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Jueves 29 • Diciembre • 2016

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Por Lucía Lorenzo

El fantasma de la libertad

A fines de la década del 70 y principios de la del 80, casi nadie iba a colegio privado. Había pocos colegios y allí sólo iban algunos, los niños de clase media alta o alta. Niños que se pasaban el día entero en el colegio sufriendo la tortura del doble horario; niños que parecían salidos de una película inglesa, con sus uniformes calurosos y complicados. Tengo la sensación de que en esa época los padres de clase media no esperaban demasiado de la educación (y quizá tampoco esperaban demasiado de los niños, en general). No recuerdo a ningún adulto quejarse por nada, ni siquiera por que en la escuela nos obligaran a hacer 14 maceteros de hilo sisal por año, entre muchas otras cosas absurdas que se reiteraban hasta la demencia. Había que ir, cumplir el horario, no estar en la lista negra, y con eso bastaba.