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Nacional | Jueves 21 • Abril • 2016

Mateo Carvalho. / Foto: Pablo Vignali

Nuevos brigadistas

Una charla con Mateo Carvalho, militante del SUNCA y del Departamento de Jóvenes del PIT-CNT.

El fotógrafo llegó y se presentó con un apretón de manos. Él no se quedó atrás: “Mateo, herrero y profesor. Un gusto”, le respondió. Lleva una remera roja de la brigada Agustín Pedroza del Sindicato Único Nacional de la Construcción y Anexos (SUNCA). Aunque milita allí hace relativamente poco -empezó a trabajar en la construcción en 2014- habla de su sindicato con el mismo orgullo que podría tener un militante veterano. La idea original de la entrevista apuntaba a saber cómo se incorpora alguien que nació en 1988 al movimiento sindical uruguayo y al SUNCA en particular; pero la charla también sirvió para meterse en otras discusiones: la vigencia de la perspectiva de clase, la discriminación de género en el ámbito laboral, las discusiones "emergentes" y la experiencia de los militantes sociales menores de 30 años que se han formado políticamente durante gobiernos del Frente Amplio.

-Sos de Salto y viniste a Montevideo a estudiar.

-Salteño, sí. Vine a estudiar Letras en la Facultad de Humanidades en 2007 y enseguida me puse a laburar. Arranqué con changas, hacía mudanzas, cosas por el estilo. Estuve dos años acá y después me volví a mi ciudad. Allá trabajé y estudié, hacía mil cosas: repartía diarios, cartas.

-¿Y con la militancia sindical cuándo arrancaste? ¿Había sindicalistas en tu familia?

-Sí, mi madre siempre fue militante de la FUM [Federación Uruguaya de Magisterio], desde que se recibió. Pero nunca estuvo en cargos de dirección nacional, era más bien una militante sindical de base, en su lugar de laburo. Y sí, heredé un poco por ese lado. En mi caso, arranqué como militante estudiantil, porque cuando volví a Salto empecé a estudiar profesorado de Filosofía y como gremio integrábamos el Plenario Intersindical.

-¿Y tu vínculo con el SUNCA?

-Cuando volví a Montevideo. Primero laburé un tiempo como profesor y después empecé a trabajar en una obra en el puerto, en marzo de 2014. Entré por un sorteo de la bolsa de trabajo, como peón; hacía mandados y lavaba los baños. Al poco tiempo, mis compañeros me eligieron como delegado sindical. Tenía alguna noción histórica de lo que era, conocía el logo, pero no sabía nada de cómo funcionaba la cosa.

-¿Y qué te encontraste?

-Justo arranqué en un momento de mucha movilización. Fijate que en 2014 había 72.000 trabajadores de la construcción registrados en el BPS, es un récord histórico. Lo primero que encontré, o que puedo rescatar, tiene que ver más con la formación en el oficio, porque en la obra arranqué siendo un peón y salí siendo medio oficial herrero. Fue un aprendizaje fuerte, porque me encontré con personas bastante más grandes que yo, que me transmitían conocimientos sin mezquindad.

-¿Y cómo te integraste a las tareas del SUNCA a nivel nacional?

-Como la mayoría de los delegados, empecé a participar en las instancias de formación del SUNCA. Hay unos 4.000 compañeros que han pasado por estas instancias de formación sindical. Ahí empezás a conocer un poco más cómo funciona la estructura; fue también un momento muy intenso, de mucha movilización, que terminó con la aprobación de la Ley de Responsabilidad Penal del Empleador. Empezar a ver un poco más desde adentro la capacidad de movilización del SUNCA te deja una sensación fuerte... Igual lo más intenso que viví no fue en un acto de masas, sino cuando me tocó hablar por primera vez en una asamblea, en la obra: ese momento en el que tenés que hablarle a tus compañeros, a los que están todos los días, también es bravo.

-Recién hablabas de cómo los veteranos se vinculaban con los jóvenes en el lugar de trabajo. ¿Cómo es adentro de los sindicatos?

-Es algo parecido; en ambos casos yo sentí que se daba una confraternidad. Lo que pasa es que esa barra, en su mayoría, empezó también siendo muy joven en la industria y en el sindicato. Aunque entraron en una época muy distinta, entienden lo que puede sentir un muchacho que empieza a trabajar en la construcción. Para mí ese momento en la asamblea, de tener que hablar para todos, fue algo especial sobre todo por eso, por sentirme respaldado por mis compañeros más veteranos.

-Además de las cuestiones de la tradición sindical, ¿encontrás otras prácticas que deberían actualizarse?

-Está claro que para nuevas épocas se necesitan nuevas prácticas, negarlo sería un error grave. Pero hay una discusión que se mantiene y que en mi caso reivindico, que tiene que ver con la concepción de clase. Podemos tener diferentes edades, ser de diferentes épocas, pero con ese compañero más veterano lo que me sigue hermanando es la mirada de clase, que sigue siendo necesaria. Muchas veces veo a gente de mi generación que piensa que está en una situación de mayor comodidad porque en el laburo tienen una play station y un puff. Está claro que en la construcción no tenemos esas comodidades, sin embargo, tanto ese asalariado como nosotros estamos vendiendo nuestra fuerza de trabajo, y quizás tenemos problemas similares con nuestros empleadores y hasta niveles de ingreso parecidos. Sin embargo, muchas veces pareciera que no pertenecemos a la misma clase. Acepto que se necesitan nuevas lecturas de fenómenos emergentes, pero eso no anula la vigencia de dar una discusión de fondo sobre la pertenencia de clase, que sigue siendo igualmente válida y necesaria.

-¿Cuáles serían esas otras discusiones emergentes? ¿Hay temas que son más fáciles de discutir en el Departamento de Jóvenes del PIT-CNT que en otros ámbitos de la central?

-Muchos de nuestros veteranos tienen una formación que responde a un tiempo, a una etapa histórica. Es lógico, entonces, que entre los sindicalistas más jóvenes haya una mayor apertura al momento de incorporar nuevos temas de discusión, como el machismo, la homofobia o el ambientalismo, por poner algunos ejemplos. Son temas que nos interesa someter a una autocrítica legítima, pero teniendo claro que no son exclusivos de los trabajadores y los sindicatos, sino que son problemas de toda la sociedad uruguaya. Hoy las mayores expresiones de discriminación y violencia de género son también responsabilidad del empresariado. Hace poco, en un ámbito de conciliación del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, tuvimos que negociar el caso de una compañera de Tacuarembó que era camionera de obra. Ella entró en 2014 y en 2015 se enfermó, lamentablemente de cáncer. Empezó el tratamiento, radioterapia, quimioterapia, y eventualmente regresó a su lugar de trabajo. Cuando la vio, un representante de la empresa le empezó a decir que ya no le convenía tener una mujer en ese cargo, que ella debería estar en la casa cuidando a su hijo y que él prefería no mantener en ese cargo a una persona enferma. A esa compañera, que era además delegada sindical, la despidieron, lo cual es brutal. Después, en la negociación tripartita, logramos reintegrarla, pero nuestra principal línea de argumentación fue la violencia de género; no argumentamos a partir de la persecución sindical. Son cosas que están incorporadas en nuestra estrategia sindical, pero no como una discusión somera, para decir “miren qué políticamente correctos somos en el PIT-CNT”, sino porque como organización social apuntamos a una transformación profunda de la sociedad, en todas sus dimensiones: en la propiedad de los medios de producción y en la disputa cultural.

-Hay espacios, por ejemplo, el último encuentro de Emergencias en Brasil, o movidas que ha organizado Proderechos, en los que los jóvenes del PIT-CNT participan activamente. Hace 20 años esas coordinaciones capaz que no eran tan frecuentes.

-Es que hace 20 años las necesidades del movimiento sindical eran otras, lo que estaba en juego era la supervivencia y la continuidad de las estructuras. Yo nací en 1988, mis primeros recuerdos están asociados a cosas que vivían mis padres como trabajadores, en una década complicadísima. Hoy la situación es otra, muy distinta: el movimiento sindical ganó muchísimo en número de afiliados y en visibilidad. Eso te habilita también a tejer mejores alianzas con otras organizaciones sociales. La marcha de la diversidad, la campaña por el No a la Baja, la militancia con las organizaciones defensoras de los derechos humanos, la coordinación con las organizaciones feministas, son todas cosas por las que muchos de nosotros hemos militado casi que naturalmente. Lo generacional siempre ayuda, por eso son tan importantes los relevos. Incluso se precisa dentro de la propia militancia juvenil, porque tampoco rinde llegar a los 35 años y ver que no viene nadie detrás de vos.

-¿Cómo ves a esa generación de militantes menores de 30 años? Hablo de la gente que se ha “formado” políticamente durante gobiernos del Frente Amplio.

-Creo que seguimos en un momento de formación, y que la visualización que tenemos responde a las condiciones políticas actuales. Hay una red de nexos y tejidos de trabajo dentro de lo que sería “la izquierda social y política” juvenil que está muy consolidada. Me parece que es necesario empezar a pensar más allá de los lugares tradicionales de militancia. Me refiero a cómo desarrollamos vínculos en lugares como un club de fútbol o una escola do samba, por poner algún ejemplo. Son espacios de sociabilización para muchos jóvenes uruguayos, que tenemos que empezar a tener más en cuenta. ¿Hoy qué puede tener en común alguien que hace telas con un militante de la brigada Agustín Pedrozo del SUNCA? ¿No pueden estar igual de preocupados por lo que está pasando con todos los procesos de izquierda en la región? Bueno, capaz que ahí tenemos un primer vínculo posible, hay una preocupación generacional, sobre todo porque todos estamos pensando en lo que pueda llegar a pasar acá. Esa preocupación también es parte de nuestra historia. En 1964 hubo un golpe en Brasil y acá automáticamente hubo un Congreso del Pueblo, porque tenían la sensación de que venían por nosotros. Y vinieron. Creo que esos aprendizajes están ahí, es la historia reciente de la generación de nuestros viejos. Es cuestión de verlos, nomás.

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