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Plaza Independencia previo a la Marcha de la Diversidad, el viernes. Foto: Iván Franco

Resistencias universales

Realmente me resulta tedioso tener que escribir estas líneas. Hace años que las vengo escribiendo y, como decía Pedro Lemebel, “poniendo el culo, compañero”. Una cosa es abrevar en la crítica del peligro que comporta que cualquier movimiento social sea cooptado por el Estado y sus instituciones, y otra, muy distinta, el salirle al cruce a discursos de la intelligentsia vernácula que, ante reclamos también discursivos pero paridos por la ignominia, la injuria, el golpe o la discriminación -y que habitan los cuerpos, las mentes y el espíritu de los injuriados y los vuelven objeto, ya no sujetos de violencias, leves o extremas, pero definitivamente mayores que las del que no las padece-, intentan hacer visibles esos ataques cotidianos e históricos que han encorvado las almas y que dictan prácticas bajo la pancarta de la universalidad .
Foto: Iván Franco (archivo, marzo de 2016)

Declaraciones y después

No es ninguna novedad que nuestras prácticas y discursos pocas veces (escasas, diría) coinciden, se hacen carne en uno, copulan y, de forma gourmet, son el perfecto maridaje. Decimos, protestamos, interpelamos, disputamos los discursos y luego, bueno, la vida, que tritura en pedazos toda elocuencia, oratoria, deber ser, coherencia. Esa palabra, coherencia, también hace años me tiene a mal traer, y me resulta tan petulante como el dictamen de un juez que se ajusta a la ley y desconoce la fisura que los humanos inevitablemente tajeamos en los papeles muertos pero que siguen operando en nuestras vidas.
Foto: Iván Franco

Insatisfechos

No me refiero a la queja social porque para mí basta salir a la calle (y le pongo acento al “para mí” porque últimamente parece que todo es cuestión de percepción íntima y que cierto encuentro con la realidad es sólo construcción de relatos) y recibir la bofetada: un niño mugriento, una baldosa suelta, el pastabasero de la esquina, todo el andamiaje casi cósmico (si no fuera ideado por la Gran Máquina y los hombres-máquina) de lo cotidiano.
Foto: Iván Franco

Fotografías de la inclemencia

Vuelvo sobre el hogar, el que sea: el familiar, el compartido con amigos, el del solitario a su medida. Los hogares que nos resguardan de estas tormentas hermosas y feroces, y los que serán destruidos. Miro la ventana cerrada a cal y canto, y el palo que coloqué entre su pestillo y la pared para que resista el envión sin tregua de los vientos del río.

Ninguna derrota

Hay algo que una vez me dijo una amiga veterana y que más sabe por diabla. “Toda generación cree que es la generación perdida”. La frase me dejó pensando por años y todavía me acompaña. Hablábamos entonces de las generaciones que rondan la madurez (los 30 años), que tienen una formación cultivada, que están insertas en cierta cultura política que dobla a la izquierda.
Mulholland Drive.

Sos de película

¿Qué pasaría si cada semana, cada día, habláramos de lo que ciertamente nos pasó o nos conmueve, y ese diálogo, o ese sentir mudo, nos trajera de los pelos hacia una narrativa de la existencia que no estuviese marcada por ninguna agenda, ninguna imposición de temas? No pienso en olvidarnos esta semana de Dilma, de todas las estafas mundiales, del mal vivir de una sociedad, de lo que nos aqueja como colectivo. (Abro el paraguas, lo cierro y sigo).
Hubiérase dicho. Foto: Reinaldo Altamirano

Los intelectuales no lloran

No están llorando. Ya ni lagrimean. En todo caso, se quejan o hacen la mueca del cocodrilo. Los intelectuales (los críticos y los militantes, los cítricos, quizá muchos artistas) sólo están pensando en unas cosas y en ninguna otra. Ninguna otra: la vida y sus dignas lágrimas, el amor, la soledad, la ausencia.
Ciudad Vieja. Foto: Iván Franco

Narrativas contemporáneas

Hoy les voy a mentir a todos. Les voy a decir a los interpeladores del no que al final tienen razón, que soy yo quien ve las cosas tristes, que mi mirada está detenida en la crítica sin devenir histórico de este Uruguay que prospera y que se viene construyendo contra viento y marea; algo que yo no puedo ver ni percibir.
Foto: Pablo Nogueira

Cumplirán con el “muéramos”

Es de noche y hace días que unos asuntos me rondan, y me rondan de manera tan compleja que es la cuarta vez que empiezo este texto. Ya empecé por Macarena Gelman, por la reciente muerte del ex ideólogo tupamaro (ministro de Defensa Nacional hasta hace unos días) Eleuterio Fernández Huidobro, por los militares de la dictadura y los actuales, por los desaparecidos, por ex guerrilleros amigos que están vivos, por todo eso junto. Hace días o años que creo que vengo construyendo este texto, pero sólo puede construirse, pienso o siento ahora, a medida que se escribe.
Mercado del Puerto, el domingo. Foto: Iván Franco

Vocación y afecciones

Por estos días egresaron dos generaciones de médicos de la Facultad de Medicina (pública) y no hay quien no tenga uno que ande cerca. Vaya a saber por qué especialidades optarán; si serán obstetras, cirujanos, médico-psiquiatras o cualquiera de las ciencias que se dedican a auscultar nuestros cuerpos como piezas de relojería o de puzles gigantescos que, si bien parecen estar conectadas unas con otras, cada vez adquieren, a su vez, mayor autonomía. No es el lugar ni el momento de acusar a la hiperespecialización y todo lo bueno o malo que conlleva: cuerpos diseccionados hasta lo microscópico, peleas por chacras especialísimas, mayor prestigio de ciertas disciplinas en detrimento de otras, más o menos poder simbólico y económico.
Foto: Iván Franco

Sólo inicios

Abro los ojos y siento un titilar en las córneas que se conecta sutilmente, por un conducto directo, con la boca del estómago. Tapado hasta el cuello y después de dos días completos metido en la cama, una lámina transparente y acuosa me indica que debería dormir una semana más. Es demasiado patético esto de despertar con la tristeza pegada a los párpados, con la garganta acogotada. ¿No podría despertar y ya, sin ninguna sensación trágica, sólo pensando en preparar un desayuno, darme una ducha, elegir una camisa? A veces sólo es el café (el futuro aroma: un futuro de cinco minutos) lo que logra sacarme de la cama. Y siempre es la obligación para con otros, con el mundo. Si de mí dependiera, entraría en un estado indeterminado de sueño por decreto. En perfecto lenguaje leguleyo o bíblico, me daría la orden: “Dormirás”.
Foto: Pablo Nogueira

Tantos calibres

Qué difícil sacarle el cuerpo a la realidad, a los datos como dagas, a lo que ya por consabido no queremos decir más, ese asunto irresoluble: la muerte dada por voluntad propia. Nos seguimos matando. Matando a cara de perro, porque sentimos que la vida ya no vale ni un minuto, por desesperación, por angustias de tantos calibres. El asunto ahora no versa en la decisión absoluta sobre el destino de nuestros huesos y la conciencia cierta de que uno no quiere vivir más. Aunque también sobre eso podría decirse. El viejo tema del más radical y manifiesto acto de libertad (le pese a quien le pese y le duela a quien le duela) del que es capaz un individuo. Muerte por mano propia del propio cuerpo. Silencio, respeto.
Foto: Iván Franco

Que los cuerdos digan yo

Siento en la madrugada el gemido temeroso de un gato. Ahora, en este momento. Ese gemido o ese grito de celo que salta de una azotea derruida a otra en la Ciudad Vieja. Se hace más intenso a medida que lo escribo, como si ese lamento o pedido de vida o muerte, no lo sé, me quisiera decir algo. Ese gemido que ya sabemos que se parece al de un niño recién nacido abandonado en una volqueta. Un temblor como pocos. No puedo pensar en las miles de fotos e imágenes de gatitos cariñosos o traviesos que aparecen en Facebook y que han devenido en la bondad del hombre que los fotografía y de los animales que son fotografiados. Ese maullar desesperado se parece al más penoso grito de auxilio o al sexo impudoroso de las bestias.
Foto: Pablo Nogueira

Una vida, 8.967,50 pesos

Siempre me asombró cómo a partir de ciertas categorías o clasificaciones, las personas, de pronto, son convertidas en otra cosa. Un niño, un imberbe; un jubilado, un viejito. Para el primero, una laptop; para el segundo una tablet. Una ilusión de realidad o de democracia compensatoria y comprada con un convencimiento sordo acerca de su carácter de integración universal. Todos sabemos de jubilados que van y toman la tablet porque sí, porque de arriba, un rayo. Miles se las dan a los nietos para que jueguen o dejen de hacerles preguntas que ya no tienen ganas de contestar, porque descubrieron que miles no tienen respuestas y que vamos a andar por la vida como un trompo maníaco tras los grandes asuntos que, de tan grandes, se pierden en su destino.
Foto: Victoria Rodríguez

Historias máximas

Durante meses una historia o una imagen anda en la cabeza de uno. Por algo te rondan, se presentan cada tanto, golpean la puerta de la conciencia, así parezcan inrrevelantes o más cotidianas que esos adolescentes que fundaron la secuencia: en una parada de ómnibus, alrededor de las diez de la noche, en la calle Justicia, cinco o seis varones con una cerveza que gira de boca en boca. Una cerveza comprada a fuerza de monedas, de vaquita. Nada raro. Los adolescentes en este país (seguro que en otros cientos también) beben en la calle una cerveza o un litro de vino compartido desde que yo tengo memoria.
Foto: Iván Franco

Sensaciones

Nos estamos espabilando. O ya estamos enterados hace tiempo pero da dolor de cabeza (y de tripas, claro) que lo que parecía empiece a desaparecer. A los que más les cuesta asumirlo -es comprensible, porque de alguna forma sería abjurar- es a los que en su alfabeto vital utilizan palabras como “sueños” o “proyectos”: algunos militantes como bodoques, viejos repetidores del dial (y no precisamente por la edad que tengan), mercenarios discursivos y a sueldo, y, por supuesto, acomodados de la última década. Esos que, calladitos y con pisada de gacela o gritones y con parlantes rentados, le hacen el juego a la izquierda (y decir “izquierda” ya es toda una concesión o un regalo inmerecido). O no nos enteramos o somos comunicados pero no nos espabilamos, no tenemos reacción alguna. Somos eternos somnolientes de un puerto triste, esperamos la lotería, acomodamos el cuerpo a las circunstancias, emitimos tres gritos y ya, que venga la próxima. Para qué nombrar todas las manos como tenazas que cada día nos aprietan el cogote si cada uno de nosotros las vive en cuerpo y alma.
Conmemoración por las víctimas del tiroteo en Orlando, Florida. Foto: Drew Angerer, Afp

A sangre fría

Hubo algo que en principio me desacomodó, me puso triste pero por su anverso: no sentí nada. Vi la masacre de Orlando posteada en los muros de Facebook y me dije: una matanza más, la de la semana, la del siglo para Estados Unidos, la que ya -de tantas- no me perturba. Como si la muerte de uno, de decenas o de miles en manos de otros fuera lo mismo que la foto del gato que viene en el siguiente posteo. (Eso logra Facebook, pensé también: todo adquiere el mismo estatus).
Foto:Iván Franco

“Ignorado perro de la dicha”

Tampoco he escrito tanto sobre el amor como para sentirme en falta con los asuntos sistémicos (la culpa del periodismo progre) si decido hacerlo otra vez. Hacerlo otra vez, en este asunto, se parece a hacer el amor, y hacer el amor es una expresión que roza la antigüedad o el ridículo y está bien lejos del estuvimos (también caído en desgracia) y más distante aún del cojemos o cojimos (estoy militando por cojer con j cuando de hacerlo o estar se trata, sea o no con amor).
Foto: Iván Franco

La misma agua

Días escapando y para qué. Así estamos a veces, sacándole el cuerpo a lo que de todas formas vamos a hacer o decir. Retardando el llanto, apretando la lengua, a la espera de que se nos pase. Y no, no funciona, porque si no, todo se queda adentro, comprimido, infectando la tripa. Hace unas semanas me mudé a la Ciudad Vieja, sobre la Aduana, y no he podido despegarme de las ventanas.
Foto: Iván Franco

Abogado del diablo

La ilusión perpetua de rearmarse, reinventarse. Cada tanto ese sentimiento, ese deseo, viene y nos cincha de los pelos bajo el paradigma de la reconversión, y más ahora que el devenir y lo no fijo cuentan con áreas académicas enteras, con bibliotecas, teóricos y militantes, con discursos que han dejado a lo quieto en una vergonzante actitud de vida. Pero también estar en movimiento perpetuo, en construcción (deconstrucción, dirán los acusados), en un word in progress emocional, genera un estrés que a veces sólo la teoría soporta.