En 1968, mientras el país y el mundo parecían arder, en Montevideo morían Justino Zavala Muniz y José Monegal, dos narradores originarios de Cerro Largo y nacidos en el siglo XIX, al que de algún modo siempre estuvieron atados. Una idea del mundo y el país se iba con ellos, tan diferentes y tan próximos entre sí.

Otras eran las urgencias en 1968, pero tanto la muerte de Zavala Muniz como la de José Monegal no pasaron inadvertidas. El primero, que había nacido casi 70 años antes, falleció el 23 de marzo. Era, de los dos oriundos de Melo, quien había ganado más prestigio y resonancia tanto en el campo literario como en la actividad pública; el 4 de noviembre murió José Monegal, nacido en 1892, dejando una vida más bien recoleta e ignorado por el establishment cultural a lo largo de varias décadas, aunque tal vez fuera uno de los cuentistas más leídos del país semana tras semana. En el escuchado semanario Marcha, el 29 de marzo, Ángel Rama escribió a toda página un artículo con título preciso (“Zavala Muniz, la tradición modernizada”); Jorge Ruffinelli repasó la obra de Monegal cuatro días después de su muerte, también a página entera. Se palpa en cualquiera de estos artículos que una época y una literatura asociada con el mundo rural se iba con cada quien. Eso, aunque permanecían otros cercanos a esa perspectiva, como el muy celebrado Francisco Espínola y el más popular pero menos histriónico Serafín J García, reactualizado en aquellos años por su poema “Orejano” en versión de Los Olimareños. Un poco en penumbra, Fernán Silva Valdés y Pedro Leandro Ipuche ya no publicaban y su mirada amena del pasado chocaba con otras más al orden del día en una poesía que se autodenominaba “rebelde” con orgullo y redundancia. En 1968, en Montevideo, entre la muerte de un escritor y la del otro, tres estudiantes cayeron baleados por la Policía.

Tradiciones

Ser coetáneos en una sociedad pequeña, haber conocido a las mismas personas, estar cerca o lejos de muchas de ellas, tener experiencias comunes de origen que luego siguen rutas diferentes, leer los mismos libros y periódicos y presenciar los mismos debates, elegir la profesión de la escritura y enfocarla en atmósferas que se tocan; toda esta serie obliga a revisar la noción de contemporaneidad y la tan manida de tradición. Que se clausurara su actividad y su obra cuando aún estaba viva (Zavala Muniz trabajaba en una novela, Monegal había entregado un cuento al diario que saldría después de su muerte) fortalece el enigma de una creación que se ha desplazado del centro que ocupó alguna vez.

Zavala Muniz y José Monegal compartieron la recreación del mundo rural y de la gauchesca, su principal invención verbal y simbólica. En esa tensión hay un intento por captar el núcleo de la existencia radicada que empuja la frecuente recuperación de cuentos folclóricos, entre los que resaltan las historias de Juan el Zorro. Así procuran cerrar el círculo en el que toman en préstamo habla y costumbres del sujeto popular americano aprovechándose de un imaginario que los particulariza a la vez que hace universal la situación nativa. Los antecedentes de estos relatos son lejanísimos y se ubican en todas las culturas, tanto de Occidente como de Oriente, se expanden por toda América y en la narrativa uruguaya prosperan entre los años 20 y la década del 50, si bien pueden encontrarse en el cuento de Javier de Viana “En familia” (del libro Campo, de 1896), un breve episodio de la vida y la caída de don Juan el Zorro. Zavala Muniz crea el personaje don Zenón, quien narra un cuento de don Juan ante la gran expectativa de sus oyentes (capítulo XV de Crónica de la reja, 1930). Entre los que incursionan en el mismo tópico los más conocidos son Serafín J García y Espínola. Este último trabajó durante 40 años sin poder concluir su proyecto. José Monegal dedicó a las aventuras del zorro íntegramente su novela Memorias de Juan Pedro Camargo (1958), una especie de pícaro moderno en fabulada versión criolla.

Idas y vueltas

En el principio las trayectorias son muy disímiles. Las acciones de Zavala Muniz se cotizaron al alza desde que hizo rodar sus tres relatos que aún esperan una evaluación más detenida (Crónica de Muniz, 1921; Crónica de un crimen, 1926; Crónica de la reja, 1930), una mezcla de diferentes tipos de novela realista (política y policial) con testimonio y ensayo. En 1966 el segundo de estos libros, y el más intenso de todos, entró por la puerta grande de los clásicos uruguayos con prólogo de Arturo Sergio Visca. Crónica de un crimen también resistía al olvido en otra reedición en 1968, esta vez como libro que se vendía en los quioscos –la gran revolución de la lectura– junto con un fascículo que acompañaba el masivo Capítulo oriental. La historia de la literatura uruguaya. Todo lo demás, incluido su teatro social o histórico escrito entre 1936 y 1941, quedaría para los memoriosos o las puestas, algo ritualísticas, de la Comedia Nacional que Zavala Muniz había impulsado como gobernante (ver recuadro). Si su primer y su tercer relatos podían resultar inactuales, en Crónica de un crimen la durísima experiencia de Florencio Amaral (alias “el Carancho”) y su tratamiento estético parecía despertar interés entre quienes, en el arduo 1968, ejecutaban formas del realismo crítico que ya casi no elegían atmósferas rurales.

Justino Zavala Muniz

Melo, 1898 - Montevideo, 1968

Como si su destino estuviera prefigurado, nació en la calle céntrica de Melo que luego llevó el nombre de su abuelo materno, el caudillo blanco Justino Muniz, quien sirvió a gobiernos colorados y se enfrentó a muerte con Aparicio Saravia en 1897 y 1904. En la primera de esas guerras, José Alberto Zavala, padre de Justino, fue secretario de su suegro; de la segunda guardó el recuerdo, a sus seis años de edad, sobre el pasaje de las tropas saravistas por el centro de la ciudad perseguidas por las de su abuelo. Integró la primera promoción del liceo oficial creado por ley durante el gobierno de José Batlle y Ordóñez. Ya en Montevideo se vincula al grupo Teseo, que orienta Eduardo Dieste, y a la redacción de El Día, alineándose con el batllismo sin abandonar la tradición blanca, que ya no puede compartir dado que el partido de su familia había tomado como figura tutelar a Saravia, muerto en 1904. Inicia estudios de Derecho, que abandona para dedicarse a la vida política; es electo diputado por Montevideo en tres ocasiones. Se opone al golpe de Estado de Gabriel Terra el 31 de marzo de 1933, conspira contra su gobierno hasta dirigir la columna guerrillera en Cerro Largo en enero de 1935, que es rápidamente derrotada, por lo que debe exiliarse un tiempo en Bagé. Vuelto al país, se dedica activamente a la escritura de obras teatrales como una forma de resistencia doctrinaria. En 1942 es electo senador, cargo en el que es reelecto en dos oportunidades. Hace varios viajes oficiales a países de América, Europa e India, desde entonces hasta 1956. Por su iniciativa, en 1947 se fundan la Comisión de Teatros Municipales y la Comedia Nacional, la Escuela Municipal de Música, la Escuela Municipal de Arte Dramático y el museo y biblioteca del teatro Solís. En 1952, cuando era ministro de Instrucción Pública y Previsión Social, se crea la Biblioteca Artigas, Colección de Clásicos Uruguayos. En 1956 es electo consejero nacional de gobierno, pero dos años después termina su carrera política como edil por Montevideo. Entre 1964 y 1966 preside por última vez la Comisión de Teatros Municipales. Su obra narrativa comprende Crónica de Muniz (Teseo, 1921), Crónica de un crimen (Teseo, 1926), Crónica de la reja (Impresora Uruguaya, 1930) y la póstuma Última crónica (Editorial del Nuevo Mundo, 1987). Publicó el testimonio La revolución de enero (sin sello, 1935), el ensayo Batlle, héroe civil (México, FCE, 1945) y cuatro piezas dramáticas: En un rincón del Tacuarí. Crónica campesina. Drama en tres actos (1938); Fausto Garay, un caudillo (1942) y La cruz de los caminos junto con Alto Alegre (1944). Todas fueron publicadas por la Editorial Nueva América, que fundó en Montevideo con Alcides S Patrón.

Por su parte, José Monegal fue ignorado durante las largas décadas en que Zavala recibía el aplauso. Monegal tenía dos novelas en su haber y muchas otras inéditas, que aún están en esa condición (ver recuadro), a las que se había hecho poco caso. A partir de 1950 publicó 368 historias cortas en el muy popular suplemento dominical de El Día, el diario de la lista 14 (la de los hijos de Batlle y Ordóñez), y sin embargo ninguna historia literaria o panorama de relevancia lo había incluido entre los narradores significativos de matriz rural; ninguna prestigiosa revista literaria de aquellos años reclamó su obra ni se ocupó de ella, aunque su sobrino Emir Rodríguez Monegal intervenía en varias. Súbitamente fue reconocido en la década del 60 por parte de editores y críticos que supieron escuchar la voz de lectores que estaban más allá de los pequeños círculos académicos y los grandes horizontes radicales. Mientras declinaba la vida del autor manaba un rico caudal de narraciones breves, que se había creído para consumo en el remanso de una lectura de domingo. Con esas idas y esas vueltas se hace una cultura en que los textos se movilizan al calor de sus lectores y de quienes orientan su gusto.

José Monegal

Melo, 1892 - Montevideo, 1968

Se crio en el movimiento de una imprenta, la de su padre, Cándido Monegal (1854-1941), quien había fundado en 1885 El Deber Cívico en Melo. Como su hermano, el poeta Casiano Monegal (1885-1944), José Monegal escribió notas y cuentos que, salvo una excepción, continúan sin recuperarse. Guitarrista, dibujante y pintor, su obra plástica está dispersa y no gozó, hasta ahora, de ninguna retrospectiva. Desde 1950 hasta su muerte escribió casi semanalmente un cuento –que además ilustró– para el suplemento dominical de El Día, en el que también aparecieron algunos poemas y artículos suyos. A estos debe añadirse varias decenas de historias dispersas en La Prensa de Buenos Aires y las publicaciones periódicas montevideanas Revista de ANDA, Vanguardia y Revista Policía. A mediados de la década del 40 Monegal se radicó en Montevideo, donde desde entonces se publicaron sus libros. Colaboró en el diario El País con una serie sobre la historia del Partido Nacional, más tarde recogida en libro (Esquema de la historia del Partido Nacional, Cisplatina, 1959). Antes había publicado una extensa biografía sobre Aparicio Saravia (A Monteverde y Cía, 1942) que le dio cierta notoriedad. Con diferencia de 20 años aparecieron dos novelas suyas: Nichada (Apuntes de un indio de la selva ecuatorial) (Nueva América, 1938) y Memorias de Juan Pedro Camargo (Cisplatina, 1958); dejó inéditas otras cuatro: la inconclusa Informe de Marte; El bajo de Toledo, 1860-80; La tragedia de los Medina y Días y milagros de Celedonio Peralta. Estas, junto con otros textos inéditos (teatro, un guion para cine, un ensayo sobre Constancio C Vigil) se preservan en la Sección de Archivo y Documentación del Instituto de Letras de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la Universidad de la República. Nunca juntó en volumen sus cuentos, tarea que, con parte de ellos, otros realizaron por él entre 1963 y 2012: 12 cuentos (Banda Oriental, 1963), Cuentos (Librería Blundi, 1966), Nuevos cuentos (Alfa, 1967), Cuentos escogidos (Banda Oriental, 1967), Cuentos de bichos (Banda Oriental, 1973), El tropero macabro y otros cuentos (Banda Oriental, 1978), Cuentos de milicos y matreros (Banda Oriental, 1993), Cerrazón y otros cuentos (Banda Oriental, 2007) y La receta del negro Antenor y otros cuentos (Banda Oriental, 2012). De tres compilaciones de poemas que tenía armados, dos aparecieron póstumamente con prólogo de Juana de Ibarbourou: Resurrección del gaucho y El hombre en la isla perdida (1975).

Al campo

Para Eduardo Acevedo Díaz, el gran narrador con que contó el país a fines del siglo XIX, el campo era el escenario que atravesaron las “turbas emancipadoras”, para decirlo con una imagen de Espínola, antes de que se viera alzar un solo poste telegráfico; el campo como espacio de pugnas criollas y asperezas diarias se manifestaba en los cuentos de Javier de Viana o como lugar donde se debatía la vida cimarrona y las posibilidades de la estancia-empresa en las novelas de Carlos Reyles. Sin desmerecer el peso de lo heroico, entre el mito y la discusión del presente, correspondió a Zavala Muniz explorar las primeras contradicciones sociales en el agreste medio rural del norte con un tipo de relato que se acerca a la forma de la novela decimonónica. Pero como quiere intervenir en la discusión de su tiempo recurre al discurso sociológico, y se nutre del registro policial, los legajos judiciales y el susurrado testimonio de quienes contemplaron episodios de base empírica, algunos de una aterradora violencia.

Zavala Muniz da un singular giro al caudillismo en Crónica de Muniz, su primer trabajo, en el que una prosa algo endurecida revela algo de prematuro. Ensaya una interpretación del fenómeno, al tiempo que cuenta historias de su propia familia, que prolonga en Crónica de la reja. En el medio, Crónica de un crimen toma un episodio ajeno a su saga familiar, para contar e indagar las oscuras motivaciones de un asesino contratado. Una reciente experiencia colectiva de trabajo permitió exhumar y ordenar por primera vez informaciones de la prensa de Melo y de Montevideo, por lo que fue posible ver que Zavala Muniz siguió escrupulosamente una historia, salvo por el nombre del protagonista que, para privilegio de la ficción, sufrió una modificación junto con otros disimulos. Con esa historia introdujo una variante en un asunto habitual en la gauchesca madura que suele concentrarse en la persecución injusta del individuo por parte de la Policía o el Ejército. Esa (mala) suerte corren Cruz en el Martín Fierro, Juan Moreira en la novela homónima de Eduardo Gutiérrez y Facundo Imperial en el cuento de Javier de Viana que lleva el mismo nombre. En estas historias las autoridades hostigan a un hombre joven y derecho para quedarse con su mujer, quien se aviene con gusto o se resiste sin éxito ante el poder prepotente. Se trata de una lucha entre individuos en la que prevalece quien viste uniforme. Cruz o Moreira son ciudadanos ejemplares que se descarrían a consecuencia del abuso en sus atribuciones de la represión legalizada, por lo que tanto Hernández como Gutiérrez aguardan el restablecimiento del derecho y el castigo a los verdaderos culpables, para que los soldados honestos (Cruz) o los pequeños propietarios rurales emprendedores (Moreira) escapen al recurso de la violencia popular para defender su dignidad, su familia y sus bienes.

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Otra es la historia del protagonista de Crónica de un crimen, quien por los campos de Cerro Largo mata con el afán de obtener una compensación económica, lejos de la protección del orgullo o por una agresión concreta, pero bien adentro de la desprotección y la miseria. Cuando Zavala se pregunta por las causas de esa violencia se aparta de la condena moral y consigue abrir la discusión sobre la complejidad psicológica de su personaje mucho más que Cruz, Moreira o el Facundo de Viana, que es un reverso de otro Facundo, que demonizó Sarmiento. El relato de Zavala Muniz se ocupa del capitalismo moderno y sus mediadores, primero la sombra del gran propietario que oprime a los resignados pobres –como el padre de “el Carancho”–, luego “el Mellao”, quien engancha a Amaral para que cometa un crimen y, de ese modo, herede rápido algunas cuadras de campo. El asesino también se torna víctima cuando deja en evidencia un mal social que debe enmendarse.

Por su parte, José Monegal se afincó en un vago pasado del que extrajo algunos rasgos heroicos para un grupo de sus historias, en lugar de lidiar –como su coterráneo– directamente con el pasado cercano o el presente afectado por la modernización. Cuando comenzó a publicar a marcha forzada en El Día, un diario en el que debía controlar su devoción saravista, Monegal tuvo claro que tenía que retrotraerse para eliminar cualquier suspicacia. En ese año que luego adquirió proporciones casi beafíticas, 1950, parecía que se habían logrado la estabilidad y el progreso continuos y que, por fin, se había esfumado el país cerril, en el que estaba naturalizada la costumbre de matarse periódicamente en los campos. En los cuentos de Monegal las estancias pierden sus límites y sus propietarios pueden ser despóticos, honestos o corruptos y hasta sujetos generosos que se igualan a su personal en la ignorancia y en la faena cotidiana; abundan las travesías en diligencia para alcanzar ese lejano norte al que no toca ningún tren (en los hechos, llegará en 1909 a Melo) ni un sólo automóvil; de noche, las casas de estancia, los galpones o los ranchos se iluminan con la luz de un farol o de una vela. El ceñido espacio del cuento obliga a Monegal a sugerir esta información ajena al gran desarrollo sentencioso o de aspiraciones psicosociales.

Los campos que recorren los personajes de los dos narradores son los mismos; difiere la manera de entenderlos en esas historias. La seriedad de Zavala Muniz contrasta con el humor que, con pocas excepciones, se pasea por las narraciones de Monegal, algo que entre sus coetáneos sólo por momentos aparece en Yamandú Rodríguez, aunque con un toque más irónico, como en el inolvidable cuento “Hermanos Badía”. En Monegal se acude a citas o se mencionan pasajes del Quijote para auspiciar el clima del malentendido y el ridículo con una visión simpática de los personajes. Ese humor se apoya en un dispositivo técnico que lo ayuda a dominar la forma cuento, para lo cual se concentra en los escuetos diálogos y prueba diversas técnicas para sobreponerse a la fatiga en la escritura semanal y renovar su sistema atormentado por esa exigencia: la historia dentro de la historia, los cambios de perspectiva, la inserción de textos de segundo grado, como partes policiales o cartas, la imitación del narrador oral a la manera de los fogones criollos y, por ahí, como lo observó Ruben Cotelo en una nota de 1964, el corriente empleo del flashback.

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Monegal escribió narraciones realistas en las que la violencia está presente, como en “Las dos sentencias del capitán Lezama”, una de sus piezas más perfectas, en la que un jefe gaucho castiga duramente a un subordinado que, en una guerra civil, degüella a un prisionero, y tiempo después lo encuentra completamente loco; como no puede soportar el peso de su error, ya en tiempos de paz Lezama se quita la vida. El conflicto está en el individuo, mientras que en las historias de Justino Zavala Muniz está afuera, en el medio social que condiciona. En otros cuentos, la mayoría –como “Del séptimo círculo criollo” o “Bombas de acción retardada”–, prevalece lo jocoso. Un último y abundante grupo se sitúa en la fábula, muy cerca de los dramas humanos, como lo ejemplifica de manera notable “La muerte de don Sarandí”. Sus tipos humanos se mueven, como los personajes de Zavala Muniz, en el entorno de la frontera con Brasil: policías pintorescos, matreros, peones, estancieros, contrabandistas, mujeres de diferentes clases sociales y, un poco menos, puebleros. Escribir para un periódico del partido adversario bloqueó la apología de las acciones de su admirado Saravia. Cuando sus cuentos se ubican en una situación de guerra civil, se remontan, imprecisamente, a las décadas anteriores. De tal represión obtuvo una ganancia estética. El humor le sirvió de coartada política. Mientras Monegal prefirió siempre el pasado, por temperamento y opción Zavala Muniz no necesitó del humor y quiso juzgar el presente a través de lo pasado. Por eso, cuando en 1968 lo encontró la muerte, estaba escribiendo una novela situada en el Montevideo de los años 20, en la que los peones o soldados levantiscos se vuelven obreros y los expulsados del país gaucho se apiñan en conventillos. La novela quedó trunca.