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Cultura | Lunes 25 • Julio • 2016

Juan Casanova. Foto: Virginia Martínez Díaz

Hoy como ayer

Con Juan Casanova, cantante de Traidores.

“2016-1987” es el nombre de los shows que Traidores, una de las bandas más emblemáticas del rock posdictadura vernáculo, realiza con la formación original de 1987 -que no se juntaba desde esa época-: Juan Casanova (voz), Víctor Nattero (guitarra), Pablo Dana (bajo) y Marcelo Oliveira (batería). Luego de las tres fechas de abril en Bluzz Live, el grupo se presentará el 29 y 30 de julio en La Trastienda. Una buena excusa para conversar con Juan Casanova.

Traidores siempre vuelve. Es la banda del eterno retorno.

-Discrepo con el concepto. Porque, en realidad, no es que siempre estemos volviendo: esta es la dinámica y la historia de la banda. No hay una vuelta. Por ejemplo, los shows que dimos por los 25 años de Montevideo agoniza [en La Trastienda, en 2011] tenían una razón de ser: [el sello] Bizarro había reeditado el disco y se le había ocurrido grabar un DVD. La banda toca siempre que tiene ganas y se puede juntar. Nos separamos una vez y nos volvimos a juntar una vez. Ahora se nos ocurrió tocar porque dio la casualidad de que, después de muchos años, nos reencontramos con Pablo Dana, que es fundador de Traidores, y surgieron las ganas. Juntamos la banda de 1987, y es una mirada de 2016 a aquellas canciones. Pasaron muchos años, y el acercamiento de nosotros a las canciones es mucho más efectivo; nos gustó, por eso decidimos compartirlo.

¿No se propusieron componer nuevas canciones?

-Muchas veces. Pero pasaron varias cosas. Por ejemplo, Nattero estuvo muchos años en Argentina; de hecho, mientras él estaba allá, los primeros años, pudimos juntarnos unos 15 días y hacer Primavera digital [2002], que es nuestro último disco de estudio con temas originales. Después nos fue realmente imposible juntarnos, porque la vida te lleva para lugares muy diferentes. Y si bien siempre hemos tenido ganas de componer, no hemos podido. Esta vez capaz que estamos un poco más preparados. Estamos yendo de pasito a pasito. Se nos ocurrió hacer los shows en La Trastienda, que es un paso que estuve más reticente a dar. Me gustaba la idea de tocar en lugares pequeños, como en Bluzz [Live], pero lamentablemente se quedaron sin fechas, porque fue muy improvisado. Me habría gustado hacer más shows en un lugar pequeño, pero como mucha gente se quedó afuera, no había sala que pudiéramos tener a la brevedad; entonces, tuvimos que dar ese paso. Para mí es un poco más incómodo.

¿Por qué?

-Porque me gustaba la idea de que esta visión desde 2016 a 1987 fuera en un escenario más acorde con la de aquellos tiempos: el directo cara a cara, en lugares pequeños. Esto me incomodó un poco, pero no nos queda otra, porque la demanda fue muchísima. Había más gente que quería ver el show de la que pensábamos.

¿Por qué creés que, a más de tres décadas de formada la banda, sigue habiendo demanda de verlos?

-Es una buena pregunta que, la verdad, no sé cómo responder. Es algo que sucede y que nunca deja de sorprenderme. No sé por qué pasa. Algo debe haber, pero no me interesa mucho ahondar en el motivo. Simplemente hay personas a las que les gustan esas canciones. Ese es el espíritu que queremos rescatar: hacer honor a la comunión con esa gente, que nos sigue desde hace muchos años, y también a la gente joven. Nosotros queremos hacer hincapié en las canciones; de hecho, tratamos de arreglarlas y tocarlas desde la experiencia que se tiene en 2016. También me consta que hay gente nueva que encuentra que esas canciones, de algún modo, tienen un correlato con lo que se vive ahora.

Se están cumpliendo 30 años del disco Montevideo agoniza. ¿Cómo lo ves desde 2016?

-Rescato algunas de las canciones. Creo que es un buen disco; tuvo un montón de dificultades para salir, que ya son historia; no me importan. Pero me gusta el espíritu que tenía, porque éramos unos adolescentes. A mí lo que me interesa es que decidimos hacer algo que fuera crítico con la situación en la que vivíamos; no nos fue fácil y, a la larga, creo que pagamos un precio. Pero fue lo que salió, y no me arrepiento. Fue lo que sentimos que había que hacer en ese momento.

Ustedes vivieron parte de la infancia y toda su adolescencia en dictadura; no les quedaba otra que decir algunas cosas con la guitarra.

-Nos quedaba otra, sí: hacer covers y ser unos pelotudos, como pasó con mucha gente. Pero, por suerte, hubo muchos otros que tomaron la música como un vehículo para transmitir ideas más importantes.

Hace un año entrevisté a Víctor Nattero y me dijo que, por la situación actual de Uruguay, en cualquier momento debería volver el tema “Buenos días, presidente”.

-A mí no me gusta este presidente. Lo voté porque tuve que hacerlo, por cuestiones políticas, pero no me gusta para nada. Por ejemplo, durante el gobierno de [José] Mujica, en aquellos shows de los 25 años de Montevideo agoniza, no lo tocamos, porque Mujica me iba un poco más. Tampoco es que me gustara muchísimo más; pero bueno, yo soy del MPP [Movimiento de Participación Popular] y punto; más bien: “Por la tierra y con Sendic” [padre; lema de lucha de la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas]. De todos modos, me iba mejor que este gobierno, que no me gusta para nada. Entonces, me parece que “Buenos días, presidente” está bien, pero con algunas pequeñas adaptaciones que le hacemos a la letra: “Seguirá combatiendo el vicio”... Toda esa payasada antitabaco...

¿Fumás?

-Sin parar. Y no me preocupa morirme de cáncer, señor presidente. Me preocupa muchísimo más la pérdida de mis libertades y del poder de decisión. Me parece nefasto que no tengamos la oportunidad de ir a boliches donde podamos fumar, con un sistema de ventilación o lo que fuere. Eso habría prevenido todo el lío que desgraciadamente hay ahora con los boliches en esta zona, en Cordón, donde la gente, por culpa de la ley antitabaco, está en la calle en pleno invierno, chupando frío, con otros problemas respiratorios. Todo por no ser flexible. Cuando vos no sos flexible y no das la libertad de elección a las personas, estás siendo, cuando menos, muy egocéntrico y limitando las libertades de la gente. Qué ganas que tenía de decir esto.

¿Cómo ves hoy “Viviendo en Uruguay”?

-Esa se puede discutir un poco, porque era un Uruguay muy distinto en la forma. Y hoy la visión es diferente. Pero, por ejemplo, “Juegos de poder”, que es un concepto más amplio, sigue teniendo un correlato.

¿Y “No estoy loco”?

-En aquel momento era “no estoy loco”, hoy es “estoy loco”. Yo estoy loco, y orgulloso de estarlo.

¿Lo decís en sentido metafórico o clínico?

-En todos los sentidos. Porque, si vamos a la definición de “loco”... ¿Qué es “loco”? Nadie puede decirte eso. Los que te hacen la receta de que tenés algún tipo de patología son los que viven de eso... Entonces...

¿Qué te parece el rock uruguayo actual? Porque hoy falta aquel impulso contestatario.

-Sí, cambió. A mí me hace falta un poco de aquello, algo más contestatario. Echo de menos las canciones. Creo que en nuestra época, en los 80, había más bandas con más canciones. Hoy hay pocas bandas que tengan buenas canciones, con las que te sientas identificado y que sean más atrayentes por la forma y el tipo de expresión musical. Es como todo, me gustan algunas cosas: los Buenos Muchachos me encantan, me parecen muy interesantes; me encanta cómo escribe Pedro [Dalton]. Después, Eté & Los Problems tiene algunas canciones buenas también. Hay gente que hace canciones, con mayor o menor fortuna y mayor o menor difusión. Y La Vela Puerca, cada tanto, se pone con un buen tema. Pero me gustaría algo un poco más revulsivo y ver más gente joven. Me gustaría que los pibes de 17 años les pegaran una patada en el traste a La Vela Puerca y a todos los demás, como, salvando las distancias, nosotros quisimos hacer. “Ahora estamos nosotros y decimos esto”.

Hoy hay más posibilidades para grabar un disco y comprar instrumentos que las que ustedes tenían en los 80.

-Sí; de hecho, nosotros no teníamos instrumentos. Compusimos Montevideo agoniza con guitarras criollas. Nuestro batero tocaba en una valija.

Capaz que, por esa forma de componer, se enfocaron más en la esencia de las canciones que en “sonar lindo”, que es lo que hoy impera.

-Sí, algunas cosas han cambiado para bien, y otras no tanto. Ya no es difícil conseguir buena calidad para grabar en tu casa, te podés autogestionar y tenés otros medios para difundir tu trabajo. Pero, a su vez, pasa eso que decís, que hay otras tendencias musicales, o imperan las ganas de brillar y de pasarla bien. También es legítimo, pero yo extraño lo otro.

Después de Montevideo agoniza editaron En cualquier parte del mundo (1987) y el “disco negro”, Traidores (1988), que musicalmente quizá eran más arriesgados.

-Cuando firmamos por Montevideo agoniza teníamos dos contratos más. Entonces, para el segundo disco, En cualquier parte del mundo, dijimos que, como aquello había funcionado, podríamos haber hecho como The Ramones u otras bandas, que repiten la fórmula hasta el hartazgo, o cambiar radicalmente, que fue lo que optamos por hacer. Luego, en el tercer disco, ya estábamos hartos de Traidores y de todo; no queríamos tocar más. De hecho, nos terminamos separando poco después de eso. Hicimos un álbum con los requeches que nos habían quedado de otros discos. “Hojas en blanco”, por ejemplo, había quedado afuera de Montevideo agoniza y del segundo. En el “disco negro” era muy obvia la alusión a que era la defunción de la banda.

¿Cómo ves el rol de Alfonso Carbone en la movida del rock posdictadura?

-Muy ambiguo, muy extraño. Por un lado, se hicieron conocer muchas bandas, se les dio la oportunidad; por otro lado, Carbone hacía un negocio para [el sello] Orfeo...

¿Cómo se dio la censura de las canciones que terminaron quedando afuera de Montevideo agoniza?

-Hay versiones distintas. Yo recuerdo estar sentado en una de las oficinas del Palacio de la Música, y no recuerdo si fue Carbone u otra persona que nos dijo: “Miren, la cosa es así: si quedan estos temas, el disco no sale”... Fin. Sin muchas más razones. Entonces, tuvimos que decidir qué íbamos a hacer. Habíamos remado hasta llegar a grabar el disco... Y decidimos, con el disco mutilado, hacer dos o tres temas nuevos, y así fue como salió. Veníamos del golpe de que Alejandro Bourdillon [baterista] ni siquiera pudo terminar de grabar bien ese disco. Perdimos el batero y los temas; y fueron estos hijos de puta los que nos dijeron que el disco no salía con esas canciones.

Y justo uno de los temas censurados era el que le daba nombre al disco...

-A nosotros eso nos demolió. A mí me mató. Me dejó sin ganas de hacer más nada. Y quedamos atados con los contratos.

Supongo que no creés en la teoría conspirativa de que el rock posdictadura fue un invento del Partido Colorado para frenar al canto popular.

-Eso es una verdadera estupidez. Hay gente pelotuda y hay teorías para todo. Que sean felices y que digan lo que quieran.

Me hablabas de que te gustó tocar en Bluzz Live porque era como en los 80, pero en aquella época el ambiente era bravo.

-Era tremendamente violento, porque la dictadura impuso el todos contra todos, el “sálvese quien pueda”, el egoísmo, el materialismo al palo y la violencia intrínseca. Era muy complejo. Vivimos cosas increíbles: pogos con gente levantando el chumbo, muchos apuñalados... Fueron épocas extremadamente difíciles y violentas. Hoy me congratulo de que se pueda ir a un concierto y que la gente disfrute. Ese es un cambio para bien.

¿La música te salvó?

-Puede ser, pero también me condena. Porque la música no es mi vocación. Lo hice en aquel momento por la necesidad que había de comunicar ciertas cosas, pero nunca quise ser cantante. Lo terminé haciendo porque no había otro que cantara y porque con mi primo [Víctor Nattero] y con [Pablo] Pato Dana estábamos todo el tiempo juntos, y como tenían una banda, fue natural salir a cantar con ellos. Pero fue más la necesidad de decir cosas que la vocación de cantante. Yo no soy cantante, no me interesa cantar y he pagado el precio. Para los shows de La Trastienda por los 25 años de Montevideo agoniza me pasó algo que nunca pensé que me fuera a pasar: tuve ataques de pánico. No podía salir al escenario ni comunicar.

¿Y qué hiciste?

-Meter huevos y bancármela. Y a duras penas... Tuvo un tremendo costo para mí. Siempre me costó estar en el escenario. Reventó en ese momento. Recién ahora volví a subir a los escenarios después de un par de años. Estoy haciendo las paces.

¿Para vos cuál el mejor tema de Traidores?

-“La lluvia cae sobre Montevideo” es el tema que más me gusta, pero creo que “Flores en mi tumba” es mucho más importante.

La letra de “Flores en mi tumba” desentonaba con todas las demás de Montevideo agoniza.

-Más o menos. Porque en los tres primeros discos de Traidores estaba muy presente la muerte. Yo no creía que fuera a sobrevivir un año más, porque las épocas eran muy oscuras y era muy difícil. Por eso todo estaba impregnado de esa inmediatez, de la sensación de opresión y de la incertidumbre de si ibas a sobrevivir. En 1985 nosotros no sabíamos que supuestamente se iba a terminar la dictadura. Además, después siguieron las razias y la violencia democrática. Y no sólo hay una percepción de la muerte, sino también -y eso es lo que me gusta- una confrontación. La mayor parte de la gente teme morirse; yo no, y confronto a la muerte. ¿Cómo? La nombro. Nadie nombra a la muerte. Todos tienen miedo y lloriquean; yo no. Nosotros la nombramos y la exorcizamos. La tenemos bien presente. Porque es la única manera de festejar la vida.

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