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Nacional | Viernes 05 • Agosto • 2016

Los resentidos de siempre

Columna de opinión.

Entre las respuestas más inquietantes que tuvo la iniciativa de retirar a las universidades privadas de la lista de “elegibles” para recibir donaciones a cambio de deducciones de impuestos están, sin duda, las que se dirigieron a la persona de Macarena Gelman. Siempre las reacciones orientadas a las personas, y no a las investiduras, son, para mi gusto, improcedentes, a menos que las características personales sean suficientemente significativas como para justificar ese corrimiento. No es este el caso, por cierto. Gelman hizo la propuesta en su carácter de diputada por un sector político integrante del Frente Amplio, y en nada se vinculan su historia personal, su temperamento o cualquier otro atributo a la cuestión que aborda el proyecto. Aun así, no faltaron las alusiones a su persona, a su origen familiar, a las resoluciones judiciales que la han involucrado y hasta a su aspecto físico y su forma de vida. Tan infames fueron algunos comentarios, tan despreciables e irrespetuosos, y, sobre todo, tan ajenos a cualquier sombra de pertinencia, que no voy a reproducirlos acá. Por otra parte, no es la primera vez que una mujer es atacada públicamente no por las ideas que expone o las iniciativas que presenta sino por su cara, su cuerpo o su estado civil (sin ir más lejos, nunca vi que algún ministro o parlamentario, algún jerarca o líder político haya sido ridiculizado como las tres ministras fotografiadas al llegar a la ceremonia de los Premios Platino en Punta del Este).

Pero no todos cayeron tan bajo. Entre los críticos de la medida estuvieron también los que optaron por apuntar no a Macarena sino a los resentidos de siempre, a esos que buscan “igualar para abajo” o “estropear lo que funciona bien”. Y, claro está, los que aprovecharon para pegarle por elevación ya no al Frente Amplio o a las mujeres o a la política, sino a los intelectuales: esos indeseables alborotadores que todo lo enchastran y lo confunden, sin ofrecer jamás una solución concreta para lo mucho que funciona mal en este mundo de holgazanes y burócratas.

Hay palabras, como “resentimiento”, por ejemplo, que parecen bastar para volver ilegítimo cualquier reclamo. Cualquier denuncia de un privilegio, cualquier protesta ante una injusticia puede ser desactivada en un solo movimiento si se consigue convencer al público de que se origina en el resentimiento. No consigo comprenderlo, realmente. Me imagino, por ejemplo, a las víctimas del Holocausto reclamando justicia por los crímenes del nazismo y a alguien diciendo que en realidad lo que pasa es que los judíos son una manga de resentidos, del primero al último, que viven con los ojos en la nuca y que lo que quieren es hacerles pasar a todos las de Caín porque ellos tuvieron la desgracia histórica de estar en mal momento en mal lugar. Absurdo, ¿verdad? Sin embargo, si a alguien se le ocurre plantear una reivindicación vinculada a sus condiciones de vida, a su posición en la ecuación económica, a su lugar en la fila de los aspirantes a esto o aquello, probablemente tendrá que soportar que le digan que es un resentido social y que con esa envidia y esa mala onda no se puede construir nada bueno. (Una encantadora combinación de ataque personal y apelación al resentimiento puede leerse en las palabras del senador suplente del Partido Nacional Sebastián da Silva en su cuenta de Twitter: “Macarena Gelman es la Tupita del Hortelano, no estudia ni deja estudiar”. Y un no menos encantador detalle, digno de cautivar, por ejemplo, a un psicoanalista o a un analista del discurso, lo constituye la ausencia del final del refrán en la sentencia de Da Silva: “al amo”. Bello acto fallido ese de no nombrar al privado del privilegio).

En dos cosas me interesa insistir en relación a este asunto. La primera es que nadie debería verse privado de estudiar porque las empresas no puedan descontar de sus impuestos lo que donen a las universidades privadas. Nada les impide seguir donando, así como nada impide a las instituciones educativas (tan preocupadas por aclarar que son instituciones sin fines de lucro) seguir becando, a su costo, a los estudiantes que lo necesiten y lo merezcan. Al fin y al cabo, la generosidad bien entendida es la que se practica con el bolsillo propio, y no con el del Estado.

La segunda es que la retórica tecnocrática antiintelectual que sostiene que detrás de todo posicionamiento “ideológico” hay un dinosaurio negador de la realidad, un atrasado incapaz de ver los beneficios de la libre empresa o un contemplativo que dicta cátedra desde el Olimpo es siempre, en el fondo o en el frente, una aceptación de la lógica despiadada de la supervivencia del más apto. Es la consagración discursiva de la vida como lucha por la supremacía del más fuerte a costa del más débil, sólo que, en este caso, aprovechando, además, las ventajas que ofrece el Estado. Lo voy a explicar una vez más: cuando una empresa dona 100 pesos a una institución de las que están en la lista de elegibles (esa en la que tal vez dejen de estar las universidades privadas), descuenta 75 pesos de lo que tendría que pagar de impuestos. Preste atención y vaya llevando la cuenta: de 100, 75 ya los puso el Estado. Los 25 pesos restantes, por otro lado, pueden ser contabilizados como gastos de la empresa, así que a la hora de pagar los impuestos por esos 25 pesos hay 6,25 pesos que son deducibles, porque los gastos no son utilidades. ¿Me va siguiendo? Ya vamos en 81,25 pesos que el Estado le donó a alguien de la lista, aunque el crédito moral se lo lleve otro. Pero hay más: de esos mismos 25 pesos pueden, los accionistas o socios de la empresa, deducir también el Impuesto a la Renta de las Personas Físicas (una vez más, porque los gastos no son rentas), así que otros 1,75 pesos de renuncia fiscal se suman a la donación. En total, 83 pesos de los 100 que donó la empresa fueron puestos por el Estado, y no por el amable donante que, a fin de cuentas, donó sólo 17. Yo no sé si las universidades privadas son las únicas que deberían volar de la lista, pero no creo que porque vuelen se le esté negando a nadie la oportunidad de estudiar, a nadie la de donar ni a nadie la de abrir sus puertas a los necesitados.

¿Quieren donar? Donen. ¿Quieren becar? Bequen. Pocas cosas hay tan satisfactorias como ser generoso. Por otro lado, también es necesario decir que el bolsillo del Estado es el bolsillo de todos, así que quienes lo manejan tendrán que soportar que unos cuantos resentidos sigamos insistiendo en que a la hora de la generosidad y la renuncia las cosas pueden orientarse un poco menos hacia las grandes inversiones, los megaemprendimientos o la especulación inmobiliaria (por poner un puñado de ejemplos) y un poco más a brindar servicios más accesibles para los que están sometidos a la despiadada ley de la oferta y la demanda como si fueran un costo más, y el que más tienta abaratar.