Este 14 de agosto se cumplen 52 años del asesinato de Líber Arce, estudiante de Odontología y militante de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay. Baleado el 12 de agosto de 1968 en una marcha emblemática por el boleto estudiantil, fue el primero de la larga y dolorosa lista de compañeros y compañeras asesinados en manos del Estado. Cientos de estudiantes expulsados de secundaria, de la UTU y de la Universidad, decenas de compañeros y compañeras torturados, presos, muertos y desaparecidos fue el alto precio de dolor y vidas que el movimiento estudiantil uruguayo pagó por defender la libertad y la democracia, por ser fieles a su compromiso con el movimiento popular y, en especial, con la lucha de los y las trabajadoras. Todo eso conmemoramos y reivindicamos cada 14 de agosto.

Pero, después de todo este tiempo, ¿por qué seguir hoy saliendo a las calles en esta fecha? ¿Por qué los y las estudiantes seguimos organizándonos y cultivando memoria en nuestras compañeras y compañeros cada año?

Puede parecer complicado de entender, quizás, cómo la gurisada deja todos los años horas y horas de desgaste para hacer carteleras, salir de pegatina, hacer talleres sobre la fecha y, como última instancia, marchar por personas que vivieron tiempo antes de que la gran mayoría de nosotras y de nosotros inclusive hubiera nacido.

Por más diferentes que puedan parecer los momentos históricos y nuestros objetivos a corto plazo, los valores básicos y fundamentales por los que dejaron la vida estas y estos estudiantes siguen siendo los mismos por los que luchamos hoy los y las estudiantes: educación pública de calidad para todos y todas, más presupuesto para la educación y mejor democracia.

Claro está, estos principios pueden verse reflejados en nuestras proclamas de forma distinta a como lo hacían en aquellos tiempos, pero de ninguna manera tergiversados.

Hoy no luchamos, por lo pronto, por el boleto estudiantil gratuito, como lo supieron hacer en el 68, pero es gracias al compromiso y la lucha de estos compañeros y compañeras que hoy podemos no sólo gozar de este derecho, sino que este está amparado en nuestra legislación como tal y, por sobre todas las cosas, es reconocido por nuestra sociedad como un derecho más que legítimo.

No hay que ver muy lejos para darse cuenta de que la transformación cultural en la gente es infinitamente más valiosa que los cambios de legislación, que pueden variar rápidamente. Hace unos meses, cuando se anunciaron medidas de recorte en los boletos gratuitos a estudiantes de Canelones, el movimiento estudiantil, las organizaciones sociales y la población en general no demoraron en salir a repudiarlo públicamente. Este ejemplo no demuestra más que la importancia de entender las transformaciones no como meros cambios reglamentarios, que sí son claves para aplicar las medidas de cambio en la realidad, pero que a su vez son altamente volátiles, sino como una ardua pero fructífera construcción constante de generaciones de estudiantes dentro y junto con la sociedad uruguaya.

Es por eso, también, que es clave entender al movimiento estudiantil como una construcción colectiva, parte del campo popular, donde los intereses de las grandes masas deberían ser la prioridad siempre, y todos y todas somos partícipes. Por minúscula que pueda parecer nuestra participación dentro de nuestro gremio de secundaria, UTU o la Universidad, es clave para seguir renovándonos, con nuevas generaciones, nuevas ideas, para seguir generando instancias de discusión y, fundamentalmente, para seguir transformando en colectivo en base a las necesidades que tenemos como estudiantes y como sociedad en su conjunto.

Cada día se vuelve más necesario seguir participando, creando y construyendo resistencia en defensa de nuestros derechos no solamente desde el movimiento estudiantil, sino desde todo el campo popular.

Hoy, nos vemos nuevamente en la necesidad de traer a colación discusiones de antaño. Por más que hace años venimos reclamando el 6+1% del presupuesto para la educación e investigación, ahora pareciera haber dejado de estar en discusión el aumento, y pasó a estar en cuestión el recorte, junto con otras muchísimas medidas regresivas.

En la coyuntura actual, cuando la población está sufriendo fuertemente esta crisis sanitaria, social y económica, y la educación pasa a estar nuevamente restringida para unos y unas pocas con acceso a la “nueva normalidad” virtual, en lugar de estarse buscando soluciones reales a la infinidad de problemas que las y los estudiantes estamos teniendo para continuar con nuestros estudios, se está intentando no sólo disminuir aún más el insuficiente presupuesto destinado a la formación de nuestros gurises y gurisas, sino también implementar un paquete de medidas mercantilizadoras de la educación como lo son las incluidas en la ley de urgente consideración. Esto habla de un claro conflicto de intereses, en el que la población más vulnerable sigue siendo la más desamparada.

No alcanza, como se escucha muchas veces, con considerar a la educación una “inversión” y no un “gasto” si se pretende usar como excusa para desligar al presupuesto con los beneficios que este brinda a la educación, y hacer recortes.

No todo es dinero, y está clarísimo. La educación es una inversión en nuestro futuro, pero eso no es suficiente. Los salarios docentes, las edificaciones y los recursos con los que cuentan las diversas instituciones educativas, entre tantos otros factores, son claves para una mejor educación, y para llevarlos a cabo no alcanza con “invertir mejor”, sino que necesariamente conlleva más presupuesto.

No entender a la educación como la vértebra principal de la sociedad, y al presupuesto asignado como un determinante fundamental en su desarrollo, es un grave error.

Es por todo esto que cada día se vuelve más necesario seguir participando, creando y construyendo resistencia en defensa de nuestros derechos, no solamente desde el movimiento estudiantil, sino desde todo el campo popular.

Clara Amarelle y Mauro Fernandes son representantes del Gremio Estudiantil del IAVA.