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Internacional | Miércoles 15 • Octubre • 2014

Eduardo Contreras, embajador chileno en Uruguay, durante la entrevista con la diaria. / Foto: Sandro Pereyra

Por las reformas

El embajador de Chile en Uruguay cree que la ultraderecha está detrás de los ataques con bombas en su país.

Eduardo Contreras es conocido por haber sido el abogado de derechos humanos que, junto con la histórica dirigente comunista chilena Gladys Marín, inició un juicio por el que fue desaforado el ex dictador Augusto Pinochet en 1998. Milita desde hace 50 años en el Partido Comunista, cuyo Comité Central integra, y era diputado en el momento en que Pinochet dio el golpe de Estado, en 1973. A partir de entonces, Contreras pasó largos años exiliado en Panamá, Cuba y México. El político también es periodista y fue subdirector del semanario El Siglo, del Partido Comunista, hasta que asumió en mayo como embajador en Uruguay. En ese medio publica una columna semanal desde hace 25 años.

-¿Cómo evalúa el regreso de su partido al gobierno por primera vez desde 1973?

-El ingreso del Partido Comunista a Nueva Mayoría [la coalición de gobierno] marca un antes y un después. Nosotros no estuvimos de acuerdo con la forma en que se terminó la dictadura, porque se habían establecido pactos. Hubo sectores de la política chilena -la derecha, pero también de la Concertación [coalición ahora sustituida por Nueva Mayoría]- que negociaron, y eso a los comunistas no nos pareció. Los problemas que tenemos como democracia se deben a que Pinochet no fue nunca derrotado, y eso crea una democracia a medias y genera la necesidad de cambios de fondo. Esos cambios de fondo nunca los vimos en programas de gobierno anteriores. Pero ahora está presente la reforma tributaria -que ya es realidad, apenas unos meses después de que Michelle Bachelet asumiera en marzo-, la reforma laboral y, lo más importante, que es una nueva Constitución. Lo que nos suena mal es que tengamos una democracia que se enmarca institucionalmente en una Constitución que es autoritaria, una Constitución que Pinochet impuso en 1980 por la fuerza. A este gobierno sí hay que apoyarlo; hay reforma educacional, hay reforma tributaria, hay reforma de la Constitución. ¿Lo lograremos? Dependerá de la lucha del pueblo.

-¿Cómo va la convivencia con la Democracia Cristiana?

-Bien. No es fácil, y en ese caso Uruguay es un ejemplo. Ustedes crearon el Frente Amplio en una época en que nosotros creamos la Asamblea Popular. Nosotros conseguimos ser gobierno y nos derrocaron. Ustedes no fueron gobierno antes, lo han sido ahora y por lo tanto la alianza entre socialdemócratas, marxistas y cristianos es sólida en Uruguay, tiene muchos años. En Chile es un experimento que recién comienza. Es cierto que hubo un asomo durante el gobierno de Allende, y hubo contactos de sectores progresistas con la democracia cristiana, pero nunca llegó a establecerse una alianza. Yo diría que estamos asistiendo al comienzo de la aceptación de un gran compromiso. Si ese compromiso resulta, creo que ayudará de una manera muy importante a la estabilidad democrática de Chile hacia el futuro. Pero es un proceso. Hoy día hay, de ambos lados, visiones muy distintas en muchos temas. No es igual la relación Partido Comunista-Democracia Cristiana en Uruguay que en Chile. Entre otras cosas, porque la directiva demócrata cristiana de 1973 apoyó el golpe. Eso es algo que pesa mucho en la sociedad chilena, aunque es cierto que con posterioridad estos mismos dirigentes lucharon contra la dictadura.

-¿Cómo funciona la colaboración entre Uruguay y Chile en políticas de derechos humanos vinculadas con sus dictaduras?

Nos admira mucho la adhesión de masas que se expresa en hechos como la Marcha del Silencio. La vi bajo la lluvia. Eso en Chile nunca lo hemos tenido. Marca un respaldo a la lucha contra el olvido; la memoria está presente. En Chile, la lucha carece de universalidad. Los estudiantes no tienen nada al respecto entre sus reivindicaciones, la central de trabajadores tampoco. Sin embargo, en Chile -sin ese respaldo- judicialmente se ha avanzado bastante más. Uno puede pensar que si tuviéramos el apoyo que hay en Uruguay esto sería mucho mejor. Creo que es importante el acuerdo de intercambio de información sobre los juicios por violaciones a los derechos humanos que se firmó cuando vino Michelle [en setiembre]. Esa información mutua puede servir mucho para el avance de los procesos. Nosotros estamos tratando de ayudar en todo lo que tenga que ver con el esclarecimiento de crímenes de uruguayos que fueron asesinados en Chile. Habían ido a Chile a buscar asilo; muchos fueron llevados al Estadio Nacional; también hay víctimas fatales y desaparecidos. He conocido a muchos ex presos políticos uruguayos y he tratado de ayudarlos.

-Hace poco se derogó la ley de amnistía en Chile.

-Era un decreto-ley, el 2.191, de 1978, que a partir de nuestra querella [contra Pinochet] en 1998 dejó de aplicarse, por lo tanto su supresión actual es simbólica. Pero ojo, el gobierno ha hecho bien al pedir la “anulación”, no la derogación. Si se derogaba quería decir que había sido válido y que todos los crímenes cometidos antes podían volver a discutirse, y no se hubieran podido reabrir los casos cerrados por la ley. En cambio, si la anulas, lo que estás diciendo es “nunca existió”, porque tuvo un origen espurio; nunca la discutió un Congreso.

-En Chile hay ante las reformas expectativas muy fuertes tanto como resistencias.

-Una de las características de la sociedad chilena es una radicalización de las posiciones políticas. Aquí nadie se reconoce de derecha ni partidario de la dictadura. En Chile se reconocen y se enorgullecen. Creo que hay un porcentaje no inferior a 25% de la población que sigue siendo nostálgico de Pinochet y de la dictadura. La reforma tributaria, que toca los bolsillos de las grandes empresas, y la reforma de la Constitución, que para mí y para cualquier persona normal son cambios necesarios, para la derecha fascistoide son la revolución marxista. Por lo tanto, yo no tengo ninguna duda de que estos actos terroristas que se han registrado son de la ultraderecha. Es lo mismo que hacían cuando Allende, aunque usen elementos anarquistas.

-¿Usted dice que son anarquistas instrumentalizados por la ultraderecha?

-Mi lógica es la siguiente: cuando no hay cambios no hay terrorismo. ¿A quién le interesan los actos terroristas? A la derecha, a la derecha empresarial. Y no siempre actúan los derechistas en los hechos. Cuando [durante el gobierno de Salvador Allende] el grupo Patria y Libertad empezó a actuar por la CIA, eran casi de izquierda. Yo esos cuentos ya los conozco. Pero no creo que el terrorismo llegue mucho más allá. La derecha se va a oponer, se seguirá oponiendo y tratará de negociar todo lo que pueda para que las reformas sean lo más débiles que sea posible. Pero además hay un sector, sobre todo en la juventud, que tiene muchas expectativas. Esto que estamos peleando ahora no es más que recuperar lo que teníamos. Chile siempre tuvo educación gratuita. Yo soy hijo de modestos trabajadores y pude ser abogado porque la educación era gratuita y de calidad. Esto se acabó en 1973 con la dictadura. Entonces a estos jóvenes de hoy hay que decirles: cálmense, sólo estamos recuperando lo que siempre tuvimos: educación gratis, salud gratis, que todavía no la hemos recuperado, la política tributaria del pasado era mucho más progresista que la de ahora. Por lo tanto, estamos volviendo a ser el Estado democrático avanzado que nos dio un lugar en América Latina hasta 1973. Ahora me parece sano y natural que se exija más: si se puede dos, ¿ por qué no exigir cuatro? Pero el método del terrorismo masivo nunca fue de la izquierda. La izquierda podrá llegar a considerar el uso de la vía armada, pero eso no tiene nada que ver con el terrorismo. La revolución cubana no es un método terrorista. Lo que me interesa es que los jóvenes apoyen los cambios y no se transformen, sin querer, en enemigos del progreso.

-¿Qué sabe de esos grupos “antisistema” chilenos?

-Chile es el país con la mayor desigualdad del mundo. Eso explica que haya un margen muy grande de descontento. Si a eso le agregas un apagón en un Chile culto, durante la dictadura, eso hace que no florezcan ideas científicas respecto del desarrollo de la sociedad y nazcan ideas extravagantes. Antes de ser embajador fui decano en una escuela de derecho de la Universidad Arcis [Arte y Ciencias Sociales, privada]. Yo veía en los rayados [grafitis] cosas como “muera el gobierno”. Al margen de si tú quieres o no que muera el gobierno, hay una cierta lógica, estás hablando de un sector político que gobierna. Pero luego los rayados de los grupos anarquistas eran “muera el Estado”. La organización política de la sociedad no puede morir, no se mata al Estado. Al final encontré un rayado que decía “muera la sociedad”. Creo que las dictaduras engendran estas cosas. Hoy vivimos en un mundo donde las perspectivas revolucionarias no existen a corto plazo. Los jóvenes viven en una gran desigualdad, sin expectativas, no hay luces que muestren el camino. Ahora, si resultan las reformas será distinto.

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