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Nacional | Martes 28 • Junio • 2016

Javier Miranda, ayer, en el Club Progreso. Foto: Federico Gutiérrez

El orden y el progreso

Miranda vinculó aniversario de golpe en Uruguay con el impeachment a Dilma Rousseff.

Siendo el 43º aniversario del golpe de Estado, y siendo él hijo de Fernando Miranda, miembro del Partido Comunista que la dictadura se llevó en 1975 -y cuyos restos se descubrieron 30 años después en el Batallón 13-, era inevitable que el candidato a la presidencia del Frente Amplio (FA) Javier Miranda hablara del tema ayer, en la charla que dio en el Club Progreso, en el emblemático barrio La Teja. Miranda, que además es secretario de Derechos Humanos de Presidencia (aunque se tomó licencia para dedicarse a la campaña), cuenta con el apoyo del Frente Líber Seregni y el Partido Socialista, aunque reivindica de todas formas su lugar de frenteamplista independiente.

Miranda llegó casi una hora tarde, y usó ese detalle como puntapié para iniciar su discurso. Estaba dando clases en la Facultad de Derecho, contó, y habló de la importancia de mantener actividades paralelas a la vida política para mantener un “apego a la gente común” y “evitar convertirse en una oligarquía”. “Si no, estamos convirtiendo a los partidos en elites que conducen enseñándole a la gente por qué camino hay que seguir, en vez de estar recogiendo cuáles son sus necesidades y qué derechos hay que revisar. Eso se llama aristocracia, nobleza; por mucho menos que eso le cortamos la cabeza a Luis XVI. Eso sería la negación de nuestra esencia como izquierda”, dijo ante una cantina llena que no dejaba de sacar muzzarellas hacia mesas llenas de militantes. Lo acompañaron, en la mesa ubicada al fondo, Gerardo Rey (Asamblea Uruguay), Marcelo Schelotto (Alianza Progresista) y Gimena Urta (Nuevo Espacio).

Mientras esperaban a Miranda, Urta habló sobre la “apatía” que percibe entre hombres y mujeres respecto de la elección del presidente del FA. “Se dice ‘mi voto no cambia nada’, pero lo que se va a elegir va a cambiar nuestra fuerza política”, afirmó, y agregó que para combatir esos sentimientos hay que trabajar y redefinir los “eslóganes que están vacíos de contenido”, entre ellos el discurso sobre la renovación.

El discurso de Rey estuvo marcado por la autocrítica hacia el partido: “Tenemos que asumir que no estamos en el mejor momento. Hay distintos grados de insatisfacción y nos tenemos que hacer cargo. El problema es de qué lado lo hacemos. Hemos cometido errores desde la gestión, pero no podemos dejarnos acorralar”. Se refería a lo que identifica como un discurso de la oposición y algunos medios de comunicación sobre que el FA despilfarró recursos en tiempos de bonanza y ahora está pagando las consecuencias. “Lo asumimos como si fuera una verdad, pero el centro de la cuestión, que nos separa de la oposición -además de que sus candidatos [del FA] son bastante presentables, pero no deberíamos tener eso como entusiasmo- [...] es que para la derecha la gente nunca es el centro, compañeros. El discurso de ellos es que cuando hay bonanza, hay que aguantar para cuando no tenés plata, y cuando no tenés plata aplicar ajustes porque las cuentas no dan”. Rey remarcó logros de los últimos tres gobiernos, como el Fondo Nacional de Salud y los Consejos de Salarios, que, según entiende, los gobiernos de derecha nunca habrían impulsado y que el FA tiene que incorporar a su relato, en particular para atraer a los jóvenes que no vivieron las épocas anteriores a la instalación de esos dos cambios.

Miranda habló primero del lugar de la mujer en la estructura del FA como un debe importante: “Los espacios de participación de la mujer en una sociedad machista se ven reducidos no sólo porque la sociedad es machista, que sin duda lo es, sino porque las conducciones que hacemos para hacer política impiden su participación. ¿Por qué? Porque si la política hay que hacerla a las nueve y pico de la noche, la que se va a quedar en casa preparando la vianda para que el botija vaya de mañana a la escuela va a ser la patrona. Lo digo en términos machistas asquerosos a propósito, para desafiarnos y caricaturizarnos a nosotros mismos. Si vamos a esperar a que se haga la revolución para después entonces buscar la igualdad, estamos en el horno”.

Luego entró en el tema del día. “Un presidente constitucional disolvió las cámaras seguido de una barra de gente vestida de verde con botas, y no hay que olvidarse de eso. Aún hoy seguimos pagando las consecuencias de la dictadura”, declamó, con un tono de voz que se iba volviendo cada vez más acalorado. “Los estoy mirando a ustedes [jóvenes que estaban en el fondo de la cantina] para ver cómo hago para transmitírselos y que no lo vean como historia antigua”.

El candidato mencionó el golpe de Estado en Brasil que derrocó al presidente João Goulart en 1964. “No sé si les suena”, dijo, y trazó un paralelismo con el impeachment que desplazó a Dilma Rousseff del poder este año. Mencionó también a los civiles que participaron en el golpe, los centenares de uruguayos desaparecidos en tierras orientales pero también en otros países del continente bajo la influencia del Plan Cóndor y la tortura, pero también lo que entiende como el vaso medio lleno en épocas de tragos amargos: “¿Cuántos pegamos pancartas del No en el 80 con un susto de la gran siete? ¿Cuántos Líber Arce [el periódico de la Unión de la Juventud Comunista] repartimos? Hubo una cara de la resistencia a la dictadura, súper creativa, que fue la solidaridad, incluso con los que no eran de nuestro partido. Y hoy andamos a los guampazos entre nosotros, que somos del mismo partido. Si tendremos que aprender”.

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