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Nacional | Viernes 10 • Junio • 2016

Lejos pero de verdad

Testimonios en Roma siguen comprometiendo a Tróccoli y a otros represores con desapariciones en Uruguay.

En el día en que se cumplen 40 años del secuestro de Gerardo Gatti y 17 de que un grupo de mujeres -Cristina Mihura, Aurora Meloni, Luz Ibarburu, María Bellizzi, Marta Casal de Gatti y Claudia Allegrini- presentaron la denuncia que dio impulso al juicio sobre la Operación Cóndor, que se está realizando en Roma, Uruguay presentó cinco testigos.

“Permítanme decir que deseo profundamente que el capitán Tróccoli exprese ante ese tribunal la información relativa a los restos de los compañeros, que sin duda tiene, y que familiares, amigos y todos los uruguayos esperan desde hace 40 años para entender la historia real y construir la historia posible. Mis últimas palabras serán para nombrar simple pero emocionalmente a esos 26 desaparecidos de ese período”. Martín Ponce de León, primer testigo de la jornada, concluyó su declaración leyendo los nombres de las 26 víctimas de Tróccoli que son parte de este juicio. A lo largo de su declaración presentó dos láminas, que él mismo construyó, para exponer a la Corte la cronología, entre 1974 y 1980, de los varios cargos del imputado Tróccoli dentro de la Armada y para analizar más en detalle el período noviembre 1977-mayo 1978, los viajes de Tróccoli a Buenos Aires y la andanada de secuestros que se realizaron durante su estadía en Argentina. “El legajo de Tróccoli -dice Ponce de León- está lleno de evaluaciones positivas sobre su actuación y habla de sus contactos con OCOA [Organismo Coordinador de Operaciones Antisubversivas] y con la ESMA [Escuela Superior de Mecánica Armada] de Buenos Aires”. Según la reconstrucción de Ponce de León, Tróccoli, en abril de 1976, tres meses después de haber sido designado S2 (oficial de inteligencia), fue nombrado oficial de enlace con la OCOA. Permaneció allí tres meses pero conservó ese vínculo durante toda su carrera, como testimonia su legajo. El 15 de octubre del mismo año viajó a Argentina para visitar unidades de infantería de marina y recopilar datos y información; su comandante expresó que al regreso presentó un informe con ideas constructivas y de posibles acciones. “Probablemente aquí surge la idea de la Computadora [“la Computadora” era una oficina instalada en las dependencias de los Fusileros Navales, Fusna, a la que los prisioneros eran llevados y presionados para que colaboraran en trabajos de inteligencia, como elaboración de fichas de detenidos y organigramas de organizaciones] copiando la Pecera de la ESMA”, siguió Ponce de León. En junio de 1977, Tróccoli realizó un nuevo viaje a Argentina, dándole continuidad e impulso a la relación; “podemos ver que ya en 1978 pasará a operar instalado en Argentina y allí quedará por dos años”. El relato siguió con la narración del vuelo del 20 de diciembre 1977 en el que viajaron a Buenos Aires Tróccoli con José Uriarte y Ricardo Dupont (el abogado Galiani avisó a la Corte que sobre ese vuelo hay documentación depositada en las actas de juicio que se refieren a la Oficina de Migración uruguaya). “El día siguiente a la llegada de Tróccoli, y por dos días, hasta que él regresa a Uruguay, se desata la ola de secuestros que incluye compañeros de los GAU [Grupos de Acción Unificadora] y de otros sectores políticos vinculados en Buenos Aires a los GAU en la Unión Artiguista de Liberación. Hoy sabemos que los secuestrados fueron llevados al Centro de Operaciones Tácticas I Martínez y torturados durante los primeros diez días. Al pasar los días se encomienda a las mujeres detenidas preparar la comida para los presos. Ese hecho, que parece menor, permitió conocer la orden de preparación de sándwiches y milanesas para cinco detenidos que iban a ser trasladados por lancha, entre ellos Castro Gallo y Julio D’Elía. Sobre el caso de D’Elía no tenemos pruebas, pero podemos fundamentarlo apoyándonos en algunos hechos: primero, D’Elía era un alto dirigente de los GAU en Argentina, y en todas las declaraciones nadie lo vio en centros de detención clandestina; segundo, a los pocos días de su secuestro, un oficial de la Marina, amigo de los padres de D’Elía, les dijo que su hijo había sido trasladado a Uruguay, y después de 48 horas reapareció en el domicilio de la pareja rogándoles que no repitieran ese hecho y que se olvidaran de lo que les había dicho; tercero, un funcionario de la embajada estadounidense en Montevideo, Gordon, dijo a los padres de D’Elía que Julio había sido muerto en Uruguay y que eso lo supo de un integrante del aparato represivo de la Armada”. La declaración de Ponce de León siguió con el relato de los días alrededor del 16 de mayo de 1978 y del viaje del comandante Juansolo y del entonces S2 Larcebeau a Buenos Aires, que coincide con el gran traslado de uruguayos del Pozo de Banfield a destino desconocido. El abogado defensor de Tróccoli, Guzzo, preguntó a Ponce de León si había tenido relaciones personales con su imputado y si, en caso positivo, Tróccoli se había mostrado disponible a contactarse; Ponce de León dijo que tuvo algunas ocasiones de encontrarlo y que siempre estuvo disponible pero, subrayó, era muy claro que él era un oficial de inteligencia.

El caso Chávez Domínguez

El abogado Zaccagnini, que defiende a los imputados Mato Narbondo, Maurente Mata y Chávez Domínguez, le preguntó a Ponce de León sobre sus asistidos. Surgió una larga discusión sobre las responsabilidades de Chávez Domínguez en el Fusna, en el período correspondiente a los hechos del juicio. Ponce de León recordó que Chávez Domínguez estuvo en el Fusna por un período no muy largo y que siempre estuvo asignado a tareas de logística, hasta que pasó a trabajar en el SOMA [Servicio de Oceanografía, Hidrografía y Meteorología de la Armada]. La fiscal Tiziana Cugini quiso detallar cuáles son las tareas que cumple un oficial de logística, y Ponce de León confirmó que son actividades técnicas de soporte de operaciones militares, como el suministro de alimentos a todos los presentes en la estructura y de medios de transporte para las tareas de servicio.

Otros testigos

El argentino Jaime Dri, sobreviviente de la ESMA, contó su larga historia y sus innumerables traslados entre Uruguay, Argentina y Paraguay. Rubí Baltasar Véliz Galeano era marinero en la Prefectura del puerto de Nueva Palmira. Hacía patrullaje en el río, y en febrero de 1978, durante una recorrida con el capitán Martínez Siboldi, vio entre los árboles una lancha de la que estaba desembarcando gente. “Habían bajado tres personas; un hombre todavía estaba en la proa y una mujer lloraba. En ese ínterin aparecieron unos oficiales en medio de los árboles, que ordenaron a Siboldi retirarse porque estaban haciendo un procedimiento. Siboldi dijo que se encontraban en su jurisdicción, y ellos le contestaron que iban a hacer su informe y enviarlo al Esmaco [Estado Mayor Conjunto]. El oficial que habló con Siboldi estaba vestido con el uniforme de faena de la Marina y yo supuse que tenía un grado más alto que Siboldi, porque le dio una orden. Eso pasó en el puente que divide Nueva Palmira y Carmelo”. Véliz Galeano relató también que escuchó hablar de Tróccoli como la persona que estaba comandando un grupo que estaba haciendo ejercicios de supervivencia con el que él se cruzó durante un operativo de relevo de personal de la Armada en el invierno de 1975-1976. Véliz Galeano, delante de la Corte, negó tener datos acerca de restos de desaparecidos, algo que, según contó el abogado Galiani a la diaria, había afirmado en otras ocasiones.

Oscar Chiminelli fue detenido en noviembre de 1977 y llevado al Fusna. Después de días de tortura pasó a colaborar con los represores y fue llevado a la Computadora, donde conoció a otros prisioneros que trabajaban allí, como Gallo y Patrone. En el Fusna tuvo la ocasión de reconocer a algunos represores, como Juansolo, un tal Ricardo que después se enteró que era Zapata, un colaborador de Lacerbeau, Gustavo El Chiqui, además de personal de inteligencia del Ejército. A principio de 1978, según relató, llegó un listado con los nombres de más de diez personas, aunque él recuerda sólo los de Bosco, Dossetti, D’Elía y García, que tenían que ser agregados en la lista de los desaparecidos.

Wilson Falero fue detenido por primera vez en 1972, cuando todavía era menor de edad, y después en abril de 1978. “En 1978 yo había vuelto a Uruguay desde Argentina. Vivía en La Paz y me detuvieron para investigarme por un hurto que se había producido, pero que no tenía nada que ver conmigo. En la comisaría empezaron a deletrear mi nombre y desde la mesa de radio de comunicaciones dijeron que estaba requerido en Argentina y por lo tanto requerido por OCOA. A partir de ese momento cambió todo. Me sacaron la campera y la usaron como capucha; empezaron a golpearme y torturarme allí. Luego me trasladaron a Canelones, a un lugar de detención clandestina, y allí me torturaron, me golpearon, me dieron picana y me sometieron a interrogatorios. Me preguntaban qué relación tenía con Ary Severo Barreto, a quien yo conocía desde hacía tiempo por haber militado juntos”. Falero dijo que le llamó la atención que en los interrogatorios los represores describían la casa donde vivía Ary. “Me interrogaban dos personas: el vicecomisario El Turco y un hombre muy joven, muy siniestro, El Charleta, que luego reconocí como Jorge Guldenzoph. Un día estaba en el baño y los dos entraron sin darse cuenta de que yo estaba allí, y los escuché decir que Ary Severo era un hombre duro, que no le sacaban nada a pesar de la tortura”. Falero habló también de un tercer personaje, un uruguayo al que llamaban El Pibe o El Gurí, que viajaba a menudo a Buenos Aires; esa fue la misma persona que hizo pasar a Falero por simulacros de fusilamiento y que un día le dijo que había “hecho boleta al Negro Tatú [Ary Severo]”. Falero relató también que años después, en el centro de Montevideo, mientras trabajaba vendiendo diarios, vio a El Gurí paseando con su esposa y sus hijos, y que siempre le dio mucho terror encontrarse con esa persona, de la cual desconoce el nombre.


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