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Cultura | Jueves 04 • Agosto • 2016

Un mal nombre, de Elena Ferrante. Lumen, 2016. 560 páginas.

El cuerpo escrito

No es casualidad que el misterio literario más famoso de Italia haya elegido para la narradora de sus novelas el mismo nombre de pila que usa para firmar sus obras. Elena Ferrante es el seudónimo de la incógnita tras la tetralogía Dos amigas; Elena Greco es el personaje cuya voz cuenta aventuras y desventuras junto a Lila Cerullo en esa serie de libros, iniciada en 2011 con La amiga estupenda y que tiene en Un mal nombre una brillante continuación, que se puede leer con bastante independencia de su predecesora.

Storia del nuovo cognome (tal es su título original, cuya traducción literal sería “historia del nuevo apellido”, que guarda mayor relación con los modos de titular las distintas secciones, correspondientes a sendos momentos vitales) fue editado originalmente en 2012, y le valió a su enigmática autora elogios de la crítica y la consolidación de su fama internacional. Como segundo volumen de una serie que había comenzado, lógicamente, por las etapas de infancia y adolescencia, el libro se aboca en su totalidad a la juventud de las dos protagonistas en su Nápoles natal, durante los tumultuosos años 60. Mediante procedimientos que recuerdan a la novela policial (debe recordarse que la historia comienza a partir de la desaparición, en el presente, de una de las amigas), la narradora, que es compañera y confidente, reconstruye las partes de un fresco inmenso que gana en complejidad a la vez que incluye, con centro en la figura autodestructiva y magnética de Lila (el cuerpo del delito), esbozos de toda una sociedad, de todo un país y, como visto a través de un enrejado, del mundo entero en una época crucial.

Así, la discusión política (la socialdemocracia, Aldo Moro, la Guerra Fría), los intereses culturales (Samuel Beckett, la neovanguardia, Pier Paolo Pasolini) y la realidad provinciana del sur italiano con su ignorancia, sus vilezas, su revanchismo y su violencia, se entrecruzan permeando la vida de las criaturas que habitan estas páginas, jóvenes de origen pobre que luchan (en el sentido más literal y terrible de la palabra) por ser alguien en un mundo que les es extraño y que parece hacer lo posible por deshacerse de ellos. A medio camino entre la historia de los Rougon-Macquart de Émile Zola (en una saga de 20 novelas que toma como centro una familia y sus taras hereditarias durante el Segundo Imperio francés) y la de las Country Girls de Edna O’Brien (en una trilogía que sigue las andanzas de dos amigas irlandesas durante el período de posguerra), Ferrante delinea en sus novelas destinos particulares con una precisión maravillosa, mostrando una destreza técnica que sorprende y que vuelve constantemente la atención hacia las palabras. Así, en una polifonía rica en matices que la escritora maneja con gran habilidad, en su lenguaje cuidado y de reminiscencias clásicas (las Heroides de Ovidio y Virgilio parecen resonar) se cuelan a menudo fragmentos de discursos, generalmente en dialecto, que nombran sin tapujos realidades del cuerpo por su nombre auténtico, traen como de improviso la vida y fortalecen un extrañamiento entre las cosas y sus denominaciones, que parecen a menudo irreconciliables.

En un momento dice la narradora, como al pasar: “Sí, es Lila la que hace fatigosa la escritura”. En efecto, en el ojo de este vendaval, presa de su inefabilidad, está Lila, disgregando su cuerpo, rompiéndose y huyendo, como mercurio liberado, de las manos que intentan apresarla (en sentido literal, su marido y la sociedad de la época, y en sentido figurado, su amiga Lenù, por medio de las palabras). La agonía entre el mundo y su representación configura el centro secreto de estas memorias que escribe una amiga para entender a la otra y que tienen, en sus antípodas, los cuadernos de Lila, sus dibujos alocados, sus creaciones nocturnas, una fuerza negativa y absorbente de agujero negro en torno a la cual se dibujan las historias, se inscriben novelas (el proyecto especular de Greco como autora de ficción dentro de la ficción), y giran los delirios infantiles (el folletito El hada azul, que los lectores de la primera entrega de la saga recordarán), la alteración de una fotografía y la densa acumulación de palabras que no hace más que difuminar los contornos de los hombres y mujeres del barrio -que son personajes, casi comparsas- y realzar a Lila, que aparece más real aun que en el mundo, en toda su compleja e inasible persona, hecha esta vez, y más que antes, de carne, de sangre, de temores y pasión.

Como por fuera, pero a la vez ocupando un lugar privilegiado, está Elena (no Ferrante, sino Greco, esta vez), que en el cuerpo de su amiga ensaya su manejo del lenguaje, prueba y descarta procedimientos, adultera realidades que completa con anécdotas de otros, traduciendo siempre en buen italiano lo que su familia y amigos parecen cacarear en napolitano, lanzando a las aguas del Arno las memorias de su pago, su identidad marchita que cubrirá de ropas nuevas, de nuevo acento y nuevas formas, suavizando la voz y la figura contra algo que no puede entender y creando un mundo libresco contra una naturaleza que tiene su símbolo en el cuerpo de Lila y que se cuela por todas partes. En ese intento de superación de lo establecido por la ley de los hombres y de sus genealogías, que tiene en la lengua nacional su cristalización, se juega, a todo o nada, por la libertad.


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