Saltar a contenido

Apegé

Foto: Raúl González

Perdido pero encontrado

Recuerdo esa inquietud horrible que me acechaba en Buenos Aires cuando salía a la calle y, de pronto (el ómnibus gira, uno dobla en una esquina o se despista), no sabe dónde está parado. El pedacito de ciudad elegido para este relato tenía que ver con algo parecido: perderse ex profeso en el interior geográfico de esa triangulación configurada por avenida Italia, Batlle y Ordóñez y Solano López, donde hay calles de cuatro, tres, dos e incluso una cuadra con nombres peculiares.
Foto: Raúl González

Cuando nos calla la noche

La entrada al faro de Punta Carretas es consabida pero también se ha transformado. Eso se hace evidente cuando hace años que uno no la transita. Hace unos años, justo sobre una rambla siempre concurrida y llena de deportistas, autos en un ir y venir constante y edificios suntuosos, era una boca abierta y oscura, de pura tierra, en la que uno creía que si no la transitaba en auto se lo tragaría la noche. Ahora está pavimentada y una hilera de postes con luces tenues no anulan la noche pero ahuyentan el miedo ancestral de caminar en solitario por un camino de tierra, ciego, sólo descifrable para los ojos de los autos.
Foto: Raúl González

Que tiemble alguien

Sobre Herrera (resumamos así la nomenclatura de la estirpe), un almacén pequeño tiene en su frente una mesa roja de plástico con algunas sillas donde unos muchachos, a las siete de la tarde, toman unas cervezas. Uno no sabe cómo, pero intuye que eso se puede acabar, sabe que Vázquez es terco y que su cruzada contra el alcohol llegará hasta el más recóndito paraje de campo, en pos de la mente y el cuerpo sanos.
Foto: Raúl González

Sin bravos gritos

Ante mis ojos se despliega un pasado que se mantiene vivo a fuerza de inhalador e intubamientos: la estación de trenes Peñarol. Del otro lado de las vías, un gran cementerio oxidado constituido por locomotoras, tanques de transporte de combustible y decenas de galpones de chapa a punto de caer por su propio peso dan quizá la imagen justa de lo que algún día fue el motor de Peñarol. El colmo de esa disonancia entre lo real y lo simbólico se hace evidente en el logo de AFE, de un diseño que pareciera hablarnos de una empresa a todo vapor.
Foto: Raúl González

Los secretos mejor guardados

Ciudad Jardín, un barrio más elevado sobre el nivel del piso que las edificaciones que lo rodean y que, sin estar cercado y sin que nadie te prohíba la entrada, parece privado, con esas fachadas exteriores de gusto refinado, esa elegancia cauta, esa invitación sutil a que no ingreses.
Foto: Raúl González

Mirándole la cara a un ex

Siempre se habló de La Teja como uno de los grandes reductos de una izquierda militante y proletaria, y más allá de que esa aseveración siga siendo cierta o no en el presente, hay nomenclaturas y edificios que lo certifican. Sobre todo las del pasado: “Asociación de ex Funcionarios del ex Frigorífico Nacional”, que sería como decir “Asociación del ex Uruguay”. Y todo sigue así por la avenida Carlos María Ramírez, frente por frente algo del pasado y un presente que parece un poco congelado.
Foto: Nicolás Celaya

La estética de los dioses

El merchandising religioso convertido en gran feria: velas, la diosa del mar en todas sus estaturas, barquitos de espumaplast (que dicen que matan a los peces, que mueren atragantados) para cargarlos con ofrendas: perfumes, sandías, unas empanadas que uno quisiera robarle a alguna canasta, pulseras, cartas, gente entrando al mar en procesión que parece sincera y miles y miles de observadores. La muchedumbre convocada alrededor de Iemanjá representa a varias porciones de la sociedad uruguaya.
Foto: Santiago Mazzarovich

Curar un odio y amar el agua

Un año, un shoppping, al siguiente un hospital, todo frente a esa metáfora arquitectónica que en 1967 se le construyó a Luis Batlle Berres y por extensión al batllismo y que, bautizada popularmente como “los cuernos de Batlle”, de inmediato se asoció a una especie de infidelidad social.
Foto: Santiago Mazzarovich

Trazos de bellas artes

Una serie de edificios grandilocuentes pero inarmónicos, siempre costosísimos, claro, de decenas de pisos y ventanales de privilegio, me arrancan unas preguntas que sólo se hacen los pobres o la clase media; en todo caso, casi nunca los ricos. ¿Cómo sería haberse criado frente al Club de Golf, con esa rambla, en uno de esos penthouse? ¿Qué pensaría del mundo? ¿Qué escribiría, sobre quién, de qué forma? ¿Sería un empresario, un bacán? ¿Cómo me vestiría y hasta que físico tendría?
Foto: Santiago Mazzarovich

La carne plebeya

No es algo en extremo novedoso que los montevideanos saquen sus mediotanques a la vereda y en familia o con amigos hagan el festín de las achuras, pero tengo la sensación (más bien es una hipótesis) de que esta forma de comer o devorar se ha intensificado en los últimos años. Nunca había visto tanto mediotanque en las calles como en las últimas fiestas. Y tanto impudor para ocupar la vereda.
Foto: Santiago Mazzarovich

Este patio trasero

El mozo aún no ha bajado mi persiana y veo en esa esquina, otra vez, las decenas de inmigrantes que van o vienen de 18 de Julio y repito una aseveración sociológica que hace tiempo sostengo: una nueva ola inmigratoria nos sacude la estructura, aunque pocos parezcan verla. Trabajan en los supermercados, los carritos de chorizos, en la prostitución, la limpieza; se están convirtiendo en el patio trasero de esta Suiza para siempre acabada.
Fotos: Santiago Mazzarovich

El asfalto y las sombras del amor

Existe un amor-odio antiguo y confeso entre cronistas y fotógrafos. Dos líneas más o dos líneas menos pueden desatar un rencor extraño entre gente que paradójicamente escribe o fotografía para otros. Recortar una foto o un texto es la ofensa que los editores y diagramadores pagan por la jerarquía de ese espacio (y ni que hablar cuando en el juego de la representación también intervienen ellos). ¿Y cuando texto y foto no se corresponden y decepcionan al cronista y desorientan al lector? ¿Y cuando el fotógrafo no le encuentra la vuelta a un texto críptico o llano, aburrido como él solo?
Foto: Santiago Mazzarovich

Toda la vida sobre la muerte

Hace años que imagino una visita al Cementerio del Buceo, pero hasta ahora sólo era una expresión de deseo. No de muerte, aún no. Sin ponerme religioso, podría decir que algo allí me convocaba. Entonces me decido a conjurar de una vez por todas el llamado, tomo el 526 que va por la avenida Rivera y me bajo una cuadra antes. Justo en la puerta de otro cementerio: el Británico.
Foto: Santiago Mazzarovich

La extinción de la palabra

¿Cuándo se estableció esta costumbre de ir a los bares y estar más tiempo afuera que adentro, con capacidad colmada en las veredas? Hemos incorporado unos hábitos que creo nos eran ajenos y hasta nos resultaban ridículos. No es lo mismo tomarse una cerveza comprada en un almacén y beberla entre amigos en cualquier vereda, que pagar el triple por la misma cerveza sentado en el cordón de la vereda de un boliche que se pone, y todavía de pie y aguantando la parada.
Foto: Santiago Mazzarovich

Voto epifánico

Hace unos días iba de cabeza gacha y cargado como burro -bajo lluvia y con sol incipiente, con este clima de manga corta y campera, todo a la vez- pensando en elecciones, partidos, futuros, pasados, amarguras, parlamentos, decisiones, y de pronto, en una vereda cualquiera, una pequeña colcha amarilla y mojada me calló, me extravió y me detuvo en la más pura contemplación. Claro, las tipas, me dije, y seguí unas cuadras caminando con los ojos inyectados de ese amarillo acuoso y brillante, de esa imagen silenciosa.
Foto: Javier Calvelo

Como perros

Entrar a Tres Cruces, a un aeropuerto, a una sala de hospital, entrar a cualquier forma de la espera, implica un recogimiento psíquico, una expectativa o un mirarlo todo sin detenerse en nada, un registro del trasiego ajeno, la pregunta real sobre los otros: ¿quiénes son?, ¿adónde van?, ¿qué llevan, real y metafóricamente, en sus mochilas?, ¿dejan una vida atrás?
Foto: Javier Calvelo

Sombras, nada más

Es difícil, casi una ofensa al lector, contarle algo que seguramente conozca de memoria. El lago y sus botecitos, el puente de madera, la glorieta circular con fuente en el medio y bancos de mármol que la rodean, decorados con venecitas. Por eso, en los lugares más comunes del planeta, uno tiene que inventarse su historia para no sucumbir a una corriente abúlica. Y a veces, tiene que ser hiperbólico.
Foto: Javier Calvelo

Sin orden bajo el puente

Un puente siempre trae una sensación de alivio. Elevarse aunque sea diez o veinte metros sobre el nivel de esta ciudad plana, expande la mirada y por lo tanto, el espíritu. Ahora atravieso el Viaducto en una línea de las decenas de ómnibus que lo transitan y tengo esa sensación de desprendimiento durante 20 segundos. Los vuelos en esta ciudad duran poco y ya en la primera parada después del puente, todo se vuelve tan real como la mismísima locura de compra y venta chirriante.
Foto: Javier Calvelo

Eslóganes y trapitos al sol

Excepto los veteranos del barrio (uno siempre los identifica) muchas personas en todas las partes de la ciudad no sabemos dónde vivimos. Andamos como autómatas en un círculo trazado que nos lleva de una obligación a otra. No conocemos nuestras calles, nuestros parques y avenidas, ni idea de ese barrio que sólo leo en el cartelito de los ómnibus. No somos verdaderos transeúntes, no vivimos la ciudad, apenas nos alejamos de casa, le tememos al otro barrio, que es lo mismo que decir a lo desconocido.
Foto: Javier Calvelo

No llueven metales

Un bar, otra vez, puedo ofrecer alguna verdad. Y Las Palmas, más de una. Ese bar sobre 18 y Gaboto que está abierto las 24 horas y que ya adquirió carácter antológico. Al menos tiene una especie de terraza (¿deck, decimos ahora?) desde donde construir un mundo en base a sus pequeños movimientos. Es así, si agudizamos la mirada el mundo cabe en una esquina.