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Cultura | Lunes 27 • Junio • 2016

Dislocaciones - Arte contemporáneo desde América Latina. Ensayos de coyuntura, de Gabriel Peluffo Linari. Yaugurú, 2015. 151 páginas.

Dislocados y contentos

Parece que la presencia del término “globalización” en el discurso académico y cultural, luego de una prolongada fortuna entre fines de los años 90 y comienzos de nuestro milenio, se ha enrarecido un poco en los últimos tiempos. También se podría decir que el propio concepto de globalización, o por lo menos una aproximación generalizada a él, ha sido completamente asumido como condición irrevocable de nuestro tiempo, pero en todo caso no deja de ser pujante el diálogo, por momentos amable y por momentos terrible, entre la ubicación geográfica y simbólica de cada uno de nosotros y un alrededor cuya extensión se ha vuelto efectivamente infinita, inabarcable, agobiante en su aparente homogeneidad de mercado total. También es posible que haya llegado a su cenit, filosóficamente, la retórica de “el mundo a tu alcance”, que comenzó básicamente con el colonialismo y se reforzó con la industrialización (y en la que el “tú” inicial se refería a un sujeto bien determinado: la clase hegemónica blanca y europea era la que tenía el mundo a su alcance). En este sentido, uno de los nudos de este nuevo libro de Gabriel Peluffo Linari, que cabe ubicar en la categoría de “teoría del arte”, es -muy acertadamente y ya desde su título, Dislocaciones- la cuestión territorial, en términos de dinámicas espaciales, físicas y políticas, y la inserción en ella de la producción artística contemporánea.

Esta obra no fue escrita como tal; se trata de una recopilación de varios artículos (sobre todo ponencias, antes leídas, en forma armónica con su tema de fondo, en diferentes lugares del mundo) que, de forma variada, pero firme y consistente, explicitan su lugar de gestación y “salida”: Latinoamérica, Uruguay (y el complemento del título “desde América Latina” se encarga de proclamarlo, indicando a esta parte del mundo como sede de un punto de vista privilegiado para mirar lo global e intervenir en ello). Pese a las diferentes procedencias de los siete ensayos aquí reunidos, se logra percibir Dislocaciones como un conjunto orgánico que pone sobre el tapete teórico una gran cantidad de cuestiones ligadas a la representación/creación en un contexto, justamente, dislocado (con respecto a los supuestos centros, pero también a un pasado violento que ha negado, o fuertemente obstaculizado, el desarrollo fluido de los acontecimientos artísticos del país: la dictadura es otro motivo recurrente). Son cuestiones que en esta reseña sólo se pueden rozar, dada su densidad conceptual y la multiplicidad de debates que activan. Me referiré, entonces, sólo a algunos puntos, muy breve y caprichosamente; que quede claro que la discusión daría para muchísimo más.

Oportunidad periférica

El artículo “Cinco postales y un exordio en la era de los viajes”, que abre el libro, es de los más sugerentes, y por eso me detendré un poco más en él. Por un lado, examina, en general, contradicciones y aporías de la globalización, vista en sus aspectos que se vinculan con flujos migratorios, intercambios de mercaderías y dificultades de relación entre los emigrantes y los receptores, en un ámbito regulado sobre todo por el capital. Por otro lado, aísla algún caso propio de Uruguay y lo analiza, incluso en su dimensión metafórica. Peluffo quiere destacar sobre todo algo que volverá a aparecer, mutatis mutandis, en otros capítulos: la posibilidad que el arte tendría, todavía, de “establecer vínculos intersubjetivos” -pese a posibles obsesiones localistas y a sumisiones al mercado global- en la medida en que es un medio que consiente “generar conciencia moral apta para la morada del hombre, aun cuando se trate de una morada en la migración y el desplazamiento”. Este principio es, en medio del colapso de la militancia cultural, un ítem valioso. Si bien las “postales” de este texto inaugural a veces aparecen un poco desconectadas entre sí, regalan análisis muy estimulantes, de los que extraigo la idea de que el uruguayo, por su construcción imaginaria del mundo como “conventillo” (o especie de acabado melting pot), tiene incorporado un modelo de planeta donde se concierta y se comprende lo diferente sin estigmatizarlo, aunque sí simplificándolo. De ahí su antigua propensión hacia el collage (posmoderno), que alinea tiempo y espacio en improbables combinaciones, y que se reflejaría, metafórica y brillantemente, en la nomenclatura de las calles del Cerro (que responde a precisas razones históricas), donde ciudades y países de todo el mundo se “cruzan” sin aparentes fricciones.

El segundo texto, “Región, nación, contexto: discurso de lugar en el arte contemporáneo”, así como los sucesivos “Autonomía, memoria y globalización: incertidumbres de un arte crítico” y “Arte, historia y representación. El caso de América Latina”, focalizan su atención en torno al continente y, básicamente, a las posibilidades -presentes y pasadas, teóricas y prácticas- de producción de un arte directamente social, cuya mejor definición Peluffo cincela cabalmente en otro artículo, dedicado al Colectivo Acciones de Arte chileno, cuando habla de acciones constituidas por “sustratos subjetivos que son el magma sensorio/intelectual -materia prima del arte-”, proyectados “hacia el campo de las conciencias, propiciando mini-rupturas (disenso) en su condición de campo socialmente sometido, y propiciando mini-suturas (memoria) en su condición de tejido socialmente desgarrado”. Lo que se vislumbraba como deseable en las primeras páginas -un tipo de producción estética que se desvincule de los “intentos de neutralización y corrupción del espíritu crítico que lleva a cabo el régimen hegemónico del sentido”- se va fortaleciendo con cada capítulo. Sintetizo vergonzosamente: Peluffo sostiene que, incluso en un sombrío panorama como el actual, sobre el que el autor vuelve una y otra vez, describiéndolo quizá de forma demasiado monolítica (mundo penetrado por el mercado, regido por lógicas empresariales, emborrachado por el proceso de una sofocante “mundialización de las comunicaciones”, donde rige una especie de autocensura del artista en aras de su arribismo, y sin horizonte a causa de la desaparición de la idea misma de emancipación), es posible un tipo de actuación simbólica que altere las formas de percepción y acción de su público hacia movidas éticas (y que incluso construya su público). En tiempos de desaliento general, ideológicamente pilotado, es una tesis extremadamente valiente: no sólo no ha dejado de existir la necesidad de un arte “efectivamente” militante, sino que Latinoamérica, por su ubicación especial, “mezcla de arcaísmos y modernidades, de historicidades colectivas y memorias personales”, marcada por los “destiempos que nuestra periferia política y cultural presenta respecto de las modernidades centrales”, sería, todavía, el perfecto terreno de cultivo para estas formas de expresión “no asimiladas”.

Quebrar, todavía

La esperanza recorre todo el libro, pero donde se plantea en forma más directa es en el texto dedicado a “Arte posible: ética y poética de los límites”, empleando muy finamente conceptos como los de “inmunología sistémica” y cinismo ético” (acuñado por Luis Camnitzer), e ideas de autores como Jacques Rancière y Hal Foster (aunque, pese a ser citado abiertamente muy pocas veces en el libro, el espíritu que más aletea sobre estas páginas parece ser el de Walter Benjamin). Vale decir, material suficientemente actualizado como para alejar el discurso de posibles y riesgosos deslices “sesentistas” (aunque, por supuesto, está presente cierta tensión teleológica, que alguien podría etiquetar como anacrónica).

La lucidez con la que a menudo Peluffo describe obras y tendencias críticas que avalan sus hipótesis, o relata las ociosas tentativas de apelar a formas trascendentes de valorización del objeto artístico (como en el texto que cierra el trabajo, “Malestar de la estética: vacilaciones del arte contemporáneo”), rima con el rigor con que retrata la acción artística como una táctica de quiebre del statu quo, que puede valerse de los medios de sus principales enemigos (el capital y el espectáculo, para resumir) y que se nutre de la memoria, pero no como celebración vacía (en varios momentos se habla del “archivo” como elemento clave del arte presente).

Buscando una fórmula fácil, el libro podría definirse -valga el oxímoron- como un panfleto académico hiperculto, en sentido positivo: tiene la urgencia del panfleto y la penetración del trabajo académico. Es también algo “inactual” (dicho esto con el eco nietzscheano recuperado por el mismo Peluffo en uno de los ensayos, en pos de su poder perturbador) y, por ende, de ineludible lectura, cualquiera sea la latitud, pero sobre todo en este Uruguay de escasa producción teórica sobre el arte. Si hoy el escenario está “polarizado entre el orden simbólico de la política -según las pautas democráticas neoliberales- y el orden simbólico del mercado según las pautas del capital financiero internacional”, como diagnostica Peluffo, y “el discurso artístico como discurso crítico se forja (y se frustra) hoy, golpeando contra las paredes de este doble orden simbólico”, Dislocaciones contribuye a abrir grietas.

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