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Cultura | Lunes 04 • Abril • 2016

Emiliano Brancciari y Martín Gil, de No Te Va Gustar. / Foto: Santiago Mazzarovich

Tenés que pensar y pensar

Con Emiliano Brancciari y Martín Gil, de No Te Va Gustar.

El timbre deja de sonar. Desde adentro preguntan quién es. Se abre la puerta del búnker de No Te Va Gustar, que queda por Pocitos y oficia de estudio, sala de ensayo y demás. Emiliano Brancciari (guitarra y voz) y Martín Gil (trompeta y coros) nos guían hasta el piso de arriba, entre un montón de baúles negros, inequívoco signo de gira permanente. En efecto, el 15, 16 y 17 de abril tocarán en el Teatro de Verano, en el marco de la gira de su último disco, El tiempo otra vez avanza (2014), que los ha tenido para aquí y para allá -sobre todo, para Argentina- desde hace más de un año.

-Iban a realizar dos shows en el Teatro de Verano, pero, ante la buena respuesta del público, harán un tercero. ¿Les sorprende o ya se acostumbraron al éxito?

Emiliano Brancciari (EB): -No sé si es una sorpresa. Dudábamos porque había muchos shows, y el público tiene sólo dos bolsillos: tampoco podés hacer algo ajeno a la economía de la gente. Por eso primero pensamos en hacer dos y quedarnos tranquilos. Pero después, gracias al apoyo popular, decidimos agregar el tercero.

Martín Gil (MG): -Está buenísimo. Siempre es una intriga y siempre te inquieta, por lo que significa tocar en Montevideo: es donde empezamos y donde nos ven nuestra familia y los amigos.

EB: -Es la confirmación de que lo último que hiciste estuvo bueno. Porque no lo sabés quizá hasta la próxima vez. Me parece que se traduce un poco en eso. La última imagen que dejaste es lo que genera que la gente te vuelva a ver. No nos pasa sólo acá, sino en cada lugar al que vamos.

-También habrá fans de la primera hora que no sólo van a verlos por lo más reciente.

EB: -Ni hablar. Pero existe el “ya los vi” o “los vi el año pasado”. Nos pasa a todos. Yo dudé de ir a ver a Paul McCartney la segunda vez que vino. Después de que estaba ahí, me dije: “¿Cómo dudé?”. Flasheé.

-¿Es por eso que generalmente no tocan más de una vez por año en Montevideo?

EB: -Lo que pasa es que para hacer el espectáculo que queremos, con la infraestructura que queremos, necesitamos cierta cantidad de público, porque el punto de equilibrio es alto. Entonces, tocando una vez por año, creemos que hay tiempo para que a la gente le den ganas de vernos de vuelta, y podemos hacerlo.

-Me pareció que en El tiempo otra vez avanza hay más letras en primera persona y bajoneras que en discos anteriores.

EB: -Puede ser, pero no quiere decir que sean autorreferenciales. Algunas sí. Otras son para salir de ese bajón o de ese estado no tan positivo, de cosas que he visto a mi alrededor o de gente a la que quiero mucho. Pero, de un tiempo a esta parte, me gusta más escribir en primera persona.

-¿Por qué no hay colaboraciones de otros integrantes del grupo a la hora de escribir las letras?

EB: -Mirá, en lo musical es más fácil; pero en las letras, desde que hacíamos canciones con Mateo [Moreno], en los primeros discos del grupo, nos parecía que siempre llegábamos a un híbrido que no se terminaba de desarrollar. No llegábamos a que le gustara del todo a ninguno de los dos. Es muy difícil que el otro diga con sus palabras lo que vos querés decir en ese momento.

MG: -Las canciones que parten de una sola persona, tanto en letra como en música, a la hora de llegar al demo final se sienten con otra profundidad. Es más probable que llegues al fondo de la cuestión haciéndolo solo, porque no tenés que transar ni negociar con nadie.

-En “La puerta de atrás” decís: “Raro, cómo nos mienten en vivo, / en la cara, aunque se vea el disfraz”. ¿Tiene que ver con los medios de comunicación y la política?

EB: -Con todo eso. En realidad, con el poder económico, que es el que realmente manda. La gente en el medio se pelea, y habla de política y de cosas que están un escalón más abajo de todo lo que realmente nos gobierna y nos maneja.

-Recuerdo que en El camino más largo, de 2008, estaba “El mismo canal”, una canción en la que les dabas palo a los medios.

EB: -Aquello pasaba por otro lado: la fuerza que tienen los medios de comunicación sobre nosotros, que quizá ni siquiera ellos se dan cuenta de lo importantes que son, y de lo bueno y lo malo que pueden llegar a lograr. Esto [“La puerta de atrás”] habla de otra cosa: del medio de comunicación como filtro, que te muestra lo que quiere y tapa lo que no quiere mostrarte.

-Hablando de los medios: hace unos meses te escuché decir que no creés en la crítica.

EB: -Me parece un trabajo ingrato, y que nada te da la potestad de ser crítico; ni siquiera ser músico. Porque la música te emociona mucho o poco, o no te emociona, o en este momento sí y mañana no, o al revés: canciones que no te generan nada, una semana después, te parecen alucinantes. Entonces, ¿con qué derecho le ponés un puntaje a una obra? El otro día leía una revista y vi que al disco de una banda que yo escuché le pusieron dos estrellitas; los defenestran. Según mi criterio, no era lo que merecían. ¿Quién le da la potestad a esa persona para defenestrar algo que le costó tanto trabajo, tiempo y dedicación a alguien?

-¿Y si les daba para delante?

EB: -Tampoco. Porque también les podés dar para adelante porque te caen bien. Existe muchísimo de eso. Hay un montón de personas que, porque algo les gusta a ellos y a tres más, les parece que es maravilloso y le exigen menos. Es así, totalmente subjetivo. No te estoy diciendo que no tenga que existir, sólo que es un trabajo muy difícil y que para mí no tiene peso a la hora de decidir nada. Pero para muchos sí. Mucha gente lee primero la crítica y después escucha.

MG: -La crítica debería informarte, y es difícil no dar una opinión...

EB: -Ta, pero no sería una crítica...

MG: -Vos tenés que saber que es la opinión de alguien, pero es difícil. Porque, en general, no tenés tiempo suficiente para analizar la información de manera tan profunda o ser tan precavido. Por eso uno sigue un programa de radio: cuando más o menos creés en el comunicador, lo seguís, empezás a escucharlo y a creer en los columnistas que trae. Así se genera una cadena de confianza.

EB: -Pasa con las películas. Cuántas veces te pasó que viene alguien y te dice: “Mirá esta película, porque es alucinante”; vas, y después lo querés matar. “¿Qué me recomendaste?”. O al revés.

-Me parece interesante el debate, porque en Uruguay casi no existe la crítica musical...

EB: -¿Qué quiere decir que no existe? Existe, y critica un montón de gente que tiene cero formación.

MG: -Se critica a todo nivel. En realidad, está bien, el tema es cuando vos vas a ser escuchado por gente que cree en lo que decís, y, de repente, respondés a una ira de ese momento. Quizá te levantaste mal.

EB: -Y como acá nos conocemos todos, también tiene mucho de cómo te caiga la persona. Es muy difícil separar. A mí me pasa: yo no puedo ser objetivo con un montón de cosas, porque tengo sentimientos con respecto a algunos artistas. No puedo ser demasiado objetivo, y nadie puede serlo.

-Pero esa es la base.

MG: -También es cierto que es mucho más jorobado destruir algo que darle para adelante. Porque, en general, genera una cosa bastante más adversa. Eso ocurre en todos los ámbitos de la vida. Por eso quizá las críticas negativas sean más difíciles de digerir: es más fácil ver la injusticia en eso que en una crítica positiva.

EB: -Igual, a mí me genera lo mismo: nada. Va más allá de si les gusta o no. A mí me genera lo mismo porque realmente no me cambia nada, pero sí le cambia al que lo está leyendo. Hay gente que puede sufrirlo. O sea, nosotros tenemos la suerte de que, por más que vos digas que el disco es una mierda, probablemente haya mucha gente que igual lo escuche. Pero hay gente que no. Hay artistas a los que realmente les mueve la ecuación. Eso también hay que tenerlo en cuenta. Obviamente, siempre los artistas menos populares gozan de cierta simpatía, porque nos pasó a nosotros cuando lo éramos. Cuando tocamos en la sala Zitarrosa [para la presentación del primer disco, Sólo de noche, de 1999], fuimos tapa de no sé qué, mientras que cuando hicimos el primer Velódromo salimos en un recuadrito. Nos habíamos roto el lomo para hacerlo. Pero así funcionamos, como pueblo chico que somos.

MG: -Vos tenés que saber que si en una revista aparece alguien que le pone dos estrellas a una cosa, fue ese loco, que escuchó ese disco, que trabaja en esa revista y lo escribió. Y, en función de todo lo que leas de él, entender por qué llegó a eso.

EB: -Claro, pero es muy difícil, y no es lo mismo que piensa el de al lado, que escuchó otro disco, y que si hubiera escuchado este... También es una cuestión de azar: si justo te toca criticar el disco del grupo o artista que no te genera nada, que no te emociona.

-Hace diez años que se fueron dos de los miembros fundadores del grupo: Mateo Moreno y Pablo Abdala. El sonido cambió a partir de su ida. ¿Desde adentro lo notaron?

EB: -Sí, obviamente. Cuando entró Guzmán [Silveira] a tocar el bajo, tenía 23 años y estaba acostumbrado a tocar de otra forma, con otros equipos y ante otra cantidad de gente; cuando entró Barta [Diego Bartaburu, baterista], ya tenía experiencia, pero de otra cosa. Cada cambio genera un sonido diferente. Y justo se dio que si cambiás la base, cambiás todo. Pero tratamos de adaptarnos a eso y de acompañar el cambio, sin intentar imitar lo que ya teníamos, porque iba a ser imposible.

-¿Cómo definirían el sonido que tienen ahora? ¿Lo llaman “rock”?

EB: -No sé, somos una banda de música. Tocamos rock y no tocamos rock. Vivimos como una banda de rock...

MG: -La manera de presentarnos en vivo y de girar...

EB: -Y la forma de vivir la música es de una banda de rock. Ahora, tocamos un montón de géneros. Somos una banda de rock que toca otros géneros. El sonido en este disco [El tiempo otra vez avanza] es el que queremos tener en este momento: la banda tocando en vivo, todos juntos y sin sobregrabaciones, salvo alguna cosita. Hay dos guitarras, una de cada lado, y un teclado. Es como queremos sonar, y como seguramente lo vamos a hacer en el disco que viene, porque nos gustó mucho la experiencia de grabar todos a la vez.

-¿Qué implica “vivir como una banda de rock”? Más allá de las giras, porque hay grupos que no son de rock y también giran.

EB: -Te tendríamos que llevar de gira.

-¿Hay descontrol?

EB: -No tiene por qué haber. O sí. No sé qué decirte. La actitud arriba del escenario es esa, y abajo también. Fuera de estereotipos; no vamos a romper habitaciones de hoteles. No es fácil de explicar. En una banda de rock, lo importante pasa por otro lado, en lo que quizá un artista catalogado como otra cosa ni siquiera piensa. A la vez, nosotros ni siquiera pensamos en cosas que no nos motivan y que simplemente hacen al negocio. Hay cosas que no hacemos y que un artista pop hace: el playback, por ejemplo, por decirte algo fácil. Se puede hablar de género o de actitud. El que empezó tocando en un sucucho, ensayando como podía, sabe de qué se habla. No es una sola cosa lo que te define como banda de rock, porque ni siquiera las bandas de rock tocan sólo rock.

-Ustedes vivieron el auge de la movida del rock nacional de principios de los 2000, que tuvo su epicentro en el Pilsen Rock. ¿Cómo ven el panorama actual?

EB: -Me parece que quedó una escena más firme. Y estamos más visibles para el exterior, cosa que es vital. Además, todo el mundo se dio cuenta de que puede hacerlo. Acá hay un montón de propuestas y de artistas muy diversos, pero no tienen un lugar donde presentarse; eso es muy complejo. Si fuéramos seis millones, todo sería más fácil; lo que nos falta es gente. El artista uruguayo está re bien visto afuera, porque al no estar esperando la fama ni la plata, al dedicarse realmente al proyecto artístico, pierde prejuicios e intenta hacer lo que más le gusta.

MG: -Por eso es tan variado. Por la falta de estímulo comercial inicial, por saber que no tenés que hacer todo un camino para llegar a American Idol.

EB: -Nosotros tuvimos mucha suerte: pudimos salir a tocar afuera del país, y ya sabemos que haciendo lo que nos gusta nos va bien. Pero hay un montón de gente que no tiene esa suerte y tampoco está esperando que la toquen con una varita mágica: está haciendo lo que más le gusta; eso también es muy valorado desde afuera. El gran problema es la falta de gente. Así que hay que ponerse a reproducirse, rápido.

-Te fuiste a vivir por Piriápolis. ¿Te molestaba Montevideo?

EB: -Me molesta ahora, después de que me fui a vivir allá. En aquel momento, no. Me fui porque el lugar es alucinante, y como vivimos viajando por ciudades grandes, es un respiro. Pero ahora, que ya hace tres años que vivo allá, estoy en Montevideo y al segundo semáforo ya quiero salir corriendo. Hay poca gente y muchos autos. Así que, amigos, hagan más el amor y cómprense menos autos. Lo que pasa es que vivimos en aeropuertos, atascos...

MG: -Es una situación de encierro permanente en la que sólo cambiás la cápsula: pasás de la camioneta al aeropuerto, del aeropuerto al avión, y así. A veces no te das cuenta y estás poco tiempo al aire libre y al sol.

EB: -También es por mi hijo. Él allá tiene una vida totalmente diferente de la de un niño de Montevideo. Yo vivo en una calle de tierra, y a veces se queda jugando con los amigos en la calle hasta que se hace de noche. Tiene cinco años; eso acá no lo podría hacer. Además, se dejó de enfermar de broncoespasmo, que acá tenía todo el tiempo.

-Qué mala publicidad para Montevideo...

EB: -Montevideo me encanta, y la pasé alucinante. Pero cuando me vine a vivir acá era otra Montevideo. Yo tenía 14 años, volvía a mi casa a las cinco de la mañana y mi vieja ni se preocupaba.

-Ahora no te podés tirar en el pasto sin que nadie te moleste.

EB: -Claro, es que vivíamos en la calle; no gastábamos plata en ir a bailar ni nada. Tomábamos vino cortado en el bar Propios y bajábamos a la rambla.

-¿En Montevideo se te acercan muchas personas a saludarte?

EB: -Sí. Y allá también, cuando voy al supermercado, sobre todo las señoras. Eso me sorprende. Viene una señora y me habla de sus nietos o de sus hijos. Pero sí, estamos acostumbrados a que, hoy en día, es una persona/una foto, porque todo el mundo tiene una cámara. Yo no le digo que no a la gente. Entonces, de repente, voy a la playa y cuando se anima uno me pongo la remera, me saco la foto, me saco la remera, me siento; viene otro, me paro, me pongo la remera, me saco la foto... Y capaz que estás así un rato largo, y no podés ni terminar una conversación con la persona con la que estás hablando. Yo entiendo que te pidan algo. Se lo tengo que dar, lo siento así. No me gusta hacer sentir mal a la gente.

-Ya que hablamos de señoras: No Te Va Gustar es una banda con un público bastante familiar. ¿Eso conspira contra la idea del rock?

EB:- Seguramente. Pero yo espero seguir escuchando rock cuando tenga la edad de las personas mayores que nos van a ver, y espero que mi hijo dentro de poco tiempo ya esté escuchando rock. Eso pasó, sobre todo, cuando dejamos de tocar en discotecas. En un momento salíamos al interior y tocábamos en los bailes a las tres de la mañana, pero nos dimos cuenta de que no nos gustaba demasiado, no era nuestro horario para tocar.

MG: -Y restringía el público, porque obviamente los que van a bailar son jóvenes. En unos festivales en plazas empezamos a notar que se arrimaban niños y gente grande. En ese horario, también podían escucharnos, y tenían ganas.

EB: -Damos el mismo show si estamos tocando en una discoteca o en un geriátrico. La música va a ser la misma. Es abierto a quien quiera escucharlo.

-Desde 2002 graban un álbum de estudio cada dos años. Como viven de la música, ¿hasta qué punto existe presión para sacar un disco cada tanto tiempo y luego salir de gira?

EB: -No hay presión, porque las canciones se generan y nos gusta grabar y salir a tocar. Y porque tenemos la suerte de que nos vaya como nos va haciendo lo que nos gusta. Incluso tenemos socios estratégicos en cada lugar, como [los sellos] Bizarro acá y Popart en Argentina, que cuando queremos grabar a los dos años de haber hecho un disco, nos dicen: “No, pará, si todavía...”. Es al revés. Por suerte nos siguen la cabeza. Si fuera por ellos, lo harían durar todavía más, para seguir sacándole jugo. Nosotros necesitamos renovarnos para estar motivados. Entonces, cuando aparece un disco nuevo, la motivación cambia: venir a ensayar y salir a tocar las canciones es distinto. En eso encontramos la motivación y las ganas de seguir haciéndolo.

-Así como en el último disco hay una canción como “Sólo vino”, que es una especie de cumbia al estilo Los Auténticos Decadentes; ¿para el próximo álbum se viene algún género o ritmo nuevo?

EB: -Hay canciones, pero no sabemos cuál va a quedar. Tenemos deudas. Nunca hicimos un candombe, por ejemplo, más allá de que en otros países nos cataloguen como banda de “rock, reggae y candombe”. Hicimos murga, pero no candombe, porque no surgió. Ahora hay una canción de Guzmán -uno de los demos que grabó en su casa- que viene por ahí. Y si cuadra que nos guste a todos y nos salga bien, sería nuestro primer candombe. Candombe rock, tipo Tótem.

-Me quedó colgado algo de las letras: en Aunque cueste ver el sol, de 2004, hay varias canciones, como “Reevolución” y “Fueron”, por ejemplo, que tienen ribetes políticos. Eso también ha cambiado.

EB: -Es que no me interesa. Nunca me interesó demasiado la política partidaria, sino más bien las ideas. Y ahora, mucho menos.

-¿Pero “Fueron” no trataba sobre los partidos tradicionales?

MG: -Para mí, eso pasa, en todo caso, en “Padre de la Patria”.

-“Banderas rojas y blancas saludan juntas del mismo balcón”.

EB: -Claro, pero era cuando me interesaba un poco más, y no podía entender algunas cosas. Pero la verdad es que la política partidaria no me interesa. No pongo las manos en el fuego por nadie, y mucho menos por un partido político. Más allá de que yo piense de alguna manera...

-¿Siguen tocando “Padre de la Patria”?

EB: -No. Quizás haya canciones que no se adapten a lo que queremos decir en este momento -musicalmente o en las letras-, pero hay canciones de otros discos que hablan directamente contra gente que yo mismo voté, así que...

-¿Cuáles?

EB: -Me acuerdo cuando... No, porque me hacés meter en un lío en el que no tengo ganas de meterme... Pero “Esta plaga” [de El camino más largo] habla de un político que, aunque lo hayas votado... Si sacás la cuenta del año, fue cuando vetaron el aborto.

-El riff de “Comodín”, del último disco, me hizo recordar el del final de “El camino”. ¿Es difícil no repetirte a medida que componés más canciones?

EB: -Pero te das cuenta de eso después de que lo grabaste y lo escuchaste mil veces. Es difícil. Prefiero ni siquiera pensar... Obviamente, hay cosas de las que te das cuenta en la mitad, y entonces, intentás cambiarlas.

-Justamente, capaz que estaría bueno pensarlo...

EB: -Pero, ¿cómo hacés? Tenés que ponerte a escuchar todo de vuelta.

-Bueno, pero son ocho discos, nomás.

EB: -¿Vos te ponés a releer lo que escribiste en toda tu vida?

-No. Pero con el diario de hoy, mañana envolverán huevos; en cambio, la música queda.

EB:- Hay cosas que a vos te suenan parecidas y a mí no; como es en un momento totalmente distinto de la canción... Pero hay cosas que sí. Con las letras pasa lo mismo, y después te das cuenta: “Uy, esto ya lo dije. Lo dije acá, de esta forma”. Pero es difícil. Tendría que estar revisando todo el tiempo. Ese es el tema, porque no te das cuenta. Además, si te ponés a revisar, lo que vayas a componer te va a llevar para ahí. Más vale olvidar.

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