Después de su gran escape de la cárcel La Catedral, Pablo Escobar tiene los días contados. Aunque él parece estar preparado para lo peor, la captura -y la muerte- del mayor narcotraficante del siglo XX se aproxima en la nueva temporada de Narcos, la serie que fue una de las mayores apuestas de Netflix, y que hoy tiene su segundo estreno.

Así es como el Robin Hood colombiano, el asesino cruel, el terrorista, el padre, el coleccionista de animales exóticos, el político, y, claro, el tipo que casi logró monopolizar el tráfico de cocaína durante diez años, vuelve a la pantalla chica.

Desde el comienzo, Narcos se internó en una de las historias más legendarias y truculentas de las últimas décadas latinoamericanas, contada por un gringo, agente de la DEA, que intentaba dar con Escobar. La serie se lució con un reparto y un ritmo sostenido, ya que antes de que ese perseguidor hallara al rey del Cártel de Medellín, la narración retrocedió a los comienzos del narcotráfico latinoamericano, en el Chile de los años 70, y los inicios de Escobar como contrabandista, siguiendo un tono realista e informativo con base en una buena cantidad de archivos.

El que interpreta al “patrón del mal” es el bahiano Wagner Moura -el terrible protagonista de Tropa de elite, de José Padhila-, que con una frialdad inquietante y maléfica es capaz de realizar las mayores atrocidades para luego, ya en la intimidad, jugar a eso de ser el mejor padre. A Moura se le suma otro brasileño, justamente Padilha, que vuelve a dirigirlo como en aquella exitosa y controvertida película de hace casi una década. Seguramente esa presencia latina -a la que se suma la de otros actores importantes como el chileno Pedro Pascal, que interpreta al agente de la DEA Javier Peña- distancian a Narcos del modelo de producción hollywoodense y lo acercan a una estética más cercana a la del cine latinoamericano, a partir de una narración que transcurre entre lo ominoso, lo nostálgico y la ley implacable del “plata o plomo”.