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Cultura | Viernes 01 • Julio • 2016

Star Wars: La creación de la trilogía original, de Francisco Javier Martínez. Editorial Asociación Cultural del Cómic, 2015. 216 páginas.

En una galaxia muy cercana

Con la excusa de un libro para fans de Star Wars.

Cualquier persona que en diciembre del año pasado haya vivido en un área urbanizada y no en un termo tiene que haber percibido alguna señal de que la saga La guerra de las galaxias regresó. Un afiche en una parada de ómnibus, una sinopsis en el informativo, una cola en el cine de adolescentes tardíos con túnicas marrones y sables láser, o pibas con raros peinados de princesa Leia. Algo.

En tiempos en que el mundo audiovisual mainstream estadounidense se la pasa revolviendo en su propia historia reciente para ver qué franquicia se puede continuar, adaptar o relanzar, la movida no pareció especialmente novedosa, pero en este caso estábamos ante el comienzo de una tercera tanda: a la primera trilogía (Una nueva esperanza, de 1977; El imperio contraataca, de 1980; El regreso del jedi, de 1983), creada y dirigida por George Lucas, le siguieron otras tres (La amenaza fantasma, de 1999; El ataque de los clones, de 2002; La venganza de los sith, de 2005) que no estuvieron a la altura, inalcanzable, de lo que esperaba la mayoría de los fanáticos de la serie original de películas, tan fácil de citar sin haberla consumido directamente como los buenos clásicos.

La historia básica, entonces, está a la vista incluso de los que no están mirando. Está Luke Skywalker, un granjero bonachón que cosecha hongos en recolectores de humedad de un planeta desértico, que fue separado de sus padres al nacer y que tiene afinidad con la Fuerza, una energía que se presenta como mística -algo que rompe, o mejor, complementa el tono de ciencia ficción espacial-. Como Moisés, pero con sable láser en vez de bastón. Está la princesa Leia, combativa y rebelde, politizada, guerrillera contra un imperio represor y 100% masculino, un ícono que tenía todo para que las corrientes feministas la adoptaran como hicieron con la Mujer Maravilla en la mitad del siglo pasado. Estaba Han Solo, el contrabandista renegado y nihilista que surca el espacio buscando changas junto con su peludo amigo Chewbacca. Estaba Darth Vader, padre de Luke y Leia, una joya oscura en el abanico de los villanos de las películas, que brillaba por su encanto malévolo y trastornado, con redención incluida al final de la primera trilogía.

También amor, besos incestuosos, conflictos políticos bastante lineales, estaciones espaciales capaces de destruir planetas, una orden de caballeros honrosa y desaparecida, un coqueteo con el género western y muchas, muchas inspiraciones que caminan en el borde entre el homenaje y el robo. Un cóctel exitoso destinado a ganar premios, recaudar fortunas y ganar la fidelidad de un montón de frikis fáciles de frustrar.

Entonces vino, 15 años después, la continuación. Era en realidad una precuela centrada en la historia del ascenso y caída de Anakin Skywalker, desde una infancia de esclavitud hasta su transformación en Darth Vader, con un romance, varios traumas y muchas quemaduras de tercer grado entre los extremos de su transformación, mientras se corrompía también la democracia galáctica que luego se convertiría en imperio (y hay que mencionar el detalle: La guerra de las galaxias es una traducción-traición, ya que todo sucede en una sola galaxia).

Ríos de tinta y de bits se han consumido en analizar por qué el éxito de aquella segunda trilogía resultó tan tibio. Tal vez fueron las actuaciones terribles, como la del pequeño Jake Lloyd, que interpretó a Anakin niño, o la interpretación más bien mineral de Hayden Christensen, que encarnó al mismo personaje en su adolescencia y primera juventud. Tal vez tuvo algo que ver el guion meloso del Episodio II. Tal vez fueron los personajes molestos, como el detestable Jar-Jar Binks. Tal vez el cambio de registro, cuando en La amenaza fantasma se intenta explicar la Fuerza con argumentos más científicos que esotéricos (lo que en las primeras tres películas se entendía como una fuerza espiritual pasaba a ser obra de unas criaturas microscópicas dentro de todos los seres vivos y objetos).

Otra hipótesis, más difícil de fundamentar en términos concretos, apunta a la falta de épica y de poder sugerente en sus personajes lineales, que atravesaban arcos narrativos inspirados en la mitología.

De todas formas, la Fuerza tira para su lado, y el buen fan (observación: los seguidores de Star Trek tienen su gentilicio, trekkies, pero los de La guerra de las galaxias no) tenía que ir a ver las tres nuevas películas porque, aun en su imperfección, eran parte de una continuidad querida, ovejas negras de la familia. George Lucas supo sondear esas pasiones y generó, para quienes tenían ganas de entrar, todo un aparato de fidelidad en forma de merchandising que incluía muñequitos, historietas, novelas, pósters y un montón de porquerías más que le hicieron recaudar aun más plata que las películas. Con conocimiento de causa, uno de esos fans, el español Javier Martínez García, decidió a su vez publicar este libro no oficial el año pasado, muy cerca del estreno de El despertar de la Fuerza, la primera película de una tercera trilogía -esta vez de secuelas-, que generó un poco más de simpatía que sus antecesoras directas. Una nueva esperanza, digamos.

Cierto que hablábamos de un libro

La edición de Star Wars: La creación de la trilogía original, que llegó a algunas librerías locales el mes pasado, es impactante: tapa dura, papel satinado pero no demasiado, cuatro tintas, imágenes de buena calidad. Habla de uno de los elementos que no pueden faltar en un producto de culto: los obreros detrás de la obra, las anécdotas, el behind the scenes. Sin acercarse a lo biográfico, la historia empieza con el nacimiento de Lucas en 1944 en California, y presenta sus proyectos más tempranos, desde el cortometraje estudiantil THX-1138: 4EB, que ya delineaba el gusto por la ciencia ficción (y que en 1971 reencarnaría en forma de película), su amistad creativa con Francis Ford Coppola, su segundo largometraje -American Graffiti, de 1973- y la odisea de interesar a 20th Century Fox en una idea invendible sobre granjeros del espacio.

Aunque la prosa de Martínez García no sea particularmente refinada, los capítulos iniciales, dedicados al proceso errático que llevó a Lucas a crear su obra más exitosa, son vertiginosos. Para algunos fanáticos, muchas anécdotas pueden sonar a material repetido, pero ¿qué es un fanático sino un adepto a la repetición?

Están, por ejemplo, las horas de deshidratación bajo el sol de Túnez que los actores con disfraces se tenían que bancar durante el rodaje de escenas en el planeta desértico Tatooine. Está la batalla que Lucas libró contra los sindicatos para omitir, con pretextos estéticos, los nombres de los trabajadores -él incluido- en los créditos iniciales de las películas. Están las peripecias del sonidista Ben Burtt, que creó el rugido de Chewbacca en base a grabaciones de animales, y los ruiditos digitales del robot R2-D2 a partir de expresiones de bebés.

Aparece también el resumen del primer guion que esbozó Lucas, una versión mucho más tosca, que con sucesivas reescrituras se fue puliendo y liberando de influencias de la ciencia ficción pulp -la de los folletines- y de series como Buck Rogers y Flash Gordon, centradas en héroes más bien bélicos y conquistadores, algo que el director se ocupó de evitar con su protagonista ingenuo y en eterna curva de aprendizaje. Ver los bocetos del ilustrador Ralph McQuarrie, figura clave en la génesis de la imaginería de la serie original, puede causar una sensación de leve ridículo, como cuando se comparan ciertos dibujos de Leonardo da Vinci con el plano de un avión actual, pero son postales de un proceso que insumió mucho trabajo, dolores de cabeza y hasta hospitalizaciones por picos de estrés.

Es en ese trabajo donde se nota la capacidad de Lucas para absorber influencias de varias culturas, desde los aires samurái en el diseño del casco de Darth Vader hasta las formaciones de vuelo de cazas de la Segunda Guerra Mundial. También se hacen explícitos algunos linksque están en el límite entre la intertextualidad y el choreo, como la similitud del androide C-3PO con el de Metrópolis, de Fritz Lang (1927), y con el Hombre de Hojalata de El Mago de Oz (1939). Lo que sí es crédito indiscutible del creador y su equipo es una capacidad de innovación enorme, que hizo historia en el rubro de las miniaturas de naves espaciales. Hay incluso fotos que muestran, por ejemplo, al enano Kenny Baker, que tenía que conducir desde adentro y con incomodidad a R2-D2.

Y aquí llegamos al gran problema de este libro. Preciosas las fotos, pero ninguna con créditos de autor, de fecha, de lugar. Un temita similar aparece en el manejo de la información: además de pasajes que dicen que “escritores muy conocidos” se vieron influenciados por la saga (sin que se detalle cuáles), no hay prácticamente ninguna fuente citada en todo el libro. No hay apéndices, bibliografía o notas al pie, ni siquiera cuando se citan frases textuales. Es evidente que el autor no entrevistó a los involucrados (algunos por inaccesibles y otros porque están muertos), y ver párrafos enteros entrecomillados sin referencia sobre cuándo y a quién se le dijo eso termina generando perturbaciones en la lectura, al menos para el ojo acostumbrado a que los libros como este pongan en práctica un rigor a la altura de su belleza visual. Un texto legal en las primeras páginas aclara, con habilidad, que se trata de un proyecto sin fines de lucro, que la tirada fue reducida y que las imágenes cumplen solamente la función de apoyar un texto.

¿Es por eso Star Wars: La creación de la trilogía original un libro horrible? No, pero es intelectualmente descuidado. ¿Es recomendable? Depende del grado de fanatismo; se pueden comprar por internet otros más respetuosos de los derechos de autor, o algunas ediciones oficiales que acumulen más dólares en las arcas de Lucas, pero este está en español, disponible en librerías uruguayas, y tiene muchísimo material visual para degustar. El dilema queda librado a cada bolsillo, a cada corazón.

Y si uno quiere llevarse de esta lectura un paralelismo, lo hay: la historia de aquel joven con ganas de ser cineasta, que terminó siendo padre de un imperio de siete películas -y contando-, con su propia caída (los episodios I, II y III en su conjunto) y su posible redención con la nueva entrega del año pasado, es también la de Anakin, de cómo dominarlo todo y perderlo para empezar una historia nueva, que es al mismo tiempo conocida.

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