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Foto: Javier Calvelo

Dios, el viento y la muerte

Las preguntas más naíf pueden resultar las más profundas, o viceversa: las más serias y sacras quizá redunden en la aridez de este desierto inmenso. No importa. Igual hay que animarse a hacerlas, a hacérselas. Todo viene a cuento porque hace días que me persigue una que leí en una página de Facebook. El lugar en cuestión se llama “Filosofía hoy”: a partir de una cita o sugerencia de un libro o un pensador, de una película, de un cuadro, la página provoca con una pregunta directa y al hueso, como si la filosofía también tuviera la capacidad de recoger respuestas rápidas, contundentes.
Foto: Carlos Contrera

Te está hablando un muerto

Para este mortal que construye hoy su prosa a través de 67 personas (conmigo 68; un texto escrito a 136 manos), el universo se expande y no encuentra forma de calificación u orden más que un extenso cadáver exquisito, un texto que es plagio puro, construido con decenas de trozos de canciones. Pedir “una canción del Darno” (¿pueden ser dos?, dicen) demora un suspiro. Es como si se tocara el botón de poesía interna que salta y nos asalta, una caricia inmediata al alma colectiva, como si nos corriese por las venas algo atávico de lo que nos sentimos orgullosos.
Foto: Virginia Martínez Díaz

En fin, también cristiano

Cada vez que uno dice “siento culpa” se presenta una cofradía de laicos y ateos, que a veces parecen mormones militantes, arguyendo todo tipo de argumentos que, además de hacerte sentir un cromañón o imberbe de espíritu y prácticas, te hacen vivir más la culpa por "padecer" culpa.
Iván Franco

Me salvo a nado

Olvidemónos de todos los perseguidores de rotundos éxitos frívolos, pongamos un límite; esos que quieren bailar en un caño, salir en las revistas de cotilleo, colmar sus 15 minutos coronados por una tanga minúscula o una frase quizá perdurable pero que el mantra de la repetición no le otorga ninguna densidad. Ataquémonos a nosotros y a nuestros círculos concéntricos y expandidos que, en clave de búsqueda o sacralidad, van detrás de la ilusión de algún podio en este juego infinito y de doble cara entre lo íntimo y lo público.
Músicos callejeros, el lunes, en 18 de Julio. Foto: Virginia Martínez Díaz

Alegría

Miro alrededor y los veo, y recuerdo y paso raya y los veo, y con ellos, yo. Ellos, algunos de mis amigos, desconocidos varios, el espíritu de una época o el supuesto ADN de este país que crea bichitos de uñas metálicas por ósmosis, repetición del discurso o transferencia del viento. Ni se le ocurra pensar que estoy hablando de olvidarlo todo o que propongo la ilusión de una permanente algarabía.
Foto: Iván Franco

Los germinadores

Esa famosa frase de José Martí que se propagó como virus desde que la pronunció, a finales del siglo XIX -“Hay tres cosas que cada persona debería hacer durante su vida: plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro”-, seguramente sea uno de los eslóganes disfrazados de verdad o literatura más ridículos que repetimos en nuestra existencia.
Foto: Iván Franco

Elogio de la quietud

Estoy tirado boca arriba en la cama mirando el techo, desde hace horas. No deseo otra cosa en la vida que mirar este techo mío ganado a fuerza de trabajo, con sus imperfecciones, las siluetas que crean la luz del mediodía; la del suspiro del alma, en la tardecita; la de la noche implacable. Hace 12 horas que miro el techo y no quiero hacer más nada que fijar en un punto ciego esta existencia demasiado vidente. Borrar los recuerdos, los traumas, toda evocación de pasado e invocación al futuro, habitar un presente continuo y nimio marcado por la frazada que me cubre o descubre según el discurso meteorológico de mi cuerpo.
Foto: Iván Franco

Nada sensual

Recuerdo el impacto que me generó en un corto viaje a España en 2001 una fiesta por la diversidad en el famoso barrio madrileño de Chueca, “el barrio gay más grande de Europa”, se decía por entonces. Los muchachos vestidos ajustadísimos, de raros peinados nuevos, con esa soltura que da vivir entre nos, protegidos en una comunidad, para los más optimistas, encerrados en un gueto posmoderno, para los críticos extremos. Vivir la comodidad de estar casi que sólo entre iguales o disputarle espacios a la ciudad era una tensión que se vislumbraba.
Foto: Iván Franco

Con una maleta roja

Escribió Emily Dickinson: “Para viajar lejos no hay mejor nave que un libro”. Un acierto poético de magnitud; una verdad que puede ser construida por la imaginación; un antídoto, también, contra la imposibilidad real de trasladarse físicamente. Un libro con otras geografías, sensibilidades -quién puede dudarlo-, nos sitúa, mientras dura la ficción, en cosmogonías y paisajes nunca vistos y sentidos. Y a veces tienen la potencia arrolladora y la prosa convincente de hacernos creer (la verosimilitud del relato) que verdaderamente viajamos o conocemos tabernas, iglesias, plazas, nieves, el murmullo de un idioma ajeno y distante, mientras observamos pasar y decir a personas del siglo XIX o de nuestra época, ésta en la que vivimos, el paisaje de sus geografías físicas y mentales.
Foto: Nicolás Celaya

Por esta noche

Nocturnos o noctámbulos, ovillados en sí mismos, a la espera de un santo, un mensaje privado de Facebook o recorriendo en la noche pasiva y silenciosa un muro que no les trae noticias. Leyendo un libro; mirando tres películas consecutivas; escribiendo, los poetas aplicados; tomándose la cabeza con las manos que se achican en la oscuridad del insomnio, los más desesperados. Pero los noctámbulos mortales generalmente no traducen el ruido del pecho o del alma en obras que perduran. Están ahí, impacientes o impávidos, o arrojando fuera de sí, también, largos días de hastío, perdiendo el tiempo, ganándole una cuota silente al vacío de lo gregario.
Foto: Iván Franco

La sal de la vida

Quiero llorar y no puedo. Estoy anestesiado. Mis brazos en alto se cayeron en la adolescencia y luego sólo tengo impulsos de furia y ataques de palabra. Quiero llorar por los cincuenta hombres tirados en la calle que conté hace una noche en un recorrido de cincuenta cuadras; por todos los cantes que ya no son nombrados; por la anciana que con una vergüenza inconmensurable le preguntaba a la cajera de un súper lleno de empleados explotados si podía hacer una compra por cien pesos con la tarjeta del Mides. Tengo miedo a vivir con miedo; me tengo miedo a mí mismo; tengo miedo por mí.
Foto: Federico Gutiérrez

Cliché con ritos

No sé si es por ósmosis ritual y cultural o estupidez propia que voy a escribir la palabra que sigue: nostalgia. Lo cierto es que estoy escribiendo un 24 de agosto y esa fiesta que los uruguayos festejan se me cuela en el cerebro y me hace pensar todo el día en imágenes, interpelaciones, pavadas por decir. La nostalgia es el verdadero sentido innato de esta cultura. Es Maracaná, la educación pública, aquellos años en los que fuimos jóvenes y, si no bellos, al menos vigorosos.
Foto: Santiago Mazzarovich

El hombre mate

El ómnibus va repleto. Cada uno en un mundo: el que se ve por la ventanilla; el que está fuera del libro que se lleva entre las manos; el denunciado por la mirada perdida o fija en un punto de la existencia o de la cena; el pragmático, ese que se toma fuerte del pasamanos para no caer sobre otro cuerpo aunque mira de reojo, sabiendo que los otros existen y deseando que no existieran, vigilando tenazmente al que está a cinco centímetros del asiento que puede quedar vacío porque la mujer empieza a acomodar su cartera y se arregla el saco mientras ponemos en juego el impulso animal: ganar ese asiento.
Foto: Pablo Vignali

Pobre amor

Hay una inquietud que me acucia desde hace años. ¿Por qué los escribas hablamos tan poco del amor? No el amor filantrópico, ni el de los hijos ni ese por el prójimo o la sociedad. Hablo de ese otro amor directo, carnal, ese que nos ocupa en secreto y nos rapta o vacía, ese que no se disfraza con preguntas a expertos y que hace que los escribas esquivemos un terreno fértil e ingrato, una zona del ser que nos cautiva o nos pone en el abismo. Yo también voy a recurrir a otros para decir lo que quiero. “Abismarse” es la primera entrada de los "Fragmentos de un discurso amoroso", de Roland Barthes, un capricho de definiciones alfabéticas que rodean al amor.
Fotos: Santiago Mazzarovich

Adiós mi vida

No sé si soy hijo de otro tiempo, de éste o de ambos. Lo cierto es que hay una actitud suicida en mí, o kamikaze, que me indica que las cosas tienen que morir (o uno las tiene que matar) antes del hastío, la rutina, la repetición, o asesinarlas cuando aún gozan de cierta salud pero de un día para el otro pueden mostrar signos de decrepitud, de lugar cómodo, de hartazgo para uno y los demás. Como con una pareja, una amistad, la familia. Hay que apuñalar los pactos antes de que se transformen en ancianos con pañales. Para uno, para los lectores.
Foto: Raúl González

Plegarias de avenida

Un grupo de unas diez personas sentadas en la vereda de la Biblioteca Nacional. Con los ojos cerrados, las piernas cruzadas, en actitud zen, imperturbables ante el ruido de la ciudad a las 18.00. Podría tomarse como una performance o una intervención urbana, o dársele cierto crédito a esa irrupción que de alguna forma invita a parar, a detenerse diez minutos, esa provocación cierta si sorteamos la risa socarrona frente a lo desconocido.
Foto: Raúl González

A veces vuelve a ser gris

Nada de ocre. Montevideo aquí muestra en toda su dimensión esa grisura congénita, su cliché más profundo, la cara cierta (ninguna máscara) de su orfandad y de ciertas muertes. El abandono está a la vista, y así y todo, en cada cuadra encontramos los resquicios, los restos de la reliquia, como si fuera una de esas ancianas que viven en la calle, que podrían tener un siglo de vida, pura arrugas, sucias y rodeadas de bolsos y perros o gatos, y que, sin embargo, tienen algún dejo de un pasado distinto, digno o hasta aristocrático.
Foto: Raúl González

Tu propia calle

Ejido se corta (como cientos de calles y avenidas) en trozos de personalidad. Se podría decir que desde La Paz hasta Paysandú o incluso hasta Uruguay tiene poco carácter o más bien uno estrictamente masculino. Sé que suena raro y que esta afirmación no va con todas las teorías de la deconstrucción de género, pero si se observa bien hay mucho de eso en esas cuadras.
Foto: Raúl González

La noche sin fin

Foto: Raúl González

Tomando una con los próceres

Haciendo esquina con la plaza, sobre Bulevar Artigas, una travesti que antes fue otra y mucho antes otra, y de alguna forma siempre es la misma, revolea su cartera en tacos altos y minifalda que enseña su apellido.