Ir al contenido

Nacional | Lunes 05 • Septiembre • 2016

Homenaje a Julio Spósito*

Recibimos y publicamos.

Queremos hoy contarles que un miércoles 1º de setiembre, en una tarde soleada, se desarrollaban diversas manifestaciones callejeras de estudiantes, entre el Palacio Legislativo y las facultades de Química y Medicina. Un tiempo antes, aquí en Montevideo, habían sido secuestrados por el Escuadrón de la Muerte otros dos estudiantes, Abel Ayala y Héctor Castagnetto. Quienes ese día habían ganado las calles de la Aguada reclamaban por su aparición en volantes y consignas, denunciando también a sus secuestradores, amparados por los cuerpos represivos del gobierno.

Esa tarde, al igual que tantas otras veces, la represión policial no se hace esperar. Suenan los primeros estampidos. Los manifestantes, luego de intentar permanecer lo más posible en la calle, corren a refugiarse donde pueden, y un grupo de ellos se dirige a la Facultad de Química. En las escaleras uno cae, alcanzado por una bala en la espalda. Los compañeros que están junto a él lo levantan y entran. Afuera, gases lacrimógenos y balas; enfrente a la Facultad de Medicina, adentro de Química, la desesperación de todos por poder cruzar en busca de auxilio médico y salvar al herido. Cuando es posible hacerlo, Julio Spósito ya está muerto.

Fue en 1971, hace 32 años. Julio tenía 19 años y fue nuestro amigo y compañero. Era un muchacho de este barrio, de esta esquina de Manuel Haedo y 14 de Julio; estudiante de Preparatorios del IAVA que, además, trabajaba en el quiosco que su familia atendía en la puerta de un supermercado cercano al Estadio. Su madre, Libia, maestra; su padre, Julio, era empleado de ANCAP; ambos católicos practicantes como él, comprometidos con su gente y con su tiempo. Cuatro hermanos menores, junto a su abuela Rosita y su tía Lucrecia, quien vivía en la casa de arriba, hacían de los Spósito una familia como tantas de entonces y de ahora.

Julio fue, desde que tuvo uso de razón, un militante de la vida. Luchaba por un cambio social y político profundo y radical y sostenía, con su convicción y con su práctica, que una sociedad nueva, sin injusticias ni explotación del hombre por el hombre, debía contar, para ser realmente posible, también con un hombre nuevo. Militaba en el FER (Frente Estudiantil Revolucionario), una organización político-gremial que contaba entonces con una presencia muy importante en varios liceos y facultades. Participaba además activamente en la Parroquia de Pocitos, en su Grupo de Reflexión de Jóvenes y también como educador en el MIYA, que era un movimiento orientado a niños y adolescentes.

Donde él estaba, se destacaba naturalmente por su dedicación y entrega, por su claridad en las ideas e iniciativas y por su preocupación constante por los más débiles y por el colectivo que integraba. Fue un líder en el mejor sentido de la palabra, sin proponérselo, convenciendo a los demás con su fe, su palabra y su acción cotidiana. Fue para nosotros un compañero y un amigo, en el mano a mano o en la barra grande de la parroquia. Para ir al cine al menos una vez a la semana y, luego de la función, discutir hasta la madrugada sobre las películas y los actores. Para ir al viejo bar Añón, en 26 de Marzo y Gabriel Pereira, luego de una jornada larga de estudio, trabajo o militancia, y hacer entre todos una colecta para lo que alcanzara de pizza, refrescos o grapa con limón, y seguir discutiendo y contando anécdotas. Para reunirnos un sábado de noche en la casa de alguno de nosotros, a jugar a las cartas o a bailar. Para irnos de campamento un fin de semana en pleno invierno, porque éramos jóvenes de 15 años unos, de no más de 20 los otros, y volver un domingo de tarde en los viejos ómnibus de COPSA, con Julio u otro tocando la guitarra y armando una cantarola en la que participaban también los otros pasajeros.

Para Julio la vida era una sola y se vivía de una única manera, estuviese donde estuviese. Hoy a eso le podemos llamar, con la perspectiva del tiempo, coherencia, integridad y entrega. Pero entonces se trataba tan sólo de la mejor y única forma aceptable de pararse frente al mundo, entenderlo y tratar de transformarlo. Julio no vivió para encontrar la muerte; apostaba a la vida y a dignificarla, y reclamaba a los demás, con su prédica y su ejemplo, que también lo hicieran.

Ese día, en esa explanada, al igual que tantas veces frente a innumerables conflictos sindicales o estudiantiles de la época, él junto a sus compañeros estaba ofreciendo su solidaridad, y la muerte lo fue a buscar. Le tocó a él, pero podía haberle tocado a cualquiera de ellos.

Por eso hoy estamos aquí: para contarlo, para recordarlo, para apostar por la vida.

* Este texto fue escrito por amigos de Spósito y leído el 1º de setiembre de 2003, cuando se colocó una primera placa de la memoria en su homenaje, en la placita de 14 de Julio y Manuel Haedo, en Montevideo, donde vivía cuando lo mataron. El sábado 3, en Lomas de Solymar, se le dio su nombre a una calle cercana a la casa donde hoy vive su madre, y se instaló otra placa en su memoria.