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Cultura | Viernes 24 • Junio • 2016

Esto no es un libro

Juan Manuel Candal (Buenos Aires, 1976) se licenció como director y guionista de cine. Trabajó en la editorial Reina Negra y actualmente en Décima Editora, mientras desarrolla una interesante carrera como escritor. Publicó relatos y artículos en muchas antologías y revistas, y sus textos fueron traducidos al portugués y al esloveno. Algunas de sus obras son las novelas Mundo porno (2012) y Boutade (2013), el libro de ensayos Rosas para Stalin + El magnífico legado de Curtis LeMay (2013) y los de relatos Yo robé tu nombre (2009), Siempre tendremos Venezuela (2011) e Intimidad para el ojo iniciado (2013), a los que el año pasado siguió Prisma.

Según el texto de contratapa, es la respuesta a la pregunta “¿Cómo se construye y cómo sobrevive la identidad masculina en una realidad cotidiana sobrepasada por la mujer autosuficiente?”. Pero, a decir verdad, en los 16 cuentos del volumen hay mucho más que eso, y si bien las relaciones entre hombres y mujeres son importantes y complejas, como lo han sido siempre en la obra de Candal, lo mejor pasa por otro lado. La clave, que se va revelando conforme avanzamos en la lectura, ya está en el título. El libro tiene una unidad conceptual en el sentido de que los relatos intentan mostrar distintas facetas de la realidad. Algunos llevan títulos muy significativos: “Réquiem para un caleidoscopio”, “Astronauta en tierra firme”, “¿Sueñan los actores con féretros más cómodos?” o “Esto no es una película” (que, por supuesto, se refiere a una película).

El autor echa mano de diferentes recursos o elementos para lograr su propósito: historias que ocultan secretos entre sus pliegues, abordajes simbólicos, el cine y el teatro como representación, la intertextualidad, el cuerpo y sus fetiches como territorio donde se refleja una realidad desplazada, el simulacro, el lector como creador de “realidad”, etcétera. Una y otra vez, Candal nos mueve el piso. La extensión de los cuentos varía mucho, desde el microrrelato hasta las 11 páginas, pero lo importante en que en todos ellos anida la sospecha de que lo real se ha edificado sobre un terreno inestable. Incluso un texto como “Ausencia”, de apenas una línea, basta para experimentar ese hormigueo que provoca la falta de certezas: “Quise tomar su mano, pera ya no era ella”.

El origen de Prisma, según una entrevista con el autor publicada por el suplemento de cultura del diario argentino Los Andes se remonta a 2011. “Tenía un vecino, en una de las tantas casas en las que viví en los últimos años, que se la pasaba mirando porno a todo volumen. A la vez, mi situación íntima de pareja se había vuelto casi monástica, y ese contraste -escuchar los gemidos de los parlantes del tipo que vivía arriba-, mientras en casa practicábamos este celibato involuntario, prácticamente dictó uno de los cuentos del libro (‘Astronauta en tierra firme’)”, dice Candal. Cuenta también que durante los meses posteriores a la separación inevitable de aquella pareja tuvo mucho tiempo para pensar en “las abundantes aristas del comportamiento sexual” y en la posibilidad de ver el mundo a través de los ojos de los demás. En 2013, cuando advirtió que tenía varios cuentos con un eje similar, empezó a armar este libro.

Intercalados entre los relatos, encontramos diálogos entre unos amigos que hablan de sus infidelidades, de la falsa oposición entre “vida real” y “vida virtual”, de la “superación del enfrentamiento binario” de los sexos, y de una película que plantea un futuro en el que los hombres, sin ayuda de las mujeres, deben valerse por sí mismos. El conjunto de esas conversaciones puede tomarse como un relato aparte, pero considerado en el plan de la obra cobra otra significación. En el plano formal, responde a una típica estructura posmoderna que consiste en contar una historia en distintos planos; en el temático, es un modo de llevar varios de los temas planteados en los relatos a un terreno en el que prima lo cotidiano.

Los cuentos de Prisma tienen erotismo, humor, perversión y, sobre todo, climas inquietantes. Nunca decaen y son muy entretenidos, como lo atestigua el hecho de que varios ya fueron publicados en revistas de la vecina orilla. Sin embargo, aunque cada uno de ellos vale por sí mismo, conviene leerlos en su orden dentro del libro, ya que de otro modo se pierde mucho de la propuesta.

Se trata, en suma, de una obra redonda y sin fisuras, un admirable ejemplo de narrativa contemporánea con importantes elementos de posmodernismo. En materia estilística, el autor sale victorioso al desplegar una escritura precisa y sin afectación, en la que se advierte una voz segura que logra la inmediata complicidad del lector. Candal ya había demostrado esa fluidez y naturalidad en obras anteriores, pero la diferencia es que aquí se vuelve más sutil e incisivo, multiplica las lecturas y esconde con mayor destreza el puñal entre sus ropas.

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