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Internacional | Miércoles 13 • Julio • 2016

Amaranta Gómez Regalado. Foto: Federico Gutiérrez

Identidad muxhe

Con la mexicana Amaranta Gómez Regalado, activista LGBTI, indígena y muxhe.

Las personas muxhes nacen como varones en la población zapoteca del istmo de Tehuantepec -en la ciudad mexicana de Juchitán, en Oaxaca- y adoptan una identidad femenina desde la niñez. El proceso de aceptación del muxhe no es individual sino más bien colectivo, algo que lo diferencia de otras comunidades, según contó a la diaria Amaranta Gómez Regalado, que llegó esta semana a Montevideo para participar en la Conferencia Mundial Derechos Humanos de las Personas LGBTI. Fuera de su comunidad, la situación es bastante distinta.

La activista mexicana se planta como referente indígena y muxhe, una combinación de identidades que la empujó desde muy joven a la militancia social y la participación política, y que incluso moldeó su formación profesional, cuando decidió convertirse en antropóloga.

¿Qué es ser muxhe?

-Muxhe es una persona que nace biológicamente masculina pero siente una identidad femenina, en una cultura zapoteca indígena de México. Podría decirse que es similar a la persona trans pero en realidad tiene sus propias características, dadas por la propia cultura a la que pertenece. Pueden existir muxhes con vestimenta masculina y muxhes con vestimenta femenina, pero su construcción es siempre desde lo femenino. El término viene del siglo XVI, de la lengua española, y es una derivación de la palabra “mujer”.

¿Cómo es el descubrirse muxhe?

-Como muchas otras identidades. Se nace varón, en algún momento dado y conforme se va creciendo, entre los seis y 12 años, se empieza a identificar con esa parte de lo femenino. Pero lo interesante es que aquí tienes una cultura con antecedentes históricos y referentes muxhes de los cuales puedes agarrarte. Es decir, no se identifica a una persona muxhe y se piensa “¿y ahora qué hay que hacer?”. Hay antecedentes históricos que permiten que la angustia pueda ser mitigada por la propia cultura. Ahí está el cuerpo, se coloca dentro de la cultura, y la cultura va moldeando de alguna manera esta identidad, ubicándolo en sus roles tradicionales, en un reconocimiento de un familiar muxhe que tuvo. El proceso de aceptación no es vivido de manera individual, sino que es un proceso colectivo, lo que creo que hace una diferencia con respecto a otras sociedades, en las que el niño resultó gay entonces hay que tratarlo con el psicólogo. En cambio acá la diferencia es la socialización de la identidad. Se entera todo el mundo: el vecino, el que vende el queso. Todo el mundo interviene de alguna manera, en diferentes direcciones. La abuela, los padres, los amigos, los vecinos, la gente que está alrededor confluyen, en la configuración de esto que se llama muxhe. Porque el acuerdo en realidad está en la referencia histórica de que sí se sabe qué hacer con una persona muxhe. No es que llegó y ahora hay que tratarlo, hay que excluirlo. Sin embargo, eso no quiere decir que sea el paraíso completamente. Porque hay cosas internas, y también externas, que hacen que algunos patrones vayan modificándose.

¿Qué pasa cuando la persona muxhe sale de esa comunidad? ¿Qué pasa en el resto de México?

-Bueno, el resto de México sí tiene toda una complejidad. Partimos de la base de que esto es en el sur de México, en el estado de Oaxaca, un contexto indígena que no necesariamente corresponde a la lógica binaria del mundo. En otras ciudades sí se viven algunas hostilidades, por supuesto. Pero algo que siempre digo es que nosotros como cultura sabemos “zapotequizar” las cosas de afuera. Estando en el terreno de afuera intentamos emigrar con nuestro propio hábitat, nuestras propias fiestas, nuestras propias prácticas, nuestras propias identidades. Afuera no hay una desconexión absoluta con nuestra identidad, pero sí hay una ignorancia. Evidentemente, en un contexto citadino, como la Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey, hay ciertas desventajas. En el aspecto laboral, por ejemplo, las oportunidades menguan un poco y se vive más el estigma de la discriminación. En Juchitán existe la discriminación, aunque por supuesto en menor medida, pero este conocimiento colectivo del ser muxhe mitiga muchas veces eso, y la propia comunidad se hace parte responsable de la defensa de todas las identidades. Estando afuera siempre estás en un hábitat que no te corresponde, aunque se trate del mismo país te sientes fuera de lugar, si bien hay gente que se adapta. Hay una franja de muxhes que vive en la Ciudad de México que se dedica al trabajo sexual, y hay muchos que llevaron nuestra propia festividad [las velas] a la Ciudad de México. La comunidad muxhe tiene una gran capacidad de ratificar su propia identidad aunque no esté en su hábitat, su lugar de origen. Eso te habla de una manera de llevar estos rasgos, porque por más hostil que pueda ser el lugar, se trata de zapotequizar a la gente con la que se convive, compartir la propia cultura. En lugar de avergonzarnos en esa lengua, seguimos escuchando nuestra música, hablamos entre nosotros y seguimos educando también a la sociedad para que vea que las culturas indígenas no son culturas muertas, sino que están vivas. Ahora hay muxhes que traen iPhones, muxhes que están en el WhatsApp, en el Facebook. O sea, la época globalizada tampoco implicaría el avasallamiento completo de nuestra cultura y su desaparición. Al contrario, es como una traducción cultural que se hace para utilizar esas herramientas sin que de alguna manera nos digan “ya los volvimos tal cosa”.

Ser muxhe es algo muy específico de la cultura istmeña. ¿Se han encontrado con personas de otros países que se identifican con ustedes?

-Sí, incluso una persona de Noruega vino y dijo “yo me llamo Muxhe y soy muxhe, y no es nada exclusivo de ustedes”. En realidad me sacó mucho de onda y, claro, no podíamos decirle que no. Pero después quiso comportarse como muxhe y a la gente en la comunidad le empezó a caer incómodo el asunto, porque quería hacer exactamente el rol de la persona muxhe. Se fue a vivir una temporada para ahí, pero le fue un poco mal, porque la comunidad sabe cuál es el tejido, la complicidad y las redes que uno va construyendo con ellos y con ellas. Crear intimidad afectiva, crear solidaridad, crear un compromiso: “Ahora te apoyo y luego me apoyas”. De eso se trata esta cultura. Eso tampoco lo podía hacer. O lo hacía pero era medio complicado. Nosotros no lo vemos como una persona que lo hace por una cuestión cultural, sino que es una cuestión casi de obligación, porque así funciona la cultura. Entonces [el concepto] sí alcanza para que alguien se autonombre como muxhe, pero sabremos exactamente que no nació en nuestra cultura y que no vivió con un parámetro de todo lo que le ofrece. Fuera de eso, puede construirse como muxhe, puede asumirlo, pero ni siquiera habla la lengua. Por ejemplo, cuando estoy en Buenos Aires me gusta el concepto de travesti, porque es una reivindicación política importante. En otras culturas me consideran trans.

¿Cuál es la diferencia entre la persona muxhe y la persona trans?

-Yo creo que la diferencia tiene que ver con lo que ofrece la cultura misma. Nuestra cultura tiene un nombre propio, una identidad propia y una lengua que no se da ni en Noruega ni en ninguna otra parte. Pero sí se da por ejemplo con los hijras en India, con los fa’afafine en la Polinesia, con los berdache en Estados Unidos o los two-spirit en Canadá. Hay otras identidades preexistentes al concepto “trans”. El concepto trans te lleva a un modelo, a un estereotipo, que políticamente está bien y es un derecho, porque a partir de ahí se construye. Pero yo no necesito eso. No necesito tener siliconas. Es a partir de mi identidad cultural que me coloco en la defensa de una identidad de género propia. Me parece que decir que “todas son trans” es el gran riesgo que corremos, querer homogeneizar a todos, y obvio que la riqueza que te puede aportar una persona trans, una muxhe, una hijra o una fa’afafine se pierde. En lo que sí creo es en la gran oportunidad que tienen tanto las personas trans como estas otras identidades de confluir en la defensa de los derechos humanos. Mucha gente cree que el concepto trans es una forma más moderna de referirse a los muxhes, y querer homogeneizarlo es un gran problema. No estoy en contra del concepto trans, al contrario, reconozco el aporte político que hace, pero estoy en contra de que nos quieran encajonar forzosamente ahí. El muxhe no debería entrar en ninguna categoría.

¿Cómo empezó tu militancia?

-A los 18 años, más o menos, con el tema del VIH. El VIH fue como una caja de Pandora que abrió un tema y una brecha en la cultura indígena, porque parecía que era un problema de otros, de afuera, de los blancos. Pero por una temporada llegó a afectar muy fuertemente a la comunidad muxhe. Entonces hicieron una conferencia dirigida a mujeres, a hombres y a niños. “¿Y las personas muxhes?”, pregunté. Ahí comencé mi activismo: fue hace como 20 años y con el VIH como detonador. Por supuesto, a la par de eso, me metí en los temas de salud, sexualidad, derechos humanos, pertenencia cultural, lo cual me fue permitiendo trabajar desde la sociedad civil durante muchos años. De hecho, mi formación es desde la sociedad civil, inicialmente. En 2003 fui candidata a diputada federal y eso me dio otro bagaje para entender el tema de las políticas públicas, la legislación, el tema de la incidencia política, tener la oportunidad de hablar con los partidos, con los políticos, con la gente. En 2011 empecé a estudiar antropología en la universidad y me acabo de titular: esa es otra perspectiva que te da lo humanístico, lo cualitativo, lo social, analizar la economía, la cultura misma, los cambios que suceden en la sociedad. Entonces, finalmente todo eso me ha permitido hacer ese entramado de la formación social, la formación política y la formación académica. Eso es también muy bueno porque me abre el horizonte, me abre la perspectiva a la hora de poder plantear un tema.

¿Cuáles son los reclamos específicos de los muxhes?

-Las demandas siguen siendo el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género a nivel nacional. Ahora se está incorporando el tema del cupo laboral a la agenda, sobre todo para las personas trans, pues las lesbianas y los chicos gays tienen otras posibilidades de camuflarse. También estamos tratando de construir una confederación nacional LGTBI, pero las internas son complicadísimas. Ahora específicamente en lo que hemos avanzado es en la Ciudad de México, en materia de derecho al matrimonio igualitario, a las identidades de género, a las pensiones, a la seguridad social. En el resto del país empieza a haber toda una lucha, y hay muchos logros que se han dado gracias a los amparos judiciales, porque la Suprema Corte de Justicia ya declaró que tanto negar el derecho al matrimonio igualitario como no reconocer a las identidades es anticonstitucional. Ha dependido mucho de los estados cambiar las legislaciones en términos de los códigos civiles, y ahí está la lucha. Pero como la Suprema Corte ya dictó varios amparos, uno presenta ese recurso y se casa. No tendría que ser así, porque un recurso de amparo judicial es caro y la gente se desgasta. Ahí demostramos que el estado está incumpliendo lo que la Suprema Corte ha dicho. Es lamentable que a veces cada estado tenga su propia Constitución y eso puede cambiar o no según la buena voluntad de quien gobierne.

¿Se han logrado cambios?

-En ese sentido, uno de los cambios que están ocurriendo ahora es en materia del reconocimiento a la identidad de género, sobre todo en las universidades. Yo, que me recibí en enero, vengo desde esa experiencia. Los títulos de carrera están saliendo ya con el nombre elegido y no con el nombre oficial con que uno se registró. Siempre ha habido discriminación, siempre ha habido homofobia, transfobia y lesbofobia, pero ahora que el presidente de la República, Enrique Peña Nieto, el 17 de mayo se reunió con la comunidad LGBTI y lanzó iniciativas para hacer modificaciones a nivel constitucional, hemos despertado al monstruo de mil cabezas: tanto la derecha como las iglesias han incrementado de muchas maneras su fobia, y eso te demuestra la división que hay en la sociedad sobre temas difíciles. Colocas el tema de la marihuana y es lo mismo, con el tema del aborto también. Si quieres dividir al país pones esos temas y ya está, no necesitas hacer una encuesta. Ahí tienes clarísimas las posiciones. En estos días ha estado muy difícil porque hay que salir a contestar, y a contestar de manera argumentativa y desde el marco de los derechos, porque la otra parte está argumentando desde los fundamentalismos. Lo que estamos diciendo es que México es un Estado laico: ustedes van a resolver su fe allá y nosotros resolvemos la política. Es difícil, claro, porque la derecha se está reposicionando en América Latina, y en México no somos la excepción.

¿Las personas muxhe forman parte de la legislación mexicana?

-No. Lo que hemos logrado ahora es que la comunidad muxhe entre en la función pública, un espacio que hasta el momento no integraba. Ahora hay una Dirección de Diversidad Sexual para las Políticas Públicas dentro del palacio municipal de Juchitán, con una oficina y un programa específico. En cuanto a la legislación, yo creo que habría que revisarla, porque tendría que incluir a los muxhes en el estado de Oaxaca. A nivel federal estaría bueno proponer algo que lo enunciara, pero en el estado sería más pertinente, porque corresponde a esa entidad. Me diste una idea.

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