Milton Wynants se levantó temprano. En la mañana entrenó las horas necesarias de todos los días. En la tarde, después de la siesta, eligió la bicicleta para ir pedaleando al velódromo en donde correría por los Juegos Olímpicos. Sí, fue en bicicleta. No sabía Wynants que pasaría a la eternidad deportiva del Uruguay. Lo único que sabía era lo que había merendado: un té y una tostada con miel. Con eso en la panza entró a la pista.

“Ver si se puede hacer las cosas bien”, dijo el sanducero un mes antes de partir a Australia. Ahí lo cobijaron personas de la colonia uruguaya, familias que saben de qué va la cosa cuando el sentimiento está lejos de casa. Wynants tenía 28 años, era uno de 23 ciclistas que correrían, a las 20.00 de aquel huso horario, la prueba por puntos en Sidney 2000. Wynants ni pensó en aquello que dijo Jorge Luis Borges, eso de que “sólo una cosa no hay. Es el olvido”. Lo que sí sintió cuando calentaba en el rodillo fueron las piernas llenas, fuertes.

Mientras sus rivales tenían todo pronto, cuando faltaban 30 minutos Wynants no tenía ruedas para correr. Eran prestadas y se demoraron. Llegaron justo. Era madrugada en Uruguay, estaba fresco, algunos locos fanáticos sintonizaron los canales para ver qué pasaba. El que sabe del sacrificio en el ciclismo apoya como puede. De esos locos fanáticos hay muchos que ya no están. 20 años es un montón.

“El incentivo no puede ser siempre el corazón”, me comentó un día Milton hablando sobre aquella vez, de lo que se logró y de lo que nunca se capitalizó. Lo dice porque lo sabe. Ganó una de las medallas más importantes de la historia deportiva del país, pero a la bicicleta se la compró juntando de a puchitos: un poco que le dio el Comité Olímpico Uruguayo y algo que le arrimaron desde la Federación Ciclista Uruguaya; de cómo llegar a Argentina para comprar una bici a medida se encargó él. Seguramente sus 22 contrincantes gozaban de otro estatus. Por eso, ante todo, no midió y puso corazón.

Wynants llegó a los Juegos Olímpicos por una invitación. Entrar por la puerta chica le jugó a favor, porque todos se miraban entre todos, pero menos a él. Pobres, la ingenuidad es hija de la confianza (ciega). A 60 y pico, 70 kilómetros por hora, en cada vuelta Milton miraba la pantalla de reojo y veía la posición. No los puntos, que era la razón de la competencia, pero sí cómo iba. “Voy entreverado”, pensaba. Faltando 40 vueltas la vio más clara. A la pantalla y a la jugada. Podía entrar entre los cinco primeros. “Eso ya era muchísimo”, le dijo a Mario y a José Carlos. Pero quiso más y se lanzó a jugarse lo último, como aquel pingo al que le cantó el Mago Gardel. Es que para ser ciclista hay que ser medio bagual. Quiero decir, apretar los dientes hasta morir, empuñar el manillar como si fuera el último segundo de vida, apretar el culo y darle a la cosa para que las gambas bajen salvajemente, no guarden nada. Se podía escapar la medalla, era la ley del juego, pero no sería sin dejar todo en la pista.

En el último sprint Wynants alcanzó los 18 puntos y se aseguró el segundo lugar. Medalla de plata en los Juegos Olímpicos. Los mitos tienen seres fantásticos. El video que lo rememora emociona de nuevo. El grito del final es la historia de lo irrepetible: “¡Uruguay pa todo el mundo!”.