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Cultura | Jueves 11 • Febrero • 2016

John Cale en Roundhouse, Londres.

Londres, 2016

John Cale en la Roundhouse.

Primrose Hill es un gigante dormido. Desde la cima se ve la ciudad, un joyero dado vuelta sobre el polvo, desperdigadas alhajas que relucen entre el ladrillo rojo y el blanco victoriano.

Se baja por uno de los senderos, al sol y en la hora más violenta del cielo. Se encuentra Fitzroy Road y, con maravillada estupefacción, el número 23: la casa donde WB Yeats vivió su infancia y Sylvia Plath escribió Ariel y murió. Se cruza el Regent's Canal por debajo, las luces violetas y las rosadas de la tarde que declina. El agua atravesada de pájaros. Camden Town que se abre como una planta rara, todo vibración eléctrica, luces, movimiento de personas y de cosas. El mercado de ropa y de artesanías y libros, las calles que vieron a Charles Dickens y a Dylan Thomas, donde vivió y murió Amy Winehouse. El tumulto viene de mil acentos, de indios y africanos, de españoles, de galeses.

Es el 3 de febrero de 2016. John Cale entra. No viene de la calle ni de Camden Lock, como nosotros, no viene tampoco de Garnant ni de la expansiva Nueva York de los años 60 ni de la primera Velvet Underground, con Lou Reed, Sterling Morrison y Maureen Tucker. Viene del misterio, de la sombra, del futuro. Su antiguo amigo, mentor y fantasma Andy Warhol llenó su Factory de globos plateados, de un plateado brillante y puro que él identificó con lo que viene, con lo que venía y ya está. El destello que deja Cale, su pelo cuidadosamente despeinado, su saco largo, sus botas deportivas, las manos en el piano, su voz, todo es plateado “como un reloj Tiffany”.

La Roundhouse, un galpón de motores ferroviarios remodelado donde una vez tocaron los Doors y otra vez Marianne Faithfull hizo de Ofelia en una adaptación del Hamlet, está casi llena. Acaba de irse Rive, una banda de ambient electro indie. Entra él. Se sienta al piano. Desde acá parece un perfil pintado por James Whistler que podría simplificarse en una mancha blanca y una línea negra muy estilizada. Las manos en el teclado y una banda impecable. Suena la música que no se olvida, la jamás oída.

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El domingo estuvimos en Stratford-upon-Avon. Es conmovedor ver las casas de los poetas. La tumba de William Shakespeare está dentro de la Holy Trinity Church, junto a la de su esposa Anne Hathaway. Silencio. Hay dos árboles navideños, austeros, que son la esperanza de la vida eterna. Conmueve, cierto. Pero no. No hay cuerpo en ese hombre para mí. Shakespeare no existe.

◆ ◆ ◆ Cerca del río Avon hay un conjunto escultórico realizado por Lord Ronald Gower en el siglo XIX. En el centro está el Bardo; a su alrededor, Hamlet, el Príncipe Hal, Falstaff y Lady Macbeth. Esos cuerpos -el príncipe melancólico, el díscolo, el astuto, la torturada asesina- tienen más verdad, son más reales que su brumoso creador. Así, John Cale no existe. Es cada una de esas personas que fue. Como un actor, va cubriéndose de pieles y de capas de música para perderse en una no existencia. El vidente, el tenebroso, el barroco, el punk. Que canta “Buffalo Ballet”, que canta “Hemingway”, que canta “I Wanna Talk 2 U” o “Changes Made”. Que es un cover de sí mismo sin terminar, que se empasta, que se superpone como por capas de pintura, una sobre otra, para perdernos, para encontrarnos de pronto fragmentos de “Ship of Fools” en una obra llena de ruidos de máquinas, de trenes y fábrica.

El público es ruidoso. No habla mucho pero se levanta a buscar cerveza muy a menudo, demasiado, aunque nada de eso importa realmente: La vida y la muerte son cosas que hacés cuando estás aburrido.

Dentro se va rompiendo algo, como con un estrépito disimulado. Cale mueve las manos, se para, camina con alguna dificultad hasta el centro del escenario. La gente grita, aplaude. El hombre toca la guitarra delante de su banda, canta con esa voz tan única y después vuelve al piano, donde hace la verdadera magia, el verdadero conjuro. Los coros, la batería, los apoyos, todo se disuelve. Aprieta una tecla de la computadora. Sobre una base de ruidos, el piano se va hasta el límite de la melodía y la voz se tuerce hasta el grito.

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Su música y su poesía se mueven siempre en esa frontera. En una incomodidad que él habita con simpleza, naturalmente. Son sonidos que adelantan, que vienen de un allá invisible y se mueven hacia atrás.

Así, como quería Maldoror, la música de Cale nos empuja y arrastramos los talones para irnos sin dejar de mirar cómo se crea ante nosotros el futuro, la majestuosidad sombría y espectral de un tiempo que está fuera, como el grito. Porque en ese grito están a la vez el graznido del cuervo, el canto final del cisne, el árbol al que parte un rayo. Está lo que bordea el sentido y el absurdo, la progresión de las notas hasta un clímax que es ruido, pero un ruido que significa.

Técnicamente ese concierto es la presentación de dos nuevos discos. Uno de ellos, la reedición de Music for a New Society, de 1982; el otro, M:FANS, que es bastante más que una regrabación de aquél: es un manifiesto poético. Las ideas de versión, de originalidad y de identidad se trastocan como en la pregunta incierta del hombre en transformación. La primeridad de las cosas se disuelve y, en vivo, junto a la disolución de la obra y del artista, nos perdemos en la comunión de las sombras. No hay nadie, sólo la música en estado puro, primitivo, ajena al sistema (doy la entrada, extiendo un billete de 5 libras, paso la Oyster Card por el lector en el ómnibus), independiente y extrema. En este profundo desasosiego de no identidad se cuelan las notas que también son filos y que duelen como lo nuevo y como lo eterno.

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John Cale sabe armar con delicadeza y crueldad su espectáculo. Nos va despojando de todo progresivamente, a embates de prodigio y tenacidad. Hace sonar en nosotros un eco desconocido y que tiene el sonido angustiante de la mina de carbón, de la lluvia sobre los tejados de pizarra, del engranaje sucio y la mano que golpea, de la ventana empañada de gaitas y de sombreros, del choque grosero del cuerpo y del yonqui, del auto dado vuelta y la calavera enmascarada.

Se revela el actor cuando canta una versión muy extendida de “I Keep a Close Watch” y nos muestra la perfección de lo inesperado, de la vanguardia que es sorpresa, incomodidad e imprevisibilidad. Cuando nos ataca de pronto (uno todavía pensando en el día, en un verso, en aviones) y nos desgarra con las mandíbulas que muerden, las garras que atrapan. Si hay un recuerdo vago de lo que no está, es en el silencio. Este Cale mira adelante con imaginación torturada, con maniática precisión, con el caótico aplomo del artista. Este hombre estará el 4 de marzo en Montevideo y yo no estaré en Montevideo. Sólo pensar que algo como esto pueda volver a suceder en el mundo, que alguien pueda vivir (otra vez) este momento de aniquilación y libertad que únicamente la música es capaz de brindarnos, me resulta sorprendente.

Este laberinto que es Londres, hecho de retazos, con los fragmentos de la civilización, oyó un día a John Cale; y ese otro laberinto, el Montevideo de sublime horror, todavía lo oirá.

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Ya está casi todo cerrado. Fueron cien minutos de suspensión del mundo, y ya duermen el barrio y la ciudad.

Por las esquinas y por Chalk Farm Road hay un resplandor antiguo, una voz que retumba desde el medio del agua y de los pasos, como viniendo desde la muerte, desde mis manos que sostienen ese libro: O make me a mask and a wall.

Hay viento, la callada noche nos reclama todo, y todo se lo damos.

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