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Apegé

Olla popular en la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada, en Buenos Aires. Foto: Juan Mabromata, Afp

Fuera de serie

No nos vamos a hacer los nunca vistos. Al bajar del barco ya sabemos que vamos a entrar a una ciudad alterada. Una inquietud nos ronda o se apodera de nosotros. Nos cambia la dimensión frente a toda esa exuberancia, ese delirio de avenidas y gente que no se detiene. Nunca. Tampoco vamos a mentirnos como si nada: uno llega a la ciudad y ahora al país gobernado por Mauricio Macri. Y sabe que eso estará presente y que uno jugará constantemente entre saber y no querer saber, entre participar en discusiones encarnizadas o evitarlas, entre darse el lujo de un paseo por una ciudad sin fin o escuchar la palabra de los amigos e intentar tomarle el pulso a la nueva realidad.
Foto: Federico Gutiérrez

Mientras dure

Hay una amistad profunda, seria, que se solidifica a la distancia y sin que un amigo sepa nada del otro. Sin pegotes, exigencias, reclamos, "no estuviste" o "no estás". Esos vínculos extraños que no sabemos si son recuerdos, huella del alma, fotografía instantánea. Un diálogo que dura toda la vida y se repite como mantra, aquella palabra exacta, el "no" perfecto con una caída de ojos, el llanto expedido porque sí en el momento inesperado y proseguido del abrazo, el chiste que 20 años después y solamente evocado por uno le rompe la jeta a lo agrio con una carcajada incontenible.
Foto: Santiago Mazzarovich

La vieja no está en la cueva

No hice nada por nadie. No arrimé una lata de arvejas, un kilo de arroz o un pantalón que ya no uso a algún centro de ayuda, no puse tres pesos en ninguna cuenta bancaria, no me moví de mi casa, donde estaba protegido de las furias del cielo que arrasaron con medio país o por lo menos un departamento entero. Tampoco posteé fotos en Facebook ni dije “qué horrible, hagan algo”. No subí esa hermosa canción de Sylvia Meyer sobre Juana de Arco, “Bajo una lluvia fría”, ni me regodeé en la tormenta y el agua copiosa que todo lo llevan y todo lo curan, esas expresiones poéticas que más bien hubiesen resultado impúdicas o de insensibilidad sarcástica cuando a una viejita se le caía el techo en la cabeza, se le derrumbaba la casa, le entraba agua hasta en el alma. Tuve ese pudor, ese cuidado.
Foto: Iván Franco

Ceguera impuesta

Antes de 2005 las páginas de los diarios orientados hacia la progresía o la izquierda, los periodistas ídem, y también los partidos y los políticos de esa raza, no parábamos de hacer la nota diaria o semanal sobre pobreza. Se iba a los cantes, se hablaba con la gente, había un racconto minucioso de todo lo que en esas zonas sucedía o no sucedía: vivir entre cuatro chapas y sin piso, con tres pesos, ocho hijos, en el barro, sin saneamiento, con ollas vacías.
Foto: Pablo Vignali

Intúyete perdido

Pero detrás de las páginas de los diarios y las teorías donde las cosas confluyen y se ajustan, la percepción se nos escapa. No hablo de sociedades offshore ni de negociados inmundos o políticos y politiquerías. Me refiero más bien a todo lo contrario: esos momentos que pueden durar un minuto, una hora o unas semanas, ese tiempo otro en el que uno anda en el limbo de sí mismo, en el que se confunden la realidad y la ficción, en el que se suspende la atadura perfecta de los acontecimientos externos y sólo se retienen imágenes o cosas escuchadas al pasar, unas distantes de las otras, en principio inconexas, pero que lo persiguen, como si en eso en que uno se detuvo hubiera algo importante que se nos está susurrando, como un secreto ancestral o una epifanía a descubrir.
Foto:Santiago Mazzarovich

Las plumas no son alas

Hace unos días atravesaba 18 de Julio con la cabeza quién sabe en qué planes o qué vacío. De pronto, un muchacho que pedaleaba su bicicleta y llevaba a una muchacha sentada en el manillar me enrostró un asunto que vengo masticando, con una mínima frase inscrita en amarillo, con caligrafía de antaño, en la parte de atrás de su remera azul: “Alergia a las plumas”. En principio, mi desconocimiento de los asuntos futbolísticos hizo que decodificara esa frase como un símbolo que se me incrustó en la boca del estómago y me hizo tragar saliva con gusto a mierda; el símbolo filtraba de forma perfecta la herida que mi cuerpo acusaba. Era evidente para mí que el tipo casi se había tatuado en su cuerpo (es la hipérbole de la metáfora) el odio profundo a los emplumados, los gays, las maricas, los putos. Sufrí el golpe duro en la mandíbula de un supuesto machito ignorante y agresivo. Más que asco o molestia, sentí miedo.
Foto: Santiago Mazzarovich

Escriba su novela país

Llegó marzo y esa aseveración por sí misma no dice nada, es de una falta de imaginación absoluta y tremenda que no merece el comienzo de un texto. Pero estos días de marzo llegaron con el alivio del otoño y la promesa del invierno. A algunos nos emocionan los meses o los días, ese nomenclátor que contiene atmósferas: marzo, jueves, otoño. Ése sería el nombre de una novela que transite estos días, los que estamos viviendo: "Marzo, jueves, otoño".
Foto: Iván Franco

Adentro tuyo, el niño, el pájaro

“Esta semana no tengo nada para decir”, se dice uno, y es una constante que altera los nervios y lo sitúa, hasta el tercer párrafo escrito, al borde de la renuncia, de la seguridad de la sequía, de que finalmente llegó la hora del silencio y de callarlo todo. Cuando eso le suceda, le escribía Rainer Maria Rilke al joven poeta (lo parafraseo o me extiendo en imágenes a partir de sus consejos), indague dentro suyo, hurgue en lo más recóndito de su ser, vaya a su infancia, “esa fuente inagotable”, busque hasta el cansancio, o con la volátil calma de los pájaros que emigran, en la naturaleza.
Foto: Pablo Nogueira

Vernos en viejos rostros

Me seducen esas ideas o sensaciones que, por momentos, en la vida empiezan a girar en torno a uno, esas que en principio se introyectan de forma delicada o sutil y que, de pronto, de convierten en pensamiento casi permanente, sueño u obsesión, sin que podamos señalar el preciso instante en que nos ocuparon, se volvieron perturbación o nos pusieron en otro sitio.
Foto: Sandro Pereyra

El invento de uno mismo

Y el muchacho hizo una carrera, pagó mil cursos, se especializó y ahí está, pendiente del celular o del mail, esperando a que alguien lo llame (y no precisamente Dios, aunque a veces ruega) para la changuita quincenal, del mes o, cuando la suerte o el milagro lo acompañan, para el gran golpe: seis meses o un año ininterrumpidos en un proyecto que se convierte, quizá, en el trabajo más duradero de su vida.
Foto: Pablo Nogueira

Reales

De vez en cuando voy a un boliche disfrazado de pub con rockola y pool incluidos, que en verdad es un prostíbulo. Me gusta conversar con las prostitutas, tomar una cerveza acodado en la barra, ver el comportamiento de hombres que a veces van en busca de sexo pago; otras, de cervezas heladas, sin contacto con las mujeres, en busca de un pool tras otro, de una cumbia en la rockola, a la que le sigue otra cumbia en la rockola, otra apuesta en las máquinas tragamonedas, compra de estimulantes varios. Pero más que de ellos o además de ellos, la pregunta siempre versa sobre ellas.
Foto: Iván Franco

Salarios de cuerpo y mente

Iba a comenzar con una imagen que tengo prendida en la retina hace días, pero a veces ciertos ruidos interfieren cualquier foto nítida. Escribo sentado bajo un techo digno, puedo prender un ventilador, tomar mate, pensar y repensar mis palabras, mientras que detrás de ese ruido molesto, insoportable, que interceptó a mi imagen primaria, ese ruido de perforadora de veredas, pavimento y mentes, hay otro hombre que también trabaja pero sin ventilador ni mate ni más descanso o alejamiento de esa máquina odiosa que los 45 minutos pautados para comer, tirado en la vereda y procurando una sombrita de árbol frondoso, de gentil recodo.
Foto: Pablo Nogueira

Urgencias de almas móviles

Tengo un amigo de 33 años, médico pero no de los ricos, que cubre el turno de la noche en una empresa de emergencia móvil. Es médico y no le gusta serlo, y aunque es ético no siente el juramento hipocrático como propio, aspira a ser escritor y escribe muy bien, o aspira a cambiar de vida y de rumbo. Él, porque quiere ser escritor y para salvarse de la afectación enferma que producen ciertas historias trágicas, creo, todo el tiempo pendula entre el chiste, la ironía, la conmoción y la sorpresa.
Foto: Nicolás Celaya

Pancartas sin carne

Una mujer bufa porque no puede andar, como los hombres, en tetas por la calle. Dice de su cuerpo cosificado, de sus pechos predestinados socialmente al amamantamiento, del machismo, la misoginia, de su falta de libertad. Bufa y reclama por esa desigualdad impuesta por una cultura que a la vez que exhibe el cuerpo de las mujeres como carne barata en pantallas, discursos y carteles, no la deja a ella andar libre de prendas por las avenidas o los parques de la ciudad.
Federico Murro.

Que nadie me mida el corazón

En los últimos años ha habido avances, sí. Leyes que reconocen la identidad de género, institutos estatales que protegen contra la discriminación, personas que se animan a denunciar situaciones de violencia sufridas por sus orientaciones sexuales. Muchos advertimos, sin embargo, el peligro de que ese fenómeno que surgió de abajo, o de alguna pequeña comunidad organizada, sea capturado por el poder y utilizado para sus propósitos más evidentes: capturar votos.
Foto: Pablo Vignali

Cansados hasta el océano

Un día al menos todo parece detenerse o hacemos como que se detiene. Ese día consensuado socialmente, ya sea por almanaques occidentales o astrales. Ese día que es hoy, la última reunión o todo el 2015, que se va. Se va y no vuelve y el 2016 son sólo 24 horas más, pero se va aunque haya sido bello y nos hayan pasado cosas contundentes, se va con nuestro beneplácito, nuestra bendición; lo dejamos ir porque un año no significa nada y lo significa todo.
Foto: Iván Franco

Paremos de sufrir

No es ninguna novedad que la mayoría de nosotros, por acción u omisión, somos cristianos y que practicamos esa forma de la fe -tan ateos y laicos- disfrazada de encuentro familiar. Festejamos el nacimiento del niño Jesús casi casi que enguyéndolo a él también, cerca de la antropofagia, porque de panes y peces, nada. A pura carne y bebidas calóricas, y a la espera de la gracia para los niños, que ojalá y Dios tatita, el hombre de rojo haya leído con atención la carta, casi un documento a veces convertido en contrato. A eso exactamente quería referirme: los contratos. Principalmente los tácitos, los no firmados, los más difíciles de romper: los lazos longevos de familia.
Foto: Javier Calvelo

Es en diciembre

Por más desprendidos, indiferentes o superados que nos hagamos, por más que sepamos que un día es 2015 y al otro, y ni siquiera, al minuto siguiente, es 2016 -nada, un suspiro-, diciembre tiene vida propia y se impone más allá de sus 31 días.
Foto: Mauricio Kühne

Por un tipo de aristocracia

Alguna vez José Saramago escribió contra una forma del carnaval estupidizante, ese que acusaba o acusa a los intelectuales de andar lejos del pueblo, profiriendo sus aristocratizantes abstracciones, sus palabras elegantes, su pensamiento erudito. Dijo, con furia y dolor, algo así: ojalá llegue el día que en este país (se refería a Portugal, claro) todos sus habitantes sean intelectuales, que el uso del pensamiento y la inteligencia no sea el privilegio de unos pocos sino el pan nuestro de todos, y cada día.
Foto: Javier Calvelo

Pero qué belleza

¿Reinas? No hay que pecar de demasiado bodoque para saber que todo ese asuntito huele a antiguo, y sin embargo está vivito y coleando: las reinas o las princesas son como Papá Noel, no existen, y bastante mal les han hecho a las mujeres, a los hombres y sobre a todo a las niñas (princesas) que serán mujeres; esa asociación entre la persecución de un tipo de belleza (bastante terraja, por cierto) y el sueño de tirar besitos vestidas de rococó desde un carruaje encantado.