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Cultura | Martes 02 • Agosto • 2016

Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores, de Daria Galateria. Impedimenta, Madrid, 2011. 208 páginas.

Las ocho horas

Uno entraba a una tienda de cosméticos a comprar un perfume o maquillaje y podía encontrarse con la propietaria, Colette, que lo ayudaba a elegir qué producto llevar. Podía ir a comer a un restaurante donde George Orwell era quien lavaba los platos, o a otro donde Máximo Gorki era ayudante de cocina. Mandaba un paquete a sus familiares en Europa y la encomienda era llevada por Antoine de Saint-Exupéry, y el cartero podía ser Charles Bukowski. Uno podía hacerse ver una herida por Louis-Ferdinand Céline. Y después, a veces años o décadas después, leería 1984 o *Viaje al centro de la noche, sin sospechar tal vez que había conocido, aunque fuera fugazmente, al genio detrás de la obra.

Daria Galateria es una escritora y profesora de lengua y literatura francesa de origen italiano, que desde hace varias décadas lleva a cabo un trabajo editorial titánico, curando las ediciones en su lengua de libros de autores ya clásicos -como Marcel Proust, Denis Diderot, Balzac o Charles Perrault- y de otros más recientes, como Françoise Sagan o el francoestadounidense Allen S Weiss.

Esta actividad de traductora, sumada a su propia trayectoria como ensayista (se ha especializado en las memorias femeninas, sobre todo de los siglos XVII y XVIII) y a una importante presencia en programas de radio y periódicos, la han convertido en una intelectual fundamental para el círculo cultural de su país, que sin embargo era prácticamente desconocida para el resto del mundo hasta la publicación en 2007 de Mestieri di scrittori, obra ya traducida a varios idiomas. De 2011 es la edición española de ese libro, que Impedimenta (editorial que llega a Uruguay desde hace apenas unos meses) publicó en una notable versión de Félix Romeo, con el nombre Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores.

Artista, sí, pero ¿de qué vive?

El libro, que en tanto objeto es una pieza editorial bellísima, está compuesto por 24 capítulos dedicados a recorrer brevemente las actividades laborales ajenas a la escritura que realizaron algunos de los poetas, narradores y dramaturgos más importantes de fines del siglo XIX y del XX (sobre todo de habla inglesa, francesa e italiana). Galateria seleccionó autores tan diversos como TS Eliot, Paul Morand o Jean Giono y presenta una suerte de curriculum vitae escueto de cada uno de ellos con una prosa atractiva y concisa, que nada tiene de las tosquedades burocráticas habituales en esos monótonos textos.

Al contrario, se centra en detalles admirables que pintan a los artistas de manera cabal y novedosa, redescubriéndolos por medio de lo más cotidiano.

Sería ocioso quizás acumular ejemplos, pero bastan algunos como muestra de las distancias y contrastes que pueblan este libro. Por ejemplo, mientras Blaise Cendrars, autor de Prosa del Transiberiano -uno de los poemas más estremecedores de la literatura francesa-, se pasó la vida de acá para allá como pianista, camarógrafo, asistente de joyero y actor (y fue vecino de Charles Chaplin), la vida laboral de Franz Kafka se redujo a un trabajo monótono como agente de seguros, que odiaba pero que no podía permitirse abandonar.

Mientras que Jack London pasó de robar ostras en el golfo de San Francisco a viajar en barco hasta Japón y los mares helados del norte, Italo Svevo, que tuvo como profesor de inglés nada menos que a James Joyce, trabajó casi toda su vida en el negocio de la familia de su esposa.

Mientras el excéntrico Boris Vian tocó la trompeta en bandas de jazz durante la ocupación nazi, a pesar de sus problemas cardíacos, Ottiero Ottieri se dedicó a realizar entrevistas laborales para una empresa en el sur de Italia, a la que no comprendía.

El oficio de la escritora

Aunque por supuesto las historias que rescata Galateria son fabulosas y, en la mayoría de los casos, fomentan relecturas o nos descubren autores desconocidos desde la intimidad (completan la lista Paul Claudel, Raymond Chandler, Lawrence de Arabia, Carlo Emilio Gadda, Dashiell Hammett, Jacques Prévert, André Malraux, Bohumil Hrabal y Bruce Chatwin), lo mejor y lo más interesante de Trabajos forzados no es el tema, que podría ser hasta banal en algunos casos, sino el tratamiento que le da su autora.

En efecto, la prosa es, como se ha dicho, precisa, pero no sólo eso: la configuración de los relatos, que casi nunca sigue un orden cronológico, mantiene en suspenso y maravilla con remates delicados o contundentes, y su hechura, que casi no cita en absoluto fuentes, parece más la de un testimonio que la de una biografía objetiva.

Esto último, que quita cierta pátina de “rigurosidad” (y cancela, por ejemplo, la búsqueda de los originales) da una sorprendente vitalidad a los retratos, agregándoles nuevas dimensiones a los retratados y haciendo que, una vez cerrado el libro, sus personajes sigan acompañándonos casi como amigos, más reales y corpóreos que en sus obras, y también, acaso, más humanos.

Un logro adicional, que puede considerarse auxiliar, es que este libro abre la posibilidad de otros, sobre otros autores, con otras historias. Sería interesante, en ese sentido, ver una producción similar (también en calidad) que recorra las otras labores de escritores vernáculos.

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