El paso del tiempo en el organismo canino y felino se evidencia de forma más aguda, si lo comparamos con el humano. Cada órgano se verá un tanto maltrecho a medida que los años transcurren, y el sistema nervioso central no será la excepción. Si bien su capacidad cognitiva –entiéndase procesos mentales como la memoria, el aprendizaje, el conocimiento, la percepción y la toma de decisiones– no puede observarse o medirse directamente, tiende a declinar a edad avanzada. Pruebas de laboratorio, tanto en caninos como en felinos, dan sustento a la hipótesis de que algunas manifestaciones externas de deterioro son desorientación, incapacidad para aprender, pérdida del hábito de eliminación en el lugar adecuado y menor reconocimiento e interacción con la familia. Si la condición avanza y el animal no puede funcionar, se podría pensar, desde un enfoque evolutivo, en un cuadro comparable a la demencia senil humana.

Esta condición se define clínicamente por la pérdida de la capacidad intelectual, que inhabilita a la persona que lo sufre a realizar tareas comunes. Presenta síntomas conductuales, cognitivos y cronobiológicos. La variedad más común es la enfermedad de Alzheimer, que corresponde a una afección neurodegenerativa cuyo principal factor de riesgo es la edad. Se trata de una condición patológica y no sólo de un cambio debido al envejecimiento.

En las mascotas aparece el concepto de disfunción cognoscitiva como una condición médica caracterizada por signos correspondientes a uno o más problemas y cambios de comienzo geriátrico, que no son atribuibles únicamente a un deterioro de sus órganos vitales o su sistema locomotor o explicados por patologías físicas. Curiosamente, el porcentaje que presenta esa enfermedad es notoriamente elevado y al mismo tiempo poco evidenciado por sus tenedores responsables. 65% de los perros de entre 11 y 16 años tienen por lo menos un signo de disfunción cognoscitiva, mientras que esto sucede en 50% de los gatos de entre 11 y 15 años. Las hembras son más frecuentemente afectadas que los machos (65%).

Posibles síntomas que debemos evaluar

» Cambio en la forma en que se relaciona con el medio que lo rodea. El animal no reconoce lugares antes familiares, para salir se ubica del lado opuesto de la puerta, mira fijo a un punto, se queda encerrado entre muebles, no encuentra el plato de comida, camina sin rumbo por la casa.

» Respuestas inapropiadas. Frente a un estímulo que antes no causaba reacción o lo hacía de forma normal, ahora el perro o gato no reacciona o lo hace de forma desmedida.

» Horas de sueño. Muchas veces duerme de día y está despierto de noche, sumado a que camina por la casa y a veces ladra o maúlla.

» Conducta social. Pueden pasar a depender exclusivamente de nosotros, siguiéndonos a todos lados y no soportando estar solos. O, a la inversa, se alejan y no toleran contacto alguno, sea con otros animales o con personas. Muchas veces no reconocen a los integrantes de la familia.

» Eliminación. Pierden sus hábitos normales para hacer sus necesidades, orinan o defecan en donde sea y sin importar frente a quien.

Cuando la mascota presenta dos o más de los síntomas descritos, se ha estipulado que no son producto del envejecimiento normal sino resultado de un proceso patológico de su sistema nervioso central.

Tratamiento

Lamentablemente esta afección no tiene cura (por ahora), pero existe una batería de medidas destinadas a enlentecer el proceso y, lo más importante, a mejorar la calidad de vida del animal. Consulta veterinaria mediante, se podrá recurrir a fármacos, a la incorporación de algunos nutrientes y a cambios conductuales.

Existen algunos fármacos específicos que ayudan a disminuir los niveles oxidativos de las neuronas y así mejorar su función, y otros que ofician de vasodilatadores con el fin de mejorar la perfusión sanguínea del cerebro y con ello, oxigenar mejor las células.

Cuando hablamos de cambios nutricionales simplemente se aconseja incorporar zanahoria, espinaca, uva, algunos cítricos y vitaminas E y C, que aportan antioxidantes naturales que ayudan a retardar el deterioro neuronal.

Dentro de la terapia comportamental también hay cosas por hacer. Lo primero es reinsertar al animal en el grupo social, la familia. Luego, plantearle distintos desafíos, como esconder comida y estimular su búsqueda, o hacer ejercicios de obediencia, ejercicios controlados relacionados con el juego, al menos dos veces al día, con una duración de diez minutos aproximadamente. Asimismo, crear ambientes tranquilos, rutinarios y previsibles con el fin de evitarle eventos desconocidos que deriven en ansiedad son pautas que ayudan a mejorar su comportamiento.

Por lo tanto, asesorarse con su médico veterinario en estos casos es vital. A veces la rutina, los tiempos o el sentimiento de que ya nuestra mascota no es la misma que antes llevan a tomar decisiones apresuradas.