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Nacional | Martes 05 • Julio • 2016

Integrantes de la Usina Cultural de la cárcel de Punta de Rieles, en la biblioteca del establecimiento. • Foto: Pablo Vignali

Pienso y existo

Personas presas presentan proyecto de ley para acceder a la educación terciaria y universitaria.

Les dicen “La patota culturosa” porque leen, actúan, son músicos, estudiantes, emprendedores, pensadores. Un grupo de alrededor de 15 hombres que están cumpliendo pena en la cárcel de Punta de Rieles y reclaman que se respete y garantice su derecho al acceso a la educación terciaria y universitaria. A raíz de la experiencia de uno de ellos, estudiante presencial de materias del tercer y cuarto semestre de Ingeniería, al que llamaremos José (todos los nombres son ficticios), elaboraron un proyecto de ley que crea, en la órbita del Instituto Nacional de Rehabilitación (INR), el programa Raúl Sendic, que estipula el acceso al derecho a estudiar, “intra y extra muros” (según cada caso). Además, se establece reducir penas por estudio. “Mientras todos piden aumento de salario, nosotros pedimos descuento. Desde el INR no se apoya a lo educativo, entonces pedimos algo concreto”, sostuvo.

José se refería, por ejemplo, a que el dinero de peculios está destinado sólo al trabajo que implica el mantenimiento de la cárcel, y a que la ley tampoco ayuda, porque estipula el descuento de ocho horas de encierro si se trabaja, pero sólo seis si se estudia. “Estudiar una carrera terciaria es bastante importante, te lleva mucho tiempo y te cambia la forma de pensar, la personalidad. En todo el país hay gente que quiere estudiar y seguir una carrera. Falta un poco de voluntad política”, afirmó.

Ayer la diaria visitó la Barraca Nº 11 (ver recuadro), donde están recluidos estos hombres, y conversó con José: “No nos interesa que vengan a ver qué se puede hacer con nosotros; queremos aprender a hacer las cosas por nosotros mismos. No nos consideramos unos bichitos, tenemos la misma capacidad [que cualquiera], tenemos otras oportunidades, nada más. Tenemos que cambiar ese pensamiento de que todos los que están en la cárcel son una especie de cavernícolas; nos mandamos cagadas, pero la mayoría de nosotros no queremos volver a eso, necesitamos una mano para salir adelante, pero no podemos si no tenemos ni plata para los materiales o el boleto”, explicó.

José contó que el proyecto se nutrió de experiencias extranjeras, y tomó como modelo al Centro Universitario de la Cárcel Devoto, en Argentina. Se preguntaron por qué no hay ningún convenio con la Universidad de la República (Udelar), y se dieron cuenta de que “como no había demanda, no estaba la necesidad, porque todo el sistema apunta a que tú, cuando puedas, llegues hasta secundaria y ya está”. La patota culturosa quiere generar un vínculo formal con la Udelar y otras instituciones, para que los que vengan después no pasen las de Caín, como ellos, para poder estudiar. “Si se apunta a la rehabilitación, como dicen, debería haber educación de todos los niveles. El gobierno se jacta mucho de la política carcelaria que tenemos [en Punta de Rieles], cuyo objetivo es que sea lo más parecido a una persona en libertad, pero en la práctica es todo lo contrario”. Eduardo, un hombre que está cursando Psicología, señala algunos de los impedimentos que enfrentan diariamente para estudiar: falta de dinero, pérdida de tiempo de clase por el funcionamiento interno de la cárcel, como las revisiones a la entrada, la imposibilidad de compromiso de los tutores que los ayudan a preparar las materias -porque no se les paga, y para ir deben hacerlo a su propio costo-, la falta de organización y coordinación entre los estudiantes pasantes que van a trabajar a Punta de Rieles y las necesidades de los que están allí presos. “Hay gente que viene de la Facultad de Psicología a ver las huertas [uno de los 42 emprendimientos], y de repente nosotros, que estamos estudiando esa misma carrera, no los conocemos”, afirmó. José asegura que si bien tienen que “pagar una pena”, a la sociedad “le sirve más que salga gente formada para reinsertarse bien, que pueda meterse en el mercado laboral con una buena base de estudio, que salir sin nada y haber pasado diez años acá adentro jugando al fútbol; afuera no jugás al fútbol todo el día”. Alejandro, que no está estudiando, también acompaña el reclamo: “El rechazo de la sociedad no ayuda a nadie. Si no nos ayudan a rehabilitarnos, ¿para qué nos tienen encerrados?”, preguntó. En ese sentido, problematizó la discusión que se está dando en la multipartidaria sobre convivencia y seguridad ciudadana: “Quieren aumentar las penas; ¿en qué estudio se basan para decir que a la larga solucionas algo, si desde el vamos la rehabilitación no funciona? Si sólo tienes cárcel, sales y das cárcel: el judeo, la delincuencia”. José agregó: “¿Más calidad de vida por más tiempo en cana? Mentira”.

Sobre el tema, Eduardo opinó sobre la posibilidad de que el INR comience a depender del Ministerio de Educación y Cultura (MEC). Señaló: “Muchísimas veces se les cambió el nombre a las cárceles y al preso, pero seguimos teniendo niveles de reincidencia del 60%... Sí, lo llevamos al MEC, pero el jefe de reclusión va a seguir siendo un policía, no un maestro”. A su vez, contó que están dando la pelea para sacar los calabozos de la Barraca 11, porque dos por tres pasa que están estudiando y de repente aparece un policía arrastrando a uno al calabozo. “¿Cómo haces para concentrarte, para pensar en otra cosa?”, cuestionó. Mario, tambien patotero culturoso, señaló que antes de caer, uno desarrolla cierto conocimiento cuando delinque que también puede ser usado para la “rehabilitación”, y dio un ejemplo: “Si te criás viendo cómo desarmar autos y motos, ¿por qué no se potencia ese conocimiento y estudiás mecánica, así podés laburar de algo al salir? Porque no se puede, porque no están los cursos”.

Reproducir otra cosa

Miguel señaló que la gran mayoría de la población carcelaria tiene hijos, y manifestó su preocupación porque considera que el sistema no da las herramientas necesarias para ofrecer “otra cosa” a los niños. “Cuando el niño viene de visita, ¿qué le estoy dando? ¿Qué cosas se generan en esos lugares si el padre tiene siempre lo mismo en la cabeza? Lo que bombardea la televisión, qué nos queremos comprar, delinquir. Hay que hacerse cargo de eso, pero para no reproducirlo. ¿Qué me da a mí [la cárcel] para que yo no le transmita eso a mi hijo?”, cuestionó. “Con la educación uno se para en otro lado y deja de comerse la pastilla en muchas cosas; se forma otro individuo. Y ponés en tela de juicio muchas cosas”, agregó.

El no-lugar convertido en lugar

Los reclusos de la Barraca 11 cuentan que se creó por iniciativa de ellos, que antes era un galpón sucio y que, gracias a la voluntad y ayuda de la subdirectora técnica de la cárcel, Lourdes Salina, y los operadores penitenciarios de la 11, Gabriela Cardozo y Alejandro Centurión, lograron emprolijar el lugar que ahora funciona como espacio de estudio. “No teníamos un espacio físico para estudiar tranquilos”, contó José, estudiante de Ingeniería. Miguel, estudiante de Trabajo Social, apunta que “es importante la construcción de lugares como este, porque nos ayudan a cambiar la relación del agite diario de la cárcel por otra cosa, a pensar antes de solucionar los conflictos de manera extrema”. Explica que “el vínculo diario carcelario es el que muchas veces lleva a continuarlo en la calle una vez en libertad. Si estoy todo el día hablando de drogas y armas, es probable que cuando salga lo siga haciendo. Se trata de los vínculos y los lugares que ofrecés. En el Comcar hay 3.600 y 50 estudiando... Es muy fatalista el sistema”, añadió.

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