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Cultura | Lunes 13 • Junio • 2016

Errores infalibles para (y por) el arte, de Neil Gaiman, traducción de Bernardo Domínguez Reyes. Malpaso, Barcelona, 2015. 96 páginas.

No te servirás de la lengua de tu vecino

“Errores infalibles para (y por) el arte”, de Neil Gaiman, traducción de Bernardo Domínguez Reyes. Malpaso, Barcelona, 2015. 96 páginas. / “Notas sobre el oficio de escribir”, de Jules Renard, traducción de Abel Vidal. Colección Centellas, 2015. 84 páginas.

Muchos escritores opinan que nadie puede enseñar a otra persona cómo escribir bien. Sin embargo, algunos, aun reconociendo esto, se han dedicado a coordinar talleres literarios, y todos coinciden en que para perfeccionarse en el oficio es fundamental leer a otros autores. A fin de cuentas, por más que uno no esté dispuesto a someterse a los dictámenes de nadie, siempre es útil conocer otras voces, aunque más no sea para formar mejor la propia.

Más allá de los talleres, en materia de libros los potenciales escritores tienen varias opciones para orientarse en el aprendizaje. Por un lado están los textos de ficción, que estimulan la imaginación y proporcionan diferentes modelos. Por otro, las obras teóricas. Dejando a un lado aquellas que pueden resultar más académicas (como Teoría literaria, de René Wellek y Austin Warren -1949-, o Teoría de la literatura, textos de los formalistas rusos, de Tzvetan Tódorov -1970-, o Introducción al análisis estructural de los relatos -1966-, de Roland Barthes, entre muchos otros clásicos del género), existe una gran cantidad de libros que proporcionan herramientas a los escritores. Si yo tuviese que seleccionar una lista (y cada uno tendrá la suya), incluiría los siguientes: Cómo se comenta un texto literario, de Fernando Lázaro Carreter y Evaristo Correa Calderón (1974); La cocina de la escritura, de Daniel Cassany (1993); el Diccionario Akal de términos literarios (varios autores, 1990); y el Diccionario de símbolos, de Juan-Eduardo Cirlot (1969). El primero de ellos nos muestra que una obra se articula en torno a un tema, y el modo en que cada rasgo responde a ese tema. El segundo nos enseña a escribir en un lenguaje fluido y depurado de ripios. El tercero nos permite conocer las figuras retóricas, algo que es fundamental para la comprensión del estilo. El cuarto, al acercarnos a los símbolos, debería servirnos para hacer un análisis profundo de las obras y, eventualmente, descubrir distintos niveles de su lectura.

Escritores para escritores

Muchos autores famosos han dejado textos teóricos sobre la creación literaria. Stephen King, por ejemplo, es el autor de Mientras escribo (2000), un libro que ha alcanzado rápida popularidad. Es doblemente meritorio porque está escrito por un escritor que, como ningún otro, ha sabido combinar el entretenimiento con la excelencia narrativa. Más atrás en el tiempo, podemos acudir a textos como Algunos aspectos del cuento (1970), de Julio Cortázar; Filosofía de la composición (1846), de Edgar Allan Poe; o Construir una novela (1925), de Edith Wharton.

Está claro que uno no siempre va a estar de acuerdo con todo lo expresado por quien recomienda cómo escribir. Incluso el archiconocido “Decálogo del perfecto cuentista” (1927), de Horacio Quiroga, puede ser motivo de discrepancia, ya que en ese texto se aboga por una prosa despojada, y son muchos los autores que hallaron en los recursos poéticos la posibilidad de expresar, en sus cuentos, cosas que de otra forma eran muy difíciles de escribir.

Así, Ray Bradbury, llamado con justicia “el poeta de la ciencia ficción”, recomendaba a los jóvenes escritores que leyeran poesía. Él mismo había escrito cinco poemarios que en 2013 fueron publicados en edición bilingüe (inglés/español) por la editorial Cátedra, bajo el título Poesía completa. Otro prosista para quien la poesía era muy importante fue Gabriel García Márquez. El 10 de diciembre de 1982, en la ceremonia de entrega del premio Nobel de Literatura, el escritor colombiano pronunció un discurso titulado “Brindis por la poesía”. En él se interrogaba acerca de las causas que podían haberle valido la obtención de tan prestigiosa distinción, y comentaba: “Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se le rinde a la poesía”.

García Márquez finalizó ese ya famoso discurso admitiendo que en cada línea que escribía intentaba “invocar los espíritus esquivos de la poesía”. Si esas palabras las hubiese dicho un poeta, no nos llamarían la atención, pero el hecho de que provinieran de un narrador debería hacernos reflexionar. Para cualquier escritor, leer poesía es apropiado y útil por varias razones. En primer lugar, porque lo ayuda a ampliar su vocabulario. En segundo, porque lo acerca de un modo más directo a los tropos y otras figuras retóricas. Y en tercero, porque la comprensión del lenguaje poético, bien empleada, extiende el horizonte de la representación. Permite sugerir antes que mostrar, ser ambiguo, o ir más allá del significado habitual de las palabras. En El arco y la lira (1956), Octavio Paz afirmaba: “El decir poético dice lo indecible”.

Para regalo

Recientemente han llegado a mis manos dos hermosos libros, Errores infalibles para (y por) el arte, del británico Neil Gaiman, y Notas sobre el oficio de escribir, del francés Jules Renard. No son voluminosos ni imprescindibles; no le van a permitir a nadie elaborar un taller de escritura en torno a ellos, ni mucho menos. Pero son dos obras que pueden servir para tener un lindo detalle con un amigo escritor.

El 17 de mayo de 2012, en la ceremonia de promoción de la Universidad del Arte de Filadelfia, Gaiman (1960), célebre autor de novelas y de guiones de cómics y de cine (Coraline, Sandman, American Gods, etcétera), pronunció un discurso titulado “Haced buen arte”. En él propuso a sus colegas que intentaran rebasar los límites de lo posible, tener un objetivo, ser persistentes y auténticos, aprender a lidiar con el éxito y el fracaso, permitirse cometer errores, intentar hacer buen arte pese a todo, buscar la propia voz, sacarse presión, disfrutar del camino y creer en sí mismos. Todo esto sazonado con anécdotas personales. Este libro, publicado por Malpaso en un bella edición de tapa dura, con un esmerado trabajo de diseño, contiene ese discurso motivacional.

Renard (1864-1910) fue narrador, poeta, dramaturgo y crítico literario. Su obra más conocida es la novela Pelo de zanahoria (1894). “Notas sobre el oficio de escribir”, publicado en la adictiva colección Centellas, de editorial Olañeta, es un extracto de su diario personal. El libro se compone de pequeños fragmentos relativos a la creación literaria, en los que se nos revela una personalidad que entendía la literatura como una actividad vital. “Mi literatura es como un conjunto de cartas a mí mismo que os permitiera leer”, afirma, y por esa razón “es doloroso escribir un libro: es parirlo”. El autor francés recomienda vivir para escribir y no escribir para vivir. Con el fin de clarificar su punto de vista, Renard distingue entre “escritores” y “narradores”. Los primeros, sostiene, narran lo que quieren, mientras que los segundos no pueden escribir más que sobre sí mismos. En otras palabras, afirma que para el verdadero escritor la obra no es una novela o un relato, sino él mismo. En ese sentido, Renard se declaraba incapaz de traicionarse: “Si yo hubiera hecho una cosa distinta de lo que podía hacer, ¡verías lo mala que sería!”.

Respecto del estilo, señala: “Me detengo siempre al borde de lo que no será verdadero”. Se opone a la proliferación de epítetos, alegando que “cielo” dice más que “cielo azul”, pero eso no significa que busque reducir la expresión al mínimo. Por el contrario, recomienda no escribir de forma demasiado concisa, sino ayudar al lector con pequeñas frases banales. Además, también está el ritmo, apunta: “Se cree que el prosista se libra de la música: no es así, y vais a ver que sin ella ya no sería nada”. En definitiva, lo más importante para él es encontrar al escritor que está dentro de uno mismo, ese que “debe crear su lengua y no servirse de la del vecino”.

Las frases de Renard son memorables, a tal punto que uno podría hacer cuadritos con ellas y colgarlas en la pared. Sin embargo, en ningún momento su texto nos parece la obra de un autor pedante, sino la de un artista que ha logrado conjugar el genio con la humildad.

Según entienden los críticos, las características distintivas de la obra de Renard son la sencillez y la sinceridad. Es esta última virtud la que lo lleva a admitir con candidez: “Tengo una idea igual que miro un pájaro: siempre tengo miedo de que huya volando, y no me atrevo a tocarlo”. ¿Cómo no amar un libro así?

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