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Nacional

Vecinos de Santa Lucía denuncian vivir bajo una “polvareda terrible”

“Es insostenible”, dijo a la diaria Ricardo Portela, vecino del camino Tomassoni en Santa Lucía. “Con el calor que está haciendo nuestras casas son un horno. No podemos abrir ni para ventilar. Vivimos bajo una polvareda terrible”, relató. Se refiere a un problema que viene desde hace un par de años, pero que continúa incambiado. La construcción del puente nuevo sobre el río Santa Lucía, en el kilómetro 81 de la ruta 11, y la desviación del tránsito mientras se construye un bypass generó un caos para quienes viven sobre este camino vecinal de alrededor de un kilómetro.

Fuera de sección

Piriápolis

Perdí mi último celular hace siete años. Era uno de esos negritos y cabezones que ya por entonces los pibes chetos calificaban de “teléfono del Plan de Emergencia”. Me lo robaron en un subte de esa ciudad que debería ser declarada ilegal, encerrada en una jaula para leones -que, a su vez, debería ser depositada en un contenedor transatlántico y este contenedor asegurado sobre la cubierta de un buque- y trasladada hacia el medio del óceano para luego quedar flotando sobre las coordenadas de latitud-longitud más alejadas de cualquier superficie terrestre; me refiero a Buenos Aires.

El fantasma de la libertad

A fines de la década del 70 y principios de la del 80, casi nadie iba a colegio privado. Había pocos colegios y allí sólo iban algunos, los niños de clase media alta o alta. Niños que se pasaban el día entero en el colegio sufriendo la tortura del doble horario; niños que parecían salidos de una película inglesa, con sus uniformes calurosos y complicados. Tengo la sensación de que en esa época los padres de clase media no esperaban demasiado de la educación (y quizá tampoco esperaban demasiado de los niños, en general). No recuerdo a ningún adulto quejarse por nada, ni siquiera por que en la escuela nos obligaran a hacer 14 maceteros de hilo sisal por año, entre muchas otras cosas absurdas que se reiteraban hasta la demencia. Había que ir, cumplir el horario, no estar en la lista negra, y con eso bastaba.

Soy una buena persona

En una de esas noches pegajosas que hay en Montevideo antes de las fiestas, estamos en la azotea de mi casa cuando alguien propone un curioso juego, cuyo origen desconozco, pero que, intuyo, proviene de algún consultorio de psicología del Cordón Soho: decime cinco cosas que te gusten de vos. Algunos se declaran observadores, inteligentes, respetuosos o amables (nadie usa “tolerante”; sabemos que es mala palabra). Otros dicen saber escuchar, o ser creativos, sensibles y alegres. Yo, que no encuentro ninguna cosa, invento. Y una chica en particular, haciendo alarde de una sinceridad y una autoestima que pegan recto en los pilares de la identidad nacional, destaca que “está buena”; ni siquiera ausculta al resto, porque sabe que tiene razón.

Alegoría de las palomas

Desde tiempos inmemoriales y sin que medie razón aparente, los niños persiguen a las palomas. Nadie ha conseguido explicar por qué. Lo intentó San Agustín en su decimocuarta encíclica, mediante el famoso “e intentarás atraparlas, pero ellas volarán o caminarán más rápido y el Señor no podrá ayudarte”, mientras que Freud y Lacan elaboraron complejas teorías al respecto, que nadie entendió, y Marx, como todos saben, fracasó miserablemente.
Concentración en apoyo a Lula, ayer, frente a la Embajada de Brasil en Montevideo. Foto: Juan Manuel 
Ramos
Concentración en apoyo a Lula, ayer, frente a la Embajada de Brasil en Montevideo. Foto: Juan Manuel Ramos
· 14 de abril de 2018 ·