felicidad de estar juntos. Y permite comparar los cuerpos actuales, todavía saludables pero ya envejecidos, con sus esculturales versiones juveniles: Aldo tenía cierto parecido con el Vittorio Gassman de aquella época; Gabriella, la apariencia de la “ama de casa moderna” de la era Jackie Kennedy. La acumulación de escenas filmadas permite ir conectando esos rostros jóvenes, casi irreconocibles, con la apariencia actual captada específicamente para el documental, además de apreciar la evolución del vestir, de la cultura corporal, de los paisajes, de la tecnología. Medio siglo de evolución de aspectos de la vida doméstica reflejados en esa abundancia de material.

Una vez que la película insiste y profundiza, se ve que se generó un buen vínculo entre Aldo y las directoras, y este se larga a una imagen menos sólida, más amargada. No se resigna a llevar una vida “de viejo”, pero contempla de frente los aspectos negativos: hace décadas que las muchachas lo dejaron de mirar, a nadie le importan sus opiniones y, en definitiva, mudarse al Uruguay y terminar así, solo, fue un clavo. Esas expresiones se contrastan constantemente con la multiplicidad de otras formulaciones de los diversos entrevistados: los hay optimistas, pesimistas, amargados, conformes, tiernos, benevolentes, felices o no. Con esas otras personas tenemos un contacto más fugaz, pero en algunos casos es lo suficiente como para quererlos.

Hay una escena conmovedora cuando, luego de la separación, Gabriella invita a Aldo a cenar en la noche de su cumpleaños, porque sabe que, si no, él pasaría la fecha solo. Pero lo vemos (y ella a posteriori así lo describe) como una ocasión incómoda, en la que la antigua complicidad se desvaneció, a pesar de los intentos de Aldo por corresponder con calidez al gesto de Gabriella.

Me quedé con ganas de saber más sobre lo que fue la convivencia durante sus tiempos de casados, sobre todo desde la perspectiva de Gabriella: qué son esos aspectos “malos” que la hacen olvidar los aspectos buenos. No queda claro si no están en la película por pudor de las autoras o de Gabriella.

La música incidental es de Lito Vitale. Por cierto, tiene momentos bien bonitos, pero peca un poco de ese tono vetusto, tiernamente melancólico, con aires de valsecito, que es un cliché en película sobre viejos y que además representa a la vejez desde anacronismos (esa podría ser la música que escuchaban los octogenarios de cuando éramos niños, no los de ahora) y que termina sesgando la perspectiva múltiple sobre la vejez que la película parece pretender transmitir. También es medio burdo el recurso de marcar cada aparición de las filmaciones viejas con ruido de proyector (aun cuando ya son en video).

La película no deja ninguna conclusión en particular; hurga en ese universo relegado en el cine pero tan presente en Uruguay, que es el cotidiano y el sentir de los viejos. Se nota que las entrevistas están realizadas con calidez, porque los personajes parecen expresarse con franqueza frente a la cámara. Los encuadres cercanos amplifican los detalles más sutiles de sus expresiones faciales, y el montaje es respetuoso de sus silencios, descansos, pausas. Y hay un momento realmente espectacular, cuando Aldo, revisando una filmación antigua, pide que rebobinen para mostrar la mirada de Gabriella a cámara, y comenta que ella ahora ya no lo mira así. La imagen de ella, treintañera, se congela, mirando a la cámara con amor.

La flor de la vida, dirigida por Claudia Abend y Adriana Loeff. Uruguay, 2017. En Sala B, Torre de los Profesionales, Casablanca, Alfabeta, Movie Montevideo, Punta Shopping.

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