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Ahora / Cultura | Viernes 08 • Julio • 2016

El tesoro (Comoara), dirigida por Corneliu Porumboiu. Rumania/ Francia, 2015. Con Toma Cuzin, Adrian Purcarescu y Corneliu Cozmei. Cinemateca 18.

Superando la inercia

Esta película ha sido etiquetada como “comedia”. Lo es en un sentido muy general, ya que tiene un final alegre. Pero en un sentido más específico, el de “película en la que uno se ríe mientras asiste a ella”, lo es en una forma menos evidente, que sólo va a funcionar con algunos espectadores, sin que sea este el único registro en el que se la puede disfrutar. Esa forma muy peculiar de bajo perfil cómico es muy rumana: quien haya visto otros films del mismo director (Bucarest 12:08, Policía, adjetivo) o de algún otro (La noche del señor Lazarescu, de Cristi Puiu) va a reconocer esa modalidad que quizá no lleve ni siquiera a una sonrisa, pero sí a una especie de cosquilleo interior ante situaciones levemente absurdas, mostradas sin énfasis humorístico. Por ejemplo, Costi y Adrian intentan sin éxito abrir una caja fuerte y Adrian propone llamar a un tal Lica, un conocido ladrón residente en el pueblo. Costi prefiere no llamarlo, porque teme que Lica los denuncie a la Policía. La Policía los descubre de todos modos y cortamos a la comisaría, donde la persona llamada por las autoridades para intentar abrir la caja es justamente Lica. Nadie hace comentario alguno al respecto, no hay tono humorístico. Simplemente un sutilísimo aroma irónico.

La historia es muy simple. Costi es un hombre de clase media que vive con su mujer y su hijo en Bucarest. Un día aparece el vecino para pedirle prestados 800 euros. Luego de alguna vuelta, el vecino le explica que los necesita para contratar a un especialista en detección de metales, porque considera muy probable que haya un tesoro enterrado en el terreno de la vieja casa de su familia. El vecino le ofrece a Costi repartir lo que encuentre si lo puede ayudar. Los dos terminan contratando los servicios de Cornel, y la mayor parte del metraje consiste en los tres recorriendo el terreno y cavando pozos.

Creo que nadie sonríe en la película. Casi no hay palabras amables, las personas se tratan con cierta rudeza o con frialdad. Lo que haya de cómico transcurre sobre un trasfondo gris: los aprietos determinados por la crisis económica desde 2008, un trabajo deslucido, el sentimiento de no tener tiempo ni oportunidad para cumplir totalmente con la familia, la mentira como una necesidad casi omnipresente (pero que en el film se superpone -y eso es parte de su modalidad de comedia- con escapadas de sinceridad cándida, y todos parecen estar dispuestos a aceptar las contradicciones entre la mentira previa y la supuesta verdad de ahora). Hay resonancias de la historia rumana: referencias a la “proclama de Islaz” en la revolución de 1848, a la revolución de 1989 contra Nicolae Ceaucescu, a las muchas cuestiones sin cerrar con respecto al período comunista (y quizá más alusiones que nos perdemos).

Algunos de los actores son profesionales con mucha experiencia (como Toma Cuzin), otros nunca habían actuado antes. Corneliu Cozmei trabaja en la vida real como operador de detectores de metales, y en alguna medida hace de sí mismo (con su nombre de pila abreviado a Cornel). No se nota diferencia entre ambos actores, quizá por la habilidad de Porumboiu para establecer esa manera de estar en la pantalla en la que no es que las emociones no existan, pero parece que tienen que atravesar una pesada barrera de inercia para manifestarse. No hay música, ni siquiera diegética, excepto por la bizarra aparición de “Live is Life” en los créditos finales, y casi no hay primeros planos: nada que lleve a orientar de alguna manera nuestro sentir o nuestras suposiciones sobre el sentir de los personajes.

La cámara casi siempre se planta fija, hay pocos movimientos y pocos cortes. Si hay una pared al fondo, la cámara suele estar perpendicular a esa pared, y enfoca a algún personaje estratégico. Luego, si los personajes se mueven, si quedan de espaldas o si uno se para y el otro se queda sentado, la composición se desarregla, pero es como si hiciera falta algo más crucial para que se imponga otro ángulo. Incluso hay muchas ocasiones en las que un personaje que no estaba en la escena se arrima y dice algo fuera de cuadro, sin que la cámara se moleste en mostrarlo. Ello no obedece a una forma de construcción de suspenso (como la expectativa por ver el monstruo en una película de terror) o a que ese personaje carezca de importancia: es simplemente una parte de la manera de ser de la película, que contribuye al tono desencajado de su (quizá) humor. Pasa, por ejemplo, en la primera escena: Costi y su hijo están en un el auto. Se alternan dos ángulos: el hijo, tomado de costado (desde la posición del conductor), y una vista desde el asiento de atrás (en la que sólo se distinguen la nuca del padre y uno de sus ojos reflejado en el retrovisor). No vemos, justamente, el rostro de Costi, el protagonista. Pero eso no constituye una expresa tensión narrativa a ser resuelta, se parece más bien a un accidente: en la escena siguiente veremos, sin mayor problema o impacto, a Costi de frente por primera vez. Pasará pronto algo similar con la esposa, que al inicio es sólo una voz fuera de campo. Algunas escenas con Costi, Adrian y Cornel están tomadas en un riguroso plano general, y ni siquiera distinguimos sus bocas, así que tenemos que reconocer la voz para saber quién está hablando, o intentar inferirlo por lo que dice.

Esos aparentes “errores de cálculo acerca de dónde poner la cámara” terminan teniendo su significación. Por un lado, contribuyen a la memorabilidad de algunas escenas y encuadres: el relativo esfuerzo necesario para apreciar escenas mucho menos predigeridas visualmente que lo que es habitual en el cine dominante nos ayuda a fijarlas en el recuerdo. Y ello contribuye a la potencialidad simbólica de ciertas marcas visuales. De hecho, algunas de las escenas del inicio, que parecen digresiones poco relacionadas con el asunto principal (la búsqueda del tesoro), terminan siendo lo que va a conducir a la resolución de la película, y a una posible resignificación de su título. Luego de la escena final, constatamos que las digresiones no eran tales, y ni siquiera eran meros trasfondos, sino el eje mismo de la obra.

Pocas veces vi un título de película con un grafismo más significativo: “El tesoro” (en rumano) escrito en un amarillo/dorado sobre un fondo azul acero. Los azules agrisados van a dominar la mayoría de los encuadres, y muchas veces estarán intervenidos por llamativos detalles amarillos. Ya el primer plano diegético, el del hijo en el auto, es casi todo azulado y gris, y el lugar del título está ocupado por el pelo rubio del niño. Los autos del fondo se corren y justo asoma uno color amarillo fuerte, que se planta bien al centro del encuadre. La siguiente escena transcurre en una habitación en la que la pared de fondo y la sábana son azules, y la lámpara, amarilla. La esposa, que aparecerá en seguida, está vestida de azul, pero asoma una remera amarilla debajo de su vestido. Y hay varios otros ejemplos (el otro color llamativo que ocupa pequeños detalles en los encuadres es el rojo -por ejemplo, en la página del libro sobre Robin Hood, dominada por azul, amarillo/dorado y rojo-. No tiene que ver con el título, pero sí completa el juego tricolor de la bandera rumana. Aparte de ser un toque esteticista de armonía gráfica, el esquema de azules con detalles amarillos opera como un leitmotiv (es decir, un “tema” impregnado de sentido conceptual por asociación -en este caso, sobre todo, con el título-). Su repercusión temática queda más clara en la imagen sobre la que corren los créditos finales, que es el sol -ocupando la misma posición central que al inicio ocupó el título- sobre el cielo azul.

Explayarme sobre el sentido de todo eso sería contar el final. Vale la pena ver esta película peculiar, interesante y disfrutable.

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