No parece una exageración afirmar que existe una inquietud a nivel mundial sobre el futuro de la existencia humana. Los avances científicos y técnicos han provocado una mezcla de sentimientos que van de muy positivos a muy negativos. Así, mientras la expectativa de vida ha aumentado en algunos países, en otros, millones de niños mueren antes de los cinco años por inanición o enfermedades contagiosas. Sin embargo, a medida que la vida media aumenta en algunos países, aparecen también enfermedades incurables, muchas de ellas relacionadas con la contaminación ambiental, que disminuyen la calidad de vida. Además, determinados avances técnicos de la era digital producen dependencia de la tecnología, y su uso produce aislamiento y pérdida de relacionamiento presencial y familiar. En este contexto de desarrollo técnico, transformaciones en el uso de la tierra y consecuente cambio global, estamos destruyendo la vida y diezmando la biodiversidad a escala planetaria.

¿Es este panorama fruto sólo de los últimos tiempos? Seguramente no, sólo que se ha acelerado a partir de principios del siglo XX y se seguirá acelerando si no entendemos las causas de esta dicotomía o arreglo, que podemos llamar “deseado + irreversible” (d+i). Y es que d+i aparecerá siempre, debido a que el funcionamiento de nuestro universo lleva irremediablemente a esas consecuencias en cada uno de los comportamientos vitales y en los frutos de estos, en especial de la acción de las habilidades humanas (y también animales). Con carácter general, nos interesarán las correspondientes a las primeras, porque son aquellas que podemos regular y porque son mayores los cambios que producen.

Las ciencias físicas y biológicas han creado camino y han encontrado leyes que delatan por qué el d+i es el único resultado posible de nuestras acciones: 1) la constancia de la energía en el universo; 2) el segundo principio de la termodinámica (principio empírico), que indica que en toda transferencia energética destinada a obtener un trabajo la eficiencia es siempre menor que 1 debido a la aparición en paralelo de una energía de menor calidad (la entropía), cuya última etapa es el calor; 3) los sistemas estables son aquellos que se encuentran en un estado estacionario muy cercano al equilibrio.

En función de los enunciados 1 y 2, a nadie debe llamar la atención que cuando uno barre la vereda sienta calor. Y es que la energía que sacamos de la barriga se convirtió en: a) la de limpieza (deseada) y b) la que obligatoriamente la acompaña como calor (entropía). Y esto lo podemos aplicar también a la salud: si salimos a caminar pasará lo mismo, pero disfrutaremos del paseo. Si nos desplazamos en el mismo lugar en auto, la sensación de querer ganar tiempo nos producirá un estrés que influirá negativamente en nuestra salud (entropía). Y si se trata del statu quo también la bronca de que nuestro competidor tenga un auto de mayor calidad que el nuestro producirá un estado entrópico interior, que calmaremos con calmantes que con su d+i tendrán efectos secundarios descritos en el manual del medicamento. Esta descripción sencilla es extensible a todo sistema físico-químico-biológico-político-económico.

La entropía explica también una falta de información y, con ella, la inseguridad en todos los actos a realizar, que puede dar resultados no deseados y que nos obliga a reanudar el intento. Este proceso de aprendizaje es el que llevan adelante, en general, los científicos en su intento de explicar cómo funcionan las cosas en este universo que habitamos. Los resultados obtenidos, en su uso, pertenecerán a la categoría d+i. Sin embargo, la tendencia general, si lo descubierto aporta alguna ventaja a nuestro modo de existencia, será olvidar los efectos secundarios y darle uso al nuevo dispositivo sin importar mucho cuánto perjudica a terceros. Si el uso del procedimiento mencionado nos permite una acumulación de energía (medida, por ejemplo, en dinero), de acuerdo con el principio de conservación de la energía, esta se hará a costas de una pérdida en algún lugar o persona, pudiéndose volver un acto antisolidario cuyas consecuencias pueden erosionar derechos vitales. Claramente, este es el método utilizado por el sistema capitalista, que conduce a acumulaciones de riqueza por un lado y de desdicha por otro. Para poder valerse de esta potestad se induce al consumo de bienes a través de medios de comunicación, los que pertenecen a quienes fueron acumulando ganancias de los más pobres, que prometen una vida placentera mediante el consumo de bienes materiales cuyo uso, por otro lado, robará tiempo para adquirir conocimientos, o al menos información, acerca de las desventajas de dicho consumo, para que el consumidor pueda tener una actitud crítica en estos procesos d+i.

Así, a medida que ese proceso avanza, mayor será la entropía producida y mayor la destrucción de los bienes materiales y sociales del universo que habitamos, con pérdida de diversidad vegetal y animal, impacto en el clima mundial, alienación, guerras por la conquista de materias primas importantes y concentración de capitales en detrimento de la mayor parte de la población mundial. Y tendrá la gran y triste consecuencia, que conspira en contra de nosotros mismos como especie, de pérdida de recursos para las generaciones venideras.

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Esta clase de desarrollo se ha ido acelerando de manera tal en el planeta que habitamos, que el análisis de toda su población revela que 1% de los adultos posee 40% de los activos del mundo, mientras que el 10% más rico controla 85% de estos y la mitad de la población mundial controla apenas 1% de la riqueza. Esta desigualdad es una de las principales causas de tensión social, y recientemente se ha demostrado que existen marcadas similitudes entre los patrones de desigualdad encontrados en las sociedades humanas y en la naturaleza.1 En el caso de los sistemas naturales, generalmente las diferencias existentes entre la abundancia de las distintas especies son ecualizadas por distintos mecanismos, mientras que en las sociedades humanas las diferencias en la distribución de la riqueza sólo pueden ser amortiguadas mediante la aplicación de políticas expresas que promuevan la distribución equitativa de la riqueza. Dado que no abunda este tipo de políticas, la consecuencia en el marco de globalización en el que nos encontramos actualmente es que la riqueza estará inevitablemente en manos de una fracción muy pequeña de la población. Así, según David Hermoza, del Banco Mundial, menos de 100 personas acumulan la riqueza de 3.500 millones y la falta de acceso a servicios básicos agranda la brecha.2

Los datos resultan abrumadores. Revelan, por ejemplo, que 82% de la riqueza mundial generada durante 2017 tuvo como destino los bolsillos del 1% más rico de la población, mientras el 50% más pobre –3.700 millones de personas– no recibió nada de dicho crecimiento.

Más aun, hemos analizado este tipo de comportamiento de distribución e ingreso de la riqueza por parte de las distintas franjas (quintiles) de la población en Uruguay, usando los datos disponibles en el sitio del Banco Mundial; entre los años 2000 y 2015 (que son los disponibles para Uruguay), la relación de ingresos entre el quintil más rico (llamémosle R) y el quintil más pobre (llamémosle P), o sea R/P, no ha variado significativamente a pesar del aumento continuo de indicadores de bienes producidos por el país, tales como el Producto Interno Bruto o PIB. En el gráfico se puede apreciar que a pesar del aumento de superficie destinada a la soja y forestación (cuadrados), agroindustrias protagonistas de la economía de Uruguay y de la región, y pese al concomitante aumento del flujo de bienes producidos (PIB, círculos), la brecha entre los más ricos y los más pobres (rombos) no ha mostrado una disminución significativa.

Este tipo de relación entre R y P es común en varios países, pero el resumen final de este proceso es que la recomendación de aumentar la producción de los países nos lleva a que, a iguales porcentajes de ganancias, los más ricos se harán más poderosos y los más pobres producirán corrientes migratorias en busca del sustento que les han quitado los habitantes de los países ricos, con consecuencias sociales impredecibles (entropía social).

Al comienzo de esta discusión afirmábamos que sólo con el conocimiento de las propiedades inherentes al sistema del que formamos parte podríamos deducir cuál debe ser nuestro comportamiento para lograr un óptimo de calidad de vida. La confirmación de esta afirmación nos la da el trabajo de Scheffer et al.,3 en el que estudiaron la forma de crecimiento de varias especies de la naturaleza: árboles, ratones, bacterias, moscas, etcétera. Encontraron que dentro de cada especie habrá un grupo dominante que acumulará más masa a expensas de otros, en un comportamiento similar a la concentración de riqueza en el ser humano. Se trata del efecto multiplicativo de acumulación proporcional a la riqueza ya acumulada por ciertos grupos que, de acuerdo con las leyes universales enumeradas al principio, irá en detrimento de los grupos que menos hayan acumulado. Lo interesante del estudio es que la regulación aparece cuando el clima o un enemigo natural comienza a actuar debido a la presencia exuberante de los grupos más poderosos. Consecuencia: sólo las regulaciones y el ahorro podrán detener el desastre debido a la acumulación de riqueza humana. Los mismos autores muestran en su modelo que pequeñas regulaciones son capaces de cambiar la relación para lograr una mejor distribución de riquezas.

En el caso de nuestra especie, las regulaciones sólo pueden provenir del uso de la inteligencia humana, de la destrucción de mitos como el del crecimiento sin límites de la producción de bienes, así como la teoría de que el buen vivir es consumir más, la teoría de que el mercado regulará la economía justa, como si ese dios fuera independiente del poder de aquellos que acumularon y que en realidad son los que dictan las leyes de este.

Debemos rever cuáles son las necesidades básicas para evitar un exceso innecesario de producción de bienes y, por sobre todo, mejorar su distribución en todos los continentes, incorporando regulaciones que impidan acumulaciones por medio de herencias o legados de todo tipo. Pero, como afirmamos más arriba, eso es un imposible si los que más tienen no ceden sus riquezas para “barajar y dar de nuevo”, imponiéndose un “salario social integral”4 que lleve a todos los individuos a posicionarse como clase media, a costa de altos impuestos a la riqueza acumulada, para llegar a una situación social que garantice la igualdad de derechos y, con ella, la estabilidad del sistema político. Esto no es otra cosa que aprovechar la existencia de entropía lejos del equilibrio, donde esta se convierte en un aporte negativo y contribuye a la creación de la nueva vida, tal cual lo postuló el premio Nobel Ilya Prigogine.5

Claudia Piccini es doctora en Ciencias Biológicas e investigadora del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable. Ignacio Stolkin es ingeniero químico.


  1. Scheffer M, van Bavel B, van de Leemput IA, van Nes. Inequality in nature and society. Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS). Diciembre 2017, 114 (50) 13154-13157; DOI: 10.1073/pnas.1706412114PNAS. 

  2. https://ladiaria.com.uy/UU6

  3. https://ladiaria.com.uy/UU7. 

  4. Recomendamos la lectura de Utopía para realistas, de Rotger Bregman (Salamandra), en especial el capítulo 2, accesible en https://ladiaria.com.uy/UU8 

  5. Nos hubiera gustado dar dos ejemplos que, relacionados con el uso del auto privado y el consumo de carne bovina, mostraran, a nivel diario, el significado de mejorar el nivel de vida con el ahorro. Como el espacio no lo permite, les ofrecemos comunicarse a nuestros correos electrónicos: istolkin@adinet.com.uy o claudia.piccini@gmail.com.