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Cultura | Martes 14 • Junio • 2016

Recuerdos secretos (Remember), dirigida por Atom Egoyan. Canadá/ Alemania, 2015. Con Christopher Plummer, Martin Landau y Dean Norris. Life Cinemas Alfabeta, Movie Montevideo y Portones.

La memoria obstinada

"Recuerdos secretos" (Remember), dirigida por Atom Egoyan. Canadá/Alemania, 2015. Con Christopher Plummer, Martin Landau y Dean Norris.

Con esta película pasa algo incómodo. Por un lado, hay muchas cosas buenísimas: uno la acompaña con interés de inicio a fin, tiene escenas e imágenes memorables, cuenta con un gran actor, lidia de una manera particular con asuntos relevantes. Por otro lado, su resolución final, sin dejar de ser tremenda sorpresa, es bastante absurda, y su posible sentido alegórico está trabajado con un grado de timidez que casi lo anula. Esto perjudica mucho algo que es uno de los valores de cualquier película: su retrogusto. Creo que muchos espectadores pasarán un excelente rato en la sala de cine, pero será un poco como un niño cuyo corazón se llena de alegría porque le regalaron un vistoso juguete chino, que se le va a romper después de usarlo por primera vez. Es imposible discutir este asunto sin estropear para los lectores los muchos placeres de ver el film con la mayor virginidad posible, y por eso incluyo un comentario adicional, únicamente en el sitio web de la diaria, destinado a quienes ya la hayan visto, hayan decidido no verla o no se molesten si les cuento el final.

Al inicio, Recuerdos secretos parece ser un drama sobre la vejez centrado en Zev, nonagenario senil con graves problemas de memoria. Luego gana un tinte más intrigante cuando Zev sale en una misión cuya naturaleza no comprendemos de entrada. Poco a poco, la película se convierte en un thriller sui géneris, debido a la movilidad debilitada y frágil de su protagonista: quizá la mitad de los planos se parecen al afiche (un primer plano de Zev con expresión entre desconcertada, introspectiva y melancólica). Casi toda la narrativa está restringida a ese anciano, o sea que básicamente sabemos lo que él sabe, salvo por unas pocas escenas centradas en su amigo Max, y por el hecho importante de que Zev se olvida de algunas cosas pero nosotros no, y esa es la gran diferencia con la estructura más peculiar de Memento (Christopher Nolan, 2000), una película con la que esta tiene afinidades. El hecho de que el protagonista constantemente deba tratar de recordar qué se había propuesto hacer es uno de los pequeños suspensos. Dentro del ritmo más bien medido del film, sobresalen una secuencia sumamente intensa, tensa y violenta (la que involucra a John Kurlander), y un showdown también intenso que incluye, justo antes del final, la tremenda vuelta de tuerca que aquí no mencionaré.

La película trasciende la dimensión de thriller con un componente ético-político, que tiene que ver con el holocausto judío. Entre los victimarios de aquel genocidio sólo sobreviven quienes ya excedieron bastante el promedio de esperanza de vida y, como observó el director Atom Egoyan en una entrevista, falta poco para que ya no sea posible contar en tiempo presente una historia de cacería a un criminal nazi. En ese sentido, podemos preguntarnos sobre la pertinencia de seguir buscando a esos criminales, quizá nada más que para encontrar a unos vejestorios que perpetraron sus atrocidades hace 70 años, cuando tenían 20 de edad, y deseando paradójicamente que sigan con vida para tener la satisfacción de verlos castigados. Muchos observarán, además, que la persecución a los judíos por parte del nazismo ha sido por lejos el caso de discriminación étnica y genocidio más tratado por el cine, y que el acostumbramiento puede contribuir a debilitar el potencial efecto benéfico y generalizador de advertencias contra toda discriminación étnica, contra todo totalitarismo, contra todo fascismo, contra toda violación de la igualdad de derechos entre los seres humanos.

En cambio, es más común el efecto particular de “justificar” la opresión de los palestinos por el Estado de Israel, y es justamente contra esa posibilidad que la vuelta de tuerca final puede querer apuntar. Más allá de esto, acompañamos el sufrimiento inextinguible de quienes, aparte de haber penado en campos de concentración, perdieron a la mayoría de sus parientes, asesinados por la combinación de una ideología absurda, sadismo e interés económico. Y aunque, en cuanto a obtención de justicia y compensación, la situación de los judíos sea -comparativamente- un lujo si la contrastamos, por ejemplo, con la de las víctimas de la dictadura uruguaya, en lo referido a la indiferencia de las autoridades, del mundo y de buena parte de la población local, de todos modos quedaron impunes muchos criminales nazis y una multitud de sus cómplices, y quizá uno de ellos sea el que mató a tus padres, a tus abuelos, a tu mejor amigo, a tu hermana y tus sobrinitos: es un horror vivir con eso, aunque hayan pasado 70 años, aunque el asesino sea tan viejito como uno, aunque se haya logrado la victoria política de demonizar al nazismo y a Hitler, aunque haya habido Núremberg y varios otros juicios.

Finalmente, se trata también, en alguna medida, de una road movie. Por distintos motivos, Zev debe desplazarse y a cada momento se encuentra con situaciones o personajes interesantes (algunos de estos últimos interpretados por actores relativamente conocidos, como Bruno Ganz y Jürgen Prochnow). El viaje tiene una dimensión literal y otra simbólica, porque es para Zev una instancia de descubrimientos inquietantes.

Christopher Plummer aporta otra de sus grandes actuaciones: hay que ver cómo su personaje mantiene a duras penas su dignidad ante la inevitable decrepitud, y cuando fracasa en ese intento maneja la humillación en forma paradójicamente digna. Egoyan es un director sumamente seguro, y aparte de lograr un rendimiento excepcional del reparto, cuida de que el ritmo lento nunca sea moroso, y además salpica la película de apuntes audiovisuales expresivos: Zev perdido en el gran plano general de una gigantesca tienda de ropas, Zev palpando una cascada artificial que se antepone entre él y la cámara (nosotros), enturbiando la imagen, su escalofriante encuentro con un ovejero alemán nada amigable, que parece recordarle los campos de concentración, máxime porque al fondo suenan unas sirenas y las explosiones de algún tipo de demolición enorme, que llegamos a ver desde lejos sin alcanzar a entenderla (pero que evoca sonidos de guerra).

Así que la película es interesante, bella, emotiva, a su manera entretenida, sorpresiva y original, aparte de que plantea algunos asuntos que no viene mal considerar. Sin embargo, el guion tiene graves problemas de coherencia y verosimilitud (discutidos en el apéndice web de esta nota), que violan frontalmente algunas de las “Veinte reglas para escribir historias de detectives” de SS van Dine, y disemina pistas tramposas que no son coherentes con el desenlace.

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