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Cultura | Martes 26 • Abril • 2016

Después de la tormenta

Sin lugar a dudas, Frank Bascombe, protagonista de las novelas de Richard Ford The Sportswriter (El periodista deportivo, 1986), Independence Day (Día de la independencia, 1995) y The Lay of the Land (Acción de gracias, 2006) -todas las mencionadas editadas en castellano por Anagrama-, es uno de los dos o tres personajes más significativos de la literatura estadounidense contemporánea. Francamente, Frank (en inglés Let Me Be Frank With You, con el doble sentido de “dejame ser franco/Frank contigo”), publicado en inglés en 2014 y armado con cuatro relatos o casi cuentos sutilmente entrelazados, es la última etapa hasta la fecha en una historia editorial de 30 años y 1.352 páginas -según hace notar la reseña de Jonathan Miles para Sunday Book Review, el suplemento literario dominical del diario estadounidense The New York Times- y acaso pueda leerse como un epílogo al ciclo propuesto por las tres novelas que lo preceden. O, también, como un signo de que Ford, francamente, está un poco cansado de su personaje.

¿Por qué? Bueno, en inglés el libro lleva el subtítulo “a Frank Bascombe book”, que podría leerse como “un libro de la serie sobre Frank Bascombe”, o “un libro protagonizado por Frank Bascombe”, o incluso “un libro con Frank Bascombe”; cualquiera de las opciones sugiere sutilmente -la sutileza es, después de todo, uno de los ases en la manga de Richard Ford- que hay una diferencia entre este libro y los anteriores, casi como si Francamente, Frank fuera un spin-off (es decir, un relato derivado de una obra narrativa precedente, que se detiene en algún detalle, tema o personaje en particular), o un texto que hay que medir con otros criterios, un trabajo acaso “menor” en comparación con las tres grandes novelas que lo preceden.

O quizá esa diferencia pase más bien por la sustancia del libro: cuatro cuentos largos en lugar de una novela de más de 500 páginas obligan a un tono diferente, incluso a una suerte de urgencia o inmediatez. Así, en Francamente, Frank Bascombe es más directo -no olvidemos que el título ya nos propone que alguien será “franco” con nosotros-, más insistente y más caricaturesco, si se quiere. O, para usar un término más amable, más estilizado. Se entiende más rápido, se apela a lo que ya sabemos, a lo que esperamos del personaje. Un libro más pop, en cierto sentido.

Los cuatro relatos transcurren en 2012 y 2013, poco tiempo después del huracán Sandy. La entrada correspondiente en Wikipedia presenta a ese huracán como el segundo más costoso de la historia de Estados Unidos, en términos de daños a la propiedad, pues llegó a afectar -entre fines de octubre y principios de noviembre de 2012- a 24 estados de ese país, incluyendo la costa oriental completa entre Florida y Maine, a la vez que el daño producido fue estimado en 71.000 millones de dólares. Su impacto en la cultura popular fue importante, tanto por la cobertura mediática (se lo llamó en algún momento “supertormenta Sandy”) como por muchas de sus consecuencias, entre ellas -más allá del daño a la propiedad y del impacto digamos humano del fenómeno- el cierre del mercado de valores entre el 29 y el 30 de octubre, algo que no pasaba desde 1888, y su más que obvia resignificación en el debate sobre el cambio climático.

Quienes hayan leído las ya mencionadas novelas sobre/de/con Bascombe recordarán que por mucho tiempo el personaje se desempeñó como agente inmobiliario. Francamente, Frank lo encuentra ya retirado y al borde de convertirse en un viejo cascarrabias, si es que no lo es ya. Los relatos están configurados como el monólogo interior de Frank; lo acompañamos cuando se queja de sus achaques y malestares, y cuando vuelve, una y otra vez, a temas como el desapego, la resignación, la soledad y la muerte, siempre, por cierto, desde lo que la cuidadísima escritura de Ford nos presenta como lucidez, cierta valentía, no poca misantropía y, de paso, bastante cinismo.

Ese tema de después de la tormenta, por llamarlo de alguna manera, es también el de la vejez y la cercanía del fin, tema literario donde lo haya; al principio -volvemos a la cuestión de la astucia artesanal: Ford dispone la mayor visibilidad del tema literal de las consecuencias del huracán en el primero de los relatos-, se reflexiona sobre cambios en los precios, apuros para comprar y vender, y la pésima suerte de los que encontraron su inversión más reciente hecha pedazos; más adelante en el libro, a medida que nos alejamos del centro de los escombros, empezamos a acercarnos a otra clase de ruinas. Así, en el último relato (“Muertes de otro”), la visita a un antiguo conocido a pasitos de la muerte por cáncer hace sonar -a través de un ringtone- en los oídos de Frank un verso de la canción principal de la película Cabaret: “Start by admiting from cradle to tomb isn’t that long a stay” (algo así, un poco más figuradamente, como “empezá por admitir que desde la cuna a la tumba no es un paseo tan largo”). Y Bascombe, por supuesto, lo sabe desde hace tiempo.

Es posible que este libro no sea el mejor de Ford ni el mejor entre los centrados en Bascombe, pero quienes valoren con militancia los cuentos (o crean el verso ya viejo de “los tiempos que corren y las formas narrativas breves”) lo recibirán con alegría. Y quienes, de paso, se deleiten con una expresión más que competente (iba a decir exquisita) de los tópicos centrales del canon narrativo, quienes aprecien el artesanado del relato y las astucias de un viejo narrador, quienes asuman la caracterización como uno de los dos o tres valores fundamentales de la narrativa, sin duda lo apreciarán más que... bueno, déjenme ser franco con ustedes, más que yo.

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