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Nacional | Martes 19 • Abril • 2016

Foto: Pablo Nogueira (archivo, mayo de 2013)

No me llamo, me llaman

La dimensión social y legal de los nombres en Uruguay.

El nombre es propio de cada persona, pero escogido y significado por otros. Su carga social acompañará toda la vida a quien lo porte, afectará la construcción de su identidad y el relacionamiento con los demás. Adjudicar un nombre es un deber de los padres y tenerlo, un derecho del niño; la simple disconformidad de una persona no habilita ningún tipo de cambio. En una palabra se cruzan el origen y la historia de una persona con los límites legales y las imposiciones sociales; en general conviven en paz, pero en algunos casos el conflicto es inevitable.

A mediados de los años 90, en un barrio bastante alejado, con pocas construcciones y ningún edificio, frente a las vías del tren, en la ciudad de Canelones, juega a diario, a la salida de la escuela, un grupo de niños. Corren por un terreno verde, a veces sin propósito, a veces jugando a la escondida, otras detrás de una pelota; cuando se cansan, miran pasar el tren y cuentan historias de terror. Todos los días, uno tras otro, se repite la alegría de ser niño, hasta que sus padres los llaman para merendar; detrás de cada puerta, de cada casa del barrio, hay un hombre o una mujer que grita el nombre de su hijo o hija. Todos los días, a las cinco y media de la tarde, entre Nicolás, Gonzalo, Romina, Natalia y Valentina, se escucha a un padre gritar: “¡Shakira, Thalía y Elvis, a tomar la leche!”. El resto de los niños aún no entienden que la música pop ha construido, con el permiso de sus padres, la identidad de aquellos pequeños.

Los casos de niños que llevan el nombre de la celebridad del momento parecen ser poco comunes; sin embargo, la psicóloga Mariana Castagnin recuerda que en 1997 prestaba servicios en un merendero en la parroquia de la Virgen de los 33, en el Cementerio del Norte, al que asistían cuatro hermanos llamados Thalía, Shakira, Deyanira y Varón; el último era el único varón, y como tal se había ganado su nombre. Según datos de la Dirección Nacional del Registro Civil -que incluyen nombres de niños nacidos entre 1960 y 2010 en Montevideo- hay 208 personas llamadas Thalía y 68 Shakira. El grueso de estas niñas nació entre 1996 y 2000, época en que se televisaron dos novelas que tenían como protagonista a la cantante y modelo mexicana Thalía: María la del barrio y Marimar. Trascurrían los mismos años cuando la cantante colombiana Shakira editaba dos álbumes que causaron furor en la escena del pop latino, Pies descalzos y ¿Dónde están los ladrones?; el primero vendió más de cinco millones de copias, y el segundo, más de diez.

El sociólogo Pablo Ezquerra no duda en afirmar que los hábitos de consumo y los cambios sociales, ya sean políticos, económicos o culturales, afectan a la tradición de nombrar a los hijos. La práctica de llamar a un niño igual que a un músico reconocido no parece desaparecer con el tiempo, sino amoldarse a las nuevas tendencias. Yandel es un nombre que hasta 2005 no aparecía en el registro, ese año nació el primero, en 2009 nacieron ocho niños llamados Yandel y en 2010 fueron nueve los niños que llevaron ese nombre. Las sospechas de las influencias del género musical conocido como reguetón toman gran fuerza: en esos años el dúo musical Wisin & Yandel alcanzaba los puestos más altos de los rankings en la radios y sonaba en todas las discotecas. Para Alejandro de Barbieri, psicólogo de la rama logoterapéutica, no existen los determinismos: será el niño quien llenará de sentido el nombre, y no al revés. Teniendo en cuenta esta salvedad, reconoce que el nombre es importante desde el punto de vista psicológico y que existen nombres que tienen contenido social arquetípico, que ya vienen cargados de significado, y cualquiera que los escuche va a tener que luchar con ese preconcepto para establecer un vínculo.

Datos curiosos

• No hay límite para la cantidad de nombres que puede tener una persona: un solo individuo puede tener la cantidad de nombres que sus padres decidan darle, aunque en la cédula de identidad sólo figuran dos. • En el registro de nombres de Montevideo hay tres personas llamadas Disney, un Waldisney y dos Mickey. • En 37 años (de 1960 a 2007) se registraron 21 niñas llamadas Zaira, y en sólo tres años (de 2008 a 2010) llegaron a ser 183 las niñas que portan este nombre. El período de crecimiento coincide con el de la relación entre el futbolista Diego Forlán y la modelo argentina Zaira Nara. • Los nombres más populares en 1960 en la capital uruguaya fueron María y José. En 2010, Thiago y Sofía. • En Montevideo nació un Cervantes y seis Dulcinea. • Hay tres Marciano que aún viven en Montevideo. • Antes de que se lanzara la película *Matrix* no había registro de niños llamados Neo, pero luego de su estreno aparecen cuatro Neo y tres Trinity. Ambos nombres corresponden a los protagonistas de la película. • Hay dos Kennedy y cuatro Marx en territorio uruguayo.

Marcela Arocena, psicóloga y compañera de De Barbieri, comparte que el nombre trae consigo “todo eso que los padres depositan en el niño: expectativas, ilusiones que todavía no son reales; el nombre es un aspecto importante de la identidad, nos llamamos porque el otro nos llama”. Cuando el nombre de una persona está relacionado directamente con un personaje reconocido públicamente, “va a estar esa conexión con el personaje, por lo que la misma gente te devuelve, el otro te nombra y trae un contenido”. Para Arocena, estos casos dependen de la personalidad del niño y de cómo maneje las cargas sociales que se imponen a su nombre.

Son varios los estudios sociológicos que afirman la importancia de la carga social en los nombres propios. Un artículo de 2015 de la socióloga Jane Pilcher (Names, Bodies and Identities) afirma que los nombres tienen el carácter dual de denotar la individualidad de la persona y, a su vez, marcar las conexiones sociales. El sociólogo alemán Norbert Elías sostiene algo similar en La sociedad de los individuos (1991): el nombre es, a la vez, “un símbolo de la singularidad del individuo y una tarjeta de visita que indica que se está en los ojos de los demás”.

Let it be

Horacio Medina, alias Coquito*, tiene dos hijos. Cuenta que no dudó en elegir sus nombres: inmediatamente se puso de acuerdo con su esposa y no barajaron ninguna posibilidad alternativa: a su hija le pusieron Yoko Maureen Medina y a su hijo John Lennon Medina. Fanáticos de The Beatles, nombraron a su hijo como uno de los fundadores de la banda y, como no había mujeres en el grupo, nombraron a su hija igual que las esposas de los músicos: Yoko, como la esposa de John Lennon, y Maureen, como la esposa de Ringo Starr. La familia está orgullosa de los nombres; ninguno de sus hijos escucha la música producida por sus tocayos, pero John se tatuó “Lennon” en la espalda e increíblemente trabajó como seguridad de Paul McCartney cuando vino a Uruguay. Yoko siguió la tradición de nombrar a los hijos en honor a reconocidos artistas y le puso al suyo Dylan, por el compositor Bob Dylan. Cuando nació John, su abuelo argentino publicó un edicto en un diario de su país, ante le pregunta “¿Cómo le permitieron ponerle tal nombre a su nieto?”. Horacio cuenta orgulloso que su padre respondió “porque Uruguay es un país libre”.

Marca registrada

Portar un nombre poco común ayuda, según Castagnin, en algunos casos, a diferenciarse del resto; le da una cuota de originalidad a la persona -algo que puede ser positivo para las personalidades extrovertidas, pero quizá un poco complicado para los que prefieren pasar desapercibidos-. La psicóloga conoció a un niño llamado Wiliamloson -como el whisky, aunque con algunas diferencias en la escritura-: el niño asistió durante mucho tiempo al merendero y se hacia llamar por su segundo nombre, Juan. No es el único caso de personas que llevan el nombre de alguna marca: Nike es un niño nacido en Montevideo en 2002; sus padres explican que le pusieron el nombre porque les gusta esa marca de ropa deportiva. Para Castagnin, el nombre no sólo es importante porque define la identidad: además, va cargado de una intención, que es la de los padres.

La inspectora del Registro Civil Adriana Boggio garantiza que en Uruguay no existe una lista de nombres prohibidos. La única regulación que hay en torno a este tema es el artículo 5º de la Ley 15.462, que expresa textualmente: “Los Oficiales de la Dirección General del Registro de Estado Civil no inscribirán nombres de pila que sean extravagantes, ridículos, inmorales o que susciten equívocos respecto del sexo de la persona a quien se le imponen”. Paradójicamente, Boggio confirma que los oficiales encargados de la inscripción de los niños no tienen la potestad de negarse a inscribir un nombre -salvo en el caso de que sea un insulto-: pueden sugerir o recomendar, pero la decisión última es del padre.

En cuanto al nombre como identificador del sexo del niño, Boggio expresa: “Ahora la interpretación de la ley es otra: con la globalización, hay nombres de distintas culturas de los que no sabemos el significado”. Según informó el diario La República en 2011, una pareja quiso ponerle a su hijo Azinakiwi -dios del sol, en una lengua nativa africana-. La negativa del funcionario del Registro Civil se amparó en que no definía sexo, y esto ocasionó la denuncia de los padres ante la comisión contra la discriminación del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Sin embargo, ya existía una circular emitida por el MEC el año anterior que habilitaba a elegir nombres de cualquier etnia. El documento había sido motivado por el reclamo de una pareja del departamento de Soriano que tuvo el mismo problema al querer llamar a su hija Guidaí. Estos no son más que dos ejemplos de lo subjetiva e “interpretable” que puede ser la ley en estos casos.

Andrea, que en Uruguay es un nombre femenino, procede del griego ανδρός (andrós), que significa hombre. Sin embargo, aun sabiendo esto, nadie se atrevería a impedir que una niña se llame Andrea: estamos ante las convenciones sociales. Para la psicóloga Castagnin, el aspecto subjetivo de las leyes se relaciona con “querer legislar la voluntad; siempre van a quedar vacíos, por eso la Justicia no tiene nada que ver con los justo, tiene que ver con una convención”. Hay palabras de uso común que son también nombres propios, porque el tiempo las institucionalizó como tales; es posible cruzarse por la calle a Azul, Violeta o Celeste, pero será difícil encontrar a alguien llamado Marrón o Rojo. Abril y Julio podrían ser una pareja perfecta, no así Setiembre y Marzo.

Conoces el nombre que te dieron, no conoces el nombre que tienes

El nombre propio personal se ha tratado en diversos ámbitos, pero la disciplina que estudia el significado y origen de los nombres es la antroponimia. Los nombres no siempre son descriptivos o simbólicos: muchas veces son simplemente arbitrarios, elegidos por una cuestión de gustos, porque suenan lindos o porque recuerdan a una persona querida. El nombre personal se conforma por el nombre de pila y los apellidos, que son parte del nombre familiar. La expresión “nombre de pila” viene de la Edad Media, cuando el niño era nombrado sobre la pila bautismal; el nombre impuesto en el bautismo no tenía por qué coincidir con el nombre registrado oficialmente. La separación de iglesia y Estado desencadenó la creatividad de padres que, a partir de esta secesión, ya no tenían por qué nombrar a sus hijos como los santos de cada día. Todas las culturas comparten el acto de nombrar a los hijos, pero esta práctica se lleva a cabo de distintas maneras: hay grupos étnicos en Congo que tienen por costumbre nombrar a los niños luego de nacidos, porque para ellos nombrar al niño sin conocerlo es impensable. En muchas comunidades religiosas y espirituales se nombra a las personas luego de un proceso que es vivido como un renacer; el nombre es otorgado por el jefe del grupo y simboliza la misión que la persona tiene o lo que aporta al mundo. Los sociólogos Pablo Mateos, Paul A Longley y David O’Sullivan, en su obra conjunta Ethnicity and Population Structure in Personal Naming Networks, afirman que las prácticas de asignación de nombres personales en todos los grupos humanos “están lejos del azar. Por el contrario, continúan reflejando las normas sociales y costumbres etnoculturales que se han desarrollado a través de generaciones”.

En la cultura de los países liberales, los medios de comunicación juegan un rol muy importante en el lenguaje. Para el escritor y periodista español Luis Núñez Ladevéze, los medios de comunicación manejan un lenguaje público con una función social comunicativa e inciden fuertemente en la educación lingüística, igual o más que las instituciones educativas y la familia. Las palabras o expresiones que los medios difunden aportan al vocabulario colectivo. Esto deja de ser sólo teoría y pasa a verse en la realidad cuando, por ejemplo, en la última encuesta nacional de adolescencia y juventud aparece un dato clave: 54,2% de los jóvenes entre 12 y 29 años depositan su confianza en los medios de comunicación antes que en la Justicia o en su grupo estudiantil, y confían más en los medios de comunicación que en el Parlamento o la Policía. Si la música, las novelas, el cine y la política son mediados por la radio, la televisión, internet y la prensa escrita, no es extraño que se llame a los niños con nombres que surgen en estos medios.

La lingüística ha problematizado el sentido de los nombres y sostiene que con el paso del tiempo han sufrido una pérdida de significado (desemantización): las palabras Nicolás o Verónica son meros instrumentos gramaticales sin referencia directa; no tienen en sí un significado propio ni existe un contenido que pueda referir a la persona que los porta. Se vuelven, lisa y llanamente, arbitrarios. Castagnin, en cambio, cree que todos los nombres tienen un significado, y que los padres los otorgan por una razón, consciente o inconsciente. Así, nombres tan comunes como Soledad, Milagros, Dolores y Victoria tienen una carga significativa fuerte. De 1960 a 1972 encontramos 94 Victorias nacidas en la capital; de 1973 a 1985 el número creció exponencialmente: son 438 las niñas con ese nombre. Ambos lapsos son de 13 años, y el número de niñas llamadas Victoria creció casi 500% de un período a otro. Pero Uruguay vivía una dictadura militar y, para Castagnin, eran épocas en las que “había una necesidad de Victoria imperante, era un deseo profundo”.

Ficción vs realidad

En el film francés *Le prénom* (El nombre), dirigido por Alexandre de La Patellière y Matthieu Delaporte, una pareja simula llamar Adolphe a su hijo, generando un problema familiar que deja en evidencia el carácter público de un nombre (lo primero que conocemos de una persona) y el peso social que cargan algunas palabras. En Uruguay esto es un hecho, según afirma el periodista Leonardo Haberkorn en su blog El Informante*: varias personas cargan con el apellido de un genocida como nombre: Hitler Aguirre, Hitler da Silva, Hitler Pereira, Hitler Edén Gayoso y Hitler de los Santos. Muchos de ellos viven avergonzados, usan su segundo nombre o algún apodo, pero hay uno que vive despreocupado y llamó a su hijo de la misma manera; no asocia las circunstancias históricas con su nombre, lo despojó de su significado bélico y vive tranquilo con él, respetando la tradición. El documental *Dos Hitleres*, de Ana Tipa, registra la vida de dos de estos hombres.

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