Periodista, narrador, poeta, dramaturgo, Gabriel Peveroni (Montevideo, 1969) comenzó a idear en 2010 una novela por episodios centrada en una megalópolis. El plan creció, pasó a llamarse Shanghai, tuvo avances digitales y luego una celebrada versión en papel (Los ojos de una ciudad china, 2016). La segunda parte del proyecto, Todos estaban un poco locos cuando aparecieron los replicantes suicidas, permanece inédita. Cicatrices en el cielo pertenece a la tercera parte de Shanghai. “Transcurre en el mes de julio de 2014 y es parte del diario personal de Dr. Jessico”, avisa Peveroni, que, conviene aclarar, es el autor de algunas de las novelas mencionadas —entre otras señales autorreferentes— en el relato, como La cura (1996) y El exilio según Nicolás (2004).

REGLAS DE JUEGO: 01.07.14

Tengo muy claro lo que vas a hacer. Sé que te gustan las sorpresas y me imagino que esperabas este momento para invitar a quien se atreviera a leer la saga Shanghai a viajar por otro camino, secundario aunque no menos inquietante. Acaban de pasar ante mis ojos los primeros meses publicados, a cual más turbulento, y siento —como terapeuta que ha desplazado su rol al de lector— la sensación de haber perdido la frontera entre ficción y realidad.

Desde la primera conversación que mantuvimos por Skype,* tuve la sensación de que consultabas por un tema superficial —problemas de índole musical, mejor dicho de crítica musical, que no pueden categorizarse de importantes para nadie— y de que debería trabajar duro, provocarte, incluso desestabilizarte para tener éxito y generar escenarios dinámicos en los que empezaras a disfrutar de la vida cotidiana en esa ciudad en la que vives y que sólo conozco por referencias.

Decías que no te importaba el pasado y advertí que te dolía demasiado.

Decías que no te importaba el futuro y pude ver que sentías pánico de abrir y cerrar puertas.

Decís, como sé que decís, que vivís el presente pero continuamente te paralizan dolores interiores, y no me estoy refiriendo a episodios de angustia sino a pequeñas dolencias físicas que viajan desde hace años a lo largo de tu cuerpo. Y que se van trasladando, como me contaste con extremo detalle, imposibles de ser detectadas por ecógrafos, análisis de sangre y toda la maquinaria panóptica de la salud preventiva.

Todo para adentro. Seguiste ese camino. Tomaste conciencia de que el cuerpo, por estar vivo, padece, se descompone, enferma. La herramienta de la palabra se fue cerrando sobre sí misma. Te fue dejando autista. Empezaste a encontrar un espacio-tiempo único y radicalmente solitario: cuantos menos lectores, mejor; cuantos menos amigos, mejor; cuantos menos vínculos emocionales, mejor.

Esas son algunas de las razones esenciales por las que creo que te lanzaste a escribir una novela tan extensa, casi inabarcable, en la que cada nuevo fragmento abre bifurcaciones desconocidas que vuelven imposible que las versiones se correspondan. Estoy de acuerdo en esa certeza que manejás, eso de “así funciona la vida”, desde una mirada hiperrealista, pero no deberías haber olvidado lo que el poeta Jorge Medina Vidal repetía una y otra vez en las clases que asististe con el Payaso Dalí y otros frikis de los ochenta, aquello de “no confundan vida con literatura”.

¿Cuándo se empieza a escribir una novela? Ensayé esa pregunta una y mil veces, disfrazada de otras interrogantes y metida en temáticas que poco tienen que ver con la gimnasia literaria. No tuve mayor éxito. Ahora me planteás probar otro método: sesiones diarias por Skype durante todo el mes de julio —vos en Montevideo, yo en Madrid—, sabiendo de antemano que esta alternativa te dará más tiempo y herramientas para concentrarte en la escritura del cuarto libro, Atentados, y luego de La construcción del azar, del que ya tienes terminado el mes de octubre, donde sucede —lo único que me adelantaste— la muerte violenta de Ziggy Stardust en un pueblo perdido del norte argentino.

Te estoy mirando a los ojos. Puedo hacerlo a través de la cámara. Se te nota exhausto. Hace apenas unas horas que bajaste de un avión que te trajo de Nueva York, con escalas en San Salvador y Lima. Fuiste a una boda. Pero esa es otra historia. Se te nota feliz, agradecido por la propuesta que te estoy haciendo en este mismo instante. Sé que la aceptarás, porque tampoco te quedan muchas opciones.

Este mes de julio de 2014 el relator seré yo, tu terapeuta virtual Dr. Jessico. Cada día te llegará un correo, desde la casilla [email protected], con textos que se acercarán a los tópicos que trataremos en las sesiones. Te tengo una sorpresa. Un secreto de María Zauber que pocos conocen. El secreto mejor guardado. Lo conocerás, primero vos y luego los lectores, durante este mes de julio de 2014, en el que todo el mundo estará pendiente de las finales del Mundial de fútbol. Pero antes, para empezar, me gustaría dejar claras algunas reglas:

1) Cada sesión deberás ilustrarla con una canción.**

2) Todas las historias que se cuenten tienen que ser reales, o lo que entiendas como real.

3) Siempre se atravesará al menos un personaje de la saga Shanghai.

4) Intentarás la publicación de este primer fragmento en la edición de la revista montevideana Lento, como adelanto editorial.

5) Te será revelado, en el fragmento del 31 de julio, algo esencial, en relación con la anciana china Xiaomei.

PRIMERA SESIÓN: 02.07.14

Transcribo a continuación algunos fragmentos de la conversación que mantuvimos hace apenas media hora, por Skype, acerca de uno de los personajes de Shanghai. Noté que no te concentrabas en la propuesta, que te sentías más cómodo apurando desvíos del tipo “¿viste alguna vez a Momus?”. Esa fue la razón por la que decidí focalizar la sesión en un sentido más pragmático.

—Brian Pujol. Me gustaría que contaras algo sobre él.

—Es un personaje.

—Eso ya lo sé.

—¿Qué querés saber de Brian?

—Una historia en la que vos y él aparezcan.

Noté por primera vez un rastro de incomodidad en tus gestos. Te paraste y desapareció tu imagen en la pantalla. Seguí viendo la biblioteca, un afiche del Whitney Museum of American Art de Nueva York con una reproducción de una obra de Warhol, la pared blanca, un elefante artesanal sobre el aparato de televisión. Se escuchó algo, un ruido fuerte que no pude decodificar. Por fin volviste a aparecer. Arrastrabas algo pesado, con ruedas. Una estufa de las de garrafa de gas. La encendiste y te volviste a sentar frente a la netbook. Yo estoy en una situación inversa, en pleno verano madrileño, en unos días agobiantes y húmedos con el termómetro que no baja de los treinta y cinco grados.

—Me encontré con Andrés en Madrid, era diciembre, año dos mil seis.

—Espero que haya alguna relación entre Andrés y Brian, que no sea otro de tus desvíos.

—No se apure, doctor. Hay algo mejor que eso. Andrés y su novia me invitaron a ver un show de Momus en el Neu! Club.

Reprimí todo impulso de demostrar irritación. La reaparición de Momus en el relato parecía una prueba más de tu habilidad para evadirte, de volver a encontrar la posibilidad de una nueva digresión, de no tomarte en serio las sesiones. Sin embargo, noté que tu mirada estaba expresando todo lo contrario: algo así como “una cosa lleva a la otra, no hay más que eso”. Seguiste hablando.

—No tenía ni idea de quién era Momus. Nada. Ni una pista. Tampoco quería preguntarle a mis nuevos amigos madrileños. Ya estaba Momus en el escenario cuando llegamos al local. Puntualidad europea, él solo con una laptop, un parche en el ojo derecho y largó con una canción que Andrés dijo que se llamaba “I was a Maoist Intelectual”.

—¿Te gustó Momus?

—Me encantó.

—¿Qué dirías de la posibilidad de que yo hubiera estado allí, esa misma noche?

—No te creería. En todo caso, sería más factible que fueras quien acompañó a Brian a ver la versión teatral de Plataforma, la novela de Houellebecq.

Estuve a punto de aceptar el trato, de dejarme llevar e ingresar en la ficción. Traspasar esa puerta de vaivén que te resulta tan fácil de manejar. Pero no. Me negué. Me resistí. Soy yo el que escribo en este mes y el que tengo que mantener el control de la situación. Admiré, en ese momento, tu endiablada habilidad para enredar las cosas. Sí, de hecho, podía estar allí, viendo a Momus, o como vos decís, en una platea en la sala donde se hizo el montaje de Plataforma.

—Nunca vi a Momus ni jamás salí con alguien llamado Brian Pujol.

—De acuerdo. Pero te aseguro que era un flaco parecido a vos el que me presentó Andrés, después del show de Momus, en un pub donde un trío barcelonés nos dejó doliendo la cabeza por el ruido que metía. No me cayó nada bien ese flaco que se parecía a vos, ni tampoco Brian. Así que mejor que no fueras vos. Los dos eran muy chetos, como se dice en el Río de la Plata. Pijos, les dicen ustedes. Un par de insufribles esnobs. Andrés se dio cuenta y sugirió que nos largáramos a otra parte. Pero me parece que los dos chetos estaban en una crisis, o algo así; se pelearon por algo que no entendí bien, y el que se parecía a vos dijo que se iba a dormir y fue así que nos quedamos con Brian y Andrés dando vueltas en Madrid hasta el amanecer. Fue raro.

—¿Qué fue lo raro?

—Que nos quedamos en un bar, con Brian, hablando de la guerra de Malvinas. Andrés a esa altura ya se había ido a dormir. Brian me contó que esa guerra le dejó imágenes —siendo un niño— que nunca pudo olvidar. Y que por esa maldita guerra fue que se obsesionó y terminó trabajando de corresponsal en otras guerras. Me odié por haberlo prejuzgado apenas unas horas antes. Brian tenía varios infiernos adentro de su cabeza y estaba muy lejos de ser un frívolo madrileño de los que abundaban en plena euforia europea.

Y entonces le contaste, como me contaste a mí, de la obsesión, la tuya, por lo que pasó en Malvinas cuando tenías doce años y vivías en Montevideo en la casa grande, con tus padres y tus hermanas. Fabricaste una antena para sintonizar radios de onda corta. Radio Habana Cuba, La Voz de Estados Unidos, Radio Nederland en Español, Radio Moscú, Radio Francia Internacional. Buscabas noticias en el dial. Eran contradictorias. Los cubanos y los rusos apoyaban a Argentina. Los otros a los ingleses. Unos hablaban de decenas de barcos ingleses hundidos por la aviación argentina. Los otros decían que en cuestión de días caería Port Stanley.

—¿Los rusos y los cubanos apoyaron a los militares argentinos? ¿Y vos, siendo niño, apoyaste a los militares argentinos? ¿Los mismos que mataron a miles de personas en la guerra sucia? No puedo entenderlo. ¿Estaban todos locos en Uruguay?

—Fue todo muy extraño. Las guerras tienen eso de hipnosis, de distorsión aguda de la realidad. Eso fue lo que me explicó Brian.

—¿De qué lado estaba él?

—De ninguno. Le parecía y le sigue pareciendo un tanto siniestro que una dictadura militar mandara a sus chavales a morirse de frío y hambre a una isla que no le importaba a nadie. Y obvio que tampoco le caía simpática la Thatcher, ni el papa Juan Pablo II. Me contó, y eso fue algo que me llamó la atención, que a los soldados británicos que viajaron al Atlántico Sur —en los portaaviones— les ponían como banda sonora una canción de Queen, “Under Pressure”, con las voces de Freddy Mercury y David Bowie.

SEGUNDA SESIÓN: 03.07.14

Otro día. Otra intensa sesión por Skype. Muchas historias que se bifurcan, que se desvían. Después salgo a hacer una compra en una tienda y recorro brevemente esta zona de Madrid que no conozco. La idea es quedarme en esta casa, de una amiga tuya que está de viaje, durante todo el mes de sesiones. Un plan diferente. Nadie me echará de menos estos días en que está todo el mundo pendiente del Mundial de fútbol, menos vos, yo y algún otro extraterrestre.

Me cuesta, sin embargo, sentarme a escribir. Esa parte del trabajo me entusiasma, lo sé, pero algo impide que disfrute de la manera que esperaba. Tal vez sea el temor por abarcar tantas historias y que todo esto se vuelva una tarea inútil.

Hoy se abrieron varias líneas y sé que debo elegir con cuidado, porque cada palabra que agregue en este relato le quita el lugar a otras, a las que nunca se escribirán. Debería seguir por Igor, o bien profundizar en Brian, o contar algunas cosas que me dijiste hoy sobre Arturo. Pero no quiero perder el centro de referirme a vos, de nombrarte, de que el lector —si es posible— sienta también que le hablo directamente, para que empiece a proyectarse en vos. Porque esa es una posibilidad cierta. Porque vos sos vos. Tautología. El autor, o sea vos, es único. Cada lector, asimismo, es único. Me dirijo a uno solo y la línea se hace difusa.

Estos pensamientos marean un poco y pienso en la mujer que le disparó a otra mujer en un viejo puente de un pueblo de León. Lo hizo a quemarropa, sin darle tiempo a defenderse. Lo hizo por venganza. Ella y su hija prepararon el plan durante largo tiempo. Consiguieron un revólver. Se lo compraron a un yonqui de Madrid. Decidieron que el mejor lugar era ese. A las cinco de la tarde, la hora en la que habitualmente la otra mujer cruza, después de su trabajo en el ayuntamiento, el puente del pueblo vacío, el agua del río corriendo rápido. Sonaron tres o cuatro estampidas. Nadie vio nada. El crimen perfecto. Guardó el revólver en la cartera. No miró a los ojos a la víctima. Se habían saludado fríamente al cruzarse, segundos antes. Ella se dio vuelta y le disparó por la espalda, al cuerpo, la otra tambaleó, intentó darse vuelta. El segundo disparo la hizo caer. En el suelo, ya tirada y con una mirada de desconcierto, sonó el tercer disparo. A la cara. Sin mirar a los ojos. Sin ver nada. La matadora guardó el revólver en la cartera. Algo falló pero no lo sabe. Un tercer personaje. Un hombre. Sintió los disparos. No vio nada. Al llegar al puente alcanzó a ver a lo lejos un bulto caído, y más lejos aún, una mujer de espaldas caminando apurada. La siguió por varias cuadras. La vio entrar a una casa.

Pienso en todo esto y la memoria me lleva directo a la conversación por Skype contigo.

—¿La hubieras denunciado?

—No.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Sigamos entonces. Me gustaría saber con qué relacionarías esta historia. Sin pensarlo mucho.

—Con la muerte del jipi que se cuenta en la novela La cura, cuando Rodi lo empuja en el muro de la rambla de Montevideo y lo lanza al río.

—¡Te fuiste lejos!

—Es que Rodi contó esa historia ahí, en esa novela, pero no quedan rastros en lo que se sabe de él en Shanghai. Los amigos de esos años, que son posteriores al paso de Rodi por El Insomnio, a su viaje a Nueva York, tampoco aparecen después. Es como un momento secreto. Esto me lleva a pensar que todos tenemos momentos secretos, que no todo es tan claro en nuestras biografías. Ayer busqué en Facebook a una chica que conocí en esa misma época que Rodi se fue al carajo con el jipi y también con su novia, aunque de esa muerte se hable menos. Íbamos todos al mismo bar, un lugar en el que tuve el placer de conocer a gente memorable como la Diosa del Under.

—No te desvíes.

—Es que Ana, la Diosa del Under, fue la que acompañó a esa chica a hacerse un aborto a una clínica clandestina de Pocitos. Todo se relaciona. Lo que te decía es que la busqué en Facebook y encontré un dato muy fuerte: veinte años después sólo tenemos un amigo en común, que ni siquiera es una persona real sino un grupo de fans de la novela American Psycho. Ese libro se lo regalé a ella en esos días y lo había detestado. Busqué entre sus fotos y en un principio no la reconocí. Tiene tres hijos pequeños. Vive en Barcelona. Muy lejos. Y esas muertes, la de la mujer en el puente, igual que la del jipi en el muro de la rambla, las podría asociar a la mente perturbada de Easton Ellis. Cuando terminás de leer esa novela te queda la sensación de que matar es mucho más sencillo de lo que se piensa. Y sobre todo si pensamos en muertes gratuitas, lo de matar desconocidos, sin ningún tipo de motivo o por una venganza lejana.

—¿Mataste alguna vez a alguien? ¿Serías capaz de hacerlo?

—¡Claro que no, doctor! Y de haberlo hecho, tampoco se lo diría. Lo que es evidente es que corre mucha sangre en las novelas. En Shanghai, por ejemplo, casi todos mueren de muertes violentas.

—Como si fuera una guerra.

—Puede ser correcta esa lectura.

Me quedo callado. Del otro lado se escucha música. Te pregunto por la canción que estás escuchando. “Killing an Arab”, de los Cure. Apenas la reconozco. Me contás de cómo no quisiste hacerlo en el final de la novela El exilio según Nicolás. Hablo de matar. Los personajes estaban en la playa, donde se debe estar en las últimas páginas de una novela que se precie. Tienen todo el escenario puesto. Pero elegiste el final feliz, o por lo menos el menos traumático. Seguís hablando. Y me decís lo que yo no sabía, y eso me alienta a seguir indagando un poco más. Me decís que si fueras el hombre que vio a la mujer que disparó en el puente de León no lo harías, no llamarías a la policía, no la delatarías. Nada de eso. Por una sencilla razón: fuiste testigo de la caída del jipi Timel al Río de la Plata, en la rambla sur, una madrugada de invierno. Ni siquiera Rodi supo alguna vez que estabas ahí, viéndolo todo.

TERCERA SESIÓN: 04.07.14

No es fácil encontrar el camino para hacerte salir, para romper tu coraza y empezar a saber qué se esconde detrás de Shanghai y de este experimento. Te digo que no estoy nada satisfecho y lo que provoco en vos es irritación, un poco de evidente malhumor. Lo adivino en tus gestos, en el silencio que se produce en la conversación por Skype, que siento que no fluye como en los días anteriores.

Intuyo al lector desconcertado, porque me niego a seguir el mismo ritmo de los meses anteriores. Me niego a bifurcar, a utilizar el mismo mecanismo que manejás a tu entero capricho. Decido quedarme quieto en el relato, no avanzar. Decido callar. Y del otro lado, vos también callás. Ponés una canción: “Autosuficiencia”, de Parálisis Permanente. Sabés bien que yo sé de qué se trata. “Me miro en el espejo y soy feliz / y no pienso nunca en nadie más que en mí”. La escuchamos. Una vez. Dos veces. Cuando empieza por tercera vez me paro y desaparezco de la escena. Te sigo mirando. Sé que empezás a sentirte vigilado. Pero también me doy cuenta de que tu mirada, en la pantalla, expectante, un poco intranquila, empieza a perturbarme. Pienso que podrías hacer lo mismo, salir de la zona vigilada, pero pasan los segundos y no lo hacés. Te quedás ahí, como vos, que continuás leyendo.

* Participé como terapeuta invitado en la producción del dossier Carne de diván, que escribiste en el año 2012, publicado en el número 67 de la revista Zona de Obras (Zaragoza, España).

** Por ser la primera sesión, me tocó elegir la primera de las canciones. Opté por una que tendrás perdida en la memoria y está bueno que la sacudas un rato: “Cicatrices en el cielo”, de Javier Corcobado, de un disco que te compraste en vinilo en España, en 1993, creo —sin temor a equivocarme— que en un Corte Inglés de Málaga. El disco se llama Ritmo de sangre.