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Columna | Miércoles 27 • Febrero • 2013

Permisos y profanaciones

Defensora del lector.

En las últimas semanas llegaron a mi casilla de correo mensajes de diversos lectores que hacían notar su disgusto con viñetas aparecidas en las páginas de humor (todas ellas firmadas por el equipo de Los Informantes -diario-, integrado por Leo Lagos e Ignacio Alcuri, porque en esos días estaba de licencia Marcos Morón, responsable de El Faro del Final del Mundo).

El primer mensaje que recibí hacía referencia a una viñeta del 7 de febrero, cuyo título decía “Congoja: luego de la muerte de Reinaldo Gargano, Tabaré Vázquez pide a AFE que acondicione nuevamente el tren del TLC con Estados Unidos”. La lectora que me escribió decía que “no es posible que a dos días de la muerte de un compañero tan querido como Gargano, se tome a risa la relación entre él y Tabaré por el TLC”.

Al día siguiente me llegó el mensaje de otro lector, en esa ocasión referido a una viñeta que, bajo el título de “Otras minorías ofendidas debido a personajes de nuestro carnaval” mencionaba a “la izquierda” (e incluía la foto de una mano izquierda). En esta oportunidad el lector se extendió sobre el personaje Gayman interpretado por el actor de carnaval, conocido como Cucuzú, integrante de la agrupación C4, cuya composición grotesca y estereotipada de un homosexual motivó una carta de repudio del bailarín y coreógrafo Martín Inthamoussú. El tema del personaje venía a cuento, en primer lugar, porque sin el episodio de la protesta de Inthamoussú (y los acontecimientos anteriores en torno a manifestaciones racistas en nuestra sociedad) el chiste de Los Informantes, sencillamente, no habría existido, y en segundo lugar porque el lector que ya se ha comunicado otras veces con nosotros, y siempre ha hecho observaciones rigurosas y serias, quería enfatizar que el mencionado gráfico de humor “refiere a la discriminación que sufriría la izquierda o quienes se definen como de izquierda, cuando esto no es comparable con algo como la sexualidad”, puesto que la identidad sexual no es algo que uno pueda cambiar a lo largo de su vida, como sí puede cambiar, por ejemplo, su opción política.

Por último, otra lectora, también habitual corresponsal de la defensoría, se quejó de la viñeta del 11 de febrero, cuyo título decía “Desmienten que Chávez haya perdido la voz; ahora dicen que la voz se fue sola por entender que la estaban explotando”. En opinión de la lectora, que sostiene que por lo general le gustan los textos de humor de la diaria, el “encare del tema” no fue afortunado porque ella no cree que “merezca una persona enferma que se pretenda divertir a costa de su enfermedad”.

En los tres casos, los autores cruzaron límites que para algunas personas no deben ser cruzados: la muerte de alguien (en especial, de alguien querido y respetado); la identidad sexual (al equipararla con la pertenencia a nucleamientos contingentes o coyunturales); la enfermedad de alguien (nuevamente, de alguien querido y respetado por muchas personas). Sin embargo, es forzoso observar que quienes se sintieron afectados por el chiste de Gargano no se quejaron del chiste de Chávez, y a su vez ninguno de ellos se quejó por los varios chistes de la serie “Otras minorías ofendidas…”. La explicación es tan obvia como necesaria: todos tenemos lo que podríamos llamar “territorios sensibles”, espacios no profanables, nombres sagrados. Todos sentimos, o hemos dicho de algo, en alguna oportunidad, que “con eso no se jode”. Todos sabemos que al humor se le puede permitir todo, pero también sabemos que no todo nos causa gracia, y que muchas veces el humor lastima.

Antes de avanzar en este tema me gustaría dar, brevemente, las respuestas que los responsables dieron para cada caso: en el de Gargano explicaron que la intención no fue, en ningún momento, burlarse de él, sino, por el contrario, resaltar la importancia de su papel en episodios cruciales del primer gobierno de izquierda, como, justamente, el de la posible firma del TLC con Estados Unidos. En el caso de la serie “Otras minorías…” Ignacio Alcuri responde que lo que se buscaba era parodiar el que “parece ser el recurso de moda para elevar el grito en el cielo”: la carta abierta en Facebook. Y agregaba que en esa misma serie se habían reído “de otras cosas que el carnaval hace […] como no pegarle a la izquierda o nombrar 2.000 veces a Momo en cada retirada”. Por último, en relación a la enfermedad de Chávez, Alcuri responde que en otras ocasiones han “calado más hondo” sin que eso haya levantado tantas protestas, y que posiblemente haya algo como un aumento de las susceptibilidades que se produce en momentos en que diversos colectivos manifiestan, de un modo o de otro, su indignación ante lo que consideran (y muchas veces es) maltrato liso y llano.

Debo decir que estoy de acuerdo en esto último: la legitimación de las protestas ante lo que se percibe como ridiculización se vuelve manifiesto contra la consolidación de estereotipos, rechazo por la falta de respeto ante el dolor ajeno y reivindicación de espacios sagrados en nombre del sufrimiento padecido durante años (o décadas, o siglos, o milenios). Y sí: el humor ofende, muchas veces.

Marcelo Pereira, director de la diaria, dijo en relación a este asunto: “El humor es una manera de opinar esencialmente discutible, y siempre puede molestar a alguien, pero mucho peor que el humorismo libre es la falta de humorismo libre...”.

En medio de la discusión que se suscitó a raíz de las cartas de estos lectores (porque por lo general, y ya de paso lo digo, las observaciones que me llegan dan lugar a intercambios, muchas veces extensos y, casi siempre, intensos), Federico Gyurkovits recordaba que Jorge Esmoris le había dicho recientemente que cuando se hace humor, aunque no sea intención de quien lo hace, alguien siempre puede salir herido, y que, aunque se puede hacer humor con todo, el filo de la navaja, para él, es lo que divide el humor del chiste. Así, habría chistes de negros, o chistes de gallegos, pero no humor de negros, o humor de gallegos. Creo que el problema, menos que en delimitar el humor y el chiste, está en admitir qué cosas hacen reír y qué cosas no a una sociedad, a un colectivo, a un grupo determinado. Es notorio que los chistes de negros, pongamos por caso, no son frecuentes en el carnaval ni en otros ámbitos (al menos en circunstancias públicas), por la sencilla razón de que no hacen reír a nadie. Nuestra cultura no encuentra gracioso que el negro sea objeto de chiste. Podrían escribirse tratados enteros para intentar dilucidar las razones que explican que los chistes de negros ya no le parezcan graciosos a la mayoría de las personas, y que en cambio sigan haciéndose (y festejándose) chistes de gallegos, o de maricones, o de mellados, o de mujeres feas. Pero el punto, a fin de cuentas, debería ser ése: cuando algo deja de ser gracioso para la mayoría, desaparece de la escena humorística. Claro que siempre habrá humoristas que busquen la risa fácil, así como habrá otros que apelen a la grosería más burda y otros que no hagan reír a nadie porque, sencillamente, su humor es malo. Pero es verdad, creo, que el único límite que se le debería poner al humor es, justamente, el que le pone el que lo recibe. El que no se ríe. El que deja de ir a un espectáculo porque lo encuentra irrespetuoso, burdo, de mal gusto u ofensivo.

Algo distinto, aunque emparentado con todo esto, ocurrió en relación a la tapa del 12 de febrero, cuya foto mostraba cómo un rayo caía sobre la basílica de San Pedro, en el Vaticano, momentos antes de que Benedicto XVI anunciara su renuncia, y cuyo titular decía, en relación a este hecho, “Bajó la papa”.

Varios lectores se quejaron por esa tapa. Todos ellos lamentaron el titular, que, a su entender, ridiculizaba a una figura de gran importancia dentro de una institución también importante que tiene muchos seguidores, incluso entre los lectores de la diaria. Una lectora mencionó, además, que la foto (de la agencia Efe) era muy buena, pero señaló la incongruencia entre la imagen y el titular. Otro lector dijo que “no es que no podamos bromear sobre las personalidades que tienen responsabilidades en diversas áreas de la vida y de la sociedad pero el cambio de género y el uso del nombre del tubérculo parece descalificar y ridiculizar el rol que desempeña el que dirige la Iglesia Católica”, y agregó al final que reclamaba “el mismo respeto que descubro [que] el diario se esfuerza en tener hacia otras colectividades y a los que ellas representan”.

En este caso creo que los lectores tienen razón, en primer lugar porque una cosa es la sección Humor y otra cosa es la tapa. Aunque los titulares de tapa puedan ser graciosos (la diaria ha hecho de eso un rasgo de estilo que sus lectores suelen destacar positivamente) no tienen las mismas prerrogativas que los espacios destinados específicamente al humor. Aunque se pueda ser gracioso en un título, podría decirse que ese gesto no está protegido por la relativa impunidad que han tenido, a lo largo de toda la historia de Occidente, los payasos, los bufones y los cómicos.

Pero además, porque es justo preguntarse, tal como el lector observaba, si la diaria habría tenido la misma irreverencia en el caso de que, por ejemplo, una autoridad de las comunidades umbandistas hubiera sido protagonista de una noticia, o si en ese caso habría tenido cuidados de corrección política que no siente necesario tener con la Iglesia Católica.

Del mismo modo cabría preguntarse si algún lector habría escrito para expresar su molestia en el caso de que el titular irreverente hubiese tenido como sujeto a una autoridad de las iglesias pentecostales que desde hace años aumentan su presencia en nuestro país, y que no pocas veces protagonizan hechos que son noticia por razones reñidas con la moral, o las buenas costumbres, o con el delito liso y llano.

Es difícil tomar decisiones cuando hay que equilibrar el derecho a la libertad de expresión y el respeto a sensibilidades múltiples. Esta nota no pretende zanjar la discusión, sino, al contrario, plantearla como problema no sólo de la prensa, sino de todos.

Hasta la próxima.


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