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Nacional | Viernes 20 • Mayo • 2016

Victoria Montenegro junto a militantes, en Colonia. Foto: Natalia Soprani

“Yo soy Victoria”

Hija de uno de los desaparecidos cuyo cuerpo fue hallado en Colonia visitó la ciudad para seguir reconstruyendo su identidad.

Hija de Roque Orlando Montenegro, militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo (PRT-ERP), una de las víctimas de los “vuelos de la muerte” que aparecieron en distintas playas de la costa de Colonia en 1976 con evidentes signos de tortura, y de Hilda Ramona Torres, que aún permanece desaparecida, Hilda Victoria Montenegro fue secuestrada junto a sus padres y apropiada por militares argentinos.

El cadáver de su padre fue uno de los ocho que durante años estuvieron como NN en el cementerio de Colonia. Habían aparecido flotando en distintas playas del departamento: Blancarena, Ferrando, Juan Lacaze. La versión oficial contaba que se trataba de marineros coreanos que tras una gresca habían terminado en las aguas del Río de la Plata. Aparecieron mutilados, atados con alambre de pies y manos, en avanzado estado de descomposición, y uno de ellos sin cabeza.

Los 24 de marzo de 2008 y 2009, en que se cumplía fecha del golpe de Estado en Argentina, una treintena de personas se autoconvocaban en el cementerio de Colonia para rendirles homenaje, ocasiones en las que se compartían historias, información y se colocaba una ofrenda floral.

El 3 de mayo de 2012, en conferencia de prensa, Victoria Montenegro, Abuelas de Plaza de Mayo y el Equipo Argentino de Antropología Forense anunciaron la identificación de los restos de su padre. Fue entonces cuando una de las participantes en esos homenajes, Ana Paula Villanueva, argentina residente en Colonia, se comunicó por Facebook con Victoria.

Otro argentino residente en el departamento, Jorge Pérez, ex militante estudiantil y político en los años de plomo, tomó la iniciativa y, al enterarse del viaje de Victoria a Colonia, buscó que conociera a algunas de esas personas que militaron para que esos cadáveres NN no terminaran perdidos.

Y así fue. Tras una charla con estudiantes del Centro Regional de Profesores del Suroeste y una visita al cementerio, Victoria y su marido, Gustavo, junto a Jorge y Ana Paula, se encontraron en un boliche del casco histórico coloniense para conocer a algunas de esas viejas militantes que velaron por los restos de su padre, como Graciela Cabrera (maestra jubilada, edila suplente por la lista 1001), Cristina Zurdo (educadora del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay recién jubilada), Amelia Conti (ex militante del MLN-Tupamaros) y Ana Bonjour (docente jubilada). En una improvisada tertulia, los jóvenes parroquianos rodearon la mesa para escuchar con atención y en silencio una historia de la que sólo habían oído hablar por arriba.

Graciela Cabrera, ni bien entró, contó con detalle todo lo que recordaba. Y recordaba bastante. “Colonia siempre fue atípico con esto de la tortura, muchas veces no se sabía lo que estaba pasando; lo primero que se supo sobre que algo raro estaba pasando fue cuando murió [Aldo] Perrini, de Carmelo, pero cuando aparecieron estos cuerpos el coloniense creía realmente que eran coreanos”, rememoró.

Victoria comentó que fue “a partir de la aparición de los cuerpos que el gobierno uruguayo y el argentino cruzaron quejas entre ellos, porque se trataba una situación que les costaba mucho explicar”, por lo que desde entonces los vuelos se llevaron a cabo en ultramar. “Fueron los primeros vuelos, que son los que hicieron mal, por eso aparecieron [los cadáveres]”, explicó. A raíz del hallazgo del cuerpo de su padre, se supo que había estado secuestrado en Campo de Mayo y que ese vuelo salió del centro clandestino de detención de El Palomar.

“Mi papá y mi mamá eran militantes del PRT-ERP de Salta, y a partir del Operativo Independencia, en 1975, se empezó a perseguir a toda la militancia, sobre todo en el norte, en Tucumán, Jujuy y Salta. Entonces detuvieron a mi abuela y a una de mis tías, y mi mamá pasó a la clandestinidad cuando tenía 16 años”, relató Victoria. Además de su mamá, su tía Juana y su tío Pedro todavía permanecen desaparecidos. Ella nació el 31 de enero de 1976 y “el 13 de febrero, en un operativo conjunto del Ejército y la Policía pasamos a desaparecer los tres”. “Yo aparecí en el año 2000, cuando tenía 25 años, como María Sol Tezlaff Eduartes, ‘hija’ del coronel Herman Tezlaff, jefe de Inteligencia del centro clandestino El Vesubio y además el responsable directo del operativo en el que desaparecemos mis papás y yo”.

Cuenta Victoria que durante esos 25 años “como María Sol me habían enseñado que no había personas desaparecidas, que nuestro país había vivido una guerra y que gracias a soldados como mi ‘papá’ los argentinos habíamos recuperado la democracia, y que el único resabio de la sedición eran las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo, que trataban de instalar en la sociedad la idea de que los hijos de militares podíamos llegar a ser hijos de la subversión”.

Más allá de la carga ideológica que traía consigo, tras los análisis de ADN que le restituyeron su verdadera identidad, en 2001 aceptó conocer a su verdadera familia. “Tardé varios años en presentarme como Victoria, en firmar con mi verdadero nombre”, contó. “El proceso de restitución no es solamente el documento. Yo nací el 31 de enero de 1976, María Sol el 28 de mayo… Es otra fecha, otro número de documento, otro nombre y apellido, otro barrio, otra provincia, otra identidad, otra formación ideológica, otra familia, otros afectos. Todo eso hay que reacomodarlo y lleva un tiempo, pero a partir de 2007 empecé a presentarme como Victoria y a acompañar con más compromiso a las Abuelas en la búsqueda de los nietos, y ya después, a militar orgánicamente en una fuerza política”, contó, en referencia a la Corriente de Liberación Nacional, el sector que conduce Alicia Kirchner y del que es secretaria nacional de Derechos Humanos.

Victoria considera que las políticas en materia de derechos humanos impulsadas desde la asunción de Néstor Kirchner en el país vecino en 2003 posibilitaron un cambio en la mentalidad de los argentinos con respecto al tema de los desaparecidos y una ruptura con la cultura de la impunidad. “Yo vivía en un barrio y en el mismo edificio vivía otro bebé apropiado, Horacito Pietragalla, que era el ‘hijo’ de la señora que limpiaba en casa; el mismo apropiador, mi apropiador, asesinó a su mamá y después se apropió de él y se lo entregó a Elina, que era la señora que trabajaba en casa. Cuando Horacito apareció y se fue con su nueva familia, la mayoría de los vecinos hablaban pestes de él, porque había sido un ingrato que no se había quedado a agradecerle a esa mujer que lo había alimentado”, recuerda.

Todo el proceso de restitución de su identidad lo vivió junto a Gustavo, su marido y compañero, y sus tres hijos, que hoy tienen 23, 21 y 17 años; los tres militan en diferentes niveles. Gustavo la alentó siempre a conocer la verdad y recuerda bien a su “suegro apropiador”. “Empezamos a salir a escondidas, hasta que un día se enteró. La voy a ver a escondidas y el tipo aparece; dos metros medía. Yo pesaba 50 kilos, era flaquito… el chabón me agarró del cogote, yo me acuerdo que no veía, no respiraba”, recordó. Luego de eso Victoria le contó que en ese momento su apropiador le dijo: “Si lo querés volver a ver vivo, dejalo; si no, va a aparecer en el Riachuelo”.

Como muchas hijas de desaparecidos, se llama Victoria. “La mayoría de las hijas nos llamamos Victoria, porque nuestros papás decían que la victoria estaba a la vuelta de la esquina… Yo me iba a llamar Victoria Argentina, pero para no despertar demasiadas sospechas en el Registro Civil, me pusieron Hilda Victoria”. “Claramente no sirvió de mucho: a los 13 días nos desaparecieron”, contó. Sus apropiadores ya no viven, y Victoria, tras un largo proceso, recuperó su identidad. Un día de 2011, dijo: “Se acabó el miedo. El miedo se fue con María Sol. Yo soy Victoria”.

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