Emir Kusturica y José Mujica, en la chacra del ex presidente, en Rincón del Cerro. (archivo, marzo de 2015)

Mujica acapara focos y aplausos en el Lido de Venecia

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En esta 75ª Mostra de Venecia, el ex presidente uruguayo ha acaparado buena parte de la atención de los medios internacionales. Entre estrellas como Ryan Gosling y Lady Gaga, José Mujica ha protagonizado jornadas intensivas de entrevistas y ha asistido a la proyección de _El Pepe, una vida suprema_, el documental dirigido por Emir Kusturica que llenó la sala grande del palacio del festival y ge...
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En esta 75ª Mostra de Venecia, el ex presidente uruguayo ha acaparado buena parte de la atención de los medios internacionales. Entre estrellas como Ryan Gosling y Lady Gaga, José Mujica ha protagonizado jornadas intensivas de entrevistas y ha asistido a la proyección de El Pepe, una vida suprema, el documental dirigido por Emir Kusturica que llenó la sala grande del palacio del festival y generó una ovación de varios minutos con el público de pie. El fin de semana, también en medio de un clima de expectativa, se había exhibido el film de ficción de Álvaro Brechner La noche de 12 años, libremente basado en Memorias del calabozo (1987), el libro de Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro. La recepción de la película de Brechner fue igualmente acogida con aplausos y cánticos espontáneos que remitían a la lucha de los años de la dictadura (“El pueblo unido jamás será vencido”), un momento que emocionó a su director y a los actores Alfonso Tort (que interpreta a Fernández Huidobro) y Antonio de la Torre (a cargo del personaje de Mujica), quienes luego respondieron a las preguntas del público acompañados por la productora Mariela Besuievsky.

El lunes, antes de la gala de presentación del film, Mujica se reunió con periodistas acreditados por medios de más de 50 países en maratónicas rondas de entrevistas. Ante esta expectativa mediática entre la crítica de cine internacional, Mujica reconoció a la diaria que se sentía “como perro en cancha de bochas” mientras tomaba mate, tal y como arranca la primera secuencia de El Pepe, una vida suprema, en la que el ex presidente trata de enseñarle el método al director serbio Emir Kusturica, algo que no está claro que consiguiese en las más de 50 horas de material que rodó el director, que fue dos veces premiado en Cannes con la Palma de Oro.

“Estoy, más que nada, por razones de amistad con Kusturica, porque si yo no venía, él no venía”, afirmó Mujica. “Él le ha dedicado media vida al cine y me parecía un disparate; entonces vine, pero este, en efecto, no es mi mundo. Pero no es que lo desprecie... También soy un paisano, un hombre de campo, y un poco intelectualizado, pero no mucho. Y estoy acá, pero pienso irme esta tarde. Huir”, dijo.

Mujica respondió al bombardeo de preguntas de todo género con su habitual tono pausado, haciendo reflexiones sobre los temas que preocupan a latinoamericanos y europeos en este momento. Habló de la inmigración y de los conflictos políticos como el de Venezuela, sobre el que se centraron varias preguntas.

Su mirada

Kusturica nos cuenta que su documental también es “una historia de amor, porque esa militancia fue la que los unió [a él y Lucía Topolansky] desde aquella primera vez que se vieron, cuando ella le entregó sus documentos falsos, hasta este momento otoñal de sus vidas, en el que están juntos luego de tanto tiempo. Y esto, seguramente, es lo que los hace únicos: compartir no sólo el amor, sino también el espíritu de lucha, de militancia, y las mismas batallas”.

Cuando le preguntaron por la historia reciente uruguaya, sobre la que se documentó largamente en esos años de rodaje –de 2013 a 2015–, Kusturica afirma que, de haber sido joven y uruguayo en la misma época que lo fueron ellos, sin duda hubiera sido tupamaro. El cineasta contó, además, que la idea del documental le fue propuesta: “No fue una iniciativa mía. Me lo propusieron porque, después de que hice el film sobre [Diego] Maradona, creyeron que era especialista en personajes latinoamericanos”, bromeó. “Pero no, fue porque su esposa leyó dos de mis libros y dijo ‘este hombre es bueno’. Y yo acepté enseguida. Me interesaba ver cómo viven de acuerdo a sus ideales. Ellos no tienen un sistema de seguridad, hacen la mayor parte de las cosas ellos mismos, y no hay ninguna razón para que sientan que necesitan una protección excepcional. Hay un tipo del barrio, que anda por la casa, y un barrigón que hace de chofer, y nada más”, contó.

Y, continuó Kusturica, “eso también es único en un presidente. Esta es la biografía de un hombre que fue militante de la lucha armada, que pasó por el cargo institucional más elevado de su país y que sigue defendiendo que la creación de un banco es un verdadero crimen, mucho más que asaltarlo”.

“El ejemplo será Uruguay”

El director de Papá salió en viaje de negocios (1985) valora medidas tomadas bajo el gobierno de Mujica: “Él hizo que se legalizara la marihuana en Uruguay, y todos sabemos que el abuso de la marihuana existe. Sin embargo, al hacerla legal, no hay más personas que abusen de la marihuana que en otros países. La medida no sólo no era disparatada, sino que ha demostrado ser una decisión de vanguardia”, dijo, y agregó que Mujica “ha logrado muchos de los progresos del mundo libre pero, al mismo tiempo, está mostrando cómo vivir. Porque él usa su Volkswagen y trabaja con su tractor; no es una pose para los medios: vive como piensa. No valora tanto lo material como la mayoría de los mortales. Y creo que en el futuro, cuando se considere qué tipo de socialismo se quiere, el ejemplo será Uruguay. El resto de los presidentes del mundo deberían sentir vergüenza, porque muchos de ellos son corruptos, viven en la corrupción, heredaron la corrupción y están profundamente sumergidos en la corrupción. Este tipo no”, afirmó, taxativo, Kusturica.

El director de El Pepe, una vida suprema adelantó a la diaria que tal vez haga algo con las cerca de 50 horas de material que rodó para el film, durante las que tuvo total libertad a la hora de conversar con Mujica. “Soy un hombre libre. Esa es mi principal característica”, advirtió, y añadió que no supo definir la estructura definitiva de su película hasta grabar las imágenes del día en que Mujica dejó la presidencia. “Su último día de oficina, la despedida del pueblo; eso es tremendamente emotivo”, resumió.

Brechner y La noche de 12 años

Casi en paralelo al estreno mundial del film documental de Kusturica, sólo un par de días antes, el director uruguayo Álvaro Brechner presentó en la Mostra La noche de 12 años. La reconstrucción de la experiencia del encierro, la tortura, el aislamiento y la lucha por mantener una mínima estabilidad mental son el material que maneja Brechner, basándose en el libro escrito por dos de los tres protagonistas de la historia real, Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro. Es portentosa la manera en la que Brechner ahuyenta cualquier tentación de emotividad fácil o de golpes de efecto dramáticos del género carcelario. Porque el excelente cine que habita en La noche de 12 años brota de una experiencia más íntima: la lucha interior de los tres guerrilleros por resistir en ese estado límite de rehenes de un régimen opresor. Sobre ese territorio Brechner construye la evolución de sus tres agonistas, excelentemente interpretados por Chino Darín, Tort y De la Torre, en una muy notable decisión de casting para que encarnara a Mujica.

Por eso, La noche de 12 años está más cerca del ámbito intimista, de la supervivencia de la conciencia del hombre combativo, que de la épica del cine ambientado en prisiones. Las emociones de la obra de Brechner nacen de una raíz mucho más honda, la del gran cine sobre espíritus indómitos. Su aporte a esta estirpe –y también a una reconstrucción noble, preñada de honestidad, de la memoria histórica de Uruguay– se respira como un proceso liberatorio, también de expiación. En el film de Kusturica, Mujica decía: “Lo que pienso, aunque pueda ser cruel, es que el hombre aprende más del sufrimiento que de los momentos de bonanza”. Y Brechner en La noche de 12 años depura ese tránsito por la angustia, el vértigo ante la plausible pérdida de la cordura por medio de una sabia construcción narrativa y de estilo, donde la salida de ese largo túnel puede, así, detonar como clímax dramático sin sonar a elemental happy ending sino, muy al contrario, a la euforizante movilización del cine que se planta sobre una realidad de titanes fieramente humanos.

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